Historias cruzadas

Más de veinte años he tardado en leer la que debió de ser la última novela de Carmen Martín Gaite: “Irse de casa”. La publicó en Anagrama en 1998 y murió un par de años después. Me cayó en las manos en un bookcrossing de las bibliotecas de Barcelona, antes de que las medidas higiénicas que impuso la pandemia obligarán a clausurar estos intercambios espontáneos, e intuyo que perteneció a una mujer, quizá porque asocio la autoría femenina con el protagonismo mayoritariamente femenino y una serie de elementos encerrados en el propio libro: en la solapa de la izquierda hay varias reseñas, cuidadosamente dobladas y archivadas. En medio de las páginas me encuentro con los horarios “válidos hasta diciembre de 1999” de los trenes de Renfe que van de Barcelona a Figueres y Girona.

Me imagino a esa lectora viajando arrellanada en el asiento del tren, absorta de las paradas y temerosa, cuando nota un descenso de la velocidad, de haber dejado atrás la estación en la que tenía que haberse apeado. Y es que la novela es absorbente, con el aire de esas construcciones canónicas en las que ningún personaje queda desamparado y, al cierre, los lectores quedan satisfechos, porque encuentran que todo tiene un sentido. En una de esas reseñas recortadas veo la de la revista “Qué leer” (la de los buenos tiempos) que titula el resumen con un elocuente “Short cuts”, la película de Robert Altman basada en relatos de Raymond Carver que se estrenó a mediados de los noventa y que partía de un planteamiento similar al de la novela de Martín Gaite, con esas coincidencias imposibles que solo ocurren en la vida misma y que permiten engarzar los diferentes episodios de un amplio abanico de personajes.

En esta novela pronto el lector sabe más que los protagonistas de la historia y sufre cuando se van produciendo desencuentros o se felicita cuando comprueba que el azar puede proporcionar una segunda oportunidad. Y es que no parece fácil que una triunfadora diseñadora de moda afincada en Nueva York encuentre lo que busca al volver a una capital de provincia española, de la que se fue con su madre, huyendo de lo que parecía un destino inevitable. No hay que explicar mucho más, porque se trata de dejarse llevar y disfrutar de esas coincidencias que esperan agazapadas a la vuelta de la esquina. Pero llama la atención, en una historia concebida a finales del siglo pasado, cómo aparece de soslayo un teléfono móvil, que la narradora (o una de las protagonistas, lo mismo da) considera como una trampa, ya que permite que le localicen a uno en el lugar más insospechado, quizá cuando buscaba precisamente pasar desapercibido.

Visto con los ojos de hoy, semejante afirmación parece de una ingenuidad palmaria. Precisamente cuando cerré el libro de Martín Gaite me embarqué en una historia en la que las nuevas tecnologías terminan siendo fundamentales en la resolución de la trama. Se trata de “Tiempos de swing”, una de las novelas más conocidas de Zadie Smith, publicada en 2017 por Salamandra. Median veinte años escasos entre las novelas de ambas pero el mundo se ha hecho infinitamente más pequeño. Las protagonistas, amigas en la infancia que siguen trayectorias bien dispares, se conocen en un barrio londinense en el que viven inmigrantes y descendientes de todas las colonias del imperio. Una zona depauperada de la que no parece fácil salir. La música, en vertientes muy diferentes, parece el clavo al que agarrarse para eludir el destino y así se desarrolla un relato que pasa por Nueva York y viaja a África, con episodios que combinan el marketing solidario con el desconocimiento de Occidente de la realidad en la que intentan ejercer de buenos samaritanos y el deslumbramiento que provocan las estrellas del mundo del espectáculo. En este continuo ir y venir por tres continentes, las vidas de la narradora (cuyo nombre no llegamos a conocer) y su amiga Tracey van dando vueltas, mientras crecen personajes secundarios que parecen reclamar más protagonismo (como la madre de la propia narradora o el profesor de piano con el que ambas descubrieron a los clásicos del musical).

Esta novela absorbente, que transcurre a lo largo de más de dos décadas, tiene algo de crónica de un tiempo cambiante, en el que todo se acelera y donde las fronteras se diluyen cuando la maquinaria occidental se activa. En este viaje hacia el mundo menos desarrollado, donde transcurre buena parte de la historia, hay algo también de sentimiento de culpabilidad de Occidente, incapaz de hacer tapar a los abundantes costurones que generó la descolonización y las sucesivas oleadas de inmigración hacía la metrópoli.

Dos novelas organizadas en torno a numerosos viajes físicos y temporales que, aun separadas por esas dos décadas y unas localizaciones radicalmente distintas, rezuman el oficio de sus autoras y contienen el eco de las historias (muy bien) contadas.

Puertas al campo

Estos días la Unión Europea intenta hacerse oír en el conflicto latente entre Ucrania y Rusia y lo peor es que muestra más debilidad que firmeza. Le ha pasado en otras ocasiones, cuando se han abierto fisuras en las amplísimas líneas que la separan de sus vecinos, sean estos más o menos beligerantes. Cuando llegue el buen tiempo, las costuras se abrirán por el sur y tendrán que patrullar a lo largo de miles de millas para poner freno a la inmigración que cruza el Mediterráneo desde África. Y cuando Turquía así lo decida, el problema lo tendrán los antiguos límites del imperio otomano para hacer frente a los refugiados que huyan de Afganistán, Irak, Siria o cualquiera de los otros países en guerra.
Hace ya cinco años que Astiberri publicó “La grieta”, un original cómic con fotos de Carlos Spottorno y texto de Guillermo Abril y sus páginas mantienen su vigencia, cuando no un carácter premonitorio en el que, desgraciadamente, todo lo susceptible de empeorar lo hará. Su “teoría de la grieta” llevó a estos dos periodistas a viajar a diversos puntos calientes de la frontera exterior de la Unión europea para terminar confirmando que “hay decenas de fisuras en el sueño europeo”. Y mediante las impactantes fotografías de Spottorno podemos ver cómo los dramas humanos se abordan haciendo más altas las vallas, poniendo más policías en los puestos fronterizos, activando unas maniobras militares cada vez más imponentes y, no falla, intentando que los periodistas no lleguen allá donde puedan contradecir la versión oficial.

