El regalo de un amigo

Estoy mirando del derecho y del revés el LP que un amigo del alma me regaló hace ahora 25 años, por mi cumpleaños. Fue él quien me descubrió a un grupo del que, si no, sólo hubiera escuchado “Whisky in the jar” de vez en cuando en Rock FM o al que podría haber llegado de manera casual buscando canciones que se titularan “Sarah”, para añadir a una lista muy personal en la que también están Bob Dylan, Fleetwood Mac o El Último de la Fila. Este LP es un álbum de 1981, se titula Lizzy Killers y es un verdadero joyero de piezas únicas. Atesoro este vinilo de Thin Lizzy porque el amigo que me lo regaló es un devoto de la banda, o mejor dicho, de su líder, Philip Lynnot. Ahí están todos los himnos del grupo: desde la mencionada adaptación del clásico popular irlandés hasta la “Sarah” que dedicó a su hija recién nacida o bombazos como “The boys are back in town”, “Jailbreak” o “Don‘t believe a word”.

 

Durante todos estos años he ido escuchando (y recomendando) a Thin Lizzy. Mucho antes de que Spotify nos abriera esa ventana infinita de canciones, teníamos la costumbre (gozosa) de almacenar canciones en LPs, grabar cintas de cassette o renovar nuestras discotecas de vinilos con los CDs, que ocupaban menos espacio y decían que ofrecían más calidad de sonido. Recuerdo que en un programa de radio que compartían Ariel Rot y Jaime Urrutia, el primero afirmaba que recordaba el momento preciso y el lugar en los que compró casi todos los discos que guardaba en su casa. Tengo un CD roñoso, con la etiqueta de “Special Price”, de otro álbum de Thin Lizzy, llamado “Vagabonds of the Western World”. Creo recordar que me lo agencié en una de las tiendas de la calle Tallers de Barcelona, en una especie de homenaje al amigo que me puso en la pista del grupo y del que me separan ahora unos cuantos centenares de kilómetros, pero que siempre acude cuando es verdaderamente necesario.

Asocio a su risa estruendosa ese guitarreo doble de Thin Lizzy, recuerdo las explicaciones precisas que me daba cuando escuchábamos en su casa el “Live and Dangerous”, o las conexiones que me decía que tenía Lynnot con Van Morrison, Gary Moore o los U2, mucho antes de que fueran tan… U2. Durante las últimas semanas me he acordado mucho de lo felices que vivíamos hace 25 años, de las ridículas preocupaciones que nos acompañaban, de esa sensación de que todos los días eran viernes. He leído con verdadera curiosidad (y un interés que no ha dejado de crecer) “la biografía autorizada de Philip Lynnot”, titulada “Cowboy Song”, firmada por Graeme Thomson y editada en 2017 por Es Pop Ediciones.

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La cubierta es una puta maravilla, como casi todas las de esta editorial. Y la edición, dentro de la sencillez, está totalmente al servicio de la lectura, algo no tan habitual. Traducido por Óscar Palmer Yáñez, a la biografía no le falta de nada, por lo que respecta al andamiaje: un pliego con una selección de fotos, una bibliografía interesante, un destacable conjunto de notas (más de 300) y el fundamental índice onomástico.

En lo tocante al contenido, la vida de Lynnot y los componentes (sucesivos) de su banda da para unos cuantos tomos. Al margen de aspectos personales que son muy interesantes para entender según qué canciones o para saber por qué se fue tan joven, este minucioso recorrido biográfico nos muestra su eclosión como “mejor banda irlandesa” en los años 70, sus frustradas y frustrantes giras por EEUU, los “neverending tour” por su isla natal, la relación con algunos de los fantásticos músicos que nunca deja de “fabricar” Irlanda así como un sinfín de historias en apariencia menores, pero que son las que explican por qué cambiaron tantas veces los integrantes de la banda (siempre bajo el liderazgo de Lynnot), qué secretos esconden ciertos discos y canciones y cómo empezó a pelearse con el bajo el propio Lynnot hasta lograr un dominio, si no virtuoso, sí más que decente del instrumento.

lizzy killers

Miro la dedicatoria que escribió mi amigo en el sobre del vinilo. Fue en junio de 1993 y me invitaba a descubrir una banda “con ese feeling que deberíamos tener todos”. No sé qué escribiría hoy, si me volviera a regalar ese disco. Durante estos años, la vida nos ha dado duro (unas cuantas veces) pero también nos ha regalado momentos esplendorosos. Es imposible, al hojear este libro, no pensar en esa amistad diferida durante unos cuantos años. La biografía es un canto al optimismo, también al exceso. Lynnot follaba, bebía y se drogaba a lo grande, como si nada pudiese hacer mella en un tipo negro nacido en la católica Irlanda, donde creció rodeado de blancos sonrosados.

Garabateo estas notas mientras suenan en Spotify canciones del concierto que quedó registrado como “Live and Dangerous”. La biografía desvela importantes detalles de este disco, que no atenúan un ápice mi admiración por él. No sé qué haré cuando termine el libro, porque me ocurre con muchas biografías (ya sea la de Churchill o la de una niña amenazada por los nazis), que llego a empatizar tanto con los biografiados que empiezo a extrañarlos nada más pasar la última página. Conseguí este libro en una pequeña tienda del Poblenou, que igual vende muñequitos de Stranger Things que DVDs de segunda mano o cómics de sellos underground. Cuando pedí la biografía, el responsable me preguntó:

– ¿Te gustan estos?

Y ante mi extrañeza por la pregunta, me dijo que durante años tocaba la guitarra en un grupo que hacía versiones de Thin Lizzy y prácticamente nadie los conocía.

