Literatura más allá de generaciones

“Los milenials han revertido las tendencias juveniles que comenzaron en los años sesenta. Han disminuido las ratios de delincuencia juvenil; fuman y beben menos, y ha descendido el número de embarazos entre adolescentes. (…) Nunca hemos visto una generación tan cercana a sus padres”. Las comillas pertenecen a un estudio titulado Millennials Rising: The Next Great Generation, y lo cita Mar Abad en un libro interesante y muy entretenido que se titula “De estraperlo a postureo”, del sello Vox, el de los diccionarios de toda la vida. Esta obra quiere demostrar que según las palabras que utilicemos denotamos en qué año hemos nacido, más o menos, a qué generación pertenecemos. Y repasa un siglo de España, en una especie de manual (muy ameno) de sociología disfrazado de estudio léxico y lingüístico (muy divertido).

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Se citan cinco generaciones, la “silenciosa” (nacidos antes de la guerra civil); los baby boomers (nacidos en plena posguerra);  la Generación X (los que aparecimos con el desarrollismo y la transición); los milenials, que llegaron con una pierna en cada siglo; y la Generación Z, que apenas es comentada porque todavía está creando ese léxico que permita a los habitantes del futuro asociarla a un tiempo y unas circunstancias.

El libro evidencia un notable trabajo de documentación, que la autora parece haber trabajado con deleite: preguntas a los mayores, visionado de horas y horas del archivo de TVE, películas viejunas, canciones de la Movida, coplas, diccionarios muy variados y muchas búsquedas en la red. Todo vale para montar este trabajo que cada uno disfrutará en mayor medida cuando se vea reflejado en la generación a la que pertenece. La identificación con el mítico programa ¿infantil? La bola de cristal explica las canas que nos adornan, por ejemplo. La lectura de las páginas dedicadas a los años del estraperlo ayuda a entender por qué también las palabras parecían ser grises, en consonancia con la tristeza y las fotos en blanco y negro que nos explican qué pasó en la guerra y después de ella. Y al leer sobre los milenials he recordado enseguida una publicidad de Alianza Editorial que vi hace poco en una librería, que se preguntaba abiertamente: “¿existe una literatura para milenials?”.

Por eso abríamos este texto con esa definición tan dura de esta generación, que todavía ahondaba en vituperios: “son sorprendente convencionales en sus valores sociales y culturales”. Ronja von Rönne, nacida en 1992, es una autora de esta colección de Alianza y en el folleto mencionado dice: “éramos la mejor protegida y más depresiva de todas las generaciones. Era nuestra hiperreflexión neurótica, el continuo preguntarse por el papel propio, la maniática dedicación a nosotros mismos, el tiempo que se abría ante nosotros desierto e infinito, y el aburrimiento incierto de nuestras arenosas”. Tengo un novela suya por leer titulada “Ya vamos”, “un libro radical sobre el dolor de crecer y el poliamor”. Esta última es justamente una de las palabras que según Mar Abad definen a esta generación, como lo son precariado, selfi, posverdad, sexting, meme, hípster y pagafantas, entre otras.

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Y acabo de terminar precisamente otra novela de esta misma colección, sin saber que tenía por target a los milenials. En este caso es de una autora francesa, Élisa Shua Dusapin, también de 1992, que ganó varios premios con esta, su primera obra publicada. Se titula “Un invierno en Sokcho” y su morosa narración se desarrolla en una pequeña ciudad portuaria de Corea del Sur, muy cerca de la frontera con su temido vecino del norte.

Pocas páginas para una historia en la que la joven protagonista ejerce de recepcionista en un hotel de una ciudad de veraneo en la que no hay un alma en pleno invierno. Hasta ahí llega un francés, Kerrand, que rompe con la rutina del lugar. Es un viñetista que está preparando una nueva novela gráfica y despierta el interés de la protagonista, que se ofrece al huésped para acompañarlo en sus breves viajes de documentación.

Ese tedio cotidiano está descrito con una precisión que sorprende por la economía de medios de la narradora, que estructura el relato en breves secuencias de pocas páginas. Su relación con un novio que cambia de ciudad, las visitas a su madre, el día a día en un hotel decrépito se van mostrando con aparente sencillez, parece que se vayan fundiendo con la novela gráfica que está levantando Kerrand. La narradora describe ese cómic que aparece ante sus ojos y el contorno se difumina con la novela que nosotros estamos leyendo: “Era un lugar sin serlo. Esos sitios que toman forma en el instante en que pensamos en ellos, luego se disuelven, un umbral, un paisaje, allá donde la nieve que cae tropieza con la espuma y una parte del copo se evapora mientras la otra se une al mar”.

Un milenial igual se reconoce en ella, ¿por qué reservarle ese gusto solo a esta generación?

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Periodismo contra los apagones informativos

 

Todo el mundo tiene una historia que contar. Es una de las máximas del periodismo. Si uno escarba, en su propia vida o en la de otros, acabará hallando restos de una vivencia y algo podrá hacer con ellos. Es el punto de partida de un cómic autobiográfico que va encadenando historias envueltas a su vez en la historia de la gestación del cómic, un relato de relatos con el periodismo como verdadero telón de fondo. Se titula “Oscuridades programadas”, la metafórica traducción a un concepto muy asentado en inglés (rolling blockouts), que llega acompañada de un subtítulo mucho más descriptivo: “Crónicas desde Turquía, Siria e Iraq”.

