Viajar en dibujos

Últimamente me voy “encontrando” con Jorge Carrión sin yo pretenderlo. Ahora mismo estoy leyendo un curioso libro de viajes por carreteras secundarias de España, que lo firma Alfonso Armada, pero está dentro de una colección llamada “Lo real”, publicada por Malpaso y dirigida por Carrión. Desde hace meses voy demorando la lectura de un libro suyo que tuvo unas estupendas críticas y que a mí me ha llegado en una “edición ampliada”. Se llama, cómo no, “Librerías” y lo publicó Anagrama. Y ahora acabo de degustar un libro-revista maravilloso, que combina la cabecera de “Altaïr Magazine” con el título “Viajes dibujados”, lleva el sello de Norma Editorial y una cubierta de lo más atractiva, firmada por Miguel Gallardo. Pues en esta conjunción de nombres también está Jorge Carrión como “asesor editorial y autor de los textos introductorios”.

No tienen desperdicio esas introducciones a las catorce historietas que viajan por todo el mundo, con estéticas bien diversas y planteamientos muy diferentes, algunos verdaderamente originales. Carrión es también el responsable del texto “Imágenes y palabras para (re)imaginar el viaje”, que en ocho páginas parte de Heródoto y esos dibujos que se intuye ilustraban sus crónicas para hacer un elogio de los cuadernos de viaje ilustrados que, sin ánimo de verlos publicados, llevaron tantos viajeros más o menos ilustres. Son pocas páginas pero el lector comienza a salivar cuando se cruzan referencias tana variadas como Gauguin, Joe Sacco, el Maus de Spiegelman o Los desastres de la guerra de Goya. Y todo esto sin haber atisbado todavía una sola viñeta de estos viajes dibujados.

El trayecto arranca en Beirut, y aquí se puede continuar con la historia titulada “Fronteras invisibles” que trata la invisible “línea verde” que separaba el este del oeste de la capital libanesa durante las guerras civiles de los años setenta, ochenta y noventa. El bus de la línea 4, que cruza esas murallas inexistentes físicamente, con viajeros de todas las comunidades religiosas de la ciudad es uno de los símbolos de un lugar que ahora muestra otras cicatrices, tan habituales en todo el mundo: las zonas para gente con dinero donde no son bienvenidos los que carecen de él.

Este peculiar cuaderno multiviajero le cede el protagonismo luego a Florencia, con la visión personal que de ella ofrece una dibujante por la que sentimos debilidad: Sarah Glidden. La capital universal del arte, en sus lápices, es muy diferente de lo que dicen las guías. Esbozos en blanco y negro, largas marchas de texto y una mirada muy particular nos muestra de otra manera esas calles que deben de estar llenas de turistas, pero que aquí no tienen cabida.

La ruta sigue por México, con las ilustraciones casi psicotrópicas de Peter Kuper; se desplaza a Australia, de la mano de Gabi Martínez y Tyto Alba; pasa por Berlín, visto por la libanesa Zeina Abirached; y llega al Kurdistán iraquí. El relato “Domiz”, de Olivier Kugliz, sobre el campo de refugiados del mismo nombre, es una de mis preferidos en esta obra: por el tema, por la estética de las ilustraciones, por la ternura con que se aborda la dureza cotidiana en un campo así, donde los refugiados quieren volver como sea a algo parecido a una rutina.

Los viajes dibujados pasan también Rusia, Nueva York, Guinea Ecuatorial, Tierra del Fuego, el casi recién nacido Sudán del Sur o Nicaragua. Y hasta hay espacio al final para un original ensayo gráfico en el que se tratan cuestiones controvertidas como la relación entre los viajeros y los lugareños, entre “visitantes” y “locatarios”; o reflexiones acerca del museo como ese espacio donde muchas veces se encuentran los turistas con los habitantes de la ciudad que visitan.

Este número especial de la revista es un lujazo que se puede leer del derecho y del revés, con historias que no serán en absoluto caducas. Y al que se podrá volver de manera recurrente. Algo parecido ocurre con la librería del mismo nombre que abre sus puertas en la Gran Via de Barcelona. Es un lugar al que se puede entrar para deambular por su plantas, mirando mapas, soñando con viajes, echando un vistazo a lo que escribieron otros cuando tuvieron la oportunidad de visitar lugares. Para los que no tienen tan fácil viajar a la capital catalana, la recomendación es pasear por el blog de Altaïr.

Y pasarán las horas sin darse cuenta.

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Las fotos de Mauthausen

El trayecto desde la estación de tren de Mauthausen hasta el infausto campo de exterminio del mismo nombre atraviesa la localidad de punta a punta, sigue por un trazado que está marcado con las señales del tramo austriaco del Camino de Santiago y se va elevando por en medio de casas unifamiliares, hasta llegar a un altozano desde el que se aprecia un paisaje, que en pleno verano, mezcla campos de un verde delicado con tonos amarillos en algunos árboles y el azul desbordante de un mediodía repleto de luz. Es un lugar de lo más agradable si no fuera por el estigma de las atrocidades que se cometieron en aquellos parajes.

Cualquier visitante del campo, si no va en coche, tiene que hacer el mismo recorrido que los presos que llegaban en reatas y pasaban por aquellas calles entre la indiferencia de la mayoría de los lugareños. Todavía hoy causa cierta sorpresa que se erijan casas tan coquetas a escasos centenares de metros de semejante memorial de barbarie. Un amigo que había visitado el lugar me dijo cuando le comenté mi intención de ir: “dicen que no hay pájaros en el campo”. En las horas que pasé por ahí no me fijé en ese detalle, impresionado quizá por el silencio que se abatía sobre el lugar.

