Más allá de Paracuellos

En las páginas literarias del sábado del diario Ara aparecía el otro día una breve reseña del último álbum de la serie Paracuellos, de Carlos Giménez. El penúltimo, mejor dicho, porque se anuncia otro para 2017, que ya será el octavo. Decía Xavi Serra que tras la primera entrega de la colección, los siguientes (publicados a finales del siglo que se fue) ya mostraban que el autor “había dicho todo sobre los días más tristes de su infancia” y que el séptimo, de reciente aparición, no venía sino a incidir en ello. Remataba la breve pieza con una frase contundente: “un retorno relativo [el del autor a los hogares de Auxilio Social] porque, según cómo, todavía no ha conseguido salir”.

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De una manera mucho más matizada y enriquecedora, la especialista en cómics de El Periódico de Catalunya, Anna Abella, entrevistó hace unos meses al propio Giménez coincidiendo con la salida de Crisálida (Reservoir Books, 2106). La enésima demostración de que el dibujante no se quedó precisamente en Paracuellos y que ha abordado los temas más variopintos, en los escenarios más diversos y con todo tipo de personajes. Sin renunciar, eso sí, a esas viñetas que parecen dibujadas con cincel, con esos juegos de luces y sombras y esos rasgos en los rostros que los emparentan con esculturas barrocas de aquellas que atrapan el movimiento.

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Decía Giménez a propósito de Crisálida que a veces le han tildado de impúdico, precisamente por las miserias que relató de su paso por esos centros de internamiento franquistas para niños desamparados, y que se lo habían vuelto a decir ahora, cuando enfrenta a su alter ego Tío Pablo con el alter ego que él se ha creado, Raúl, para hablar de la muerte, de la soledad, de la vejez, del miedo a lo desconocido… Es un juego de espejos en el que se suceden reflexiones muy personales, que teme el lector sean las del propio autor, por la carga desesperada que conllevan. La “crisálida” del título dice el protagonista que es “una cáscara que crece y nos aprisiona” después de aseverar que “empezamos a morirnos el día en que empezamos a pensar seriamente en la muerte”. En torno a esta idea se suceden las reflexiones de Raúl / tío Pablo / Carlos Giménez, que confrontan sus temores hablando a las claras en cenas de amigos, reflexionando mientras entinta una viñeta o dándole vueltas a las cosas en los momentos más cotidianos.

Crisálida, ahora; Barrio, Los profesionales, Una, grande y libre, Pepe y muchos otros álbumes del pasado dejan claro que Carlos Giménez salió hace tiempo de Paracuellos, pero que su maestría le permite volver ahí cuando quiere, aunque sea para decir que aquello fue una iniquidad. Como dice en la entrevista con Abella, “poner la otra mejilla es falta de dignidad”.

S de Seth, de sencillez

Seth es un dibujante (y guionista) canadiense que presenta un aspecto peculiar, como si fuese el protagonista de “Pleasantville” y un día hubiera decidido evadirse del mundo actual e introducirse en unos escenarios en B/N de varias décadas atrás. Basta con ver el aspecto exterior que cultiva en una foto que publica Santiago García en “Cómics sensacionales” (Larousse, 2015) o, mejor aún, hacer caso al propio Santiago y buscar el video que muestra en YouTube la casa donde vive Seth en Toronto.

Creo no es baladí fijarse en el aspecto de este historietista, porque sus obras respiran un aire melancólico y abordan historias con un atisbo de nostalgia adocenada, todo ello en conexión directa con esas gafas con montura de carey y esos trajes marrones de dos piezas que se gasta el bueno de Seth. Hace unos años dicen que tuvo que salir a la palestra para disculparse por haber sido demasiado bueno ficcionalizando lo que parecía una historia absolutamente real. Aún no estaba tan de moda lo de la autoficción y el grado de detalle que proporcionó Seth en “La vida es buena si no te rindes” (Sins Entido, 2003) provocó que todo el mundo se tragara la bola y creyera que existió de verdad Kalo, un dibujante que publicó algunas viñetas en The New Yorker y al que el autor seguía  la pista, sin dejar de aportar detalles, en pos de otras publicaciones. Las virtudes de Seth ya podían apreciarse en esta obra, con unos dibujos bitono y una línea clara de impecable factura, el tono melancólico y la mezcla de supuesta documentación ilustrada con reflexiones personales de aire desgarbado y un relato minucioso.

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Acabo de leer de un tirón, con numerosas idas y venidas atrás y adelante a lo largo del centenar escaso de páginas, el álbum “George Sprott (1894-1975)”, publicado por Random House en 2009. No podía evitar el recuerdo de las muchas mañanas que pasé en la hemeroteca de La Vanguardia, en el edificio de la calle Pelai. Las mesas robustas, las estanterías protegidas por puertas de vidrio, el papel pintado de las paredes, esos colores marrones de los tomos de periódicos encuadernados los relacionaba inmediatamente con esta biografía, detallada, de George, un presentador decrépito de un programa sin audiencia en una televisión local de la provincia de Ontario, en Canadá.

Cubiertas de las ediciones española y estadounidense

Décadas haciendo el mismo programa, basado en unas películas mudas rodadas en unos viajes al Ártico acaecidos muchos años atrás, sumido todo en una rutina con aroma de alcanfor. Esta monótona vida, rodeado de personas grises como él, que cenan cada día en un bar de lo más normalito y se citan cada jueves para una conferencia a la que siempre asisten los mismos, a pesar de que ni entre ellos se dirijan la palabra. Esta decrepitud mortecina no se muestra, sin embargo, de una manera triste o miserable. Con una planificación admirable (la que provoca precisamente esas ideas y venidas por el álbum), se suceden viñetas de todos los tamaños, con unos dibujos llenos de matices a pesar de aparente sencillez, que acaban conformando una puesta en página elegante, esmerada, con escenas milimetradamente organizadas y saltos en el tiempo permanentes.

Todo se cuenta a partir de la narración de las últimas horas de George Sprott, poco antes de volver a entrar en antena. Acaba de cenar y está en el camerino. Un infarto se lo lleva por delante. Es su sobrina la que lo encuentra, prácticamente la única persona que lo soportaba. El álbum es como un libro de recortes, un patchwork de retratos grupales, notas documentales dibujadas con prolijidad, fotografías de maquetas en cartón de los edificios que aparecen en las viñetas (la sede la cadena de televisión CKCK, el teatro Coronet Hall, el restaurante Melody Grill…). Un narrador algo patán, que deja traslucir sus dudas, que casi alardea de sus fallos de planteamiento, nos conduce de la mano por la vida de George. Sencillez, melancolía, cotidianeidad, temores, confidencias, prejuicios, olvidos, momentos de gloria y bochornos de corto alcance, decepciones y algún pequeño triunfo…

La vida de George y la de cualquiera de nosotros.

