Variaciones sobre Glenn Gould

Cuando le explicaba una vez a un amigo organista la fascinación que me producían las Variaciones Goldberg, que escucho en Spotify en cualquier circunstancia y ambiente, me decía que las grabadas por Glenn Gould eran la apoteosis de unas piezas que Bach había concebido para dos teclados y que el pianista canadiense interpretaba con una destreza y una finura excepcionales. Me comentaba mi amigo aspectos técnicos que un ignorante como yo no logró ni siquiera retener. A partir de entonces, solo he escuchado esas versiones, de 1955 y de 1981.

Cacé hace poco el cómic “Glenn Gould. Una vida acontratiempo”, que Sandrine Revel le dedicó, publicado por Astiberri en castellano (2016). Y ha coincidido su lectura con el hecho de que el pianista canadiense haya ocupado la atención de los suplementos literarios, porque Acantilado acaba de publicar uno de los libros que Bruno Monsaigeon recopiló con todo tipo de materiales alrededor de la vida y obra de su amigo Gould. Se titula muy elocuentemente “No, no soy en absoluto un excéntrico”. En el reportaje que le dedicó Babelia hace pocas semanas aparecía un texto del profesor Ramón del Castillo donde afirmaba que “la gran excentricidad de Gould era que estaba convencido de que la máxima intimidad e intensidad que se puede obtener con el oyente es fruto del artificio y no de la naturalidad”. Es la tesis central de un texto que gira en torno a la renuncia del pianista a tocar en público, para encerrarse en un estudio durante años y años a editar sin parar las tomas que archivaba de sus ejecuciones. “Nunca tocó las versiones que se oyen en sus discos, esas interpretaciones no existen, son una pura invención; lo que oímos siempre es un montaje hecho de tomas empalmadas”. Y después de dejar claro que su música estaba retocada al extremo, el profesor Ramón del Castillo se pregunta: “Pero dejaba por eso de ser especial?” Su respuesta es igual de categórica: “Al contrario”. En otro texto magnífico, esta vez de Álvaro Guibert en El Cultural, se añade luz al asunto: “Gould diseñó y vivió su carrera como un viaje hacia la soledad creativa que Monsaingeon caracteriza así: unos pocos años de concertista, solo los imprescindibles para conseguir la independencia financiera, seguidos de un cuarto de siglo de reclusión productiva en su propio estudio de grabación”.

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Soledad, excentricidad, relación pasional con el piano y el micro, genialidad… con algunos de los sustantivos que se acumulan en la contraportada del cómic publicado por Astiberri. Parecen indisociables de la figura de Glenn Gould y hallan acomodo de las formas más diversas en las páginas de este álbum que pasea por la faceta más íntima del pianista, indisolublemente unida a esa capacidad extraordinaria (y peculiar) para interpretar al piano, con los ojos cerrados, encorvado, sentado en una silla no menos particular que el personaje. Las páginas del cómic muestran una obra en absoluta deconstrucción, con una mezcla exuberante de ilustraciones a página completa, planas fragmentadas en decenas de ventanas con manos que vuelan sobre el teclado, recreaciones de imágenes del cerebro del genio,  sueños, vistas cenitales de un estudio de grabación, ensoñaciones, una sucesión de retratos de personas que opinan sobre él…

Es un cómic heteróclito, por llamarlo de alguna manera, que viaja en el tiempo, que se detiene en su debut como solista con la Sinfónica de Toronto, siendo un chaval; que aborda su reclusión en los estudios de grabación, que toca de refilón una relación sentimental fracasada y que, en definitiva, pone su fragmentada estructura al servicio de la vida de un genio que no por más conocida deja de ser subyugante.

Reflexionaba en torno a la soledad de los creador Mar Abad en la revista Yorokobu y utilizaba las páginas de este cómic como hilo argumental. “La soledad es un buen momento para crear”, dice la periodista. “La presencia de otros me distrae”, aparece en el cómic que dijo Gould. “La reclusión monástica me conviene”, aparece en sus labrios en otro momento. “Odio a los espectadores, no como individuos, sino como masa”.

La maravillosa sensación que uno tiene de estar escuchando algo imperecedero cuando oye sus interpretaciones (con toda la edición posterior que lleven a sus espaldas) no se ve en absoluto mermada cuando se conocen más detalles de su vida. Las delicadas imágenes del cómic de Sandrine Revel, al contrario, nos acercan más a una persona que optó por encerrarse para abrirnos las ventanas de Bach a los oyentes más ignorantes.

De países inexistentes y vidas imaginarias

Cuando El Pequeño Larousse celebró el centenario de su aparición en español incluyó en las guardas las banderas de los países que existían en 1912, en recuerdo de la primera vez que se tradujo al español. Fue curioso ver que la bandera de China, antes de ser comunista, casi llevaba los colores del arco iris; que las enseñas de Andorra, Gran Bretaña o El Salvador eran sensiblemente diferentes a las actuales, y que sólo un siglo atrás existían Persia, Siam o Zanzíbar, además de Serbia y Montenegro, que se unieron más tarde para acabar divorciándose.

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Me he acordado de aquel ejercicio de nostalgia al pasear por los territorios recogidos en el “Atlas de países que no existen” (Geoplaneta, 2016). Lo firma Nick Middleton, un catedrático de Geografía de la Universidad de Oxford que ha ocupado unos cuantos años en registrar “una cincuentena de estados no reconocidos y en gran medida inadvertidos”. El libro está editado con mimo, con un ojo de buey en cubierta que anticipa el alarde de diseño del interior, donde cada “país inexistente” se presenta troquelado sobre el mapa del territorio que lo acoge oficialmente. En su académica introducción Middleton va explicando los criterios que han regido históricamente para determinar qué país puede lograr el reconocimiento como tal, con todas las salvedades existentes. Comenta lo que cualquier guerra pone en evidencia casi a diario, que el mapa político del mundo no es estático, que vivimos en “un mundo que fluye”. Recupera la manoseada cita de Max Weber de que un estado existe “cuando alguien tiene el monopolio del uso legítimo de la fuerza sobre un territorio”. Salen a relucir la ONU, los efectos de la colonización de África, el conflicto cotidiano de Israel y Palestina y otros temas y subtemas que son consustanciales a las cuestiones fronterizas.

