¿Qué ‘por qué’?

Hace pocos días, en el amplio espacio que Casa del libro tiene en la Rambla de Catalunya, en Barcelona, muchas personas se quedaron sin silla y escucharon embelesadas, pero de pie, a Roberto Canessa, que venía hablar de su libro, y no era la primera vez. Meses atrás vino a lo mismo y fue requerido por los medios, de todo pelaje, en los que triunfó sin discusión con su discurso positivo, generoso, franco, y hasta divertido. Igual salió en la ambicionada (por los gabinetes de prensa) “contra” de La Vanguardia que en un programa de TVE que ha sido ampliamente denostado. Así de potente es el mensaje que “vende” Canessa, y que en el libro “Tenía que sobrevivir” (Al Revés, 2107) aparece magníficamente expuesto en el texto del escritor uruguayo Pablo Vierci.

Y eso que este libro no es fácil de vender, ni de leer. Se puede pasar del agobio al llanto en cuestión de un párrafo, se puede reír para a continuación hundirse en la desolación. Es una historia de superación, un libro sobre el liderazgo, un manual de autoayuda, una historia de aventuras, un diario de viaje, una biografía y hasta un panfleto religioso. Y, sin embargo, nada molesta, todo es digerible. Y, además, está muy bien escrito.

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Son dos libros en uno, ya decía Vierci en una entrevista que “la primera parte del libro es la causa y la segunda la consecuencia”, pero es que esa primera parte es nada más y nada menos que la narración del accidente de aviación que sufrió un equipo de rugby uruguayo en los Andes, hace casi medio siglo. Se hizo famoso por una película de Disney (Viven) y antes se había hablado mucho de esta epopeya porque los supervivientes aguantaron más de dos meses con temperaturas por debajo de 20 bajo cero, pasaron todo tipo de calamidades (fracturas, aludes, muertes…) y, para aguantar un minuto más, un día más, comieron parte de los cuerpos de los compañeros que no pudieron resistir.

Es inevitable ahondar en este detalle y en todas las entrevistas (que han sido muchísimas) ha aparecido tarde o temprano. Ese punto morboso, casi insignificante ante la magnitud de lo narrado, enseguida se convierte en una nebulosa mientras adquieren nitidez las historias que se suceden, tanto del pasado más remoto como de la mera actualidad.

Roberto Canessa, además de ser uno de los dos supervivientes que se aventuró en una expedición casi ilógica subiendo y bajando picos en los Andes hasta contactar con alguien que pudiera dar al mundo la noticia de que estaban vivos, se convirtió con los años en un cardiólogo pediátrico de reconocido prestigio, que introdujo las ecocardiografías en su país y ha salvado las vidas de muchos niños que estaban condenados a irse de este mundo sin apenas darse cuenta. En la presentación de Barcelona del otro día, uno de los momentos más emotivos, fue cuando una señora del público explicó que allí estaba un chaval que había sido operado por el doctor Canessa quince años atrás, en su país natal. Hubo más familiares que tomaron la palabra para decir muy brevemente que ellos habían pasado por un trago similar, y agradecían al doctor superviviente (o al revés, porque aquí no queda claro qué provocó qué) su dedicación.

Canessa salió de la montaña con una vocación clara de ayudar a los demás. Él cree en Dios, en un Dios amable alejado de ese que no paraba de prohibir cosas en su infancia. Transmite un mensaje positivo perfectamente asimilable por todos los credos, incluso para los que tenemos la certeza de no creer, y –nunca mejor dicho– predica con el ejemplo. Se van sucediendo en la segunda parte del libro historias inevitablemente emocionantes, de niños que salvan la vida, pero también hay finales trágicos y madres rotas que no entienden que eso les haya tocado a ellas. Hay palabras sencillas que dibujan historias enormes y se suceden tecnicismos médicos, de esos que tienen media docena de sílabas, que son perfectamente entendibles, de tan cercanas que son las vivencias que se cuentan.