Durante algunos años leí bastantes estudios sobre los presos españoles en los campos de exterminio, desde Jorge Semprún a Mariano Constante, pero hubo un momento en el que no pude soportar aquella sobredosis de barbaridades. Cuando apareció la investigación de Benito Bermejo titulada “Francesc Boix, el fotògraf de Mauthausen” (publicada por La Magrana en 2002; y en castellano por RBA) me reenganché al tema pero no pude terminar el libro. El horror era el verdadero protagonista de este estudio exhaustivo, documentado con una minuciosidad que llegaba a herir, de tan elocuente. Allí se explicaba con todo lujo de detalles la epopeya de un grupo de comunistas (en su mayoría) españoles que se conjuraron para sacar del campo fotografías que pudieran ser testimonio de las atrocidades cometidas ahí dentro. Entre ellos estaba Boix, que había sido reportero gráfico antes de la guerra civil española y que había conseguido estar en los laboratorios del campo, asistiendo a un oficial que cultivaba la fotografía de una manera enfermiza, hasta el punto de dejar constancia no sólo de las salvajadas que se perpetraban sino también de las visitas “insignes” que hacían destacadas personalidades del régimen nazi.

Boix y sus compinches tejieron una red tan débil como perfectamente sincronizada que logró sacar unos cuantos cientos de negativos, hasta una granja cercana en la que vivía una mujer dispuesta a no mirar hacia otro lado. Este episodio valiente permitiría que algunos jerarcas nazis pudieran ser juzgados en Nuremberg y, ante la evidencia de las pruebas, ser condenados (algunos) a la pena capital.

El libro de Benito Bermejo recorre todo el periplo vital de Francesc Boix, desde su nacimiento en 1920 en la calle Margarit de la capital catalana hasta su muerte prematura en París, el mes de julio de 1951. Es una obra ricamente ilustrada, con cientos de imágenes, algunas de ellas verdaderamente espeluznantes. Está también enriquecido con perfiles e investigaciones colaterales que ayudan a contextualizar, y se recopila incluso la declaración de Boix en Nuremberg en el tribunal de 1946. Una investigación imprescindible para conocer una de las epopeyas (si es que hubo alguna que no lo fue) vivida en aquel infierno de Mauthausen.

Como por desgracia no es frecuente que este tipo de trabajos trasciendan el ámbito académico y el de las personas especialmente interesadas en el tema, me sorprendió que desde hace unos meses se empezara a hablar del “fotógrafo de Mauthausen” y menudearan las menciones en las redes. Había en marcha una película (que tuvo cierto éxito de público) y se iba a publicar un cómic con este título: “El fotógrafo de Mauthausen”. Apareció hace unos meses, editado por Norma, con guion de Salva Rubio, dibujo de Pedro J. Colombo y color de Aintzane Landa. Intuyo las dificultades del guionista para condensar una historia tan potente, para centrar en una selección de detalles una vida tan plena y tan decisiva para sus semejantes. Los dibujos están inspirados muchas veces en esas fotografías ya emblemáticas de Boix, que muestran la dureza del día a día en el campo, la presencia cotidiana de la muerte. Y hay dobles páginas espectaculares con perspectivas del campo, sus torretas, sus muros y alambradas, toda esa parafernalia destructora que acompañaba a esos esqueletos vivientes en que acabaron convirtiéndose los miles de personas allá encerradas. El color de las páginas adquiere tonos sombríos, incluso cuando el campo fue liberado y Boix recaló de nuevo en París.

La publicación del cómic, como el estreno de la película, puede ser la mejor manera de que la vida de Boix, y la de sus camaradas primero en la lucha y luego en el campo, sea conocida por una parte del público y unas franjas de edad que no tendrían acceso a un libro como el de Bermejo, publicado hace casi veinte años. Este cómic, además, ofrece un dossier histórico que combina en más de 50 páginas textos de Rosa Torán (historiadora y vicepresidenta de Amical de Mauthausen) y Ralf Lechner (responsable de colecciones en el Memorial del campo) con explicaciones del autor acerca de cómo se gestó su trabajo. Además, hay numerosas imágenes de Boix, algunas recreadas también en las viñetas, y de Paul Ricken, el nazi al que el fotógrafo catalán ayudó en el campo y cuya minuciosidad permitió demostrar el conocimiento que los nazis tenían de las actividades en el campo, el mismo que intentaron soslayar durante el juicio de Nuremberg.

El duro epílogo de este cómic, que comienza explicando el porqué de su existencia: “difundir el conocimiento del Holocausto español y el destino de sus supervivientes”, acaba con una pregunta: “¿cómo explicar la tolerancia de todos estos estamentos [muchos de nuestros políticos, empresarios, sacerdotes, jueces y la monarquía] ante crímenes contra la humanidad y el desprecio a las víctimas y sus familias hasta hoy?”.

En esas estamos.  

Un regalo diferido


Durante unos meses febriles leí sin descanso a Saramago, algunos años antes de que le dieran el Nobel. Empecé con la “Historia del cerco de Lisboa”, porque alguien me explicó el argumento y por aquel entonces me dedicaba profesionalmente a corregir textos y actualizar enciclopedias, como el protagonista de la narración. Hubo algo en aquel texto que me cautivó, aunque pronto pude comprobar que no era solo aquella historia. La manera morosa de narrar, el trazo de unos personajes que el lector terminaba por sentir muy cercanos, los relatos protagonizados por hombres y mujeres levantados del suelo, que iban apareciendo (como si fueran cameos) en otras novelas del autor, me subyugaron por completo.

Leí “El año de la muerte de Ricardo Reis” pocas semanas antes de una escapada a Lisboa y en aquella ciudad repleta de lugares inolvidables busqué durante una tarde cómo llegar al lugar desde el que Adamastor preside una vista impagable del Atlántico. Cuando alcancé aquel espacio el sol se estaba escondiendo, o así quiero recordarlo, y guardo una imagen que asociaré por siempre a aquel viaje, en una época en la que casi todo era posible y las penas no podíamos ni barruntarlas.