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El libro se organiza en capítulos de cuatro páginas, en los que el autor ofrece información concisa sobre cada país además de mostrar el efecto cartográfico antes mencionado. Agrupados por continentes, imagino que cada lector echará en falta alguno o entenderá que sobran países de los que aparecen. Está Cataluña pero no Escocia, aparece el Tíbet pero no el Kurdistán. En cualquier caso, la variada tipología de territorios geográficos sin el label político merece las horas que puede ocupar esta entretenida lectura. Por ejemplo, en medio de Copenhague hay una comuna hippy que tiene de plazo hasta 2018 para tomar o dejar la oferta del gobierno danés de comprar el tercio de kilómetro cuadrado sobre el que se asienta. El mismo gobierno tiene otro frente abierto, esta vez de 2.000.000 de km2, llamado Groenlandia. Cuenta Middleton que en 2009, para celebrar el autogobierno, las autoridades de la inmensa isla arponearon un par de ballenas que proporcionaron comida a toda la población, unas 40.000 almas.

En este libro aparecen, por razones bien diferentes, el reino de Redonda (en las antillanas islas de Barlovento), donde los literatos se reparten todo tipo de títulos nobiliarios con Javier Marías como monarca; la República Árabe Saharaui Democrática, condenada a la indefinición por la desidia española y por la abundancia de recursos naturales, demasiado rica para que la dejen caminar sola. Hay nombres de resonancias míticas (La Araucanía) o gamberradas diplomáticas –como la República Turca del Norte de Chipre– que provocarían sonrojo de no ser por las muertes que ha ocasionado. Y se van sucediendo curiosidades como la Antártida, la república rebelde de Abjasia, en Georgia, una isla con 23.000.000 millones de habitantes como Taiwan y otra mucho más pequeña y misteriosa como Rapa Nui. Lo mejor queda para el colofón, un verdadero país inexistente a caballo de varios océanos, que mantiene disputas con al menos 16 estados “reales” y que tiene una población acumulada de 67 habitantes. Su capital es Cyberterra.

En un lugar tan peculiar y fluctuante se hallarían como en casa algunos de los personajes que retrata Marcel Schwob con su precisión de cirujano. Hablábamos de él hace bien poco y seguimos devorando con deleite sus libros concisos. En “Vidas cruzadas” (recién editado por Alianza) es capaz de sacar petróleo de un puñado de datos llegados en voz baja de la noche de los tiempos. Si El Pequeño Larousse (por volver al argumento de inicio) despachaba a Eróstrato con un lacónico relato: “pirómano efesio que para inmortalizar su nombre con una hazaña incendió el templo de Artemisa en Éfeso (356 a.C.)”, Schwob dedica cinco suculentas páginas a elucubrar con precisión de documentalista acerca del carácter violento de la madre del incendiario, sobre las túnicas púrpuras de sus convecinos o en torno a la prohibición de que el nombre del pirómano trascendiera por los siglos de los siglos.

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Algo parecido les ocurre a personajes históricos como el pintor Uccello, el poeta Lucrecio, la princesa Pocahontas o el filósofo Empédocles, del que las enciclopedias dicen que se arrojó al cráter del Etna.

Con semejante final qué biografía no iba a imaginarle Schwob.

Marcel Schwob, un glorioso descubrimiento

Todavía recuerdo la textura del papel de la sobrecubierta de la edición en que leí la “Historia universal de la infamia”. Recuerdo también el bar en el que un amigo me dejó ese ejemplar que leí con devoción. Fue una tarde domingo de hace más de veinte años. No había logrado localizar el volumen en la biblioteca de mi pueblo y no andaba sobrado de cuartos para comprar todos los libros que quería tener. Mi amigo me dijo, como al desgaire, que le acababan de llegar todos los volúmenes de una “Obra completa” de Jorge Luis Borges que estaba publicando Círculo de Lectores. Lo leí un par de veces y me consta que él hizo lo propio en cuanto se lo devolví, motivado en parte por mi interés. Había oído hablar mucho de este libro y el título era demasiado poderoso como para olvidarlo. Más tarde me fui encontrando con “El Aleph”, “El libro de arena”, “Ficciones” (en aquellas ediciones míticas de Alianza con cubiertas de Daniel Gil) y siempre volvía el recuerdo aquel mi primer encuentro con el escritor argentino. Nunca he sabido definir ese estilo tan peculiar borgiano: textos concisos, referencias eruditas, historias intensas, con un ritmo que parecía marcado por la precisión de un ajustadísimo mecanismo de relojería. Relatos breves en los que no eran necesarias más palabras.

Vuelvo de vez en cuando a Borges, a pesar de que haya tanto por leer. Siempre es una experiencia embriagadora, y tengo la suerte de haber olvidado muchos de esos finales apoteósicos, de modo que me dejo mecer como si fuera la primera vez por las peripecias de Funes el memorioso, de “El inmortal”, del jardín de los senderos que se bifurcan.

Me he acordado inmediatamente de Borges al descubrir los relatos de un escritor francés del que no sabía nada: Marcel Schwob. Lo está reeditando Alianza en su inacabable colección de bolsillo y lleva unas cubiertas del estudio de Manuel Estrada que evocan indefectiblemente las del mencionado Daniel Gil. Después de leer, absorto, maravillas como “El Dom”, “El cuento de los huevos”, “Los tres aduaneros”, “Para Milo” o “La última noche”, recupero el prólogo que ha hecho Mauro Armiño para esta edición. Él es el responsable de la traducción (cómo debe de ser el original francés si es tan bella la versión en castellano) y firma una introducción que contextualiza al autor y su obra: no llegó a vivir 40 años, entre 1867 y 1905, publicó media docena de libros y tradujo al francés a Shakespeare, Thomas de Quincey y a su admirado Stevenson, entre otros.