Este multilibro es una obra hagiográfica (no cabe duda) pero eso no es peyorativo en absoluto. Se lee con una sonrisa, a veces; con muecas de dolor en muchas más ocasiones, pero a nadie deja indiferente semejante sucesión de episodios de una fuerza tan notable. Al buscar respuestas a tantos por qué, al intentar entender tantas situaciones al límite es cuando miramos dentro de nosotros.

Acercarnos a este libro nos hace mejores.

Atracar en islas desconocidas

La última novela de Jaume Cabré, Jo confesso (Proa, 2011), fue un acontecimiento que superó el marco exclusivamente literario. Se cumplía la cadencia informal del autor, que da una novela a la imprenta cada 7 u 8 años, y se especulaba con el éxito que tendría más allá de la frontera catalana, porque en el caso de casi todas las novelas en lengua catalana hay una frontera, que se hace más patente si uno mira desde el oeste, tocando la línea imaginaria que marcarían Fraga o Valderrobres.

Leí absorto esta novela compleja, embrujado por esa especie de palimpsesto que proponía el narrador, y que le permitía viajar adelante y atrás en el tiempo siguiendo la huella de un valioso violín. Era la excusa para abordar la maldad, para reflexionar sobre los límites de la crueldad, en un viaje por varios siglos y muchos países que daba igual en qué lengua se hubiera escrito en origen, lo importante era que se tradujera a muchas otras, que circulara esa historia. Tuve la ocasión de comentar la novela con un escritor de esos que tienen abundante obra publicada, y me dejó aturdido el desdén con que zanjó mi entusiasmo: “Mi mujer se lo está leyendo y dice que salen muchos alemanes, se nota que allí dicen que vende mucho”.

Descubrí a Jaume Cabré en “Las veus del Pamano” y en pocos meses me las arreglé para leer casi todo lo que había publicado. Fueron cayendo de manera “inmisericorde” las novelas “Senyoria” y “L’ombra de l’eunuc” así como los cuentos del “Viatge d’hivern”. Me sedujo la complejidad de sus planteamientos narrativos, con estructuras que no dejaban un cabo suelto y se erguían enhiestas, sin que pudiera entreverse la tramoya. Abundancia de planteamientos, historias que iban ganando matices mientras se los personajes iban siendo moldeados y referencias a clásicos de la literatura, que reforzaban esa complicidad entre autor y lector hasta convertirse en una especie de amistad interesada, como cuando vas al encuentro de alguien cuya compañía sabes que va a proporcionar  momentos para el recuerdo.

Dice Cabré, a modo de broche a esta recopilación de cuentos que es su último libro, “Quan arriba la penombra”, que de vez en cuando escribe algún cuento como quien “atraca en una isla desconocida”, a modo de descanso en las duras travesías en que se embarca para escribir sus novelas. Va guardando relatos que, según confiesa también en este colofón, deja al escrutinio de un selecto grupo de lectores cercanos (qué suerte será pertenecer a esa minoría) y cuyo veredicto juzga de gran valor a la hora de decidirse a publicarlos.

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Los cuentos que presenta en este precioso volumen editado por Proa tienen la maldad como eje vertebrador, sin que ello condicione en absoluto la autonomía de ninguno de ellos. Es verdad que se pueden entrever guiños entre algunos de ellos, como esa ligazón que hay entre los movimientos de una sinfonía. Un personaje que aparece por aquí, una referencia cruzada que evoca algo leído mucho antes, una broma macabra que viaja en el tiempo y abrocha dos décadas lejanas. Es complicado adentrarse a esbozar alguna de las historias sin correr el peligro de matar esa sorpresa que el narrador reserva al lector desprevenido.

Como en el texto de la contra ya se anticipan algunos argumentos, no chafamos ninguna sorpresa si decimos que, como en otro famoso texto de Quim Monzó, también aquí hay un cuento con un premio Nobel de literatura como protagonista. Y se percibe el mismo tono irónico al abordar tan espinosa cuestión, en una literatura como la catalana todavía ajena a tan prestigioso galardón. Hay alguna gamberrada de resabios cultos, con personajes de salen o entran de un cuadro de Millet. Y se suceden los asesinatos que, en su frialdad, recuerdan a las míticas salvajadas que literaturizó Max Aub en sus “Crímenes ejemplares”.