Arranca este cómic con aire de fotolibro con imágenes históricas de los aliados liberando París y Churchill haciendo el signo de la victoria, cuando comenzó a gestarse el sueño europeo que debía evitar que se repitiera la barbarie. En este sentido, son muy oportunas las palabras de Stefan Zweig que aparecen al inicio: “nuestros padres estaban plenamente imbuidos de la confianza en la fuerza infaliblemente aglutinadora de la tolerancia y la conciliación”. Ese triunfalismo cargado de buenas intenciones que terminó siendo la Unión europea (“Un espacio seguro. Ordenado. Solidario. Protegido por un estado del bienestar del que enorgullecerse.”) llegó a tener una moneda común y, con la crisis de 2008, abundantes problemas también comunes a los que sus miembros tuvieron que hacer frente de manera demasiado individual. En ocho páginas se puede apreciar este apresurado resumen con algunas fotografías extraordinarias, por la sensibilidad con la que retratan tanto las consecuencias de este brusco despertar como las protestas de los miles de personas que llenaron las plazas del continente.

Y el primer destino de los dos periodistas es la valla tras la que se atrinchera la ciudad de Melilla. Es enero de 2014 pero podría ser hoy mismo. Más de 600 personas vigilan la valla, que sus fabricantes vendieron a las autoridades españoles asegurándoles que la habían probado con atletas de élite. “Los subsaharianos tardan menos de un minuto en saltarla”, dice el coronel de la Guardia civil responsable de que no lo hagan. Muchos de ellos se dejan brazos y piernas en las cuchillas que “adornan” el muro y en los bosques que hay alrededor se agolpan centenares de personas que quieren acceder a ese mundo donde se atan los perros con longaniza.

El siguiente viaje lleva a Spottorno y Abril a la peculiar frontera entre Turquía, Grecia y Bulgaria, el país más pobre de Europa y acostumbrado en el pasado a que sus habitantes fueran emigrantes. Hasta que empezaron a llegar miles de personas huyendo la guerra de Siria y la UE financió equipos electrónicos y cámaras para monitorizar la frontera con Turquía.

El drama que ensombrece el Mediterráneo aparece cuando los autores de “La grieta” viajan a Lampedusa, más cerca de África que de Europa. Sobrecogen las imágenes del “museo del horror” que un activista local ha organizado con los restos de los naufragios. Frente a una biblia cuarteada, un pasaporte comido por la humedad o un biberón, el resto del reportaje muestra la potencia burocrática, policial y electrónica de Frontex, encargados de “proteger” las fronteras.

Una vez más, campos de internamiento, hacinamiento, barcos a la deriva cargados de personas, rescates in extremis, y vallas, siempre vallas. Como las que hay en los siguientes destinos: Hungría, Croacia, Polonia… hasta llegar a los confines orientales de Europa. Unas maniobras de la OTAN en Ucrania, sin llamarlas por su nombre, ponen de manifiesto que Europa pareció escarmentar con la ocupación rusa de Crimea, aunque las noticias de hoy mismo parezcan desmentirlo. Y los viajes se suceden, hasta el enclave de Kaliningrado y a lo largo de la kilométrica frontera que separa Finlandia de Rusia.

La foto final, a doble página, de una familia afgana y un par de cameruneses recién llegados en un destartalado coche a un punto de Finlandia que decía estar “in the middle of nowhere”, subraya ese pesimismo que va invadiendo el relato y que se va contagiando a las imágenes, cada vez más viradas a tonos sombríos.

El último aliento

La maquinaria conmemorativa ya se ha puesto en marcha para celebrar que en 2022 hubiera cumplido 100 años José Saramago. Es un escritor de grandes minorías y sus fieles lo somos en grado sumo. Por eso me extrañó que en su momento se me pasara la aparición de su “novela inacabada”, publicada en 2014, cuatro años después de su muerte. La encontré en una visita a su casa de Lanzarote, recién reabierta después de la maldita pandemia que puso en cuarentena a la sociedad, y por supuesto a la cultura.

“Alabardas” es el título reducido del original “Alabardas, alabardas, espingardas, espingardas” y lo publicó Alfaguara en lo que es un verdadero ejercicio editorial, pues solo así se entiende de qué manera se pueden estirar los cuarenta folios de esa historia inconclusa hasta conformar un volumen que acaba teniendo algo de objeto de coleccionista.

Encuadernado en tapa dura, con sobrecubierta y faja, va acompañado de ilustraciones de Günter Grass y se completa con sendos textos (de Fernando Gómez Aguilera y Roberto Saviano). El primero hace algunos comentarios sobre las notas (sucintas) que también dejó Saramago mientras intentaba tirar una historia que nace de “una antigua preocupación: por qué nunca se ha producido una huelga en una fábrica de armas”. Corre el mes de agosto del año 2009 y el escritor sabe que está cercado por la enfermedad, pero tiene la esperanza de que quizá pueda escribir otro libro. Y tira del hilo para trazar una especie de fábula que entronca con otra historia menor que él cree está contenida en una de las novelas más famosas sobre la guerra civil española: “el gancho para arrancar la historia ya lo tengo y he hablado de él muchas veces: aquella bomba que no explotó en la guerra civil, como André Malraux cuenta en L’Espoir”.

Pocas semanas después confirma que esa anécdota no aparecía en la novela mencionada pero enseguida encuentra cuál será el remate de la historia, un sonoro “Vete a la mierda” por parte de Felicia, la protagonista femenina, pareja de Artur Paz, un pusilánime que trabaja para una fábrica de armas y no se permite ni un resquicio de duda sobre las consecuencias funestas del negocio del que lleva las cuentas.

Hace muchos años, en una conferencia en Barcelona poco después de recibir el Nobel, Saramago explicaba que las mujeres son sus personajes preferidos cuando alguien le comentó que solían tener mucha más presencia que los hombres en sus novelas. Y añadía socarrón que ellas son tan listas que hacen creer que están en la sombra cuando en realidad son las que toman las grandes decisiones mientras hacen parecer que sólo las secundan. En esta novela a medias se puede apreciar con claridad esa simpatía por Felicia, que ni aun tomando decisiones drásticas logra que su ya exmarido entienda la indecencia de su trabajo. Y esta es la pena más grande que provoca esta novela sin fin: no saber cómo seguiría empequeñeciéndose esa figura masculina al tiempo que se agigantaba ella.

Lo de menos es la anécdota que da origen a la historia. Dice Saramago en sus notas que “la dificultad mayor reside en construir una historia “humana” que encaje”. Y aunque va viendo la luz y encuentra vías por las que transitar, lo cierto es que la amenaza que se cernía sobre él acabó por truncar el proyecto.