Mi descubrimiento de Schwob ha llegado por medio de un conjunto de relatos titulado “Corazón doble”, que aglutina además los cuentos de otro libro: “La leyenda de los mendigos”. Dice en un prefacio el propio Schwob que el terror es el protagonista de estas historias. Poco que ver con “historias para no dormir” o subgéneros de literatura de miedo. Es mucho más complejo, más sutil y refinado. Mucho más subyugante.

Y ahí entronca con el recuerdo que yo tenía de los cuentos de Borges. Luego he descubierto que el argentino se consideraba deudor del francés. Hay muchos fragmentos en estos cuentos, más de una treintena, que merecen ser rescatados. Escojo por ejemplo el arranque de “El cuento de los huevos”:

Había una vez un pequeño y bondadoso rey (no busquéis otro, la especie se ha extinguido) que dejaba a su pueblo vivir a su antojo: creía que era un buen medio de hacerlo feliz. Y él mismo vivía al suyo, piadoso, bonachón, sin escuchar nunca a sus ministros, porque no los tenía, y celebrando consejo únicamente con su cocinero, hombre de gran mérito, y con un viejo mago que le echaba las catas para entretenerlo. Comía poco, pero bien; sus súbditos hacían lo mismo; nada turbaba su serenidad; cada cual era libre de cortar su trigo en agraz, de dejarlo madurar y guardar el grano para la próxima siembra. Era realmente un rey filósofo, que hacía filosofía sin saberlo; y lo que muestra bien que era sabio sin haber aprendido sabiduría es el maravilloso caso en que pensó perderse, y su pueblo con él, por haber querido instruirse en las máximas saludables.

Ocurrió que un año, hacia el fin de la cuaresma, aquel buen rey mandó llamar a su mayordomo, que se llamaba Fripesaulcetus o algo parecido, a fin de consultarle sobre una grave cuestión. Se trataba de saber lo que comería Su Majestad el domingo de Pascua.

Da buena idea de lo que un lletraferit encontrará  en estas jugosas páginas. Anatole France, como recoge el traductor en su texto introductorio, lo captó de maravilla: “todos estos cuentos son raros o curiosos, de un sentimiento extraño, con una especie de magia de estilo y de arte”.

Es eso, sin más.

“Un relato unívoco”

He localizado las notas que tomé hace diez años, después de leer un conjunto de relatos titulado “Los peces de la amargura”. Alababa ahí la valentía del autor al retratarse sin medias tintas al lado de las víctimas de ETA y traía a colación, porque se lo había leído al escritor en algún sitio, que esa libertad con la que podía posicionarse la facilitaba el hecho de vivir en Alemania desde muchos años atrás.

Estos cuentos los escribió Fernando Aramburu y se publicaron en Tusquets. Lograron algunos premios, tuvieron bastantes lectores y reseñas elogiosas. En la misma editorial, con una emotiva foto en la cubierta que adquiere significado pleno al leer la novela, apareció hace pocos meses “Patria”, que se ha convertido en un fenómeno que va más allá de sus valores literarios, que también los tiene.

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La campaña encomiástica que se ha puesto en marcha satura por sus maximalismos. En la faja de la 8ª edición se acumulan los elogios: “sabes que has leído un clásico”, “una de las grandes novelas de la literatura española contemporánea”, “un libro que durará para siempre”… En la prensa se suceden los reportajes en la páginas de Cultura, más allá de las reseñas especializadas, que destacan los 150.000 ejemplares vendidos, la “conmoción que ha supuesto” el libro y hasta el premio Francisco Umbral con el que ha sido galardonado. El presidente del jurado, Fernando R. Lafuente, no se anda con chiquitas: “la historia íntima del País Vasco como nunca antes se había contado”. Y remata: “es la gran novela sobre el terrorismo; los otros libros, a su lado, constituyen notas y apuntes”. Esta campaña mediática no repara en gastos ni se detiene en minucias. Un reportaje de Luis R. Aizpeolea en Tinta Libre descubre el final sin ningún remordimiento y, por si no hubiera quedado claro, insiste en que termina igual que un documental recientemente estrenado, del que también desvela la sorpresa final. Este veterano periodista, que durante años firmó muchas informaciones sobre Euskadi en El País, también lo tiene clarísimo: “con esta exitosa novela, Aramburu avanza en su objetivo narrativo-político: la derrota literaria de ETA”.

Aquí está la clave de este libro, “que parece escrito para turistas”. Así de rotundo se manifiesta Bernardo Atxaga, en un reportaje muy jugoso, diametralmente opuesto a casi toda la prensa, escrito por Oskar Bañuelos en el diario Ara. El boom de esta novela –prosigue Atxaga, que escribió “El hombre solo”, una ficción con el terrorismo de protagonista– “tiene que ver con la promoción, con la propaganda y con el interés de diferentes poderes, muchos de los cuales no se circunscriben a la literatura”.

En un análisis reduccionista se puede pensar que es una novela llamada a triunfar de Miranda de Ebro hacia abajo. La escritora Karmele Jaio dice que el libro de Aramburu refleja “la visión que tiene una parte de la sociedad, una parte de las víctimas si se quiere, y no se puede tomar la parte por el todo”. En el mismo texto del Ara, Atxaga concluye que “algunos autores escriben desde una especie de daltonismo, una distorsión de la realidad”. En la misma línea se manifiesta el crítico de Radio Euskadi Kike Martín, molesto con esa “visión de las dos Euskadis (una buena y otra mala) y de la falta de compromiso por miedo de una parte de la sociedad”.

Es esa visión maniquea, simplista, con finalidad ejemplarizante, la que resta credibilidad a una historia que, a pesar de sus más de 600 páginas, se lee sin descanso, merced a capítulos breves, casi fogonazos. Más de 120 secuencias que viajan en el tiempo, que se mueven sin cesar del casco viejo de un pueblo guipuzcoano innominado a las elegantes calles de Donosti, del cementerio de Polloe a la Universidad de Zaragoza, donde estudia la hija de una víctima de ETA. Esa construcción formal, con un esfuerzo evidente por modular distintas voces alternando variados registros lingüísticos, ha sido muy bien analizada por Justo Navarro en Revista de Libros. Es una de las críticas más ponderadas que se han publicado. No exagera los aciertos hasta rozar la caricatura, como han hecho otros exégetas.