Si estos relatos son las “obras menores” que Cabré erige para tener los músculos tonificados mientras va edificando sus libros mayores, están de enhorabuena los alemanes, franceses, polacos, holandeses, italianos y tantos otros que esperan con devoción sus traducciones. Aquel escritor que me explicaba que cedía con displicencia a su mujer los libros de Cabré, posiblemente se lo seguirá perdiendo. Y como él muchos de sus paisanos: mientras la novela ambientada en el Pirineo en los años del maquis cautivaba a cientos de miles de lectores en Alemania, solo despachaba un puñado de miles en España.

El “caso Cabré”, como lo calificó el periodista Jaume Subirana hace unos años, al hilo de las tres páginas que Le Monde Livres dedicó a “Confiteor”, sigue vivo. Para combatir esa ceguera, basta con abrir los ojos. Y leer.

¿Qué música para Toronto?

Tengo la suerte de compartir muchas experiencias vitales desde hace más de 40 años con una persona que ahora vive a más de 6000 km de mi casa. Es cierto que Skype, Whatsapp, los correos electrónicos y algún que otro medio de comunicación menos instantáneo permiten sobrellevar esta distancia, que además hemos roto a golpe de avión varias veces en los últimos años. Es un tipo culto, buen conversador, con una memoria fantástica para títulos de canciones, citas literarias y recomendaciones de todo tipo, desde un artículo en el periódico a una novela poco conocida o un concierto imprescindible. Vive en Toronto desde hace pocos años y se ha hecho ya con un lugar en el mundillo cultural hispano de la ciudad. El otro día el cartero me trajo, por fin, un libro con su nombre en la cubierta. Se titula “Historias de Toronto” y reúne una docena de historias en castellano de autores con procedencia bien diversa: México, Venezuela, Perú, Colombia, España…

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Este amigo querido se llama Juan Gavasa y ha escrito un texto con Paco Belsué como protagonista, un paisano suyo al que los azares del destino llevaron también a Toronto, en circunstancias bien distintas y en una época lejana, la dictadura de Franco. En el Toronto de los 60 y 70, una ciudad más lisérgica que la actual y estupefacta ante el mundo que se estaba desperezando, aterrizó este diseñador gráfico de Jaca (en los Pirineos) que acabaría ideando uno de los logotipos más elegantes que existen en el imaginario del béisbol americano.

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Este pájaro azul, reproducido millones de veces en el merchandising deportivo que inunda las tiendas de la ciudad, no debió de reportar ni un centavo extra a la persona que lo ideó pero Juan Gavasa supo ver la fuerza de esta historia, primero en forma de reportaje periodístico y ahora en un relato de este volumen, titulado “Los pájaros azules mienten”, que aparece enmarcado entre dos acontecimientos históricos para la ciudad: la última Stanley Cup que ganaron los Maple Leafs (el equipo local de hockey sobre hielo), el 2 de mayo de 1967; y la primera de las dos series mundiales que alcanzaron los Blue Jays, el 24 de octubre de 1992. En esos 25 años cabe un mundo y una historia de amor callado, presentada de forma sutil y, desgraciadamente, trágica.

En un libro de relatos con autores variados es casi obligado que se destaquen los diferentes puntos de vista, la diversidad temática y hasta los distintos grados de solidez narrativa. Por razones bien dispares me he sentido atraído por varios textos, que no tienen nada que ver entre sí, en los que no faltan los elementos más reconocibles de ese decorado torontiano: la CN Tower, Union Station, el downtown, los rascacielos, las calles tiradas a cordel o las copiosas nevadas invernales.