Esta edición preciosa tiene el aliciente de que las ilustraciones de su “correligionario” Grass complementan de maravilla la elegancia de unas páginas compuestas en dos tintas, con esa elegancia de las páginas antiguas, con los blancos armónicamente medidos. El epílogo que propone Roberto Saviano, con esa aliteración en cada primer párrafo que arranca con “Yo también conocía a Artur Paz Semedo” para después mostrarnos a esas personas que se encuentran en encrucijadas en las que a veces lo más probable es tomar una decisión equivocada y tener que apechugar con las consecuencias.

Saramago era especialista en contar con palabras sencillas las historias de personas puestas en situaciones complicadas, para las que no había repuestas tajantes. Empezó a trenzar una más y estaba trabajando con ahínco cuando se quedó sin fuelle. En octubre de 2009 se mostraba confiado en que el libro saldría al público “el próximo año si la vida no me falta”. En febrero del año siguiente creía haber salido del atolladero el que estaba la narración por la indefinición de uno de los personajes. “Veremos si se confirma”, decía.

No pudo ser.

Relatos para saborear en pequeñas dosis

Hay libros que aguantan pacientemente el momento de ser leídos, sabedores de que la espera le merecerá la pena al que se digne a pasearse por sus páginas. Durante más de cuatro años se mantuvo en la pila de lecturas pendientes, acompañado de otras que escasamente permanecían una semana y al lado de títulos que ahí siguen, un librito precioso en su aspecto formal, como todos los que hace Jekyll&Jill, menudo, con sorpresa al final (otra marca de la casa). Se titula “Maleza viva” y es una recopilación de microrrelatos de Gemma Pellicer que apareció en 2016.

Lo hojeé en su momento y fui haciendo marcas pero me quedé con la sensación de que tenía que volver a él y leerlo de un tirón, si es que este peculiar subgénero necesita de una lectura de cabo a rabo. A principios del año que está a punto de consumirse me encontré con otro libro de relatos breves, en los antípodas del de Pellicer, y en este caso sí fui encadenando un texto detrás de otro. Son cuentos breves de alguien que se estrenaba en esto de publicar y que lo hacía con una editorial de Lleida, Pagès editors. Los ochenta relatos (casi todos de una página) se agrupan bajo el título de “Entre el cel i l’infern” y los firma Pere Piquet, un profesor en un centre de adultos del Raval barcelonés que, por lo visto en estas historias, ha leído con provecho a maestros como Pere Quart o Quim Monzó.

El humor, en una mezcla muy interesante de ironía y absurdo, está presente ya en la primera línea del primer relato, consagrado a la creación por parte de Dios del día y la noche, “exageradamente cortos o largos en las regiones polares”. Se van sucediendo encuentros y encontronazos entre Dios y el diablo, ignorante este último de las verdaderas fronteras del infierno, por lo que sube al cielo para que el Altísimo se lo aclare un poco, dada su omnisciencia. Y en esas rutas al averno toma protagonismo el metro de Barcelona, donde se desarrollan algunas de las historias más hilarantes y en las que Pere Piquet se muestra como un esforzado observador de esa realidad subterránea en la que convergen noctámbulos con ganas de coger la cama, adolescentes en busca de juerga que no dejan de escrutar sus móviles, lectoras impenitentes de resonancias hamletianas y trabajadores de una ciudad futura en la que los turistas se quejan de los habitantes de la ciudad, que los aturullan con sus prisas cotidianas.

Al infierno del título de este volumen (como se ve en el apartado “Entre línies”) descienden en tropel algunos de los nombres imprescindibles de la historia de la literatura. Y Piquet va enviando a las tinieblas a Penélope, Aquiles, Dorian Grey, Meursault, Javert, el Quijote y, por supuesto, Dante. Casi todos ellos tienen ocasión de redimir sus trayectorias en diálogos metaliterarios con Lucifer y algunos, como es el caso de la mujer de Ulises, deciden tomar derroteros que podrían haber cambiado la historia de la literatura universal.

Con tantas lecturas bien asimiladas, con ese espíritu gamberro, esta recopilación de Pere Piquet bien puede administrarse en pequeñas dosis, sentado en un vagón de esa inacabada línea 9 que tan cerca parece estar del infierno. Del mismo modo, los textos de “Maleza viva” pueden ser degustados a sorbos, literalmente. Hay historias que escasamente ocupan dos líneas, más cerca del aforismo que del relato brevísimo. En este caso, el libro como objeto merece ser saboreado. Con formato de breviario y una preciosa sobrecubierta, tiene el aroma de los libros de antaño, elaborado con una tipografía al servicio de unos textos que lindan con la poesía y en los que el absurdo asoma su cabeza de vez en cuando, como lo hacen también fantasías oníricas, realidades retorcidas y sueños, muchos sueños, en los que menudean pájaros, plantas, hojas y flores como los que dan título al libro y adornan la flamante sobre cubierta.

La historia interminable

En los pueblos donde “nos conocemos todos” es fácil encontrarse con historias que, a poco que se escarbe, tienen que ver con la guerra civil. De las relacionadas con el bando vencedor se sabe mucho, entre otras razones porque el régimen franquista las utilizó con frenesí durante la dictadura, ya fuera con afán moralizante, como herramienta de escarmiento, con propósitos enaltecedores o, sencillamente, para construir un relato que permitiera ocultar el del adversario.

La “épica de los perdedores” (si es que existe) la vienen cultivando en los últimos años precisamente sus descendientes, no con afán de venganza (o menos de lo que cabría esperar después de todo lo ocurrido) sino más bien para mantener el recuerdo de las “víctimas de la victoria”. Hoy mismo, en el día siguiente a la muerte de Almudena Grandes, los panegíricos destacan precisamente que la mayoría de sus novelas dieron voz a los derrotados y dignificó su recuerdo. Sus “episodios de una guerra interminable” le han permitido novelar algunas de las miles de historias que, sobre todo en las localidades más pequeñas, todavía se explican en voz baja, porque el terror sigue instalado en el imaginario colectivo de una parte importante de la ciudadanía.

La próxima novela de Almudena Grandes (al menos así se anunciaba en el proyecto global de sus “episodios nacionales” antes de que la muerte nos la arrebatara) tenía que ver con una que leí hace poco y que no puedo quitarme de la cabeza. Es una novela breve en la que no sobra ni una coma, que se desarrolla en la localidad zaragozana de Calatorao y que lleva la firma de Jesús Trasobares, su primera obra, después de una larga carrera musical que ha desarrollado sobre todo en su tierra natal. La historia, con una cubierta preciosa y sutil, se titula “¿Quién cerrará la puerta?” y la publica Doce Robles, una editorial aragonesa especializada en novelar episodios históricos de su tierra.

