La hija de Mladic

“Cuando otros eran felices pero yo morí”. Es el epitafio en la tumba de una joven en un cementerio bogomil. A Danilo Papo y su padre, Vlado, les gusta localizar los camposantos de sus ancestros siguiendo un mapa arqueológico que los lleva por diversas localidades bosnias. Los bogomiles fueron una secta herética que desde Bulgaria se extendió por media Europa a partir del siglo X, hasta llegar al sur de Francia, cuyas historias de cátaros siguen dando argumento a novelas superventas en cualquier lengua. Fueron perseguidos por el Papa y dicen las páginas de color rosa de El Pequeño Larousse (consagradas a refranes y frases célebres) que en esta coyuntura se pronunciaron unas palabras que siempre me han impresionado: “Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos”. Las soltó un arzobispo católico francés ante la imposibilidad de salvar la vida de sus siervos, en el sitio de Bèziers, donde parece que se mezclaban justos y pecadores.

Esta frase, tan imponente, como el epitafio del principio, están separados por un par de páginas en una novela de casi 500. Justo en la mitad del relato, cuando se descubre quién está contando la historia. Es el mencionado  Danilo Papo, hijo de serbia y judío, nieto de musulmana y croata, un bosnio que se considera “el último de los bogomil”, que explica desde muy cerca parte de la vida de Ana Mladic, hija de Ratko, el héroe serbio que intentó aniquilar a los bosnios (casi lo consigue) y que se hizo tristemente célebre en el sitio de Sarajevo. La hija del Este se titula esta novela de Clara Usón, que fue premio de la Crítica en 2012, pocos meses después de ser publicada por Seix Barral. Una inteligente combinación de ficción y hechos históricos, prolijamente documentados, como otras de la misma autora que hemos comentado aquí.

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Ana Mladic volvió cambiada de un viaje a Moscú con sus amigos, en una época en la que no era fácil salir de Serbia por las restricciones que Occidente había puesto a sus habitantes como consecuencia de las sucesivas guerras en los Balcanes. En la capital rusa se resquebraja la campana de cristal que protegía el día a día de Ana como estudiante brillante de la carrera de Medicina. Quiere terminar los estudios cuanto antes para ejercer en el frente, curando a los soldados que obedecen las órdenes de su padre, un hombre afectuoso que idolatra a su familia y venera especialmente a esa hija modélica. En Moscú, Ana tiene que enfrentarse a sus contradicciones, negar la evidencia y, lo que es peor, descubre que la camadería que comparte  con sus colegas de viaje es fruto del temor a las represalias que pueda emprender el padre Ratko, más que de los años de confidencias compartidas con esos amigos.

El viaje a Moscú es el desencadenante de un relato que en otras circunstancias sería sencillamente la historia de una relación paternofilial truncada por una conjunción de factores como los que se dan en tantas familias. La ficción viene precedida de un breve proemio de tres páginas donde se sugiere al lector mirar un par de vídeos en Youtube. Se atisba lo que puede ocurrir más adelante.

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A partir de entonces la historia de Ana se va combinando con una “galería de héroes” que arranca con el príncipe Lazar, el mismo que regó Kosovo con sangre serbia en el siglo XIV. Comparte protagonismo con Milosevic, Karadzic y el padre de Ana, Mladic. Esta alternancia de ficción y documentación va arrojando luz sobre el día a día de ella, matizando ese amor paternal y esa admiración de la hija hacia el héroe serbio, que vuelve los fines de semana absolutamente derrengado a causa del trabajo. Y mientras saborea una merienda con su familia echa pestes de los políticos y lamenta no haber podido ser más expeditivo en su encargo de limpiar Sarajevo de bosnios musulmanes.

La fina ligazón de historias, puntos de vista narrativos, voces opuestas e informaciones documentales es el gran atractivo de una novela que muchos lectores podrán ver también como un estudio histórico. Una obra muy sutil en la que de repente suena una detonación que amortigua los bombazos y morteros que hasta entonces estaban arrasando tantos poblados bosnios, incluida la atroz matanza de Srebenica. “Los Balcanes producen más historia de las que pueden deglutir”, dijo Churchill. Y así está recogido en el relato, cuando precisamente se intenta explicar las dudas que durante años generó en la comunidad internacional una intervención en la guerra balcánica. Esta contemporización de las democracias occidentales provocó decenas de miles de muertos y el estallido de una federación de países que se habían ido mezclando a pesar de esa Historia indigerible.

El trágico destino de Ana Mladic, alimentado por políticos y militares como su amado padre, se iba fraguando mientras el mundo se desmoronaba a su alrededor y sus amigos temían decírselo. Esta enrevesada realidad la evoca con maestría Clara Usón mediante una historia de ficción.