La mexicana Martha Bátiz levanta un entramado intenso, duro, que evoca algunos de los cuentos más oscuros (en su cotidianeidad) de Mario Benedetti. A la tragedia que supone ser refugiada (aún más por su condición de mujer) se unen la violencia y las torturas. “La lista” es un relato que viaja al pasado desde el presente narrativo, que habla de dos culturas, que pincela la actualidad de los refugiados que vienen de Oriente Medio y la opone a los años de las dictaduras latinoamericanas. Una historia que no da un segundo de respiro mientras se precipita hacia un final descorazonador.

Bien diferente es el texto del peruano José Antonio Villalobos, una historia de cierto glamour que se desarrolla en el piso 35 de un rascacielos desde el que se atisba el perfil de esa icónica CN Tower. Tonos refinados, encuentros casuales, ambiente cinéfilo y una historia de amor que lleva al protagonista a descubrir que “es mejor enamorarse en invierno mientras se camina sobre la nieve”.

En casi todos los relatos del volumen Toronto es el decorado en el que se ubican las historias. En el último de la colección, “El mapa”, del mexicano Claudio Palomares, la ciudad se convierte en protagonista. Un recorrido sentimental por la ciudad: “Toronto como expresión física de las estructuras emocionales de la memoria”. Así se titula la tesis doctoral del protagonista del relato, que va descubriendo la urbe al tiempo que mira hacia sí mismo: “tal vez recorro esta ciudad para encontrarme”. En su vagabundear describe la invasión hípster en Queen West, la verticalidad del Downtown, los cafés que pueblan todos los barrios, hasta llegar al día de la lectura de la tesis en la universidad, en una variante de esas novelas de campus, un género tan del gusto de la literatura americana.

Mientras iba leyendo los textos de esta antología recordaba, salvando todas las distancias, la primera vez que vi “Historias de Nueva York”, la película en la que Coppola, Woody Allen y Scorsese mostraban su amor por la ciudad en unas historias que tomaban por decorado la Gran Manzana. Curiosamente, de aquel film me quedó (mucho más que los planos o los argumentos de los tres mediometrajes que lo componían) la canción “A whiter shade of pale” de Procol Harum con la que se cerraba (y creo que se abría) la historia de Martin Scorsese. Y al evocar aquella película intentaba ponerle una banda sonora a este libro y a las dos visitas que he hecho a Toronto.

 

Ha sido imposible. Mi amigo es un profundo conocedor de todo tipo de músicas y durante nuestros encuentros en la ciudad, con más o menos Canadian en el cuerpo, hemos mezclado nuestros hits de juventud con ritmos afrobeat, canciones de Triana o lo que quisieran poner las emisoras que se iban metiendo en el aparato del coche, ya fuera viajando a un cottage en el norte o acercándonos a la frontera con EEUU para (re)conocer las cataratas del Niagara.

Hace un tiempo hablábamos aquí de un hijo ilustre de esta ciudad, Glenn Gould, que ahí debió de grabar esas “Variaciones Goldberg” de Bach que no dejan de asombrar, ni después de haberlas escuchado cientos de veces. En esa rapidez endiablada de ejecución vislumbro las luces intermitentes de los coches que cruzan Toronto de noche, en busca de las zonas residenciales de las afueras. En medio de los silencios quiero imaginar el crujido de unas botas sobre la nieve. Las melodías  del piano son una concatenación de notas que, en las partituras, si entornas los ojos, seguro que permiten vislumbrar el skyline de Toronto, esa ciudad en permanente transformación, que alberga millones de historias, que ahora es también “un poco mía”, de tantos afectos ahí depositados.

Un aperitivo antes del festín

“Casi en susurros, Ginzburg dibuja un mapa sentimental, con palabras comunes pero trascendentales”. Pocas palabras necesitaba Juan Tallón para sintetizar el que consideraba uno de sus cien “libros peligrosos”, el “Léxico familiar” de la escritora italiana. Recogía esta novela autobiográfica y aprovechaba para recordar a Cesare Pavese. De ambos, especialmente de las últimas horas del poeta, volvería a ocuparse más tarde, en un librito muy recomendable titulado “Fin de poema”, que salió primero en gallego y luego publicó en castellano Al Revés.