Seguí leyendo a Saramago, incluso estuve en la presentación que hizo en el CCCB de su novela “La caverna”. Unos años después, ya laureado con el Nobel, un amigo me consiguió un ejemplar dedicado de su “Ensayo sobre la lucidez”, que hace poco dejé a una lectora novel del portugués, cruzando los dedos para que el volumen vuelva pronto a su sitio.

Y un día, no sé muy bien por qué, dejé de leerlo, y tampoco volví a las muchas novelas (publicadas por Alfaguara) que sigo guardando en un espacio destacado de mi biblioteca. Algunas de sus últimas obras ya ni las busqué, escamado por alguna mala reseña. Había algunos medios y algunos críticos que parecían disfrutar poniendo verdes sus obras y aprovechando para sacar a relucir su comunismo militante, que no abandonó ni en sus años de más reconocimiento, consecuente hasta el último aliento. El otro día me encontré con el libro que acaba de sacar Alfaguara, “El cuaderno del año del Nobel”, una nueva entrega de esos “cuadernos de Lanzarote” en los que llevaba un diario más o menos personal.

Se dice en el introito de este último “cuaderno” que ha permanecido durante casi veinte años perfectamente archivado en la carpeta de uno de los ordenadores que utilizó Saramago y que, al preparar algo relacionado con la efeméride del Nobel, surgió este texto, que se puede considerar un regalo al futuro que tenía preparado el autor para sus devotos lectores. No tiene desperdicio, y no sé qué pensaría si ahora levantara la cabeza y viera el panorama. Hace veinte años decía don José: “la izquierda, además de haber dejado de pensar, ha perdido el hábito de la lectura”.

Si viera cuántos hábitos ha ido dejando de cultivar la izquierda. El libro vuelve una y otra vez sobre una de las ideas más queridas por Saramago, que defendió en muchos textos y entrevistas: que los verdaderos gobernantes del mundo no son elegidos por los ciudadanos, sino que son amos y señores de empresas transnacionales que toman decisiones que afectan a miles de millones de personas y no tienen que rendir cuentas ante nadie, si no es ante sus accionistas.

Aparecen varias entradas del diario referidas a la lucha que mantenían en Mafra los que defendían poner el nombre del escritor a una escuela de la localidad (en la que está ubicada la novela “Memorial del convento”) y el alcalde de la misma, que vetó en repetidas ocasiones la iniciativa. Hay otro momento muy propio de Saramago, cuando “desenmascara” aprovechando que se cumple una década del evento, cómo unos escritores de campanillas quisieron desvirtuar en 1987 (medio siglo después) el Congreso de Escritores Antifascistas en Defensa de la Cultura. Son esas historias menudas del mundo de las letras que tanto ayudan a conocer el talante de los que sabe aprovechar el viento para llegar siempre al puerto oportuno.

Textos largos acompañados de escuetas anotaciones que llegan al clímax el 8 de octubre: “Aeropuerto de Frankfurt. Premio Nobel. La azafata. Teresa Cruz. Entrevistas”.

Las semanas siguientes son una sucesión de viajes, reconocimientos y discursos. Se reproduce en el día correspondiente el texto que leyó Saramago al recibir el Nobel, unos párrafos bellísimos en los que rendía homenaje a sus abuelos, que le cautivaron con historias a pesar de ser analfabetos y vivir en una pobreza que nunca les hizo perder la dignidad. En la página web de la casa lanzaroteña de Saramago se pueden leer esos párrafos que, casi al final, nos hacían esta advertencia: “usamos perversamente la razón cuando humillamos la vida, que la dignidad del ser humano es insultada todos los días por los poderosos de nuestro mundo, que el hombre dejó de respetarse a sí mismo cuando perdió el respeto que debía a su semejante”.   

Pasado y presente


Hace pocos días me llegó por Whatsapp me llegó el mensaje escueto de un amigo: “Si puedes, léelos”. Y esta foto.

Después llegó otro texto lacónico: “Pasado y presente”.

Como el criterio comiquero de mi amigo hay que aceptarlo a pie juntillas, enseguida los localicé y me metí con ellos. Ambos son de Norma, uno publicado hace 11 años y el otro de febrero del año pasado. En cualquier caso, las ediciones originales de estas dos obras se remontan a la década de 1980 y tienen unas génesis llenas de vericuetos que quizá expliquen esas tramas alambicadas, en las que se pueden rastrear referencias de otras obras y otras artes.

“Reyes disfrazados” parte de un texto de James Vance, que el propio autor explica en un breve prefacio que tiene sus raíces en una obra de teatro suya que gozó de cierto éxito y que a su vez rebusca en los recuerdos de su niñez, cuando pasaba los veranos en casa de su abuela y de tanto en tanto aparecían por la puerta trasera “zarrapastrosos pidiendo comida o dinero”. Los dibujos corren a cargo de Dan Burr, con una estética que en la página de arranque de la historia me remitió directamente al rostro de Henry Fonda y a los paisajes en los que acontece la adaptación cinematográfica de “Las uvas de la ira”. Freddie Bloch, el protagonista, es un chaval que tiene mucho de Tom Joad, el protagonista de la novela de Steinbeck, de la peli de John Ford y hasta de la canción que muchos años después escribió Bruce Springsteen.