Mi amigo Quique estará contento cuando vea que no sólo despertó mi interés por su admirado Phil sino que voy haciendo apostolado. Leer este libro es sacarle muchísimo más partido a cualquier escucha que hagamos de cualquier canción de una banda que nunca supe catalogar. A un compañero de trabajo que me dijo que los veía inclasificables hoy le diría orgulloso que son “una banda de blues-rock progresivo en el entorno desenvuelto y vagamente bohemio de finales de los sesenta”.

Lo pone en el libro, como tantas otras cosas.

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Música y fútbol

A finales de la década de 1980 apenas podíamos intuir cuál sería el destino del fútbol televisado, mientras en la segunda cadena de TVE (quizás entonces ni siquiera se llamaba La 2) ofrecían en directo los sábados por la tarde un partido de la liga inglesa. Debían de ser los años de transición hacia la Premier League, “marca registrada” a la conquista de los mercados exteriores y en la que los campos se habían modernizado, habían desaparecido las “vallas asesinas” de infausto recuerdo en Heysel, todos los espectadores estaban sentados, no había borrachos en las gradas (o no los enfocaban las cámaras) y, algo que ahora ya pasa en todo el mundo, los precios sólo eran accesibles a un público de posibles.

La retransmisión que ofrecía la pantalla mostraba la cara “doméstica” de los hooligans británicos: miles de gargantas cantando “a cappella” himnos legendarios, miles de culos perfectamente sentados alrededor de unos campos de un verde imposible fuera de las islas y jugadores ahora ya en el panteón de ilustres persiguiendo a toda velocidad la sombra de un balón, que volaba de área a área, lejos del pasto. En términos futbolísticos se hablaba de racanería en el campo, aburrimiento en la grada y altanería en los despachos hacia el futbol practicado en el resto del continente.

fiebre en las gradas

La cara B de todo esto, la explicación a ras de calle de tantos cambios en tan poco tiempo, se puede encontrar en un libro de Nick Hornby que siempre aparece cuando se elabora un canon de la cada vez menos imposible relación entre fútbol y literatura. “Fiebre en las gradas”, publicado en castellano por Anagrama tras aparecer en inglés en 1993, es un libro que no está envejeciendo bien del todo, porque hay muchos nombres que van apolillando el relato. También porque el glamour actual puede deslumbrar y provocar que las historias narradas, llenas de campos embarrados, peleas en el fondo del estadio y borracheras descomunales, aparezcan como batallitas que se cuentan en voz baja, mientras un rictus de vergüenza se adueña de nuestras cabezas despeinadas.

El libro de Nick Hornby es el relato de una pasión gunner, la biografía colectiva de un equipo segundón de Londres que parecía condenado por una especie de maldición futbolera, la crónica de los fracasos sucesivos del Arsenal entre finales de los años 60 y el campeonato liguero de 1989. Aún tendrían que llegar los años del jeque como amo del club, las muchas temporadas del francés Arsène Wenger como técnico de un equipo aclamado por su juego preciosista y criticado por su escasa contundencia a la hora de sentenciar títulos.

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Arsène Wenger y Nick Hornby

PROCEDENCIA DE LA FOTO: http://peterfromtexas.tumblr.com/post/39137035855/arsene-wenger-and-nick-hornby

En esta semana de marzo que ahora comienza vuelve a cruzarse el Arsenal con el Barça (de Messi, Neymar y toda la pléyade de estrellas) en una eliminatoria de Champions League, y lo hace en desventaja tras perder 0-2 en el Emirates Stadium (el apellido publicitario de una línea aérea del Golfo Pérsico ha acabado con un nombre de resonancias legendarias como Highbury, el antiguo campo gunner). Se volverá a hablar de Nick Hornby, seguro que lo entrevistan en muchos medios y volverá a citarse “Fiebre en la gradas” como uno de los libros imprescindibles, a pesar del tiempo pasado y aunque queden ya muy lejanos nombres como los del desdentado Peter Beardsley, el portero Grobbelaar, el entrenador Jock Stein o el mítico George Best (toda una fuente de frases e historias a menudos apócrifas) o parezcan historias conservadas en papel amarillento las de los años de `plomo del thatcherismo, la tragedia de Hillsborough o los viajes en tren de los hooligans por condados alejados y campos de tercera.

31-canciones-Hornby

El libro de Hornby, más que “literatura del yo”, es uno de los precursores de esos libros de evocación que ahora triunfan entre la generación de los baby boomers. Es verdad que el autor parte de su vida y sus recuerdos para proyectarlos sobre un paisaje y unos años que acaban conformando una especie de retrato generacional. Es un libro que, leído fuera de las islas y una par de décadas después, no se entiende bien sin notas a pie de página. Hay otro del mismo autor, “31 canciones”, que ha envejecido mejor, a pesar de estar elaborado con mimbres similares. En este caso son episodios de la vida de Hornby (algunos bien personales, como la enfermedad de su hijo, las dificultades de su matrimonio precisamente a causa de los condicionantes de esta enfermedad) los que se van mezclando con melodías y cantantes que le acompañaron en esos trances vitales. Dedica a cada una de estas canciones un pequeño ensayo que unas veces relaciona la canción con el propio proceso creativo del escritor, otras veces sirve para reflexionar acerca de las modas imperantes y, en algunos casos, es meramente una descripción técnica de una melodía. Springsteen, Led Zeppelin, Aretha Franklin, Van Morrison, The Clash… son algunos de los protagonistas de esta recopilación que se lee como la versión seria y objetiva de una novela, también de Hornby, titulada “Alta fidelidad”. En este caso la literatura y un peculiar humor muy inglés son los protagonistas.

Cuando se habla de música y fútbol, Hornby es un nombre recurrente. Con razón.