 

¿Era necesario saberlo?

Fue hace muchos años, en una clase de literatura del extinto COU. La profesora, soriana y precisamente por ello machadiana perdida, nos quiso descubrir un aspecto muy personal de don Antonio, cuyos versos leía en clase con devoción. Fue aquel el año en el que amamos a Machado, anotábamos casi cada verso, en busca de símbolos, referencias y hasta significados que posiblemente el propio poeta no llegó nunca a vislumbrar. Preparábamos el examen de selectividad con el deseo de que nos cayera un poema suyo, el que fuera, porque íbamos a bordar los comentarios. Lamentablemente, nos tocó uno de Aleixandre o de cualquier otro poeta, del 98 o del 27. Eso sí, quedamos embrujados para siempre por los versos austeros pero certeros de don Antonio.

El regalo que nos hizo aquella profesora terminó siendo un fiasco. Se había publicado, poco tiempo atrás, un libro con unas cartas que Machado dirigió a Guiomar, una especie de amor otoñal que surgió mucho tiempo después de la muerte de su añorada Leonor, aquella adolescente cuyo recuerdo subyacía en muchos de los versos imperecederos del poeta, el amor que la muerte segó de un tajo, la historia casi indecente que sólo la tragedia ha hecho más llevadera. Nos leyó aquella profesora unas cartas que Machado escribió a Guiomar, en las que el romanticismo de sus versos más conocidos era sustituido por una pasión pedestre, “fieramente humana”. Fuimos unos cuantos los estudiantes que asistimos decepcionados a esa intromisión en la vida íntima del hombre, lejos del poeta que daba a la imprenta unos versos de los que estaba convencido, de los que sentía orgulloso. Las cartas a Guiomar, que posiblemente escribió sin pensar que alguien pudiera darles publicidad, retratan a un hombre enamorado, que habla sin tapujos, que se muestra desorientado, que admira una belleza en su amada que, por lo visto, sólo existía en esa mirada devota, en su alma de hombre que intuye que pocas oportunidades le quedan al amor en su vida.

Fue un voyeurismo en el que no quedé complacido. Más tarde pude leer otros versos del propio Machado, los dedicados Enrique Líster, aquellos de “si mi pluma valiera lo que tu pistola” (o algo parecido), elaborados en el fragor ya de la guerra civil, cuando había que tomar partido hasta mancharse. Ni las cartas a Guiomar ni los versos a Líster pueden empañar la enormidad de la obra machadiana, por mucho que Borges soltara aquella impertinencia de “no sabía que Manuel tuviera un hermano”, cuando le pusieron en la diabólica tesitura de elegir entre los versos de uno de los dos “machados”. No me gustó nada conocer la intimidad carnal de un artista que había iluminado nuestra alma con poemas inolvidables.

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Algo parecido me ha ocurrido al pasar las páginas de “Mi cuerpo es una celda (una autobiografía”, firmada a nombre de Andrés Caicedo, aunque sea preciso decir que hay algo de trampa en esta asignación de autoría. El libro, publicado por Alfaguara en Colombia en 2014, está en realidad “dirigido y montado” por el chileno Alberto Fuguet, y así consta en la página de cortesía. Ha sido Fuguet el gran valedor de Caicedo en los últimos años, al que ha rescatado como uno de los damnificados del dichoso “boom”. De ello habíamos hablado aquí hace unos meses, impactados como estábamos entonces de la primera lectura que hacíamos del colombiano. Leer este falso libro de Caicedo me ha retrotraído a aquella extraña experiencia machadiana porque también ha habido mucho de ejercicio de voyeurismo, en este caso además con resultado trágico y vivencias que en algunos casos bordean lo inmoral si no lo delictivo.

Andrés Caicedo murió joven y bello. De hecho en el libro aparecen imágenes inéditas que evocan aquellas fotos míticas de Jim Morrison poco antes de traspasar. Murió porque quiso, se tomó una sesentena de pastillas el mismo día en el que recibió un ejemplar de su novela “Que viva la música”. Escribió dos cartas antes de morir, que se publican en este libro, y que hieren doblemente porque ahora sabemos las circunstancias en que fueron elaboradas, la prisa que movía la mano de Caicedo al reclamar cariño a su novia, al pedir pronta respuesta a su amigo Miguel Marías, al que hacía partícipe de algunas opiniones cinematográficas, pasión que compartían ambos.

El libro está montado, nunca mejor dicho, a partir de documentos públicos y personales de Caicedo. Críticas de cine, reseñas, comentarios a amigos desde su residencia en Houston, adonde va con la vana ilusión de vender unos guiones cinematográficos; pero también cartas de amor, misivas familiares, una autobiografía elaborada a petición de un médico tras ingresar en un psiquiátrico después de una primera intentona fallida de suicidio. Es este el ejercicio de voyeurismo al que nos referíamos antes. Explica Caicedo en cartas muy personales que está subyugado por una chiquita que no es todavía adolescente, y queda patente que su relación con ella no se limita a besos en la mejilla. Explica intimidades familiares que poco aportan a su trayectoria literaria, más allá de su condición de “hijo casi mimado”. Hay una pulsión sexual que otros han analizado y que se ve maniatada por una mezcla de machismo, prejuicios e hipocresías varias. Este patchwork de escritos parece que suscitó resquemores en las hermanas que le han sobrevivido e incluso algunas de ellas lograron censurar ciertas alusiones a relaciones homosexuales por las que Caicedo no parecía sentirse especialmente afligido.

Habla Caicedo del “Calicalabozo”, para referirse a la sensación de aprisionamiento en la que vivía en su ciudad natal. Bien se liberó cuando puso a la protagonista femenina de su novela a vagar por las calles de la ciudad mientras descubría sus noches y sus ritmos. El título también se refiere a la “celda” que era su cuerpo. Y los lectores sabemos, si es que lo ignorábamos, que los textos ahí agrupados pertenecen a un suicida que se vio “censurado y juzgado por la estructura familiar”.