Esos soñadores con los que se va encontrando Freddie en su periplo por la América devastada de la Gran Depresión son los “reyes disfrazados” del título. Son los que pueblan esa carretera “que está viva esta noche” (en la canción el Boss), los que se ayudan sin pedir nada a cambio. En un largo viaje en el vagón de un tren de mercancías, Bloch intenta entender qué clase de personaje lo acompaña. Se hace llamar “el rey de España” y parece sumido en una locura de la que sale de tanto en tanto para soltar frases que son una declaración de principios: “caminar a oscuras intentando hacer lo mejor para la gente que quieres. Esperando que no puedan ver lo asustado que estás de pifiarla, pero apechugando porque tienes gente que cuenta contigo. Eso es lo que hace un hombre. No puede hacer más”. Llegan ahora los ecos de aquella balada mortecina de Springsteen convertida en un grito de guerra en la versión que montó muchos después con Tom Morello, de Rage Against the Machine, cuando Tom Joad le pide a su madre que le busque ahí, “dondequiera que haya alguien luchando por tener un sitio donde establecerse, o por un trabajo digno o una mano que le ayude, dondequiera que alguien esté luchando por ser libre”. Y remata con esa frase efervescente: “Look in their eyes, Mom, you’ll see me.”

Esta novela gráfica, que en la contraportada dicen que está considerada uno de los 100 mejores cómics de todos los tiempos, ha sido galardonada con los premios más prestigiosos y cuenta en esta edición con un prólogo de Alan Moore que es un premio en sí mismo. Después de contextualizar la historia explicada, describe de maravilla estas 200 páginas sensacionales: “resonantes y claras líneas de tinta y líneas de diálogo, en negros sólidos que van más allá de borde la luz que proyecta la hoguera y en tonalidades morales grises que amenazan con devorar las mejores intenciones”. En esta “obra maestra manchada de barro”, dice Alan Moore, “hay buena gente”.

También la hay en “S.O.S. Bienestar”, edición integral de una serie de historietas que con guion de Van Hamme y dibujos de Griffo se empezó a publicar a finales de los ochenta. Es el presente, que decía mi amigo, a pesar de que esta distopía que su autor empezó a pergeñar en 1973, cuando decidió dejar su trabajo en una multinacional. De ahí extrajo un episodio anecdótico que está en la base de una de las historias, el de un empleado que llevaba años enviando una estadística de cientos de páginas sin cuestionarse que tuviera sentido alguno.

Las diversas historietas (“Aspiraciones profesionales”, “¡Vivan las vacaciones!” “Seguridad pública”…) encuentran un sentido global gracias al bloque final titulado “Revolución”. Mientras tanto, los lectores creen estar viendo en viñetas una versión actualizada del “1984” de Orwell o una traslación al siglo XX de algunos de los relatos de Kafka, aunque hay algo que trae ecos permanentes de un lenguaje similar, también con estética muy clara y un fondo muy oscuro. Después de ver en varias páginas referencias a las pantallas, a tarjetas inteligentes, al Estado benefactor que  tiene todas nuestras vidas parametrizadas me asombra que hace treinta años estuvieran anticipando los argumentos de algunos de los episodios más celebrados de una serie muy en boga ahora mismo: “Black Mirror”.

El presente de hoy fue imaginado hace tres décadas, con un poso apocalíptico que incluso se quedó corto a la hora de calibrar la alienación, el control y el afán acaparador que rigen nuestros días. La última viñeta hablaba de libertad, como la del cómic de los “reyes disfrazados” apuntaba a los sueños. Debe de ser el resquicio que sus autores dejan a la esperanza, tras pintar unas historias que, una en glorioso en B/N y la otra en luminoso color, albergan tanto pesimismo.

No eres nadie sin tu DNI

En las últimas semanas Santiago Lorenzo ha aparecido con frecuencia en todo tipo de medios. He escuchado entrevistas en la radio y los periódicos, han salido reseñas de sus libros, se ha hablado de él en Twitter y también apareció en el programa de libros de La 2, ese milagro que cada semana muestra (y demuestra) que se puede hablar de literatura sin parecer jactancioso y que se puede hacer tele de interés con imaginación y pocos medios.

Hablaba Santiago Lorenzo de “Los asquerosos”, la última novela que le acaba de publicar Blackie Books, con 8 ediciones ya y muchos miles de ejemplares vendidos. Y me acordé de que tenía sin leer otra del mismo autor y la misma editorial, titulada “Los millones”. La compré hace un tiempo por mi querencia por este sello y porque entendía que el planteamiento iba a gustarle a la persona a la que se lo regalé: “a uno del GRAPO le toca la Primitiva y no puede cobrar porque no tiene DNI”.

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Son casi 200 páginas que pasan en un suspiro porque la anécdota publicitada en la contraportada, un señuelo de aires berlanguianos, enseguida se va enredando. La novela, que comienza en una prisión, va desgranando la vida de Francisco, pendiente siempre de una consigna que le lleve a protagonizar un atentado de consecuencias desconocidas. La historia está ubicada en 1986 y, visto en perspectiva, todo tiene un tufillo a carajillo de Soberano y olor a cigarrillos 46, en un bar con mesas de formica y un mostrador de cinc repleto de rayas concéntricas.

Como no debían de andar los GRAPO sobrados de logística e infraestructura, Francisco padece esas carencias. Espera consignas que le han de llegar mediante instrucciones que recuerdan a las puertas de acceso secretas a la TIA que utilizan Mortadelo y Filemón cuando el Súper los llama con urgencia. En ese ambiente ochentero, en un Madrid castizo de una España que se desperezaba, Francisco encuentra el amor, quebrando aquel dicho de “afortunado en el juego…”. Él tiene 200 millones de la Primitiva, aunque no pueda acceder (de momento) a ellos y se ha echado una novia. Poco más se puede contar sin desvelar detalles cruciales de esta historia muy divertida, con abundantes referencias a marcas y chismes que conocimos los que fuimos a la EGB y con muchas referencias a maquetas de trenes, tan en boga en la época. Cuando se pasa la última página, uno se da cuenta de la construcción circular de la historia pero todavía queda un párrafo en el que, como en muchas películas, se dice qué vida llevaron los protagonistas cuando se cayó el telón.