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La autora es Sarah Glidden y lo acaba de publicar Salamandra Graphic. Los medios han acudido en tropel a hacerse eco de su aparición y todos se han centrado en la reflexión que plantea el libro en torno al periodismo, a su presente y, especialmente a su papel en la sociedad. En TVE, en El Periódico, en el diario en catalán Ara han aparecido reportajes generosos en los que se hablaba más de la forma de del fondo. Un “híbrido literario”, así lo calificaba Núria Juanico en Ara, que remataba su reportaje con unas declaraciones elocuentes de la propia Glidden: el periodismo “es un oficio que cada vez incluye más géneros y ensancha sus fronteras literarias”. Lo cierto es que este cómic, con textos muy largos y continuos diálogos llenos de reflexiones ampliamente argumentadas, es una defensa apasionada del matiz, de las fuentes contrastadas, de los diferentes puntos de vista, de la duda.

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El punto de partida es curioso. Sarah Glidden acompaña a dos amigos periodistas de Seattle, defensores de una manera de entender la profesión más cercana al cooperativismo que al mero negocio de informar. Seattle Globalist es el nombre de este proyecto que sigue bien vivo. En este a viaje a Oriente Medio va con ellos Dan,  un curioso acompañante, amigo de la infancia de la autora, exmarine destacado a la guerra de Iraq, que quiere ver in situ las consecuencias del paso del Ejército estadounidense por aquellas tierras. A ratos se arrepiente de haber formado parte de aquel contingente que tanto dolor ocasionó, a veces quiere pensar que no todo estuvo mal y que, en cierto modo, ayudó a derrocar al tirano. A veces no quiere desvelar su paso, en otras ocasiones se presenta como un marine que estuvo ahí.

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Esa historia, la de Dan, aparece de manera recurrente a lo largo de todo el relato e incluso sirve de argamasa para enlazar con otras biografías. Hay un bloguero iraní que cuenta su manera de hacer, hay un funcionario de Naciones Unidas que que enumera en qué consiste ser refugiado, hay, precisamente, un refugiado iraquí que fue expulsado de EEUU tras una oscura acusación de haber colaborado con Al Qaeda y hay muchos pequeños dramas, muy tristes por su cotidianeidad, protagonizados por exiliados kurdos. Muchas historias que van proporcionando diferentes puntos de vista mientras el grupo de amigos en los que se ha “empotrado” Sarah Glidden va reflexionando sobre su propia vista, sobre el periodismo, sobre la actitud de su país como árbitro del mundo y hasta acerca de sus propias vidas. “Necesitamos comprender cómo obrar con inteligencia dentro de la complejidad. Supongo que esa es la promesa del periodismo de calidad”.

Del periodismo de calidad y hasta de la propia existencia. Ese cuestionamiento permanente se puede apreciar en otro pasaje de este prolijo relato (300 páginas): “todo lo que hago como periodista se basa en el convencimiento de que, al exponer información e ideas, la gente se cuestionará cosas que daba por sentadas”. La obsesión por contar con todos los puntos de vista, el afán por huir de la comodidad que proporcionan los relatos oficiales, recuerda los cómics de Joe Sacco, al que dedica la autora la obra, entre otros autores. Técnicamente, las acuarelas y los tonos pastel de Glidden nada tienen que ver con el trazo de Sacco, en glorioso blanco y negro. Tampoco la composición de las páginas: poco rastro hay aquí de esas panorámicas a doble página, bien abigarradas, tan del gusto de Sacco.

Coinciden ambos, sin embargo, en la abundancia de textos, en el gusto por añadir una frase que acabe de dejar claro lo que cualquier protagonista quiere decir. El cómic de Glidden recuerda también a Sacco en ese planteamiento casi documental de escribir sobre el terreno, de mostrar con precisión cómo es el pequeño piso donde vive un refugiado kurdo, cómo se ve la ciudad de noche, cuando se producen los apagones que dan título al libro, cuánto fuma uno de los entrevistados o de qué manera cocinaba en EEUU los bollos de miel, en el microondas, y cómo los extraña ahora, el refugiado iraquí que fue expulsado por colaborar, supuestamente, con el terrorismo islámico que tiene al mundo en jaque.

“¿Qué es el periodismo?”, se pregunta la autora cuando queda escasamente una docena de viñetas para el final. La respuesta es una sucesión de preguntas, que hay que ver contextualizadas, dibujadas, una detrás de otra, en la página 296. Y así al final, volver a preguntarse: “¿PARA qué se hace periodismo?” Algo me dice que la respuesta a tan complejas cuestiones está en realidad hacia la mitad del libro, e incluso oculta en el propio título. Los “rolling blockouts” del título original no suenan tan bien como esas “oscuridades programadas” de la traducción al castellano. Son, lisa y llanamente, “cortes de luz provocados”, muy del gusto de los estados autoritarios o de los países que viven situaciones convulsas. En la página 152, observando la ciudad de Suleimaniya, en el Kurdistán iraquí, dice la autora que “se programan apagones para evitar sobrecargas y conseguir que la red siga funcionando”.

Se puede añadir el adjetivo “informativos” detrás de “apagones” y todo tendría más sentido todavía.