Las recomendaciones de Tallón las sigo a ciegas, aunque en este caso tengo la sensación de haberme quedado a medio camino, porque he accedido a la prosa sencilla de Ginzburg no en su obra canónica sino en  un libro de pocas páginas, “Las pequeñas virtudes”, en edición de El Acantilado (2002) y traducción de Celia Filipetto. Repasa cuestiones personales, que parecen nimias, con ese léxico común en el que hasta los términos más frecuentes se convierten en algo más elevado porque la narradora tiene la habilidad de insuflarles un algo difícil de explicar: “una vez que se ha padecido, la experiencia del mal ya no se olvida nunca. Quien ha visto derrumbarse las casas sabe demasiado claramente cuán frágiles son los jarrones con flores, los cuadros, las paredes blancas”. Y añade pocas líneas más tarde: “No nos curaremos nunca de esta guerra. Es inútil. Jamás volveremos a ser gente serena, gente que piensa y estudia y construye su vida en paz. Mirad lo que han hecho con nosotros”.

Este relato (si como tal se puede considerar un apunte biográfico tan descarnado) se titula “El hijo del hombre”, y debe de ser el más corto de los once que componen este volumen. Sin duda, es el más intenso. “Nosotros no podemos mentir en los libros ni podemos mentir en ninguna de las cosas que hacemos. Acaso es el único bien que nos ha traído la guerra. No mentir y no tolerar que nos mientan los demás”. El impacto de la segunda guerra mundial fue demoledor para aquellos que como Ginzburg jugaban con las peores cartas: judíos, intelectuales, de izquierdas, sospechosos por tantas razones.

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La narradora habla en otro momento de su oficio de escritora, explica casi con alivio que su condición de madre la ha obligado a apartarse por un tiempo del esfuerzo que supone enfrentarse a la hoja en blanco, pero al mismo tiempo reflexiona sobre un oficio al que espera volver con cosas que decir: “ser felices o infelices nos lleva a escribir de un modo u otro. Cuando somos felices, nuestra fantasía tiene más fuerza; cuando somos infelices, nuestra memoria actúa entonces con más brío”.

A pocas páginas del final, Ginzburg se cuestiona la relación que ha de construir con sus hijos mientras desgrana cómo fue la que mantuvo con sus padres. El lector, por entonces, ya se ha visto arrastrado por esa prosa que de tan nítida permite vislumbrar las ideas más sumergidas, como si estuvieran perfectamente iluminadas. “Hoy que el diálogo entre padres e hijos se ha hecho posible, es preciso que nos revelemos en este diálogo tal cual somos: imperfectos, confiados en que ellos, nuestros hijos, no se nos parezcan, que sean más fuertes y mejores que nosotros”.

Este libro intenso no es en absoluto un catálogo de pensamientos elevadísimos expuestos con habilidad y un léxico que ahora llamaríamos “casual”. Con un punto sardónico la narradora recuerda su paso por Inglaterra, durante su huida a Londres, y le vienen a la memoria los horrorosos platos de la cocina del país, ella tan mediterránea, tan deudora del sencillo placer de un poco de aceite de oliva. Rememora unos pasteles de chocolate salpicados de almendras y dice que “son malos, inocuos pero malos, por el sabor parece como si tuvieran centenares de años. Los dulces junto a las momias de los faraones deben de tener el mismo sabor”.

Terminado el libro, con notas en papelitos sueltos, con las esquinas dobladas en muchas páginas, uno tiene la necesidad de salir a buscar sin más dilación un ejemplar de ese “Léxico familiar” que glosaba Tallón. Y certificas la “peligrosidad” de sus recomendaciones, después de otro festín de literatura. Estas “pequeñas virtudes”, a medio camino entre el ensayo y la autobiografía, no han sido más un aperitivo. Que ha cumplido con su función de despertar el apetito.

 

Una novela excéntrica

Hace un tiempo hablábamos aquí del atractivo riesgo que corrían las cubiertas de los libros de Edicions del Periscopi. Hay que creer mucho en lo que ofreces para atreverte con unas cubiertas que llevan la contraria a la multitudinaria competencia con la que se encontrarán tus libros en en el punto de venta.