En la divertida faja que los editores pusieron a la versión en tapa dura de la novela (publicada en 2003 y agotada, hay otra en bolsillo) salen elogios de Marcos Ordóñez (“Santiago Lorenzo en hijo de Azcona”), Kiko Amat (“Una obra sobre el hueco en el alma que horada la falta de seres a quien amar”) y Miqui Otero (“Ya no concibo mi vida sin Los millones”). En esta misma faja aparecen todas las obras anteriores de Lorenzo, entre ellas una película titulada “Mamá es boba”, que recuerdo como en un sueño, con imágenes impactantes. Al buscar información sobre ella doy con una entrevista jugosa en El Cultural, de 1999, recién estrenada la película en el Festival de Valladolid con división de opiniones. En una de las respuestas, al ser preguntado por sus proyectos futuros, dice Lorenzo que ya tiene un guion preparado y algún dinero para hacer una peli sobre uno el GRAPO al que le tocan 1000 millones.

En la novela ,al final, no fueron tantos (aún hablábamos de pesetas) pero es divertido fantasear con la posibilidad de que la peli sea realidad un día. ¿Quién haría de Francisco?

¡A jugar!

Cátedra publicó en 1987 la primera edición de “Ejercicios de estilo”, en una versión fantástica de Antonio Fernández Ferrer. Hay que destacar el nombre del “versionador” de la obra original porque no pudo ser fácil verter a una lengua distinta del francés un libro que basa gran parte de su encanto en los juegos que establece con la lengua en que fue escrito. No sé en qué reimpresión debe de estar este libro, la que yo tengo de 2012 es la 15ª, o sea, una nueva edición cada año.

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Este es el libro que dio más fama a Raymond Queneau, y se sigue recomendando a todo aquel que quiere ponerse a escribir. Es una buena manera de adquirir musculatura, pegada, flexibilidad, fondo… o lo que sea que necesita hacer alguien que aspira a contar algo que suscite un mínimo interés. Los 99 “ejercicios” que componen el libro son variaciones sobre una nimiedad: en un autobús alguien se queja de que lo molestan al pasar, y ese mismo alguien es visto después en otro sitio mientras un amigo le aconseja que se ponga un botón más en el abrigo”. En torno a esta menudencia, Queneau empieza a estirar la lengua, a estrujarse el magín, a ponerse estupendo, a burlarse de los estirados y de los paletos, de los que van de intelectuales, a quitar letras, a destilar la historia, a inflarla y le salen 99 maneras de explicar un acontecido que parece mentira que pueda dar tanto de sí. Ya hace unos años que José María Plaza explicó muy bien en El Mundo ese carácter juguetón del autor francés, y de sus compinches de correrías experimentales en el OuLiPo. Hablaba de él a propósito de una novela muy divertida que también tenía ese punto gamberro y que publicó Blackie Books. A nosotros nos encantó en su momento.

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En medio de tantas referencias cruzadas, hace unos días encontré en una biblioteca de Barcelona un cómic titulado “99 ejercicios de estilo”, de Matt Madden, y corrí a abrir sus páginas a ver si era lo que me imaginaba. Tal cual. Ya en la solapa de este cómic, publicado en 2007 por la desparecida Sins Entido, se informaba de que Madden es el representante americano de OuBaPo, el Taller de Historieta Potencial. Y en una breve introducción el propio dibujante dejaba clara su deuda con Queneau y explicaba el reto que se puso para aplicar “esa idea a la narrativa visual”. Le llevó varios años, necesitó del soporte de amigos que le animaban a seguir cuando Madden creía que estaba en un callejón sin salida y terminó mostrando de 99 maneras (98 si se excluye el modelo del que parte) que la forma influye y mucho a la hora de contar una historia con imágenes. La experiencia, para los que ya disfrutaron del libro de Queneau, es sumamente enriquecedora. Aquí la nimiedad que se narra es doméstica: alguien sentado delante de un ordenador se levanta hacia la nevera; por el camino una voz le pregunta la hora y, tras responder, se le va el santo al cielo. Semejante minucia se puede contar desde el punto de vista de la persona que pregunta la hora, desde dentro de la propia nevera, como si la protagonizaran unos marcianos, con una estética underground, como si fuera un anuncio o, entre otras decenas de opciones, en línea clara, en color o mediante un mapa. Esta noticia de RTVE lo explica muy bien.

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Hay un momento en el que Madden riza el rizo y en la historia 57, titulada “Dos en uno” aparecen fusionadas la historia de Queneau y la del comiquero. Aquí las posibilidades se multiplican exponencialmente y quién sabe qué podría salir si algún otro gamberro de las palabras y los dibujos comienza a abrir más puertas en este laberinto repleto de posibilidades de juego y diversión.

 

Una historia sobre silencios

Se ha dicho muchas veces que somos los nietos de los protagonistas de la guerra civil los que estamos mejor posicionados para explicar las penurias de nuestros mayores. Los padres no pudieron explicarlas porque las heridas estaban demasiado calientes. Los abuelos las explicaban en voz baja, porque sabían de las consecuencias funestas que tenía alzar la voz. En los últimos años, que es como decir de veinte años aquí, se han sucedido los relatos que reivindicaban aquellas historias a medio contar, esas biografías que explicaban los padecimientos de un par de generaciones que se habían acostumbrado a lidiar con el silencio.