El planteamiento de Trasobares es tan sencillo como eficaz, una narración dentro de otra evocada por un adulto que recuerda al niño que fue, sorprendido entonces por un personaje estrafalario y deudor en la actualidad de la memoria de aquel hombre, víctima en varias ocasiones del odio enfermizo que los vencedores de la guerra proyectaron sobre sus víctimas. Julio Cubero es el nombre del protagonista, alguien que existió y resistió. Y sus penalidades son, por desgracia, demasiado frecuentes en la narrativa de la guerra que ha visto la luz en las últimas décadas. Los que se burlan de la “memoria histórica”, los que pretenden enterrar las batallitas del abuelo, los que han hecho carrera como articulistas denigrando a los derrotados podrán decir (con razón) que es “otra maldita sobre la guerra civil”.

Los demás disfrutaremos, si es válido el término, con una historia muy bien contada que recuerda por su planteamiento a Bastian, el protagonista de “La historia interminable”, leyendo a hurtadillas, tapado con un manta mientras vuela por escenarios fantásticos merced a un libro casi mágico. En la novela de Trasobares la fantasía es la pura realidad pero ese deseo infantil de descubrir lo que los mayores intentan ocultar es toda una metáfora de la historia de este país en el último siglo.

En una entrevista en Heraldo de Aragón el autor contextualiza de maravilla su novela, describe la situación familiar que permitió montar la trama sobre la que se sustenta y, aunque proporciona buena parte de las claves del relato, ello no impide disfrutar de la historia como si acudiéramos a ella con ojos virginales. El propósito de rescatar del olvido, y más en una localidad como Calatorao, un episodio del que todos se hacían lenguas pero que permanecía bajo un manto de silencio, lo logra con creces. Y también en la entrevista queda clara esa voluntad de hacer frente al revisionismo en el que estamos cada vez más instalados: “Pienso que en este país, en este mismo instante, hay un intento de negar la crueldad, el alcance de la represión franquista, por una parte cada vez más visible de ciertos sectores de la política o de los medios de comunicación.”

El propio titular de la entrevista parece darle la razón, al entresacar una frase que en su contexto casi dice lo contrario de lo parece. Con su novela, Jesús Trasobares ha puesto otra pieza en ese interminable puzle que, lentamente, va mostrando que todavía queda mucho por explicar.

Mientras esperamos un nuevo dietario

Una pequeña alegría para cerrar el fin de semana, antes de embarcarnos en la locura cotidiana de un lunes cualquiera. Me asomo al blog de alguien que se ha convertido en una pequeña sorpresa y lo anuncia, como sin querer decirlo: “El treball d’hores d’ordenar, seleccionar, quadrar textos per a un eventual nou volum dels diaris fatiga fins a l’extenuació. Però, finalment, el resultat reconforta. Potser perquè un s’adona que aquest és el gènere còmode i, si se’m permet, propi”.

Lo escribe Àlex Figueras en un blog que se llama “Bloc de notes” y en el que pocas pistas podemos hallar sobre él mismo. Para eso hay que leerlo, con la consecuencia no buscada de que es adictivo. Ha recopilado una selección de las entradas de este blog en un diario que se titula “Davant dels camps i de la nit”, publicado por El Gall Editor en 2019. Y el que se adentra en sus páginas se encuentra con un tipo sencillo (eso dice también la solapa del libro), que vive en Aiguafreda (un pequeña localidad cerca de Vic) y trabaja en Barcelona (adonde baja casi a diario alternando el transporte público con su propio coche).

Pues vaya, podrá pensar alguno, tampoco es para tanto. Pero Àlex Figueras saca petróleo de esos trayectos, unas veces porque se fija en los ojos de una chica que hace el mismo trayecto en tren, otras porque nos explica que escucha a The Smiths en el coche, a veces porque con pocas pinceladas describe su estado de ánimo mientras detalla cómo está el cielo cuando sale del Vallès Oriental o qué poco tráfico nocturno circula por las rondas, cuando deja la capital catalana para volver a casa, donde se reunirá con G., N. y À.

Descubrí a Àlex Figueras por esas benditas casualidades que se dan cuando dos lectores empedernidos trafican con sus descubrimientos, quitándose la palabra de la boca para seguir haciéndose recomendaciones. Hablaba con un amigo de la libertad que se gastaba Juan Marsé en esas “Notas para unas memorias que no escribiré” que comentamos no hace mucho por aquí. Por esos días algún medio había aprovechado el avance del dietario recién publicado por Rafael Chirbes para destacar la parte más morbosa, sus invectivas a otros escritores. Y cuando yo estaba haciendo apostolado de los diarios de Iñaki Uriarte (como siempre que tengo ocasión), mi amigo me informó, de esa manera discreta propia de él, de un libro que había visto en la biblioteca y del que no podía separarse.

Era este dietario de Àlex Figueras y a mí me ocurrió lo mismo. Fue empezar a pasear por sus páginas e iban cayendo los años (abarca de 2010 a 2018) uno tras otro. Ya fuera porque me descubría un autor del que no sabía nada, ya porque coincidíamos en otras lecturas, o porque descubrí que ambos estuvimos en el concierto dieron The Cure en el Palau Sant Jordi, o pensando que quizá nos hayamos cruzado en algún paseo por el Parc de la Ciutadella, el caso es que enseguida me sentí en buena compañía. Y sonreía al verme reflejado en esas conversaciones con sus hijos, esos comentarios sin cortapisas con los que los más pequeños zanjan todo tipo de situaciones.

Envidio de Àlex Figueras esos viajes recurrentes a Francia, con las visitas obligadas a todo tipo de librerías. Como envidio su conocimiento de la literatura de nuestros vecinos, que tanto placer le proporciona. Incluso cuando un libro no le satisface (como es el caso de alguno de Modiano) lo dice de una manera sencilla. Se confiesa deudor de Trapiello, aunque afortunadamente evita las maledicencias que se gasta este detrás de sus misteriosas X. Utiliza, como él, las iniciales para hacer comentarios sobre amigos y familiares e ironiza con elegancia sobre los comentarios que le llegan tanto de su blog o de su libro, por parte de los que le conocen bien. Y habla con frecuencia de Pessoa, del que toma los versos que le sirven de título a su libro.