Como el personaje es interesante y dejó una obra, aunque escasa, de notable altura, puede parecer pertinente asistir a este ejercicio de destape. Hay reseñas deliciosas, cuando descubre en EEUU películas de Truffaut, de Peckinpah o clásicos que en Colombia no había podido disfrutar en pantalla grande. Es curioso ver en primera persona los problemas que tiene para montar y tirar adelante revistas dedicadas al cine, y leer las cartas que se cruza con Luis Ospina, un amigo que luego alcanzara renombre en el cine latinoamericano. La parte cinematográfica, con especial atención a sus denodados esfuerzos por tirar adelante la revista Ojo al cine.

Algunas cartas con su familia, especialmente cuando se comporta como un estudiante acuciado por las estrecheces económicas, se leen con un rictus de silenciosa complicidad. Pero hay otras que, como pasaba con los textos de Machado, se leen con vergüenza, no sé si ajena. La persona no está a la altura. Y es duro saberlo, en plena construcción del mito.

Volar (con o sin alas)

Es paradójico que dos historias tan negras vayan encabezadas por títulos tan evocadores. Son, nunca mejor traído, las dos caras de una misma moneda. La biografía del padre en el haz, la de la madre en el envés. Dos puntos de vista que acaban complementándose , aportando matices, hasta encajar como una sutil labor de taracea. Son dos cómics, con guión de Antonio Altarriba y dibujos de Kim. “El arte de volar” (Edicions de Ponent, 2009) y “El ala rota” (Norma, 2016). Dos obras cumbre, repletas de sinceridad, cargadas de negrura, la mejor muestra de todo lo que ha cambiado este país.

“El arte de volar”  recibió el premio nacional de cómic en 2010. Sin eufemismos, la obra se abría con el suicidio del padre de Altarriba, que se lanzaba desde un balcón de la residencia en la que estaba internado. Menudo arte, el de volar. A partir de ese arranque fulgurante, la historia avanzaba hacia atrás y, a la par que mostraba la dureza cotidiana de una pareja como tantas otras miles en la España del último siglo, era también una panorámica de la Historia con mayúsculas. La guerra civil, la posguerra, la transición, los nuevos tiempos… Ese padre soñador que acabaría suicidándose había ardido en ideales, se había casado y había visto cómo se cortaban sus alas, y quedaba la sensación de que su mujer, una beatona supersticiosa, le había rebanado sus sueños, había aniquilado su deseo de luchar por un mundo renovado. Un perdedor de todo, que había vuelto de Francia para anquilosarse hasta que ya en la vejez tenía el valor de descalzarse y saltar desde la barandilla de un balcón en un viaje ineludible hacia la nada.

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Quedaba la sensación de que Petra, la madre del guionista, era una mujer hacendosa que servía en la residencia oficial de un general, Juan Bautista Sánchez González, que se sacrificaba por los dos Antonios (padre e hijo) al tiempo que simbolizaba el país, con ese sentimiento de culpabilidad nacido de un analfabetismo rural, en el que anidaba un fatalismo rayano en la superstición, abrumado por esa sociedad en la que, como decía Vázquez Montalbán, parecía que a todo el mundo le olían los calcetines. En esa patria en la que hozaban los vencedores, Petra se imponía la castidad, y se la pretendía imponer a su Antonio una vez nacido el hijo. El temor a volver a quedarse embarazada y morir en el parto (como le había pasado a su madre) estaba en el origen de esta anulación.

No hubiera sido de justicia que se perpetuara esta imagen de la madre, y Antonio Altarriba volvió a repetir planteamiento narrativo para recuperar la historia de ella, marcada por un hecho que era toda una metáfora. Al nacer ella murió su madre, y el padre -de puro enamorado- quiso vengar la muerte de su amada matando a la hija, a los pocos minutos de nacer. Una mujer de la familia logró salvarla pero quedó para siempre fracturado el brazo izquierdo, inerte, como esa ala rota que da título al libro y que ofrece un macabro contrapunto semántico al “arte de volar” de la historia paterna.

Los dibujos detallistas de Kim, esmeradamente narrativos, se ponen de nuevo al servicio de un guión poderoso. Aroma de culebrón para una historia poco morbosa, pero que no ahorra miserias y que vuelve a arrancar en la actualidad para buscar en el pasado justificación a todo lo ocurrido después. Petra acaba de morir en el hospital, con el brazo derecho lacerado de pinchazos para el gotero, porque el otro, inerte, no admite jeringas ni vías ni calmantes intravenosos. La muerte, otra vez, en las dos primeras páginas como punto de partida para explicar tanta vida. Tenemos la otra versión de lo que ya se había contado en “El arte de volar”, en línea con el experimento glorioso que llevó a cabo Clint Eastwood, cuando narró la misma batalla de Iwo Jima en dos películas, ora con la visión estadounidense, ora con el punto de vista japonés.

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Valga, por un momento, la paradoja para constatar que es precisamente Petra, la del ala rota, la que vuela más alto. Condenada desde el nacimiento, la acompañamos en los lutos de su vida y hasta empatizamos con ella en esa vocación de sufrimiento, en su deseo de quedar en segundo plano, aguantando los embates de la vida y aceptándolos como designios del Señor.

Las dos caras de una misma moneda, han dicho en algunas reseñas. Un fresco de la Historia de España. Un retrato inclemente de la Iglesia, a la que se le ven todas sus costuras. Un historia, por difícil que pueda parecer, con final casi feliz. Si el relato biográfico del padre mereció los honores de un premio tan importante, podría correr la misma suerte la historia de la madre. De momento, el interés de otros mercados ha sido inmediato. La magnífica web de Antonio Altarriba (que ya glosamos al hablar de “Yo, asesino”), registra ediciones en francés y portugués, junto a un notable aparato crítico (y elogioso) que ha generado la edición en castellano.

En otro apartado de la web se puede disfrutar de una selección de páginas y anticipar en la web el placer que supone pasar las páginas del álbum, con la boca abierta ante el dibujo elegante de Kim, que alumbra páginas maravillosas: la 4, la 154, la 161, la 170… incluso la del cierre, con ese plano cercano que acaba siendo un primerísimo plano.