Aquí nos hemos hecho eco en varias ocasiones de “otra maldita historia sobre la guerra civil” y casi siempre han sido los cómics los que han permitido que autores más o menos jóvenes intentaran ajustar cuentas con el pasado y rellenaran esos “espacios en blanco” que se adueñaban de tantas historias cotidianas, esa Historia construida a partir de las experiencias personales, esos relatos en voz baja a la hora del café, con un cigarro en las manos adustas de hombres que tuvieron que emigrar porque en su pueblo no había manera de encontrar trabajo, precisamente porque el peso del pasado recaía como una losa sobre cualquier aspiración del presente más inmediato.

“Espacios en blanco” es precisamente el título del último cómic que ha caído en mis manos, editado por Astiberri en 2017 y con la autoría de Miguel Francisco. Tres generaciones se hacen preguntas para intentar averiguar cómo dieron con sus huesos en Badalona unas personas llegadas desde un pueblo de Almería, toda una familia “culpable” de que el abuelo se negara en su día a pegarle fuego a unos santos, y no sólo por razones ideológicas sino por una cuestión meramente práctica: “ya te dije que el yeso no ardía”.

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Miguel Francisco intenta responder a las preguntas de su hijo, que no son muy diferentes de las que él hacía a su padre. Con una diferencia, el autor del cómic buscaba información en los silencios de su padre, que dejaba la mirada perdida en las sobremesas familiares, aferrado a un café, pendiente de la ceniza del enésimo cigarro. Muchos años después, las preguntas que le hace su hijo a Miguel Francisco llegan con sordina. Viven en Helsinki, donde el padre es diseñador gráfico de éxito, responsable en buena medida de los dibujos de los Angry Birds.

“Espacios en blanco” es un cómic de impecable factura técnica en el que se abordan a la vez muchos temas: la inmigración (de Almería a Cataluña, de Barcelona a Finlandia), los secretos del pasado, las relaciones paterno-filiales, la fuerza de los recuerdos y la imposibilidad de encontrar una respuesta a preguntas que no se hicieron en el momento oportuno. Miguel Francisco tiene la habilidad de viajar en el tiempo y conciliar en varios planos paralelos historias que se desarrollan con varias décadas de diferencia. Por momentos, para mostrar ese aterrizaje en tierras ignotas, hay viñetas que muestran con sutileza (otros quizá vean oportunismo) el polvazo del autor con una joven finlandesa, camarera del bar en el que recala el protagonista nada más llegar a su país de acogida.

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Hay páginas de una composición certera y una línea gráfica que recuerdan mucho a Jaime Martín y su “Jamás tendré 20 años”. El homenaje a las desdichas del padre entronca con el cómic de Miguel Gallardo, los de Sento o los de Kim y Altarriba. Se perciben ecos de “Los surcos del azar” de Paco Roca. Es una obra que no desmerece en absoluto ese subgénero que agrupa los cómics que intentan explicarnos el pasado reciente, esos espacios en blanco que en casi todas las familias necesitamos rellenar para entendernos un poco mejor a nosotros mismos, y de paso saber por qué seguimos teniendo esa necesidad de mirar hacia atrás.

Novela recomendada… y recomendable

Los lectores guardamos como oro en paño a aquellas amistades que saben recomendarnos libros sin más argumentos que frases del tipo “es un libro que tiene algo”, “te va a gustar, seguro”, “ya verás qué bueno” y cosas por el estilo. Hace poco, en una conversación con muchos hilos abiertos, y a propósito de alguno de ellos, una amiga me dijo: “el próximo día te traigo una novela muy buena”. Sin más.

Vino con ella a la siguiente cita y se quedó en la pila de los libros pendientes. Cuando me enfrasqué en la lectura ya no recordaba por qué motivo me la había recomendado. La he degustado durante muchos días, lo que me ha ido dando pie a comentar con mi amiga en qué parte de la historia me encontraba, mientras ella me animaba a seguir descubriendo por qué la consideraba tan completa, tan redonda. La he terminado hace un par de horas, con la sensación de haber deambulado por la historia de Gran Bretaña y sus colonias, de haber alimentado mi asombro ante la oscuridad del catolicismo en Irlanda, de haber asistido a un striptease emocional por parte del autor, de haber compartido el miedo de un escritor a enfrentarse con la ingente tarea de escribir algo que merezca ser leído, y de haber empatizado con un hijo que va descubriendo secretos familiares que, si no le ayudan a vivir mejor, al menos le sirven para soportarse cada día.

John Lanchester escribió en 2007 esta novela autobiográfica que tradujo al catalán Joan Puntí para Edicions 62 y que publicó en castellano Anagrama. “Novel·la familiar” es el título de la versión catalana, que llegaba precedida por el Premi Llibreter de 2005 a otra historia del mismo autor: “El port de les aromes”. Tuvo que morir su madre para que él superara cierto bloqueo y se pusiera a indagar en el pasado de sus progenitores y así descubrir un secreto materno que es el motor de esta novela, pero también de la vida de su madre y, por ende, punto de partida de la propia existencia del escritor. Para entonces ya había publicado varios libros, había obtenido distintos galardones y había pasado por episodios clínicos que se entienden mejor cuanto más se conocen sus antecedentes familiares.

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La madre del autor, Julie (en la última de sus “rencarnaciones”), había nacido en la Irlanda más católica y rural, en una familia extensa que dio a varias de sus hijas a la Iglesia. Ella pasó dos veces por el convento, alcanzó ciertas responsabilidades en la jerarquía católica, estuvo muchos años dedicada a la enseñanza en la entonces India colonial y un día logró salir de la asfixiante condición de monja, para recalar en Londres, capital de una metrópoli donde apenas había vivido unos años de juventud. “La vida d’una familia no és una realitat neutral a la qual puguem arribar per un simple procés d’investigació i consens, és una història en la qual els personatges i les accions més importants són diferents segons qui en sigui el narrador. Aquesta no és una versió consensuada, és la història de la meva mare”. Es la primera parte de la novela, asfixiante por momentos. Todo un recorrido por la historia de Irlanda, con sus hambrunas, sus éxodos masivos, su dependencia de la Iglesia católica, como elemento diferenciador respecto del anglicanismo británico. Son 150 páginas en las que aparecen frustraciones familiares, temores a romper con el designio del Señor, la lucha de una mujer que quiere volver a empezar, aunque eso suponga romper con las ataduras del pasado, renunciar a la familia y hasta reinventarse una misma a base de sentar las bases de un secreto que de puro inocente se convierte en trascendental.