Hay un escritor que aparece como personaje en la propia novela, en una secuencia que amenaza con reventar la “cuarta pared”, y dice: “procuré evitar los dos peligros que considero más graves en este tipo de literatura: los tonos patéticos, sentimentales, por un lado; por otro, la tentación de detener el relato para tomar de manera explícita postura política. Para ello están, a mi juicio, las entrevistas, los artículos de periódico”. Desgraciadamente, es una las descripciones más certeras de esta novela. Y no debe extrañar que sea el propio Aramburu el que intente exorcizar el miedo que le atenaza poniéndolo en boca de uno de sus personajes.

Novelas recientes, de tono menos constitucionalista (por seguir con la etiqueta que algunos críticos han utilizado) pueden ser “Twist”, de Harkaitz Cano (Seix Barral) o “Martutene”, de Ramón Saizarbitoria (Erein). Están escritas con un perfil más fino, con una precisión que puede herir más que un pelotazo en la cara, que retratan una situación mucho más compleja y hasta endemoniada, teniendo claro siempre que hubo unos que apretaban el gatillo y otros que caían abatidos por sus balas.

Al leer esta novela absorbente, apasionada, entretenida, no acabo de entender ese propósito de buscar “la derrota literaria de ETA”. Un escritor como Javier Cercas, con tendencia a literaturizar la realidad (o lo contrario, porque a veces parece que no se aclare), está en pleno promoción de su último libro, donde recrea la vida de un pariente suyo, falangista, que murió en la guerra. Y dice: “el escritor da soluciones ambiguas y poliédricas. La literatura tiene prohibidas las respuestas claras, nítidas y taxativas que puede ofrecer el periodismo, la historia y la justicia. Nosotros trabajamos con la ambigüedad y la contradicción”.

Decididamente, no es el caso de “Patria”.

* Tomo el título de una reseña que me ha parecido fundamental para entender no sólo “Patria” sino buena parte de la operación mediática orquestada en torno a ella. La escribió Jabo H. Pizarroso y se puede leer aquí. No tiene precio tampoco el comentario que hace Juan Gorostidi en este mismo blog.

Media vida caminado bajo la lluvia

Los cuatro discos de la grabación pirata del concierto del Boss en Berlín Oeste, a los que aludíamos aquí, se grabaron ante 17.000 personas. Corría el año 1988 y faltaba poco para que el Muro fuese demolido. Bruce Springsteen había pasado al otro lado unos días antes, había cruzado el Checkpoint Charlie para tocar ante la multitud más grande a la que se había enfrentado: 167.000 alemanes orientales más todos los que estaban en sus casas, viendo el show que emitía en directo la tele oficial, que había logrado incluso censurar en vivo una mención del propio Springsteen al odioso muro. Era la gira del Tunnel of Love, que acabaría llegando a Barcelona, sin la E Street Band. Fue la primera vez que lo vi en directo.

Estuve bien cerca del escenario, aún no se estilaban las pulseras para premiar a los más madrugadores de la cola. Quedé maravillado con la potencia del show, con los músicos que acompañaban al Jefe, con los coros. Recuerdo que alguien alrededor, veterano en estas lides, me dijo que no había color con otras actuaciones anteriores, cuando sí estaba acompañado de Clarence Clemmons, Steve van Zandt y Cía. Tardaría todavía unos años en comprobarlo, en 1999 y en Zaragoza. Qué razón tenía.

Las memorias de Springsteen van desgranando anécdotas e historias poco conocidas que sirven para ver cómo funciona por dentro esa banda tan bien engrasada, siempre al servicio del Jefe pero sin perder un ápice de protagonismo en cuanto a individualidades. “Una dictadura bondadosa”, así la considera el líder del tinglado, que cuenta cómo él es quien firma los contratos pero no duda ni en repartir juego ni en pagar con creces semejante dedicación. Dice en otro pasaje que sus músicos son, cada uno de ellos en su posición, “los mejor pagados del mundo”. Y no debe de andar muy desencaminado cuando consigue liarlos en giras maratonianas o en grabaciones muy personales, donde a veces brillan poco o, en ocasiones como en las Seeger Sessions, desaparecen de los créditos del disco y del avión de la gira.

Si la carrera de Springsteen y sus amigos se ha construido en buena medida sobre un escenario, con esos conciertos épicos que todos guardamos en nuestra memoria, no es extraño que sus memorias abunden en referencias a ellos. Habla, por supuesto, de cómo se batía el cobre en los locales de su pueblo y alrededores hasta hacerse con un nombre. Alude a su primer viaje a California, donde empezó a construirse el mito del rockero que venía con ganas de futuro. Cuando explica su primera experiencia en Europa en 1975, de la que hay un doble CD frenético, en el Hammersmith Odeon de Londres, es imposible no simpatizar con ese joven ansioso que no acababa de ver claro su estatus de estrella internacional. “Estoy asustado y enfadado, enfadado de verdad” (página 211). Y no sería por falta de fe en sí mismo, aunque confiese “a mis veinticinco años soy un jovencito provinciano que todavía no había salido del país”.

En otros momentos explica brevemente su gira mundial con Amnistía Internacional, de la que me quedé casi en las puertas, en 1988. Y de la vuelta a los ruedos con su banda de siempre, en 1993, que arrancó su gira europea en Barcelona. Cuenta también como el hijo de Max Weinberg sustituyó durante una temporada a su padre en la batería, con resultados más que notables, y explica por qué Jack Clemmons tuvo que pasar varias pruebas hasta hacerse con el papel, sólo hasta cierto punto, reservado a su tío Clarence hasta su muerte. Todos haremos nuestras lecturas personales de estas memorias. Yo no las puedo disociar de esos conciertos en los que me he sentido parte, aunque infinitesimal, de esa trayectoria. Dice en la página 363 que no escribe estrictamente para los deseos de su público, “pero a estas alturas estamos enredados en un diálogo que nos ya ocupa media vida”. Ahí casi todos nos sentiremos reflejados.