Para mí, este peculiar aspecto se ha convertido en una marca de calidad, que anticipa propuestas atractivas y, con semejante criterio tan poco objetivo, me puse a leer “Les generacions espontànies”, una excéntrica novela que no se si es sencillamente una recopilación de relatos alrededor de una excusa argumental bien hallada: la elaboración de un currículum vitae para presentarse a una entrevista de trabajo.

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Del espíritu jocoso y con poso iconoclasta puede dar fe la dedicatoria con la que la autora, Mar Bosch Oliveras, encabeza la vorágine que se avecina: “als agrònoms de lletres, als filòsofs que diuen que no ho són i a les psicòlogues alegres (…), als llibreters d’energia atòmica (…), a les geògrafes en un món de roses i baobabs; (…) als avis i germans que són el suport de generacions senceres”.

La entrevista de trabajo mencionada permite a Eva, la protagonista, que vaya enumerando su experiencia profesional, no sin antes endilgarnos la narración de una serie de zombis que mira en la tele mientras se imprime el CV. Va adobando sus habilidades profesionales con todo tipo de anécdotas, recuerdos absurdos o comentarios inapropiados, que proporcionan al conjunto esa frescura que raya con la irreverencia hacia los que siempre piensan enarcando las cejas.

En esta sucesión casi surrealista de historias aparecen sus jornadas laborales como genetista en el cultivo extensivo de la fruta, como tanatomaquilladora, como detective privada o como maestra, tanto en escuelas públicas como privadas, sin olvidar tampoco una historia de amor vivida en el trabajo o las expectativas que se abren en la empresa para la que se está entrevistando.

Esta divertida gamberrada entronca hacia el final con aquella película que dio fama y espectadores a Fernando León de Aranoa. Se llamaba “Familia” y, como esta novela, era capaz de dibujar rictus de estupefacción y asombro para después provocar risas de más o menos intensidad hasta terminar congelándonos la sonrisa.

Así, sin más.

 

 

Sin filtros

Se anuncia curso para el verano en una librería de Barcelona. Se titula “Yo y mis sombras”, y lo impartirá Gabriela Wiener. El contenido del curso se presenta con una pregunta: “¿Para qué escribir sobre uno mismo?”. La respuesta, si la hay, puede hallarse en el último libro publicado por la propia Wiener, en Malpaso Ediciones. Se titula “Llamada perdida” y es de hace un par de años, de abril de 2015.

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Es una edición sobria, elegante, con las páginas tintadas en magenta al corte y un negro absoluto envolviendo la foto que Daniel Mordzinski le hizo a la autora, y que aparece en cubierta. No llegan a las 200 páginas estos textos palpitantes, pura literatura del yo, que se va exponiendo sin tabúes, sin remilgos ni pudores.

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Contra el discurso intelectual predominante, Gabriela Wiener traza unos perfiles muy cercanos de dos autoras ampliamente denostadas: Corín Tellado e Isabel Allende. Las muestra en momentos íntimos, haciendo confesiones personales, reconociendo la primera su incapacidad para el amor después de un matrimonio fracasado, al tiempo que inundaba el mundo de novelas románticas. Explica la chilena el dolor por la pérdida de su hija, que exorcizó en un libro que fue best seller (también) y que ni en este terreno más personal logró el favor de la crítica más sesuda.  Las muestra Wiener como dos abuelitas encantadoras que siguen haciendo gala de una profesionalidad incuestionable mientras explica la asturiana que ha dejado a sus hijos la explotación de los derechos de sus novelas rosa y Allende cuenta que lo confía todo a una nuera que es además su asistente, confidente y hasta algo más que hija política.