La novela cambia, ligeramente, de protagonista cuando Julie, después de diversas vicisitudes, se enamora, por decirlo de manera novelada, de un ciudadano británico que había nacido en Ciudad del Cabo y había desarrollado su carrera como banquero por distintas ubicaciones coloniales británicas, también a miles de kilómetros de esa metrópoli que extendía sus redes cada vez más esclerotizadas por medio mundo. Bill Lanchester tuvo una vida no menos azarosa que la de su futura esposa. Separado de sus padres durante muchos años, vivió en el hemisferio sur, entonces casi propiedad exclusiva del Imperio británico. Con la Segunda Guerra Mundial por en medio y la detención de sus padres en campos japoneses, creció en Australia, en cuyo ejército tomó parte. Su vida profesional se desarrolló en diversas colonias británicas del Índico, donde fue adquiriendo mayores responsabilidades, en una carrera que llevó a su familia, Julie y el hijo de ambos, John, a viajar constantemente. Hong Kong, Alemania, Malaysia, Birmania, nuevamente Hong Kong… En la década de 1960 y los años que siguieron, en plena época postcolonial, el autor de “Novel·la familiar” descubre que sus padres ven desmoronarse un mundo en el que creían vivir con cierta seguridad. El Imperio hace agua y envían a su hijo a estudiar a la metrópoli, a uno de esos internados de los que hemos leído tantas cosas. La madre convive a diario con su secreto, que el hijo analiza en la novela a posteriori. Él lo descubre cuando su madre ha muerto después de vivir muchos años como viuda de un hombre que murió joven, recién jubilado y establecido en las islas británicas, cansado de dar vueltas por el mundo en pos de un ascenso a la cúspide del banco que no terminó de lograr.

Esta novela familiar experimenta un nuevo giro cuando centra su atención en el hijo, el autor de la misma. Sus miedos, sus tribulaciones, los intentos por construirse una carrera docente en la universidad, sus problemas de salud y la omnipresencia de la madre (y su secreto) adquieren protagonismo. Es el último tercio de la historia y John Lanchester muestra casi todas las cartas. Con el foco puesto en sí mismo, la figura de la madre ayuda a los lectores a comprender algunas de las congojas del hijo, las dificultades para forjar una trayectoria en la que parecen pesar los ecos del pasado. El espacio en el que se desarrollan estos años, las dos últimas décadas del siglo XX, son las ciudades de Norwich o Londres, el entorno de Oxford. Y cuando faltan pocas páginas para la resolución de la historia, Lanchester explica las razones de esta obra: “un llibre hauria de ser una destral per obrir el mar glaçat que hi ha dins nostre”. Son palabras de Kafka, reconoce, y enumera las diferentes hachas que en su caso necesitó para escribir su libro: la muerte del padre, una relación adulta, una terapia y el infarto de la madre. No acaba la historia. Quedan pocas páginas, una veintena sobre un total que supera las 400, pero aquí se descubre que no era del todo cierta la ficción que la madre había montado para hacer posible una realidad, de la que John Lanchester era deudor máximo.

El secreto que escondía toda una vida era el mismo que justificaba una existencia y, en definitiva, el motor de esta novela tan recomendable. Completa, redonda, con algo diferente. Como me aseguró la amiga que me la recomendó.

Unos terroristas muy chapuceros

Hablábamos el otro día de una novela satírica, con un punto histriónico, que se reía de esta sociedad alocada en la que vivimos, confrontándola a una invasión alienígena de bolas peludas que brillaban por su inteligencia. Un relato divertido que por momentos congelaba la sonrisa del lector y le llevaba a preguntarse dónde acababa la parodia para, desgraciadamente, convertirse en reportaje, en cierto retrato del mundo occidental.

En paralelo a esta novela de Luke Rhinehart iba pasando las páginas de “El archivo corso”, uno de los álbumes más conocidos del recientemente fallecido Pétillon. Un cómic de 48 páginas que fue galardonado en 2001 como “mejor álbum” del Festival de Angoulême y que fue publicado por Norma Editorial en 2006, cuando en Francia era un fenómeno de ventas, con muchas decenas de miles de ejemplares acumulados.

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Como esos tuits que dicen que dos noticias se entienden mejor juntas, esta novela y este cómic se complementan, porque ambos encierran una crítica a la sociedad que retratan, y también ambos echan mano del humor para no desesperarse ante la imbecilidad reinante y las dos terminen con una especie de pesimismo que no permite tener demasiada fe en las autoridades.

El cómic de Pétillon se atreve con un asunto espinoso, como es el terrorismo corso. El desgarbado Jack Palmer recibe el encargo de un notario parisino de llevar un sobre a un terrorista corso, que permanece huido. Aparece el detective por la isla y enseguida descubre que hay preguntas que no deben formularse, y menos “a la manera continental”. Se desencadenan entonces situaciones absurdas (e hilarantes) con facciones disidentes que albergan más disidencias en su seno y, como en “La vida de Brian” ya ni saben por qué disienten. Las venganzas entre clanes, los ajustes de cuentas, las explosiones “casuales” o la amnesia repentina a la hora de declarar ante un tribunal tienen el aroma de “Los Soprano” o de las pelis de Coppola y Scorsese. Y la incompetencia unos gendarmes que ya no saben quién es el enemigo tienen algo del estridente Louis de Funes haciendo de las suyas.