Tengo subrayadas, o con las páginas dobladas en una esquina, confesiones del más variado pelaje: los comentarios a la caótica relación con su padre, el relato de su boda con Patti (donde se lacera sin remilgos: “mi egocentrismo, mi narcisismo, mi aislamiento”), el recuerdo del nacimiento de sus tres hijos, qué supuso grabar un disco como “The Ghost of Tom Joad”, sus influencias musicales, los episodios depresivos, por qué su hermana le inspiró la canción “The river”…

Estas memorias del Boss son densas e iluminan sobre su vida y -especialmente- su obra. Es como si nos hubiera invitado durante unas horas a pasear por su hogar mientras iba enseñando esos recuerdos que no acaban de encajar con la decoración de la casa nueva pero sin los cuales sería imposible entender cómo ha llegado hasta ahí. Y por un instante hemos visto, colgado detrás de una puerta, el batín que se pone para estar por casa, cuando no hay afuera miles de personas gritando anhelantes, esperando un truco de magia.

Y entonces entiendes por qué llevamos tantos años corriendo juntos, sin rendirnos, caminado bajo la lluvia, esperando un día soleado o citándonos ahí, donde Mary.

21 horas y 51 minutos

Antes de que existiera Internet y sus ilimitadas posibilidades de descargar música, legalmente o por la cara, los fans de Bruce Springsteen alimentábamos nuestra monomanía buscando grabaciones piratas de sus conciertos. Tengo una caja con 4 LPs de la gira Tunnel of love registrada en Berlín West.  Atesoro un disco rosa, en una funda amarilla, sin ninguna letra ni signo alguno que permitan reconocer de quién es la música que hay dentro. Me lo trajeron de Andorra. Durante años intercambiábamos cintas de cassette, grabadas de la radio, de programas en emisoras locales que tomaban los conciertos de otras grabaciones clandestinas, localizadas en los países más diversos. Escuchar las canciones del Boss con esos ruidos asociados que producían las ruedas de las pletinas al girar o los estragos del tiempo en el microsurco del LP tiene algo inexplicable que nos conecta de manera irremisible con el momento en el que las escuchamos por primera vez, y el tiempo se detenía.

En el mes de septiembre, coincidiendo con su 67º cumpleaños, Springsteen publicó simultáneamente en medio mundo un libro de memorias titulado “Born to run”. Lo podía haber llamado “Thunder Road”, “Growing up”. “Jungleland” o “Mi Hometown”, y todos nos hubiéramos entendido. El caso es que pocos días después ya estaba disponible en Spotify una lista de reproducción con todas las canciones –propias y ajenas– mencionadas en el libro. Son 325 y se extienden a lo largo de 21 horas y 51 minutos. Quizá coincida (hora arriba, hora abajo) con el tiempo necesario para zambullirse en la vida del Boss, en estas casi 500 páginas escritas con brío y minuciosidad, que en pocas ocasiones decaen en cuanto ritmo, que son un reivindicación de sus orígenes humildes, un muestrario de confianza en sí mismo, un canto a la amistad y la familia, al amor honesto y a la fe inquebrantable de las personas que se conjuran para alcanzar su sueño.

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Ser fan de Springsteen condiciona por completo la lectura que se pueda hacer de sus memorias pero ello no invalida la opinión que podamos tener de este “hombre rico con camisa de pobre” (página 364 de la edición catalana de Malpaso), que un día animó a su chica a subir al coche para escapar de su pueblo de perdedores. Cuando años más tarde, multimillonario y con casi todos los motivos para sentirse feliz, se vio sumido en la profundidad de los pozos de la depresión tuvo los arrestos para escribir sobre ello, convertirlo en canción y meterlo en uno de esos discos sombríos que no parecían encajar en su discografía.

Yo balbucía mis primeras palabras cuando él obtuvo sus primeros, y modestos, reconocimientos, gracias a los que empezó a ganar unos puñados de dólares tocando los sábados por la tarde en un club local de Freehold. Necesitaba poco para vivir, porque no estaba acostumbrado precisamente a los lujos y porque dedicaba horas y horas a perfeccionar su manejo de la guitarra, encerrado en su habitación. Es la fábula del self-made-man tan del gusto de sus compatriotas, que escapa por la “calle del trueno” en busca de imitar a sus ídolos, ya sean Elvis, Roy Orbison, los Beatles o los Stones. Con el primero no, pero con todos los demás compartiría escenario, admirado de estar a su lado, haciendo los coros como un aprendiz en aquel memorable concierto “en blanco y negro” de Orbison.

Medio siglo después de aquellos primeros éxitos sigue en la brecha, como Jagger y compañía. Desde principios de los noventa habré compartido con él una quincena de juergas, rodeado de decenas de miles de personas. Momentos para mí memorables que, como he podido saber al leer sus memorias, coincidían a veces con episodios de profunda depresión a los que Springsteen hacía frente con esos chutes de multitudes, buscando vacunas contra sus propios demonios.

Ha sido uno de los aspectos que más me ha llamado la atención de estas memorias valientes: habla de sus problemas de salud con una sinceridad descarnada que ha podido levantar ampollas en su entorno más cercano, esas personas que soportaban al hombre abatido cuando se apagaban los focos y aún pitaba en los oídos la descarga de decibelios de las tres horas de rigor de un concierto del Boss.

Ha habido muchas otras historias que he saboreado en este medio millar de páginas. A veces las leía de noche para al día siguiente acudir a Spotify y revisar las canciones de Darkness in the of the town o Nebraska, conociendo las claves de algunas de esas canciones que yo había escuchado con un halo de ingenuidad. De la música, de los conciertos, de esa banda de la calle E hablaremos otro día, estirando todo lo posible el placer de recordar aquello que leímos, que le ha dado una nueva perspectiva a aquello otro que escuchamos, que vimos, que vivimos.