Este dietario, y el que felizmente se anuncia que podría llegar en los próximos meses, son desde luego una invitación a guardar el blog en la pestaña de “favoritos”, para irnos asomando y descubrir con gozo que la página está actualizada.

Del talante de Àlex Figueras y del tono de su dietario es una buena muestra el texto que dedicó al libro, entonces recién publicado, hace algo más de dos años, allá por Sant Jordi: “M’adono -i segurament és un oblit imperdonable- que no he anunciat encara aquí la publicació de Davant dels camps i de la nit, un dietari que és precisament un recull de textos d’aquest bloc. L’ha editat -magníficament- El Gall editor de Mallorca, i recull aquells fragments del bloc, publicats entre 2010 i 2018, de caràcter més personal, més diarístic, si se’m permet l’expressió.

Pot semblar còmic, o potser petulant, però la causa de l’oblit i de la deixadesa d’escriure, és que porto uns dies dedicant-me a la promoció. Promoció escrit amb minúscules i amb tota la ironia, però promoció a la fi: visita de llibreries, difusió en xarxes (o xarxa) socials, cerca de dates i d’eventuals presentadors, egosurfing (i egolatria en general)… En definitiva, tot un seguit d’activitats de venda que casen molt bé amb el meu caràcter i realitzo sense esforços i a la perfecció. (Aquí també hi havia ironia). Tanmateix, he de dir que el compreu. I que el llegiu!”

Esperamos con ganas esa nueva entrega.

El perejil de todas las salsas

Cuantas veces hemos visto a alguien a quien acercaban un micrófono y aprovechaba para mandar un saludo a su madre, que lo estaría escuchando. Los pocos segundos de fama o de atención obligatoria llevaban a muchos a no dejar pasar la oportunidad de legar unas palabras a la audiencia. Ahora, la proliferación de altavoces, del tipo que sean, permite que todo el mundo, en algún momento, por cualquier medio, pueda decir la suya.

A veces meto las narices en los comentarios de Amazon y se me pasa el rato viendo cómo el personal ajusta cuentas con la humanidad. Es sencillo, sale gratis, no hay que identificarse y el público está asegurado, porque el que los mira tiene un mínimo de interés hacia el libro comentado. Me llamó la atención el otro día, entre un montón de voces encomiásticas, un lector que ironizaba sobre el ego de Steve Van Zandt, al hilo de sus memorias, publicadas recientemente por Libros del Kultrum con el ingenioso título de “Flechazos y rechazos”. El original, que es el que había provocado el mosqueo del lector en la versión original, es “Unrequited infatuations”, algo así como “enamoramientos no correspondidos”.

Estas memorias de Little Stevie (en las que sabremos el porqué del apodo del guitarrista de la bandana, como también descubre el secreto de este peculiar tocado) están escritas desde un yo desaforado. En eso tiene razón el comentarista. Hay un episodio a propósito de la visita de Jackson Browne y el propio Van Zandt a la Nicaragua sandinista, con la mujer de Daniel Ortega en el despacho presidencial, que son una muestra elocuente de ese ego desatado. Pero quizá aquí radique uno de los encantos de esta autobiografía tan divertida e irreverente.

Con apelaciones frecuentes a los lectores, Stevie Van Zandt se nos muestra como el perejil de casi todas las salsas. Pero es que lleva décadas (con sus intermitencias) siendo la mano derecha de Bruce Springsteen en el escenario, con lo que eso conlleva, y nadie puede soslayar sus méritos en la producción de “The River”, un disco memorable. Por poner un ejemplo.

Para los que llevamos décadas siguiendo al Boss por las carreteras que quiera conducirnos, este libro es una guía turística. Y nos dejamos llevar, encantados de que cuente con su peculiar punto de vista, momentos fundamentales de la banda. Como cuando, en la página 92, explica el día en el que el Boss y él descubrieron que Clarence Clemons tenía ese “sonido puro y fresco que nos daba la vida”. El recuerdo de esa epifanía no tiene desperdicio: “Bruce me miró con la misma expresión que debió de ponerle Cristóbal Colón a su primer oficial cuando, después de treinta y seis días desafiando a la muerte en mitad del océano, vieron a aquellas indígenas desnudas tomando el sol en San Salvador de Bahamas”.

Durante la gira que Bruce y su banda hicieron tras la muerte de Clarence Clemons, huérfanos de ese saxo tan característico, había un momento mágico. Sonaba “Tenth Avenue Freeze Out” y cuando llegaba el verso que recordaba la incorporación de The Big Man a la banda, las luces se apagaban, el Bross enmudecía y el estadio hacía lo propio mientras en las pantallas aparecía la silueta inconfundible de Clemons, anclado a su saxofón. En sus memorias, Van Zandt rememora las dificultades que tenía su jefe en torno a esta canción, en el momento de incluirla en “Born to run” y cómo recibe el encargo de “arreglarla”. En ese momento, Stevie no pertenece a la E Street Band y asume su condición de lugarteniente: “Le hice caso. Fingí ser el leal soldado que cumple con el deber sagrado de asegurarse de que todo el mundo tenga muy claro quién manda”.

Las andanzas de Van Zandt al lado del Boss proporcionan momentos impagables. Así describe el camino que estaba tomando su jefe en el arranque de su carrera: “Bruce estaba haciendo evolucionar el rock con la ayuda de todas las formas de arte anteriores. Que echaba una mano de la literatura de Dashiel Hammett, Raymond Chandler y James M. Cain. De las películas de John Ford, Elia Kazan y Jacques Tourneur. De la poesía de Rimbaud, Whitman y Ginsberg. De la paleta explosiva de Van Gogh y la invención formal de Picasso. Eso por no hablar de la audacia de Little Richard y Elvis Presley; de la maestría de los Beatles; del sexo de los Stones; del escalpelo social de los Kinks, de la perspectiva de Pete Townshend y del nervio de los Who; de la frustración obrera de los Animals, del temperamento lírico de Bon Dylan; de la excelencia espiritual de Van Morrison; de la ambición musical de los Byrds; de la sombría teatralidad de los Doors y de la amplitud histórica de The Band”. Casi nada.