El libro se cierra con un breve epílogo de Altarriba, que remata así el homenaje. Unas fotos, algunos esbozos y último párrafo tierno, evocador, definitorio de este díptico: “no soñó con altos vuelos como mi padre, ni con disponer del cielo entero para surcarlo. Más modestamente, con su ala rota, se limitó a saltar de rama en rama. Puede que, a su manera, llegara más lejos”.

El escritor que frotaba las palabras

En las librerías toman posiciones los títulos que tendrán que batirse el cobre en la campaña navideña, que ya está aquí (a pesar de que aún no ha acabado octubre). Visito estos días algunas de esas librerías que se llaman “literarias” (como la madrileña Tipos infames, muy recomendable) y paso también por expendedurías de libros, como el Relay de la estación de Atocha, que cumple una meritoria labor en la vertiente más industrial del libro, la de poner al alcance de miles de personas los artefactos que precisamente están pensados para que compren libros esos miles de personas que no tienen por costumbre leer mucho. Me sorprendo de que en dos establecimientos a priori divergentes tengan tanto protagonismo las novelas de Richard Ford, en las ediciones canónicas de Anagrama, en las versiones de bolsillo o en la encuadernación de tapa dura a precio asequible. Leí Canadá (2013) al poco de salir, en la versión en catalán de Anagrama-Empúries. Tiene un arranque demoledor, como un puñetazo: “Primero contaré lo del atraco que cometieron nuestros padres. Y luego lo de los asesinatos, que vinieron después.” Imposible sustraerse a semejante invitación, que luego se confirma como un festín de antología. Una novela intensa, que parece un documental por la precisión de los detalles, pero que se lee como una de esas historias de frontera, con el aroma de las narraciones clásicas.

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Al echarle una ojeada a los periódicos del día empiezo a entender por qué están los libros de Ford en puntos de venta tan distintos. Han estado avispados los comerciales de Anagrama y han aprovechado la coyuntura del premio Princesa de Asturias que se entrega estos días a Richard Ford para colocar unos ejemplares que, desgraciadamente, quedarán arrumbados en cuanto lleguen los “planetas” del premio y demás apuestas de la campaña de regalo. Los lectores despistados perderán la oportunidad de cruzarse por casualidad con Richard Ford, porque las mesas de novedades estarán llenas de libros enriquecidos con clembuterol. Una pena.

La presencia de los libros de Ford en el punto de venta coincide con la sucesión de entrevistas en los diarios. En Abc, Inés Martín Rodrigo hace la crónica de un encuentro del escritor estadounidense con bibliotecarios asturianos y enumera sus filias literarias: Walter Percy, John Banville, Elisabeth Bowen y James Salter. De la novela Años luz de este último dice: “No es una novela perfecta, no tiene trama ninguna, pero tiene las mejores frases escritas en inglés. Salter da sentencias cuando habla, sus frases son robustas para el cerebro. Cuando te gusta una novela es porque la novela te controla y puede hacer lo que quiera contigo, y Salter es muy bueno en eso”.

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Llevo una treintena de páginas de El periodista deportivo, novela de Ford de 1986, que va por la séptima edición en los “compactos” de Anagrama, y de él podría decir lo mismo que él dice de Salter. Cuando descubrí hace unos meses (gracias, otra vez, a Juan Tallón) a Salter enseguida lo entronqué con Ford, como si el segundo fuera discípulo del primero. El texto en Abc me confirma esa intuición. La pareja rota que protagoniza la novela de Ford evoca a la que acabará rompiéndose en la de Salter, pero lo curioso es el aire que impregna ambas narraciones, esa sensación de cotidianeidad, de cercanía, de narración sin artificios.

Años luz (Salamandra) quizá no tenga trama, pero el lector asiste al desmoronamiento de una pareja que parece no tener argumentos para que anide en ellos la infelicidad. Salter describe con una sutileza remarcable los pequeños malentendidos que van minando la relación entre Viri Berland y Nedra. Cuando todo haya saltado por los aires, dirá ella de los cuentos que escribe su marido que “eran ligeros pero no frívolos, poseían una claridad extraña, eran como una parte del océano donde se ve el fondo”.

Qué mejor definición de la literatura de Salter que la que hace él mismo. Y que se hace patente sobre todo en Juego y distracción, una novela de finales de la década de 1960 que le ocasionó problemas con la censura por su lenguaje explícito a la hora de abordar el placer sexual. Esta novela fue donde Salter, según confesó a Inés Martín Rodrigo, halló una voz propia, “sentí cómo debía escribir”. Una vez más, el juego de las apariencias: la historia de una pareja que deambula por Francia, en aparente despreocupación, con ganas de enriquecer su experiencia amatoria y coleccionando posturas y lugares curiosos para dar rienda suelta al fragor corporal. Él es americano, indolente, y ella una francesa que parece quedar encandilada y sometida.

Ahí caí rendido a Salter, y la suerte es que aún me quedan tres o cuatro títulos para agotar toda su producción. Cuando murió, en junio de 2015, Inés Martín Rodrigo recordaba la entrevista que le había hecho meses antes en Abc y acabó recurriendo a nuestro admirado Tallón para dar una medida del interés que genera Salter: “escribía desde el aire, como el aviador que era, y eso facilitaba una perspectiva amplísima sobre sus historias, cuyo aire te da en la cara. Porque, con Salter, «cuando caes en la cuenta tienes las manos con las que sujetas sus libros adheridas a la sutileza, inteligencia y belleza de su prosa». Su frase, de hecho, «impide que los hechos cojan polvo». Posee, en definitiva, “esa sencillez imposible de alcanzar: puede tomar una palabra, frotarla, y hacer salir de ella un misterio”.

Una carta de 300 páginas

Decíamos ayer que el arranque de “Instrumental”  es absolutamente desconcertante, directo como un guantazo, con un efecto paradójico que puede resultar disuasorio. “La música clásica me la pone dura”. Todo lo que viene a partir de entonces es doblemente impactante, por lo que se cuenta y por ese tono fresco, cómplice, aparentemente desprejuiciado con el que lo explica.

Teniendo en cuenta que lo hemos leído en la edición en castellano de Blackie Books, en diversas ocasiones me planteé si este era el tono imperante también en el original inglés, reconociendo la dificultad que hubo de afrontar el traductor a la hora de verter no sólo el texto sino también ese aire de desahogo visceral. Por ello, me llamó la atención hace poco que la traductora Gemma Rovira valorara como muy admirable esta traducción, “por el grado de simbiosis con el autor y el equilibrio que consigue”.