 

Lecturas tranquilas

Aparece y desaparece Richard Ford en mi horizonte lector, pero sin embargo permanece. Disfruté hace ya un tiempo “Canadá”, recién traducida, y fue un nombre que se me quedó grabado. Leí varias entrevistas con él, comprobé que Anagrama lo editaba en todos los formatos posibles y hace unos meses hablé de él en esta página, a propósito del premio que le daban en Oviedo. Lo relacionaba entonces con James Salter, del que ha dejado dichas certeras palabras, y me topé además con otro libro y otro autor que seguro iba a leer: las memorias de Bruce Springsteen. El círculo se cerró por aquellos días del mes de octubre, cuando Ford hablaba del libro del Boss en un artículo de The New York Times que luego reprodujo aquí El Cultural de El Mundo.

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Empecé a leer entonces un viejo éxito suyo, “El periodista deportivo”, que quedó relegado durante unas semanas a pesar de que las primeras páginas prometían unas cuantas horas de deleite. Lo devoré finalmente en las últimas vacaciones navideñas, para confirmar que tenía más razón que un santo el periodista deportivo George Vecsey cuando afirmaba que era “una novela de lectura compulsiva que tiene tanto que ver con la crónica de deportes como`’Moby Dick’ con la caza de las ballenas”. Los que hayan leído la novela de Melville podrán intuir por dónde van los tiros.

Frank Bascombe, el protagonista y narrador en primera persona, es verdad que es un periodista deportivo, el que da título a la novela. También es cierto que sabemos desde el principio que el fin de semana que conformará el tiempo narrado se abre con un viaje a Detroit para que Frank entreviste a una estrella del fútbol que ha quedado paralítica en silla de ruedas. Otras menciones menores al periodismo deportivo aparecen por el texto, con especial mención para una reflexión del propio protagonista que no me resisto a copiar: “el periodismo deportivo no es tanto una profesión real como un agradable estado de ánimo, es más una manera de enfocar las cosas que de hacer o saber exactamente”.

Este fin de semana vertiginoso arranca un Viernes Santo, cuando Frank salta la verja del cementerio para encontrarse con su exmujer y rendir homenaje a su hijo Ralph, en el que hubiera sido su 13º cumpleaños. Basta una página y media para saber todo esto y algo más. Vienen después otras cuatrocientas donde vamos a conocer un poco mejor por lo que ha pasado Frank, aunque ni nosotros ni él lo acabemos de entender del todo. Un matrimonio roto, dos hijos más a los que adora, varios ligues inanes y una nueva historia que lucha por abrirse paso, las confidencias de un amigo al que ha conocido en un curioso “club de divorciados”, éxitos profesionales del pasado, el retrato de una ciudad residencial para gente de posibles a menos de 100 kms de Nueva York, los rituales de la fiesta de Pascua en una familia cristiana (la de su nuevo ligue) y hasta los detalles de una nevada en Detroit. Se puede apreciar que no son gratuitas las alusiones a “Moby Dick” y la pesca de ballenas.

Cuando falta un párrafo para llegar a la palabra FIN dice Bascombe: “y me di cuenta de que al fin había terminado mi duelo (…). La tristeza, la verdadera tristeza, es relativamente breve, pero el duelo puede ser muy largo”. Los lectores pueden dar fe de ello. Lo que parece una narración tranquila, casi documental, de la vida aparentemente sencilla de un tipo que ha visto el éxito y ha padecido tragedias familiares, se convierte en un ejercicio de duelo, en la redención de una pena que el narrador cargaba a su espalda como una quemadura solar veraniega, sin acabar de vérsela, sin posibilidad de aliviarla de manera inmediata, necesitado de tiempo para que se curara y dejara la menor cantidad de secuelas.

Para el lector que, como yo, ha tenido la suerte de descubrir ahora este personaje inolvidable se suceden las buenas noticias. Hay dos novelas más dedicadas a él: “Día de la Independencia” y “Acción de Gracias”, y hasta una colección de relatos, “Francamente, Frank”. Todo en Anagrama.

Dice un crítico francés en la página de Anagrama que Richard Ford “se está convirtiendo tranquilamente en el mejor escritor norteamericano”. Así es, tranquilamente.

“Recomponer el espejo roto”

A muchos lectores longevos nos fascina ver leer a un niño. Inmediatamente nos sentimos reconocidos en ese pequeñajo que está descifrando mundos más o menos lejanos, absorto, alejado por un momento de la realidad que le rodea. La última novela de Ruiz Zafón llama la atención en las mesas de las librerías porque, precisamente, un niño pretende abarcar el apetitoso menú que le ofrece el escaparate de una librería. No sé si es una foto antigua “arreglada” (como ya hizo su editorial con otro título del autor hace unos años cuando retocó una de Català-Roca) pero desde luego consigue plenamente captar la atención de los lectores, de todos, porque nos sentimos reflejados en ese canijo ahíto de placer lector.

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Una amiga me envió hace poco una novela asegurándome que me iba a gustar. Ella tiene buen gusto y conoce el negocio editorial, y no dudé de su recomendación. Cuando vi la cubierta del libro que proponía quedé fascinado por la foto de la cubierta: una niña lee, en una postura que la muestra embelesada. Se aprecia que ya es costumbre, que no hay pose. Subyuga con su propia lectura. La novela con cubierta tan prometedora se titula “El mar y la serpiente”, y la ha publicado hace poco Milenio en castellano y Pagès Editors en catalán. Apareció hace una década en Argentina, de donde es la autora, Paula Bombara. Ha recibido premios de literatura infantil y juvenil, como tal ha sido catalogada, aunque creo que trasciende la etiqueta de libro para jóvenes, porque el tema que aborda no distingue de edades.

mar i serp.pngEdición en catalán, Pagès Editors

Los 30.000 desaparecidos de la dictadura argentina, reflejados en la experiencia propia de ser hija de uno de ellos, son los protagonistas de esta novela sucinta, un centenar de páginas, que parece un ejercicio de exorcismo de los fantasmas propios (y colectivos). La autora, como la protagonista, se va haciendo preguntas. La destinataria de las dudas es la madre, que inventa excusas para no abordar con crudeza una herida tan dolorosa. Pero la pequeña no se contenta con los eufemismos, y quiere saber más. No se traga que el padre muriera de un infarto, no entiende por qué estuvo una temporada cambiando continuamente de casa, ahora con unos tíos, ahora con los abuelos, quiere saber dónde estuvo su madre durante unos días que se le hicieron eternos.