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De países inexistentes y vidas imaginarias

Cuando El Pequeño Larousse celebró el centenario de su aparición en español incluyó en las guardas las banderas de los países que existían en 1912, en recuerdo de la primera vez que se tradujo al español. Fue curioso ver que la bandera de China, antes de ser comunista, casi llevaba los colores del arco iris; que las enseñas de Andorra, Gran Bretaña o El Salvador eran sensiblemente diferentes a las actuales, y que sólo un siglo atrás existían Persia, Siam o Zanzíbar, además de Serbia y Montenegro, que se unieron más tarde para acabar divorciándose.

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Me he acordado de aquel ejercicio de nostalgia al pasear por los territorios recogidos en el “Atlas de países que no existen” (Geoplaneta, 2016). Lo firma Nick Middleton, un catedrático de Geografía de la Universidad de Oxford que ha ocupado unos cuantos años en registrar “una cincuentena de estados no reconocidos y en gran medida inadvertidos”. El libro está editado con mimo, con un ojo de buey en cubierta que anticipa el alarde de diseño del interior, donde cada “país inexistente” se presenta troquelado sobre el mapa del territorio que lo acoge oficialmente. En su académica introducción Middleton va explicando los criterios que han regido históricamente para determinar qué país puede lograr el reconocimiento como tal, con todas las salvedades existentes. Comenta lo que cualquier guerra pone en evidencia casi a diario, que el mapa político del mundo no es estático, que vivimos en “un mundo que fluye”. Recupera la manoseada cita de Max Weber de que un estado existe “cuando alguien tiene el monopolio del uso legítimo de la fuerza sobre un territorio”. Salen a relucir la ONU, los efectos de la colonización de África, el conflicto cotidiano de Israel y Palestina y otros temas y subtemas que son consustanciales a las cuestiones fronterizas.

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El libro se organiza en capítulos de cuatro páginas, en los que el autor ofrece información concisa sobre cada país además de mostrar el efecto cartográfico antes mencionado. Agrupados por continentes, imagino que cada lector echará en falta alguno o entenderá que sobran países de los que aparecen. Está Cataluña pero no Escocia, aparece el Tíbet pero no el Kurdistán. En cualquier caso, la variada tipología de territorios geográficos sin el label político merece las horas que puede ocupar esta entretenida lectura. Por ejemplo, en medio de Copenhague hay una comuna hippy que tiene de plazo hasta 2018 para tomar o dejar la oferta del gobierno danés de comprar el tercio de kilómetro cuadrado sobre el que se asienta. El mismo gobierno tiene otro frente abierto, esta vez de 2.000.000 de km2, llamado Groenlandia. Cuenta Middleton que en 2009, para celebrar el autogobierno, las autoridades de la inmensa isla arponearon un par de ballenas que proporcionaron comida a toda la población, unas 40.000 almas.

En este libro aparecen, por razones bien diferentes, el reino de Redonda (en las antillanas islas de Barlovento), donde los literatos se reparten todo tipo de títulos nobiliarios con Javier Marías como monarca; la República Árabe Saharaui Democrática, condenada a la indefinición por la desidia española y por la abundancia de recursos naturales, demasiado rica para que la dejen caminar sola. Hay nombres de resonancias míticas (La Araucanía) o gamberradas diplomáticas –como la República Turca del Norte de Chipre– que provocarían sonrojo de no ser por las muertes que ha ocasionado. Y se van sucediendo curiosidades como la Antártida, la república rebelde de Abjasia, en Georgia, una isla con 23.000.000 millones de habitantes como Taiwan y otra mucho más pequeña y misteriosa como Rapa Nui. Lo mejor queda para el colofón, un verdadero país inexistente a caballo de varios océanos, que mantiene disputas con al menos 16 estados “reales” y que tiene una población acumulada de 67 habitantes. Su capital es Cyberterra.

En un lugar tan peculiar y fluctuante se hallarían como en casa algunos de los personajes que retrata Marcel Schwob con su precisión de cirujano. Hablábamos de él hace bien poco y seguimos devorando con deleite sus libros concisos. En “Vidas cruzadas” (recién editado por Alianza) es capaz de sacar petróleo de un puñado de datos llegados en voz baja de la noche de los tiempos. Si El Pequeño Larousse (por volver al argumento de inicio) despachaba a Eróstrato con un lacónico relato: “pirómano efesio que para inmortalizar su nombre con una hazaña incendió el templo de Artemisa en Éfeso (356 a.C.)”, Schwob dedica cinco suculentas páginas a elucubrar con precisión de documentalista acerca del carácter violento de la madre del incendiario, sobre las túnicas púrpuras de sus convecinos o en torno a la prohibición de que el nombre del pirómano trascendiera por los siglos de los siglos.

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Algo parecido les ocurre a personajes históricos como el pintor Uccello, el poeta Lucrecio, la princesa Pocahontas o el filósofo Empédocles, del que las enciclopedias dicen que se arrojó al cráter del Etna.

Con semejante final qué biografía no iba a imaginarle Schwob.