Dice Wiener que “este puñado de historias y observaciones no son más que frutos de la reincidencia en el vicio de documentar lo que me rodea con la esperanza de que al relatarme alguien más se sienta retratado”. Es duro, incluso en silencio, reconocerse retratado aunque sea a medias en estas historias que viajan a los abismos más íntimos. La manera en que Gabriela confiesa su incapacidad para ser fiel se complementa con la revelación de los celos proverbiales de su marido o, lo que puede resultar más morboso, se completa con la descripción de los tríos en los que participa la pareja, siempre con otra mujer por deseo expreso de él, y que puede terminar resultando hiriente de tanta sinceridad.

Alguien que viene de explicar de manera anecdótica su obsesión por el número 11, su temor a morir cuando se descubre un bulto en el pecho o su “necesidad” de emborracharse al menos una vez a la semana, con esa franqueza que desarma, sin filtros, convierte al lector en un voyeur que envidia ese gusto por desnudarse, ese valor por desvelar las angustias más íntimas, los efluvios más personales.

Hay momentos delicados cuando uno se asoma a la vida de los demás, aunque ellos no se ruboricen al mostrarse sin tapujos. Coincidir con alguien en un momento de debilidad lo convierte en un cómplice mucho más cercano. En estos días en los que el dolor por la pérdida se despierta conmigo cada mañana, hay una frase a la que no dejo de darle vueltas: “la vida adulta es palpar incesantemente la Nada con los dedos de la imaginación”.

Una manera hermosa para hablar de la muerte, evitando nombrarla. El curso de Gabriela Wiener que anuncia la librería “No llegiu” se celebrará a pocas manzanas de donde escribo esto, a escasos cinco minutos caminando. No tendré valor para asistir, porque no querré mirar dentro de mí menos contarlo, sin filtros.

Periodismo contra los apagones informativos

 

Todo el mundo tiene una historia que contar. Es una de las máximas del periodismo. Si uno escarba, en su propia vida o en la de otros, acabará hallando restos de una vivencia y algo podrá hacer con ellos. Es el punto de partida de un cómic autobiográfico que va encadenando historias envueltas a su vez en la historia de la gestación del cómic, un relato de relatos con el periodismo como verdadero telón de fondo. Se titula “Oscuridades programadas”, la metafórica traducción a un concepto muy asentado en inglés (rolling blockouts), que llega acompañada de un subtítulo mucho más descriptivo: “Crónicas desde Turquía, Siria e Iraq”.

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La autora es Sarah Glidden y lo acaba de publicar Salamandra Graphic. Los medios han acudido en tropel a hacerse eco de su aparición y todos se han centrado en la reflexión que plantea el libro en torno al periodismo, a su presente y, especialmente a su papel en la sociedad. En TVE, en El Periódico, en el diario en catalán Ara han aparecido reportajes generosos en los que se hablaba más de la forma de del fondo. Un “híbrido literario”, así lo calificaba Núria Juanico en Ara, que remataba su reportaje con unas declaraciones elocuentes de la propia Glidden: el periodismo “es un oficio que cada vez incluye más géneros y ensancha sus fronteras literarias”. Lo cierto es que este cómic, con textos muy largos y continuos diálogos llenos de reflexiones ampliamente argumentadas, es una defensa apasionada del matiz, de las fuentes contrastadas, de los diferentes puntos de vista, de la duda.

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El punto de partida es curioso. Sarah Glidden acompaña a dos amigos periodistas de Seattle, defensores de una manera de entender la profesión más cercana al cooperativismo que al mero negocio de informar. Seattle Globalist es el nombre de este proyecto que sigue bien vivo. En este a viaje a Oriente Medio va con ellos Dan,  un curioso acompañante, amigo de la infancia de la autora, exmarine destacado a la guerra de Iraq, que quiere ver in situ las consecuencias del paso del Ejército estadounidense por aquellas tierras. A ratos se arrepiente de haber formado parte de aquel contingente que tanto dolor ocasionó, a veces quiere pensar que no todo estuvo mal y que, en cierto modo, ayudó a derrocar al tirano. A veces no quiere desvelar su paso, en otras ocasiones se presenta como un marine que estuvo ahí.