El polifacético Stevie, además de una enciclopedia con patas del rock, ha trabajado durante décadas haciendo arreglos musicales, no en vano dice en varias ocasiones que su principal talento reside en saber cómo desmontar una canción y hacerla potente, limando todas las piezas para que encajen a la perfección. También ha ejercido de promotor, de activista político, de filántropo en iniciativas para lograr un método eficaz de enseñanza de música en las escuelas, tiene su propio programa en la radio y, además de guitarrista en la E Street Band, dirige su propia banda (Little Steven and the Disciples of Soul). Pero lo que acabó de consagrarlo a otro nivel, y así aparece destacado en la cubierta de la versión española de estas memorias, es su participación como Silvio Dante en “The Soprano”, como consigliere y mano derecha de Tony.

De los entresijos del rodaje de la serie, de su amistad con el creador David Chase, de la repercusión que alcanzó y del placer con el que abrió una nueva puerta en su atrafagada carrera da buena cuenta en estas memorias. En el documental “The Sopranos Sessions” precisamente se echa mucho de menos su presencia y apenas es mencionado de soslayo cuando en sus memorias se muestra como todo un factótum de una serie más aclamadas de la historia de la TV, la que dicen que cambió el paradigma y consolidó el proyecto de HBO. Si hacemos caso al propio Stevie fue candidato a encarnar al propio jefe del clan, antes de quedarse en retaguardia y desempeñar un rol similar al que ejerce en la E Street Band.

Como queda claro en estas memorias, si hay algo de lo que va sobrado Van Zandt es de audacia y, después de convertirse en el histriónico Silvio Dante, se embarcó en otro proyecto televisivo aún más arriesgado, casi autoparódico. En la serie de Netflix “Lilyhammer” volvió a encarnar a otro mafioso, con más tics todavía, refugiado en la ciudad noruega que albergó los Juegos Olímpicos del 94. Frank Tagliano es protagonista absoluto de las tres temporadas en las que se mezclan el noruego y el inglés, con un humor socarrón y unas situaciones tan estrafalarias que el espectador a veces duda sobre si tomárselas en serio. Stevie Van Zandt toca aquí todas las teclas: interpreta, produce, dirige, canta, selecciona la música que aparece y echa mano de sus amistades para que vayan haciendo cameos. Una vez más, en esta memorias, abre su cola de pavo real y nos cuenta en detalle cómo se fraguó este proyecto que le convirtió en toda una celebridad entre los televidentes noruegos.

Estos días, mientras suenan los rumores de una nueva gira mundial de la E Steet Band, leer estas memorias es un buen antídoto para calmar los nervios (o para exacerbarlos, que también sirve) ante las dificultades que supone conseguir entradas cuando se hace el anuncio oficial. Este libro, además de por el interés que tiene un personaje tan hiperactivo, es una maravilla física, como todos los libros de la editorial. Una edición cuidadísima, con detalles que lo convierte en objeto de coleccionista: buen papel, una solapa trasera que cubre toda la tripa cuando se cierra y una foto enfajada en la cubierta. Hay un índice final que ayuda a localizar las numerosísimas referencias que aparecen a lo largo de esta obra que, sin demasiado esfuerzo, podría convertirse en una lista infinita de Spotify en la que suene la mejor música del siglo XX, el tiempo dorado del rock, en palabras de Stevie.

Y para el que lo dude, se puede recurrir a uno de los muchos fogonazos que aparecen estas memorias. Cuenta Stevie una bronca con el Boss, una de las tres discusiones más fuertes que tuvo. Fue a propósito de “Tunnel of love”, cuando prescindió de sus músicos de toda la vida para editar un disco más personal. La opinión “poco delicada” de Stevie acerca de algo de este disco llevó a su jefe a echarlo de su casa. Van Zandt zanja el tema en pocas palabras: “Como es natural, yo llevaba razón”.

Pues eso.

Tres que molan

“Y al terminar de estregarnos Isora me mandaba a rezar y yo bisebisebisé con los pantalones del chándal todos pintorriados de colores, como un arcoíris dentro de las piernas que se elevaba por encima de los límites del mar, allá abajo, donde las nubes se juntaban con el agua y todo era gris, y ya solo quedaban nuestros pepes latiendo como un corazón de mirlo debajo de la tierra, como una mata a punto de reventar el centro de la Tierra”. Estas pocas líneas pueden servir para llamar la atención sobre una de las novelas que más me han sorprendido en los últimos meses.

Sabía de ella porque menudean desde hace tiempo los comentarios elogiosos, que llegan por los resquicios que dejan las redes sociales para hablar de esos fenómenos literarios que no tienen que ver con los grandes sellos ni van apoyados por el marketing ortodoxo. Se llama “Panza de burro”, de Andrea Abreu, la publica una editorial pequeña que tiene un catálogo muy goloso, Barret, y viene presentada por Sabina Urraca, que se anuncia como editora responsable únicamente de este título. Y es una historia muy fresca, personalísima, en la que uno se enfrasca dejándose llevar por esa aparente inocencia con la que una narradora en primera persona nos va contando su día a día, en la isla de Tenerife, a la sombra del “vulcán”.

Es uno de los atractivos de esta novela, que se puede apreciar casi en cualquier párrafo, con infinidad de neologismos, onomatopeyas, giros propios del habla canaria y bromas personales que enseguida enganchan al lector y le invitan a participar de ese código tan particular del que participan la narradora e Isora, su amiga del alma, la otra protagonista de este relato repleto de encanto.

Muy difícil de describir, como reconoce la propia editora en el prefacio, “Panza de burro” (por servirnos de sus propias palabras) “es una novela febril”. Los títulos de los capítulos, que en una segunda lectura pueden ser tomados como relatos breves, tan pronto resultan enigmáticos como parecen síntesis telegráficas de lo que se nos viene encima. Y ese pueblo de las alturas, casi siempre nublado, presidido por un volcán como el que arde desde hace semanas en la vecina isla de La Palma, es más que el escenario por el que transcurre el día a día de esta pareja de amigas inseparables que tienen que lidiar con los dramas que reparte la vida.

Una voz auténtica, sin seudónimos femeninos como los que ahora mismo están de moda, que sencillamente tiene cosas que contar y lo hace sin más artificio que el de la naturalidad, que no es poco.