Con un planteamiento muy acertado para mostrar la intensidad y el carácter recurrente de esas dudas, la novela se estructura en capítulos breves, con muchos saltos de línea, con un ritmo sincopado muy elocuente para hacer partícipe al lector de esas dudas que se escapan a borbotones. “Mamé incertidumbre durante tantos años”, dice Paula Bombara en su blog, muy interesante. Y explica que con su novela buscó “generar una suerte de memoria que marcara a los lectores jóvenes, que les abriera el deseo de investigar más, de preguntar y hablar más sobre quienes fueron perseguidos y asesinados durante la dictadura”.

En buena medida logró su propósito. Esa reiteración de las preguntas, tan del gusto infantil, no es muy diferente del sentimiento obsesivo que ahoga a los adultos cuando se esfuerzan por aplicar la lógica a la canallada que supuso la Operación Cóndor en las dictaduras del Cono Sur. Los “desaparecían”, los secuestraban, les robaban a sus recién nacidos, intentaban exterminar la subversión sin parar mientes en nada. Si los mayores, hasta los más implicados, se volvían locos intentando hallar respuesta ante tanto horror, qué podía pasar por las cabecitas de aquellos pequeños que, al sobrevivir, tuvieron que acostumbrarse a los eufemismos, las medias verdades o las puras mentiras. Al leer esta novela de apariencia inocente me acordaba de los relatos que agrupó Mario Benedetti en “Geografías” o de alguno de los reportajes de Rodolfo Walsh. Quizá la novela peque de falta de maestría (o de originalidad) a la hora de ser cerrada, pero el planteamiento es inteligente, con una puesta en escena de lo más adecuada a lo que se explica.

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Edición argentina

Paula Bombara afirma en su blog, al analizar la repercusión que tuvo la novela sobre todo en las escuelas, que hay que “mantener viva la memoria sin estar en el pasado”. En otro blog otra Paula, la responsable de la librería Al·lots (Barcelona), argentina también, agradece a su paisana el “esfuerzo por recomponer el espejo roto” y nos anima a todos a preguntar… y a escuchar las respuestas. Se trata de algo tan sencillo como necesario: cerrar el duelo. Ella lo ha conseguido con una novela intensa, que huye de las clasificaciones por edad.

Por cierto, la niña que lee en la foto de la cubierta de este libro emocionante es la propia escritora. Tiene toda la lógica.

Trilogía de Conget

Desde hace una veintena de años me tomo bastante en serio las recomendaciones que hace la revista literaria Turia, una rareza editada en Teruel que va por el número 120. Aparece cada trimestre, más o menos, a veces en forma de números dobles, con cerca de medio millar de páginas por volumen. Su estructura es casi invariable: un “taller” donde se publican textos cortos de los autores más variados, una amplia sección de poesía, un par de entrevistas bajo el epígrafe “Conversaciones”, una variada sección de crítica literaria conocida como “La torre de Babel”, un par de estudios breves sobre temas turolenses, los textos del director, Raúl Carlos Maícas, en la sección “La isla” y, el contenido estrella de cada volumen: “Cartapacio”. Ese es el monográfico dedicado a un autor, que aparece destacado en la faja que acompaña a cada libro. Siempre es interesante. Puede llevar muchos días leerlo y  suele proporcionar una visión bastante completa del escritor analizado (pocas mujeres aparecen). Hay análisis más o menos profundos, a veces una entrevista al interesado (o un texto firmado por él), aproximaciones más personales, revisiones de su obra y, siempre, una “biocronología” que resulta de gran interés para asociar vida y obra. Ando ahora ansioso esperando el nuevo Turia, dedicado al escultor Ramón Acín (del que hablamos aquí no hace mucho). Miro cada día el buzón y maldigo estas acumulaciones de envíos que se producen en las vísperas navideñas y que no dejan que  tenga ya en mis manos lo que seguro es un festín.

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El caso es que hace unos meses el protagonista del “Cartapacio” fue José María Conget, uno de esos autores minoritarios que gozan del favor de la crítica pero de los que no es fácil conseguir sus libros. Volví a acordarme de algunos chistes y confusiones que había generado este Conget al llamarse exactamente igual que otro Conget, obispo de Jaca hace unos años. Y me vino a la memoria un sucedido que me explicaba un amigo, cuando alguien en TVE tomó nota de una llamada de un tal “Gosé María”. El periodista al que iba dirigida la llamada intentó averiguar quién detentaba tan curioso nombre y el que había tomado el encargo le recalcó que éste había insistido mucho: “me llamo José María con gé”.

Bromas tontas aparte, Conget tuvo su número especial en Turia y debe de estar agradecido, porque producía un deseo irrefrenable de ir a buscar sus libros, especialmente las obras de juventud en las que indagó en los límites de la novela y dibujó un personaje que pronto se convertirá en un amigo que nos acompañará en toda nuestra vida literaria: Miguel Zabala. Quizá no es fácil entrar en el juego de “Quadrupedumque” (Hiperión, 1981), su primera novela. Capítulos breves que arrancan a mitad de párrafo, literalmente,  y se cierran de manera invariable con una coma que deja el relato inconcluso. Resulta más cómodo pasear por las páginas de “Comentarios (marginales) a la Guerra de las Galias” (en la misma editorial, 1984). Y, con todo el camino recorrido y una apacible complicidad con sus protagonistas, se antoja una gran obra “Gaudeamus” (1986), con la que cierra la trilogía que luego el propio Conget dio en llamar “Trilogía de Zabala”. Se publicó en 2010 en la Colección Larumbe, una selección impagable de textos de aragoneses (casi siempre) en la que participan las Prensas Universitarias de Zaragoza y los Institutos de Estudios de Huesca y Teruel.