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Poco se puede decir de un libro del que tanto se ha hablado, que aborda un ramillete de cuestiones espinosas, y que además tuvo incluso dificultades para ver la luz a causa del pleito que la madre del hijo del autor puso con el fin de que no se publicara la obra. James Rhodes es un concertista de piano de cierto nivel que sufrió abusos sexuales de pequeño. Un profesor lo violó sistemáticamente cuando tenía seis años. Luego estuvo ingresado en un psiquiátrico, fue drogadicto y alcohólico, se intentó suicidar cinco veces y perdió la custodia de su hijo. Estas cuatro últimas frases son las que aparecen en la contra del libro y pueden resultar tan disuasorias para algunos como morbosas para otros. Y, sin embargo, no hay concesiones al sensacionalismo. El libro es un canto a la vida, una apoteosis musical, un desahogo de 300 páginas: “Y en muchos sentidos, (…) este libro es la carta que te he escrito, Peter Lee, que te estás pudriendo en tu asquerosa tumba, para contarte que no has ganado. Nuestro secreto ya no es un secreto, un vínculo que compartimos, un lazo contigo, privado e íntimo, de ningún tipo. Nada de lo que me hiciste fue inofensivo, divertido o cariñoso, a pesar de lo que decías. No fue más que una aberrante y penetrante violación de la confianza”.

Se plantea Rhodes en algún momento qué hacer con semejante nivel de culpa, cómo no ahogarse en él. Y va desgranando su sufrimiento, que se acrecienta cuando se convierte en padre. A pesar de que también dice que “sólo hay dos cosas en la vida” que tiene garantizadas: el amor que le inspira su hijo y el amor que le inspira la música, hay momentos en que parece sucumbir al dolor pasado y hasta su condición de padre se ve emponzoñada por lo que a él le ocurrió. Cuando está buscando colegio para el pequeño, en una zona pija de Londres, le obsesiona que en algún momento del día un profesor tenga la posibilidad de quedarse a solas con el niño.

Sabe Rhodes, y lo dice más de una vez, que jamás logrará que lo que pasó desaparezca del todo, y de ahí su entrega obsesiva al trabajo, que en su caso es volcarse en los ensayos de piano, para acabar ejecutando algunas de las piezas más complicadas compuestas para este instrumento. De hecho, cada capítulo del libro es un tema musical que le sirve para hacer una introducción sobre el autor, algunos de sus intérpretes y su propia experiencia a la hora de abordarlo. “Me entrego al trabajo –dice–. Y desde fuera parece que soy como cualquier otro cabronazo trabajador que sólo quiere hacerlo lo mejor posible y no decepcionar a los demás. Pero lo cierto es que, si no me entrego a ello acabaré matándome, asesinando, desmoronándome de la peor de las maneras”.

Las canciones de este libro, las que abren cada capítulo, se pueden escuchar en una lista de Sportify. Un ejercicio interesante es escucharlas de manera virginal, sin haber entrado en las páginas de este libro, e intentar recordar qué se sintió después de esta audición. Cuando uno vuelva a esta lista, ya devoradas las páginas de “Instrumental”, las sensaciones serán bien diferentes. Habrá temas que acuchillarán, con unas reverberaciones distintas, casi tenebrosas.

Este libro tan duro está repleto de pequeñas historias maravillosas. Como diamantes diminutos brillando en un montón de mierda. Las dificultades con algunas de sus parejas, sus problemas para recuperar la custodia de su hijo, sus recaídas en diversas drogadicciones, el dolor causado por su profesor, sus internamientos en psiquiátricos conforman esos “ecos del pasado que se transformaron en gritos” cuando se convirtió en padre. En medio de tanta dureza destellan la relación que mantiene con su mánager, sus éxitos en algunos conciertos y una pequeña historia de la que voy a intentar no desvelar casi nada, protagonizada por un viejo amigo que le va a visitar en una de esas estancias hospitalarias, cuando peor estaba. Le hace un regalo prohibido, que Rhodes recuerda así: “me metí en la cama. Me puse los auriculares. Madrugada. Todo oscuro y silencioso a más no poder. Le di a la tecla de reproducción y escuché una pieza de Bach que no conocía, que me llevó a un sitio de tal esplendor, de tal abandono, esperanza, belleza y espacio infinito que fue como rozarle la cara a Dios. Juro que en ese preciso instante viví una especie de epifanía espiritual. La obra era Adagio de Bach y Marcello, creada para oboe y orquesta por un compositor barroco llamado Alessandro Marcello, que gustaba tantísimo a Bach que éste la transcribió para piano solo. Glenn Gould tocaba su Steinway y me alcanzaba desde cuarenta años atrás, desde trescientos años atrás, y me decía que las cosas no sólo se iban a arreglar, sino que iban a ser una puta maravilla”.

Como este libro, como la traducción de Ismael Attrache.

Fans de los blackies

Me gustan mucho los libros de Blackie Books, ya desde la cubierta. Su planteamiento tipográfico, con esa tapa dura de tan acusada personalidad, me parece uno de los hallazgos editoriales de la última década, por poner una fecha. El lomo recto, las guardas, esas fotos interiores de trama gruesa, la faja… son elementos característicos que ya me hacen salivar, aunque el nombre del autor no lo haya oído en mi vida o tenga que mirarme dos veces la cubierta para cerciorarme de que es un libro para adultos, y no un infantil, que tiene el mismo aspecto que uno para mayores.

No entienden de edades, o entienden precisamente que los años son un factor a ignorar. Me gustan mucho los libros de Blackie Books porque me proponen obras que yo no sabía que pudieran ser para mí. En este blog hemos disfrutado de novelas sicalípticas de Raymond Queneau, de una mezcla altamente inflamable de textos de Kiko Amat, hemos leído oyendo música para después no volver a escuchar del mismo modo esas canciones, (las de Eels), porque ya conocíamos “cosas que los nietos deberían saber”. Y últimamente me han gustado cosas tan dispares, todas con el mismo sello, que he intentado saber un poco más de Jan Martí, su creador, para ver si así podía entender por qué me gusta tanto Blackie Books.