Otra voz femenina más que potente, con una dura historia contada de manera subyugante, es la de Paula Bonet, artista que necesitaba de las palabras para complementar una obra pictórica que transpira violencia y dolor. Las imágenes se pueden ver en el catálogo descargable en este enlace y el libro lo ha publicado Anagrama en castellano y Univers en catalán. Bonet decía en un cuestionario de Babelia que “pintar me ha enseñado a escribir con los ojos cerrados” y lo cierto es que su libro se lee como un paseo por una galería donde pinturas de grandes dimensiones asaltan al lector y le obligan a removerse en el sillón. Estructurado en forma de dos historias paralelas que “se enredan como dos anguilas, se separan y se vuelven a juntar”, en una definición precisa que da al ser entrevistada por Esther Vera en el diario catalán Ara, esta historia lacerante viaja al pasado y recuerda la tienda de muebles de la familia, donde la narradora recuerda momentos de una infancia feliz, jugando por entre los sillones, los comedores y las habitaciones de matrimonio que allí se exponían. Y se van entreverando las cartas que se cruzaban sus abuelos. En paralelo desarrolla una historia con tintes autobiográficos (como ha explicado en más de una entrevista) en la que aparecen abusos y hasta una violación, que dibuja la desolada sensación de abandono a la que se enfrentan muchas mujeres cuando denuncian haber sufrido estas situaciones.

Los cuerpos atacados, que supuran, que tiemblan, que se encogen y que se muestran en estas páginas son casi tangibles, por la fuerza pictórica con la que nos los explica Paula Bonet. La sensación de sufrimiento con la que transitamos por la historia se ve matizada al final, cuando las cosas en cierto modo acaban bien y respiramos aliviados al asistir a ese final feliz.

No es ningún spoiler, porque ya en los textos elogiosos que aparecen en la faja de esta novela, se puede leer uno de Marta Sanz que la resume de maravilla: “Bonet, sin contemplaciones ni autocomplacencia, escribe una novela con un final feliz: el mundo comienza a transformarse, y una mujer se hace un autorretrato con la carne de la escritura, los ácidos y los óleos”.

Y es precisamente una novela de Marta Sanz, también en primera persona, también con trazas autobiográficas, la que llevaba meses dando vueltas en mi cabeza, después de leerla con muchas ganas en unas pocas sesiones. Publicada por Anagrama en su colección Compactos, tiene no pocas similitudes con la de Paula Bonet aunque la puesta en escena es mucho más canónica, una narración más ortodoxa.

La narradora nos cuenta sus cuarenta años y va describiendo a una galería de personajes (inolvidable la tía Maribel) que en algún momento han tenido su papel en esas cuatro décadas. Lo hace con una habilidad especial para recoger sus dejes, su vocabulario y así dibujarlos por sus palabras. Esos cuarenta años coinciden con una época de cambio fundamental en la Historia reciente de España, que también se vislumbran en esa infancia en Benidorm, esas ilusiones arrumbadas por la vida, el traslado a Madrid y algunos regresos esporádicos a la ciudad de sus primeros años, aunque sea para constatar que ha pasado lo que ya se veía venir, y sus amigas se han convertido en aquello para lo que parecían condenadas.

En esta versión definitiva de 2018 de “La lección de anatomía” que ya había publicado Anagrama una década antes, Marta Sanz agradece a Herralde la oportunidad de repensar y mejorar el texto. Esa mujer que ha ejercido de modelo de desnudos para pintores que aprenden confiesa casi al final que “hay cosas que se hacen porque no queda más remedio” para añadir que “he parado el reloj y ya no pueden engañarme”. Y remata; “me he hecho un poco más sabia y soy un poco más feliz”.

En cierto modo, es el sentir de estas tres novelas escritas por tres autoras que tienen mucho que explicar y que necesitan hacerlo en primera, primerísima, persona.

Un palimpsesto

El atractivo de la Barcelona literaria ha permitido en los últimos años que se hayan trazado numerosos itinerarios por los paisajes que transitan los personajes de Carlos Ruiz Zafón, por las plazas de Gracia que recorre la Colometa de Mercè Rodoreda, por la Rambla de Orwell, por el Raval de Pepe Carvalho, por las calles que transitó el Quijote o por los bares que iban cerrando, borrachos como topos, los poetas que buscaban refugio en el Paralelo. En este enlace se pueden ver algunas de ellas, con PDFs descargables que permiten visitar la ciudad de una manera muy entretenida. No sé si todavía funcionará la app Literápolis, que puso en marcha el Ajuntament hace unos años y que invitaba a una gimkana repleta de preguntas y retos que también mostraba unos paseos diferentes por espacios tan emblemáticos como el Parc de la Ciutadella, Sarrià o las calles del Barri Gòtic.

Esa aureola de ciudad literaria es la que cultiva un conjunto de relatos, publicado por Comanegra en 2019 con el título de “Barcelona nua”, traducción del italiano “Barcelona desnuda”, a cargo de Amaranta Sbardella, traductora de al italiano de obras canónicas catalanas, tanto de ayer (Incerta glòria) como de hoy (Permagel). Y el libro, que es desigual porque su planteamiento mismo casi le obliga a serlo, es una fiesta para los devotos de la capital catalana.

Una “fiesta intertextual” dice David Guzmán en un prólogo que es toda una invitación a participar de este juego literario. Hay personajes míticos que se ven liberados de las historias que los hicieron inmortales (la Andrea de “Nada”, el citado Carvalho y su inseparable Biscuter, el Onofre Bouvila de “La ciudad de los prodigios”, las putas del Barrio Chino) y hay otras obras, como el cuadro “Garrote vil” que cobran vida y posibilitan que Sbardella recree la presencia de Ramon Casas tomando apuntes mientras Aniceto Peinador, el homicida del crimen de Banys Vells, sube al estrado donde será ajusticiado.

Amaranta Sbardella va cambiando de registro y recrea el género epistolar de “Incerta glòria” para contar cómo se vivía en la Barcelona bombardeada por los Savoia italianos, con un cameo también epistolar del George Orwell convaleciente de sus heridas de guerra y decepcionado por las luchas intestinas que asfixian a sus correligionarios. Narra en forma de crónica dolorida los pasos del detective de Vázquez Montalbán por la ciudad que nació en torno a los Juegos del 92. Y elabora un magnético travelling desde la Estació de França hasta el número 36 de la calle Aribau por el que va desfilando toda la ciudad, que vemos a través de los ojos estupefactos de Andrea, la inolvidable protagonista de la novela de Carmen Laforet.

Se trata de jugar y, aunque haya algún texto donde se amontonan los referentes y se antoja una manera de hacer público el agradecimiento a algunos de los mentores de esta colección de cuentos, la lectura es un canto de amor a la ciudad. Una manera de reescribir, de seguir imaginando, de resucitar espacios y personajes que hicieron de las calles de Barcelona un espacio único, o mejor, la suma de muchos lugares inolvidables.