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Leídas en conjunto y sin respiro, las tres novelas consagradas a Miguel Zabala y su entorno familiar y de amistades se leen con avidez, como una biografía que parece también la de toda su generación. El decorado a veces es tan interesante como las pequeñas peripecias personales narradas, y aflora así una ciudad de provincias (Zaragoza) donde los curas tenían tanto peso en la educación y el cine era una buena manera de evadirse de la realidad. O se trasluce esa sociedad limeña donde el ambiente universitario no da para mucho, ni económica ni intelectualmente.

Esta serie de novelas, por lo visto no concebida como tal en un principio, ha aguantado muy bien el paso del tiempo, y ofrece destellos puntuales que obligan a volver varias veces por una misma página. La 87, todavía de la primera novela, es como una reducción a poco más de dos folios del espíritu de “La vida, instrucciones de uso”, de Pérec, con ese vecindario al que no dejan de pasarle las cosas más habituales, con la diferencia de que hay alguien para narrar lo que acontece en ese hormiguero. En la 612, de “Gaudeamus”, lo que ocurre es que el personaje Miguel Zabala hace añicos la cuarta pared y agradece algo a Conget, que hace un breve cameo en su propia película.

Es necesaria mucha complicidad autor-lector para sumergirse en estas novelas tan personales, pero la recompensa es notable. En la introducción a esta serie, firmada por Ignacio Martínez de Pisón, se destaca que en las obras de Conget conviven la alta literatura y las manifestaciones más populares. Aquí hay menciones a los tebeos, muchos guiños cinematográficos, chascarrillos y evocaciones escolares. Y sexo, y humor, mucho humor, aunque sea muy sutil.

Cuando empieza a vislumbrarse el final de la trilogía hay un párrafo que parece encerrar todo el mundo mostrado hasta entonces: “ ¿Os acordáis de las tascas donde se aceleraba el pulso de la noche, las livianas victorias del tinto y nuestro sañudo apego a la fiesta cuando el relente anunciaba el alba y todavía nuestros pies pedían un poco más de baile, amigos míos, otra canción ruidosa antes de la despedida?”. Aquí está encerrada en buena medida toda la novela, en esta evocación nostálgica rematada con un elocuente: “Mañana contaréis a quien quiera oíros que hace años fuisteis libres, casi aéreos, y dichosos”.

¿Por qué será que nos gustan tanto estas historias?

Nacer para martillo

Un periodista alemán que desde hace unos años escribe literatura para jóvenes. Una novela protagonizada por chavales que se puede leer en clave de reportaje periodístico. Una ficción muy bien planteada que parece una crónica. Una mezcla de géneros, al final, que conforma una novela narrada en primera persona, con una derivada epistolar, y que despertará el interés de todas las edades, en cualquier país, pero especialmente en las sociedades sensibilizadas con la realidad de los inmigrantes. Dirk Reinhardt es el nombre del periodista; Train Kids, el título de la novela, y Miguel, Jaz, Fernando, Ángel y  Emilio son los protagonistas de esta historia casi de terror (por lo que cuenta, no por el género).

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Cada lector se puede imaginar hoy a Oliver Twist cuando ve las noticias del periódico o del telediario: extrayendo coltán en minas centroafricanas, prostituyéndose en el sudeste asiático, trapicheando en cualquier suburbio del llamado “mundo desarrollado”, intentando huir de la miseria cotidiana en pos del dinero que se puede ganar sin necesidad de dejarse la piel ni la dignidad en cada centavo. En la novela de Reinhardt, Oliver Twist intenta alcanzar la frontera estadounidense cruzando México desde su Guatemala natal. Sus compañeros de viaje vienen de Honduras, El Salvador o cualquier otro de los estados sometidos a la miseria por la injusticia de la Historia y las iniquidades de los gobernantes. Es una historia dura, narrada sin concesiones. Es la épica de la gente corriente, de los parias de una sociedad que aspiran simplemente a pasar desapercibidos un día, integrados, sin experimentar el temor permanente de ser capturados por quien sea: fuerzas del orden, maleantes de variado pelaje, zetas, narcos…

La novela la cuenta en primera persona Miguel, un joven guatemalteco que quiere volver a ver a su madre, establecida en Los Ángeles y que se fue dejando al protagonista y su hermana Juana, alimentando regularmente la promesa de juntarse un día todos de nuevo. La potencia de las historias narradas en primera persona se instala desde la primera página, desde la frase inicial. No dejan de ocurrirle cosas al narrador y sus cuitas acaban siendo las del lector, que participa de sus temores, sorpresas y anhelos casi en cada página. Todo un acierto del autor, que apoya este planteamiento tan fresco en unas cartas, pocas, que le permiten abrochar del todo la historia pero que se antojan artificiosas, casi prescindibles.

Es una road movie con un tren, o muchos trenes, como paisaje. Es un western crepuscular a la conquista de un Oeste ya descubierto, donde sobran pioneros y los sheriff están omnipresentes, como los forajidos. Es la película perfecta para Ken Loach, que con guión de Paul Laverty sería capaz de sacar petróleo de una historia de amor minúscula que lucha por asomar la cabeza.

“Aquí no se’n surt ningú sense prendre mal, encara que siguis un sant”, dice Fernando en la página 301, cuando parecía que no había espacio ya para más penalidades. Todo es verosímil, y lo que es peor, todo ha ocurrido. En el epílogo, donde Reinhardt retoma el protagonismo y desgrana qué historias pueden haber desencadenado esta ficción, resuena en mi memoria ese estribillo de Pedro Navaja de “si naciste pa martillo del cielo te caen los clavos” e intento conjurarlo acordándome de de una frase muy del final, que quiere asustar tanto determinismo: “el destí penja d’uns fils imperceptibles, tan fins i prims que no es poden veure”.

Son los mismos hilos que ponen en marcha todo el engranaje de esta novela altamente recomendable, más allá de su etiqueta de literatura juvenil.

Train Kids está en edición catalana en la colección Nandibú Jove, de Pagès Editors, con traducción de Montserrat Franquesa Gòdia, y en castellano la ha publicado la Editorial Milenio.