“Irresistible fusión entre alta cultura y cultura popular”, dicen en esta entrevista en la que Martí parece dar algunas de las claves de su éxito, moderado –porque no parece que vender montañas de libros fuera su primera intención. “Humor, eclecticismo y gamberrismo”. Tres puntales del sello, según confiesa su alma máter, que explica también que trabajó para RBA y que un día decidió montar una editorial para publicar los libros que le gustaría leer. Parece un tópico, como eso de “fútbol es fútbol”, pero que en este caso apunta que es cierto. Si no, es difícil entender un catálogo donde, sin números a la espalda, se alinean humoristas como Jardiel Poncela o Jerome K. Jerome con análisis de internet, ensayos sobre la filosofía y los Simpson, el relato de las penurias de un músico brillante que padeció abusos sexuales de pequeño o los cuentos de Gianni Rodari.

Semejante elenco es sólo una cata, mientras la personalísima tipografía de los títulos de Blackie Books va conquistando espacios en las mesas de las librerías, con la aquiescencia de los libreros, que intuyen que ahí hay un tejido de complicidades entre editor, lectores e intermediarios ante el que poco puede hacer el re-marketing de Amazon o las pilas de best sellers de otros sellos que buscan éxito rápido.

En estos tiempos líquidos algunos lectores volvemos a lo de siempre: libros-libros (que diría aquel), con algo que contar, que pueden hacer reír, que tratan a todos los eslabones de la cadena lectora con un mínimo respeto. Entre mis más recientes lecturas hay tres blackies: una novela ambientada en la guerra civil americana, las referidas memorias musicales de James Rhodes (todo un long seller, porque incluso un libro así puede rozar ya los 30.000 ejemplares) y una novela humorística rescatada de finales del siglo XIX y editada además en catalán. Salvo el muy reseñado “Instrumental”, esas desasosegantes memorias que arrancan con una frase de antología: “la música clásica me la pone dura”, con los otros dos libros me encontré de casualidad, en una de las mesas de La Central (y no precisamente de novedades). Allí estiman los libros de esta editorial. Un simple vistazo a la contra me indujo a su lectura. Punto para la editorial, que con el mero envoltorio ya es capaz de generar confianza.

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“Neverhome (Ella era más fuerte)” es Blackie 100%. La novela de un antiguo asesor de Naciones Unidas, Laird Hunt, que se pone a contar la historia de una de las cuatrocientas mujeres que, vestidas de hombre, lucharon en la guerra civil americana. Ash Thompson se hace llamar ella, y su marido la espera en una granja de Indiana. Es un relato contenido en el que no falta el humor, donde se intuyen muchas horas de documentación y en el que se aprecia doblemente la sinrazón de la guerra, porque parece que las mujeres tienen un sentido extra para detectar y explicar las estupideces de sus colegas masculinos. Cuando recuerda cómo la artillería reducía a los soldados a “charcos de nada” en los bosques de Virginia, muy al final de su peripecia, uno no encuentra imagen más desoladora para tratar de describir las consecuencias de la barbarie.

Bien distinta es “Tres homes en una barca (per no parlar del gos)”, versión en catalán de una novela inglesa de Jerome K. Jerome publicada en 1889. Recuerda ese humor desprejuiciado y altanero que luego cultivarían Evelyn Waugh o P. G. Wodehouse, por no mencionar referentes más cercanos en el tiempo. Historias que se suceden a ritmo vertiginoso, aunque estén claramente pautadas, en las que el lector puede imaginarse al escritor trenzando sus capítulos mientras enarca una ceja y ríe entre dientes anticipando qué pasajes provocarán más hilaridad.

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Es una historia aparentemente menor: tres tipos con pocos quehaceres, hipocondríacos, se toman como reconstituyente un viaje de siete días que los ha de llevar por el Támesis, de Kingston a Oxford. George, Harris, el narrador y Montmorency (el perro de este último) se suben a una barca con la que no sólo irán navegando sino que también les servirá de punto de avituallamiento en sus escapadas a “tierra firme”, de refugio de las inclemencias del tiempo y hasta de metáfora de la vida. Se producen situaciones divertidas, provocadas por el escaso juicio de estos marineros de agua dulce, hay digresiones a cuenta de episodios históricos que se vivieron por aquellos parajes, aparecen descripciones minuciosas de la lista de la compra y, de fondo, va discurriendo la barca por el río como se podría narrar el vuelo de una mosca que choca contra los vidrios de una ventana cerrada. El viaje de estos tres gandules, sus melonadas, provocan una sucesión de episodios que se leen con media sonrisa. Mérito de Blackie Books recuperar esta novela que emparenta con la más genuina tradición británica y en la que no es difícil imaginar a los Monty Python como protagonistas de una seguro que descacharrante versión cinematográfica.

Del libro de James Rhodes hablaremos otro día, porque no combina con estas frivolidades.

Quedamos en “El ave turuta”

Algo tienen las historietas de Sir Tim O’Theo que me cautivaron desde pequeño, cuando los tebeos eran una forma de evasión más potente que la tele. Corría la década de 1980, vivía en un pueblo y comprar ejemplares de Pulgarcito o Mortadelo no era algo que estuviera a mi alcance todas las semanas. De vez en cuando, un familiar se dejaba caer por casa con una pila de tebeos que algún primo más mayor había arrinconado.

Zipi y Zape, Mortadelo y Filemón, Carpanta, el botones Sacarino, Pepe Gotera y Otilio, Anacleto, doña Urraca… eran las historietas que todo el mundo leía. También yo, pero tenía predilección por otros personajes (secundarios, menores) que con la ayuda de una rima se asentaban en mi memoria: Manolón, conductor de camión; doña Tecla Bisturín, enfermera de postín; Rigoberto Picaporte, solterón de mucho porte…

Los dos primeros eran de Raf, nombre artístico de Joan Rafart Roldán, como lo era también Sir Tim O’Theo y como lo fueron muchos años más tarde las dobles páginas que aparecían en los números extra de El Jueves, con las caricaturas de todos los que lo hacían posible. Siempre tuve debilidad por Sir Tim O’Theo: había algo en el dibujo que me subyugaba, pero también en ese ambiente, en los personajes que acompañaban al “sagaz” detective, en el inepto policía Blops y en las pintas que invariablemente pagaba el criado Patson en la barra de “El ave turuta”. Ese soniquete de “elemental, querido Patson” era una reiteración, un guiño de Raf a sus lectores, un anclaje que buscábamos fervorosamente en unas dobles páginas diferentes a las del resto de la revista.