La cruda sinceridad de Marsé

Creo que fue Gore Vidal el que explicaba a raíz de la publicación de sus memorias que a uno de sus amigos le dedicó su ejemplar en la página del índice onomástico en la que aparecía su nombre. Cuando este quiso saber por qué, Vidal le replicó que sabía que era lo primero que iba a mirar, para saber en qué lugar (y cuántas veces) era mencionado. Me he acordado de este malicioso proceder al leer la introducción de Ignacio Echevarría al libro póstumo de Juan Marsé, “Notas para unas memorias que nunca escribiré”, editado por Lumen en marzo de 2021, meses después del fallecimiento del escritor barcelonés. Explica Echevarría en un fantástico prólogo titulado “Escribir y nadar” (basta con leer unas cuantas páginas para entender por qué ese título) que “tal vez no esté de más añadir que se ha desestimado equipar este volumen con un índice de nombres, que acaso el lector curioso eche en falta”. Y argumenta: “la razón es evitar la consulta descontextualizada de las menciones a veces muy cáusticas que […] Marsé prodiga. Tales menciones encuentran su asiento en el caudal de observaciones de todo tipo que trazan el tejido de sus días, y su lectura aislada distorsiona tanto sus intenciones como sus alcances”.

Coincido en buena medida con Echevarría, que ha tenido un cuidado especial al presentar estas memorias, documentando con precisión al final, en más de 100 páginas, las entradas de este diario que Marsé llevó en 2004 como una especie de penitencia (así lo dice en más de una ocasión) pero que completó con paciencia y perseverancia. Explica el prologuista que lo hizo en una agenda en la que tampoco había mucho espacio libre cada día, lo que seguro facilitó la dedicación de Marsé al tiempo que creaba algo parecido a los tuits de hoy: pocas palabras, muchas veces contundentes, que tan pronto se ocupan de una discusión doméstica con Joaquina (su mujer) como de un whisky con Joan de Segarra en el bar del Majestic, una visita al despacho de su agente Carmen Balcells, una escapada a su casa de Calafell o un apunte sarcástico sobre un periodista, un político o una joven escritora en busca de consejo.

Uno de los protagonistas incuestionables de este día a día es su nieto Guille, que le reclama dibujos sin parar, casi siempre de Batman. Es entrañable imaginar al escritor en batín, sentado codo con codo con el pequeñajo mientras le dibuja al superhéroe (hay varios ejemplos en este libro, que también incluye unas cuantas páginas en color con reproducciones facsímiles de las hojas de la agenda y de otras libretas que aparecen reproducidas). El año de diario, 2004, fue además el de los atentados de Atocha, justo antes de las elecciones, con las consiguientes maniobras del gobierno de Aznar para engañar a la ciudadanía acerca de la autoría de la salvajada. Las páginas que dedica Marsé a esos días son impagables, breves, demoledoras.

Para los lectores de la biografía autorizada que hizo Josep Maria Cuenca hace unos años, y que comentamos aquí, quizá no haya demasiadas sorpresas en este diario, al menos en lo tocante a las bestias negras de Marsé (Porcel, Umbral, Goytisolo [Juan y Luis], Pilar Rahola, el productor de cine Andrés Vicente Gómez, casi todos los articulistas de El Mundo) pero sí que sorprenden algunos cáusticos comentarios sobre periodistas culturales o compañeros de pluma, como la anécdota explicada en varios días sobre un premio Cervantes que fue a parar a otras manos mientras el presidente del jurado (otro escritor siempre en el candelero) le aseguraba que había hecho todo lo posible para que lo ganara Marsé, cuando en realidad había sido uno de los impulsores del que acabó siendo galardonado. Estos comentarios, tan salvajes a veces y sin necesidad de misteriosas X como acostumbran otros diaristas, tienen mucho que ver con la coyuntura del propio 2004, con los atroces atentados del mes de marzo, las efemérides variadas que se suceden o las acciones del tripartito que entonces gobernaba Cataluña.

Cuando llega el 5 de enero de 2005, tres días antes de su 72 cumpleaños, Marsé da carpetazo al diario con una queja recurrente: “Y termino este sonso diario convencido más que nunca de la persistencia de mi desidia, mi absoluta desgana en bucear dentro de mí mismo. Queda demostrado que no hay asunto que me aburra tanto como hablar de mí mismo”. Los lectores curiosos no lo vemos así: durante esos doce meses trabajó duramente en Canciones de amor en Lolita’s Club y sabemos por boca del autor lo duro que fue para su autor reconvertir un guion en una novela e ir corrigiendo, algo en lo que, sin embargo, disfrutaba. También descubrimos los mimos que le prodigaban sus editoras (“mi rubia preferida”, llama a Elena Ramírez), sus rutinas de lector de tres diarios o su evocación permanente de los años de la infancia, cuando su familia lo mandó lejos de la Barcelona bombardeada en la guerra.

Se cierra el diario y estas “no-memorias” se enriquecen con la trascripción (dibujos incluidos en algunas ocasiones) de tres libretas que Marsé guardó (junto con muchas otras) y en las que iba haciendo anotaciones de todo tipo: “Estoy envejeciendo. Los sueños son cada vez más oscuros, retorcidos, extraños” (2007),    “La literatura es el deseo ajustando cuenta con la realidad” (2009), “El peinado del president de la Generalitat Puigdemont ha sido declarado de Interés Turístico Internacional, y el procés de Interés Turístico Regional” (2017), pero donde también hay espacio para anotar minuciosamente la veintena de pastillas que tomaba, atado al final de su vida a un aparato de diálisis nocturna que decía le había robado hasta los sueños.

Es tan jugoso seguir anotando aquí sus diatribas contra unos y otros que me temo que podría ser reduccionista y entiendo mucho mejor la voluntad de sus editores de no dar carnaza a los lectores sedientos de sangre. Un solo año, escrito a regañadientes y obligado a ser conciso por culpa del espacio reducido de la agenda, nos muestran, no obstante, a un escritor en plena forma, consciente de que quizá sus grandes obras ya habían sido publicadas pero con ganas de pelear y defender su concepto de la literatura. En este sentido tampoco tiene desperdicio lo que ocurrió en torno al premio Planeta, del que aceptó ser jurado y de donde marchó dando un portazo.

Son solo unas notas para unas memorias que nunca escribió aunque algunos suspiremos por que haya algún cuaderno más en sus archivos, alguna agenda a la que seguir dando publicidad. La cruda sinceridad de Marsé, aunque duela en más de una ocasión, ayuda a sobrellevar tanto pensamiento políticamente correcto.