El humor socarrón de Pétillon aparece ya en la segunda viñeta, recién llegado Palmer al aeropuerto de Ajaccio, cuando toma un taxi y pide ir a Rossignoli. “Está en su derecho”, le espeta el taxista. El detective empieza a husmear con su cara de eterna estupefacción mientras un fino y corrosivo tono de burla acompaña una historia de tiros y asesinatos que no debió de ser fácil de trasladar a una historieta. Pétillon lo hace con delicadeza. Ayudado de cierto candor transmite la absurdidad de matar por una bandera, un trozo de tierra o unos agravios en vías de ser olvidados.

El sobre que el notario de Paris ha entregado a Palmer para que entregue en mano a Ange Leoni es la excusa para hacer avanzar la trama. Como ocurría en “El caso del velo”, que comentamos aquí, el festín narrativo está servido, regado con sabias dosis de escepticismo (nunca se ha de subestimar a un estúpido) y aliñado con un elegante toque de humor que hacen digerible un asunto difícil.

Una novela frente a VOX

Menudean estos días análisis más o menos apresurados acerca de la irrupción de Vox en el parlamento andaluz. Ahora todo el mundo parece que lo viera venir pero se sigue mirando con displicencia a los 400.000 votantes que han catapultado a un partido que tiene a gala mostrarse sin complejos, que hace bandera de las palabras gruesas y que se declara enemigo de lo políticamente correcto. Recetas simples para problemas de calado. Escobazos contra los ratones escurridizos.

En un reportaje televisivo los periodistas visitan los mítines en Huelva, Almería y Málaga, y sorprende la juventud de muchos de los asistentes. Los que explican por qué están ahí se muestran alborozados por haberse “comprometido”. Tanto ellos como los mayores que acceden a hablar en pantalla se soliviantan con los inmigrantes y hablan de “invasión”. Y me acuerdo enseguida la última novela que he leído, aparentemente intrascendente, y que aún no sé por dónde coger. “Invasion” es el título original en inglés de esta novela de Luke Rhinehart, que publicó Malpaso en 2017 con traducción de María Luz García de la Hoz con un título más preciso, quizá demasiado elocuente: “La invasión de las bolas peludas”.

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Este artefacto parece por momentos un texto de la revista Mongolia, incluso por lo cafre. Incluye pasajes que entroncan con el humor de El Perich o con esos discursos imposibles de Tip y Coll: “No borgotaba, sino palopalaba la jicaración de la sangría en la zumba, la zomba y la zambomba: alipando consútiles peristáticamente fueron y la expancia verbicracia delicayeron”. Van intercalando fragmentos de un diccionario de lo más perspicaz y noticias de prensa con propósito paródico que se alternan con manifiestos políticos de lo más vital, con vocación hedonista.

Las “bolas peludas” del título son miembros (y miembras al mismo tiempo, porque son hermafroditas), que se reproducen como las estrellas de mar y adoptan aspecto humano cuando les interesa. Provienen de una civilización muy avanzada y llegan a la Tierra con el propósito de jugar, que es lo mismo que decir que roban a los bancos, bromean con los ordenadores de la CIA y el FBI y hacen el gamberro, convocando a los humanos a “manidiversiones”, donde reina el baile, la música y el folleteo… hasta que las autoridades toman medidas para evitar que el ejemplo cunda.

La novela (porque hay una trama en la que se ve implicada una familia que quiere vivir experiencias nuevas) acaba con la palabra “disparate”, que dice una de las bolas peludas invasoras a la que precisamente llaman así: Disparates. Muchas de las 400 páginas son disparatadas, aunque vayan soltando verdades como sopapos, y se nos hiela la sonrisa cuando comprobamos que la inepcia de los políticos que aparecen en la historia no es mayor que la de algunos de los políticos auténticos que todos hemos visto. Y recuerdo entonces algunas barbaridades que han aparecido en los mítines de Vox (y de sus imitadores) y que los medios han recogido escandalizados a posteriori, cuando los diputados logrados en Andalucía parecían un lamparón en el flamante traje democrático.

Se cierra el libro con un manifiesto que la “nación de Central Park” (hay que leer la novela para saber quiénes sus integrantes) envía a sus conciudadanos. El punto 2 dice que nadie podrá gastar al año más de 10.000$ en la promoción de mensajes políticos y que la información de ese gasto deberá ser de conocimiento público. No estaría mal aplicarla por estos lares. “Las mujeres tendrán igual salario por igual trabajo”. Y es imposible no pensar en las soflamas de Vox, que pintan con brocha gorda en estos asuntos. Y me conmueve el punto 6: “todo ser humano que esté legal o ilegalmente en Estados Unidos sin estar naturalizado tendrá el derecho de solicitar la ciudadanía para él o ella y sus hijos. Y a todos se les dará audiencia al cabo de 30 días de solicitarlo”. Y remata: “las juntas que tramiten estas solicitudes de ciudadanía estarán formadas por jueces y otros funcionarios cuya composición racial y de género refleje la composición racial y de género de toda la nación”.

Quiero suscribir este manifiesto de inmediato cuando veo que el punto 10 establece que “la cerveza será declarada bebida nacional de los Estados Unidos de América” y se cierra con un colofón insuperable: “a todo ciudadano se le debe pedir que haga algo, al menos una vez al día, únicamente por diversión”.

Lo que parecía una novela entretenida, con pasajes descacharrantes y algunos altibajos, deviene casi en un programa subversivo, que podría asumir incluso algún simpatizante desencantado del partido con nombre de diccionario, para desgracia de los sufridos diccionarios.