ICULT COMIC ILUSTRACIONES  RAF EDITORIAL BRUGUERA

ICULT COMIC ILUSTRACIONES RAF EDITORIAL BRUGUERA

He podido conocer la génesis de Sir Tim O’Theo y todo su desarrollo gracias a un libro absolutamente recomendable: “Raf. El ‘gentleman’ de Bruguera” (Amaniaco, 2015), de Jordi Canyissà. Cuidadosamente documentado, escrito con rigor y amenidad, destila un profundo conocimiento no sólo del dibujante sino también del contexto, y además está copiosamente ilustrado. Un trabajo fabuloso, como sentencia Antoni Guiral en el prólogo: “A pesar de ser un apasionado de Raf, también se ha convertido en su cronista”. Por la bibliografía y la abundante nómina de agradecimientos se intuye la ingente cantidad de horas dedicadas a esta biografía, que es también un recorrido por la historia de la editorial Bruguera, una descripción de la industria del tebeo en la posguerra, una semblanza de las nuevas revistas que aparecen tras la dictadura y hasta un poco optimista relato de la profesión de dibujante en este país.

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Dice el autor del dibujo de Raf: “esconde mucho más de lo que muestra al lector de un vistazo rápido”. Lo mismo puede decirse de este libro. Es una obra que informa en abundancia pero sin abrumar, que relata un mundo tan peculiar como el del tebeo sin que nadie no especialista se sienta desplazado, que retrata a varias generaciones a través de los dibujantes que les proporcionaban entretenimiento y mediante los lectores que estaban fraguando, sin intuirlo, su memoria sentimental.

Canyissà, y muchos de los entrevistados, coinciden en que el dibujo “preciso y riguroso” de Raf, ya sea en historietas infantiles o en El Jueves, “no se aprecia, se adora”. Los numerosos detalles, la composición, la sensación de movimiento lograda con los mínimos recursos, la construcción de unos escenarios a los que el lector desea volver… todo ello se aprecia en el centenar de páginas ilustradas que se reproducen en este libro. Desde hace unos meses hay muestras del trabajo de Raf en la web Humoristán y ya hace años que un blog como Lady Filstrup rinde homenaje y proporciona información de primera mano a quien quiera asomarse a estos autores y esta época.

Decía al principio que no sabía por qué me encandilaba Sir Tim O’Theo cuando era pequeño. Mucho tiempo después devoré de una sentada las novelas de P.G. Wodehouse sin quitarme la sonrisa de la cara. No fui capaz de establecer la pertinente correspondencia entre Jeeves (el competente criado de Bertie Wooster) y el no menos leal y eficaz Patson, al servicio de Sir Tim. Me identifico por completo con el humor socarrón de ambos. Y en su libro Canyissà explica que el anglófilo Raf se inspiró precisamente en las historias de Wodehouse para perfilar sus personajes.

Explica muchísimas más historias, algunas muy personales. Hasta el punto de que al cerrar la última página uno desearía que hubiera otro anexo, con más dibujos, con más historias. Levantemos nuestras pintas en honor de Raf, de sir Tim O’Theo y de Jordi Canyissà.

Paga Patson.

Novela con guardia civil

En tiempos de la dictadura se impuso la costumbre de acabar con las blasfemias a base de multas. A no sé cuántos reales se cotizaba la unidad de juramento, pero en un pueblo del Pirineo aragonés había un ganadero que desarrolló la habilidad de cagarse en lo más sagrado mientras sumaba mentalmente por cuánto le iba a salir la broma y se detenía, a modo de colofón, en el momento justo en que le cuadraban las cuentas. Así, con la cifra redonda, aflojaba la mosca y no tenía que esperar cambios ni buscar calderilla.

Los menos pudientes, o con más ganas de chanza, preferían chotearse del guardia civil de turno (casi siempre llegado de bien lejos) y se cagaban en todo lo cagable, pero eso sí, en la lengua del lugar, para evitar que entendiera la magnitud de las imprecaciones. Las “cerretreras” del Niño Jesús, la vajilla de la última cena, el primero de noviembre… eran algunos de los motivos de estas blasfemias eufemísticas que, en definitiva, acababan abocando al mismo lugar.

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Me acordé de estas historias, contadas alrededor de un vaso de vino y con un coro de risas in crescendo, al leer la última novela de Ramon Solsona, titulada “Allò que va pasar a Cardós” (otro eufemismo), recién publicada por Proa y ambientada en el Pirineo, en la década de 1960, durante la construcción de las presas y centrales que abastecen de luz a Barcelona. Hay una pareja de hermanos, comunistas y dinamiteros, el uno cojo y el otro tuerto, que se prodigan en este tipo de juramentos: “Me cago en el huerto de los olivos y en la corona de espinas”. Quedan definidos al instante: anticlericales, vehementes, castellanohablantes, impulsivos. Otros personajes van quedando retratados por la manera de enfrentarse a las situaciones cotidianas y también a un imprevisto que arranca prácticamente con la novela y la recorre durante sus casi 400 páginas: el asesinato de Lindos Ojos, un guardia civil que aparece tendido en la nieve, con una pica clavada en la espalda.

En esta novela con exoesqueleto asistimos desde el principio a un relato coral, que transcurre de Sant Pere a la Puríssima, en eso que los de la tele llamarían un “falso directo”. Esta suma de voces, evocadas por un narrador que recuerda no sólo lejos en el tiempo sino también con un océano de por medio, no se convierte en una algarabía porque Solsona sabe embridar y distinguir las voces de los ecos. Este experimento de relato fragmentado, no por más usado resulta menos eficaz, permite combinar registros coloquiales, descripciones formales con declaraciones fogosas de amor, castellano y catalán, juramentos con llamadas al orden, reportajes periodísticos con charlas de café y hasta bailes de la conga en el teleclub del pueblo.

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Versión en castellano, editada por Tusquets

En cuestión de unas semanas, del recién nacido verano al incipiente invierno de 1965, las verdes montañas de la Vall de Cardós se convierten en picos inaccesibles por la nieve, y los cientos de trabajadores que horadan las cumbres para que corran invisibles las aguas de los pantanos, tienen que volver a los refugios, a los campamentos, a los cuarteles de invierno.

Se suele decir que en el ámbito rural los follones estallan en verano pero se fraguan en las largas tardes de invierno. O al menos así era hasta que llegaron la TV y más tarde internet. En 1965, en esta “novela con guardia civil”, el conflicto vino dado por un matón encharolado. Una confusión está en la base de esta historia en la que algunos han visto parentesco con dos colosos como Jaume Cabré o Jesús Moncada. Con “Les veus del Pamano” tiene en común el paisaje del Pallars. Con las novelas del mequinenzano comparte pantanos y extemporáneas fuerzas del orden.

Pero el grueso de la comparación no se sostiene. No se puede negar que Solsona, como sus predecesores, tiene la habilidad de tejer historias entretenidas, pero también hay que señalar que hay obras de largo aliento y novelas que, todavía, no llegan a tanto.

Cómo crear lectores

Han sido unas vacaciones extrañas en lo tocante a lecturas. Descuidé los libros en casa y me fui de viaje, bien lejos, sin casi nada que ojear. No tenía una librería cerca y decidí echar mano de las novelas que “obligatoriamente” tenía que leer durante el verano mi hijo mayor, a punto de empezar 2º de la ESO: Els homes de les cadires, de Jordi Sierra i Fabra (Cruïlla) y Marina, de Carlos Ruiz Zafón, en una edición de bolsillo (Planeta). La primera me duró menos que un viaje largo en tren; la otra me entretuvo varias noches, mientras se cuarteaba el cartón de la cubierta y descuajeringaban las páginas.

Posiblemente no sean historias que me dejen poso pero, al leerlas, las contraponía con mis lecturas de muchos años atrás, cuando yo debía de andar por el 7º de la EGB de entonces y, sin saberlo, me estaba construyendo una identidad lectora, algo muy difícil de definir porque, entre otras cosas, es un verdadero “work in progress”. Los libros de Sierra i Fabra y Ruiz Zafón, cada uno en su estilo, son hijos de su tiempo. No dejan de ocurrir cosas (como en los telefilmes de sobremesa), se suceden los golpes de efecto (también muy televisivos), gustan de recreaciones de ambientes (barrocos y neblinosos en el caso de Marina, más pop en Els homes de les cadires), y aportan sobrada dosis de violencia, truculencia y asesinatos.

els homes de les cadires    marina ruiz zafon

Deduzco que los profesores de lengua y literatura intuyen que novelas así serán efectivas para generar interés y crear lectores. Ingredientes habituales en el ocio que los jóvenes de hoy consumen, poca complicación y finales “made in Hollywood” (aunque esto no sea cierto del todo en el caso de Ruiz Zafón). Las comparo con los relatos mucho más inocentes que yo devoraba hace treinta años: las historias de Los Cinco y su exótica cerveza de jengibre (tan británica y tan divertidamente evocada por El Comidista aquí), las aventuras de los Hollister (todos soñábamos tener un padre como el de los cinco hermanos, dueño de una tienda de deportes, con ese “porte atlético y el pelo cortado a cepillo”) o las de Los Siete Secretos. Eran series que leíamos con devoción, intercambiando con algún amigo de vocación lectora o suspirando para que en la biblioteca del pueblo ya estuviera disponible aquel volumen que alguien llevaba días demorándose en devolver. Esas narraciones sencillas pero adictivas hoy quizá no soporten una relectura. Hace años me intenté sumergir en unos de esos tomos anaranjados de Los Hollister y enseguida hube de volver a la superficie, porque me ahogaba tanto empalago.

los cincio se divierten   hollister

Sierra i Fabra carga con el estigma de ser un escritor de literatura infantil y juvenil, pero es posible que envejezcan mejor sus noveletas de planteamiento naïf e imágenes a lo Magritte que los tochos de Ruiz Zafón, de más amplio espectro pero deudores siempre de ambientes tenebrosos, neblinosos, herrumbrosos y diez o doce adjetivos más terminados en “oso”. Le ha costado a mi hijo más que a mí terminar ambas obras, pero él es un buen lector (cuantitativamente, al menos) y las ha alternado con otras dos historias que sí le han atrapado de manera más eficaz: un par de novelas que son un caso curioso, ya que las ha escrito una niña que tenía 13 y 16 años en el momento de editarlas. Se llama Paula Calvo Carijo, y bajo el paraguas de “Crónicas del último dragón” ha reunido más de 600 páginas en dos volúmenes titulados El bosque de Krocks (2013) y Los elegidos (2016). Un relato a medias ingenuo, a medias desbordante, con personajes que acaban levantando el andamiaje de una saga por la que ni mi hijo mayor ni su hermana podían esperar a que el otro acabase para seguir pasando páginas, peleándose como si fuera un juego de la Play.

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Esta devoción por alimentarse de historias viene en parte de las horas que hemos dedicado a leer en ese instante mágico, previo a apagar la luz y soñar dormidos. James Salter, en novela Años luz, lo describía de la manera más elocuente: “Y él les lee, como todas las noches, como si las regara, como si removiese la tierra bajo sus pies”. El padre que me mece a sus hijas con lecturas está tejiendo un lazo muy especial y las está “condenando” a un hambre indescriptible de saber más, de visitar otras vidas, de viajar más allá de lo imaginable. Este gusto por leer puede a veces saltar hecho añicos. Si abrir a destiempo las páginas de clásicos como El Quijote, el Lazarillo o La Celestina ha sido disuasorio para miles de lectores de nuestra generación, que se encontraron con ellos en un callejón oscuro, el mismo riesgo acecha a los jóvenes de hoy. Mi hijo, el gran lector, se enfrentaba con una pereza descomunal a las escasas cien páginas de una recopilación de cuentos de Oscar Wilde, mientras devoraba a escondidas libro tras libro de la saga “Los gatos guerreros”. Cuando le llegó el turno de leer en el instituto a Miguel Delibes, y a pesar de tener en El príncipe destronado una historia cercana a la que él vivió en casa, llegó a la conclusión de que estaba escrito en un castellano que “ya no se habla”.

Entiendo las disyuntiva a la que se ven abocados los profesores que quieren incitar a la lectura: que lean durante el curso lo que marcan los currículos y disfruten en verano con lo que les puedan alimentar el amor a la lectura. Puede dar la clave un comentario que acompaña a este reportaje de eldiario.es, dedicado precisamente a Ruiz Zafón. Por diferentes razones, lectores, editores, libreros y hasta usted y yo nos hacemos la misma pregunta: ¿Por qué vende tanto este hombre? Y dice el comentarista: “Soy lector asiduo y apasionado pero no aspiro a estar leyendo siempre obras inmortales”.
Pues eso.