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Esa historia, la de Dan, aparece de manera recurrente a lo largo de todo el relato e incluso sirve de argamasa para enlazar con otras biografías. Hay un bloguero iraní que cuenta su manera de hacer, hay un funcionario de Naciones Unidas que que enumera en qué consiste ser refugiado, hay, precisamente, un refugiado iraquí que fue expulsado de EEUU tras una oscura acusación de haber colaborado con Al Qaeda y hay muchos pequeños dramas, muy tristes por su cotidianeidad, protagonizados por exiliados kurdos. Muchas historias que van proporcionando diferentes puntos de vista mientras el grupo de amigos en los que se ha “empotrado” Sarah Glidden va reflexionando sobre su propia vista, sobre el periodismo, sobre la actitud de su país como árbitro del mundo y hasta acerca de sus propias vidas. “Necesitamos comprender cómo obrar con inteligencia dentro de la complejidad. Supongo que esa es la promesa del periodismo de calidad”.

Del periodismo de calidad y hasta de la propia existencia. Ese cuestionamiento permanente se puede apreciar en otro pasaje de este prolijo relato (300 páginas): “todo lo que hago como periodista se basa en el convencimiento de que, al exponer información e ideas, la gente se cuestionará cosas que daba por sentadas”. La obsesión por contar con todos los puntos de vista, el afán por huir de la comodidad que proporcionan los relatos oficiales, recuerda los cómics de Joe Sacco, al que dedica la autora la obra, entre otros autores. Técnicamente, las acuarelas y los tonos pastel de Glidden nada tienen que ver con el trazo de Sacco, en glorioso blanco y negro. Tampoco la composición de las páginas: poco rastro hay aquí de esas panorámicas a doble página, bien abigarradas, tan del gusto de Sacco.

Coinciden ambos, sin embargo, en la abundancia de textos, en el gusto por añadir una frase que acabe de dejar claro lo que cualquier protagonista quiere decir. El cómic de Glidden recuerda también a Sacco en ese planteamiento casi documental de escribir sobre el terreno, de mostrar con precisión cómo es el pequeño piso donde vive un refugiado kurdo, cómo se ve la ciudad de noche, cuando se producen los apagones que dan título al libro, cuánto fuma uno de los entrevistados o de qué manera cocinaba en EEUU los bollos de miel, en el microondas, y cómo los extraña ahora, el refugiado iraquí que fue expulsado por colaborar, supuestamente, con el terrorismo islámico que tiene al mundo en jaque.

“¿Qué es el periodismo?”, se pregunta la autora cuando queda escasamente una docena de viñetas para el final. La respuesta es una sucesión de preguntas, que hay que ver contextualizadas, dibujadas, una detrás de otra, en la página 296. Y así al final, volver a preguntarse: “¿PARA qué se hace periodismo?” Algo me dice que la respuesta a tan complejas cuestiones está en realidad hacia la mitad del libro, e incluso oculta en el propio título. Los “rolling blockouts” del título original no suenan tan bien como esas “oscuridades programadas” de la traducción al castellano. Son, lisa y llanamente, “cortes de luz provocados”, muy del gusto de los estados autoritarios o de los países que viven situaciones convulsas. En la página 152, observando la ciudad de Suleimaniya, en el Kurdistán iraquí, dice la autora que “se programan apagones para evitar sobrecargas y conseguir que la red siga funcionando”.

Se puede añadir el adjetivo “informativos” detrás de “apagones” y todo tendría más sentido todavía.

Cuentos de antología

Durante algunos años me dediqué profesionalmente a buscar fotos para ilustrar obras enciclopédicas. En la era pre-internet no resultaba sencillo localizar según qué personajes. O habían dejado poco rastro gráfico o allá donde había una foto en blanco y negro, desvaída, tampoco era fácil acceder, por las distancias físicas, por el coste de una simple llamada telefónica, por el material en el que estaba guardada o por las transformaciones que necesitaba para acabar impresa en una hoja de papel de lo más normal y corriente.

No hace tanto de esto, bastante menos de veinte años, y ya suena a batallita del abuelo Cebolleta. De aquellas búsquedas me quedó el recuerdo de un par de escritores especialmente escurridizos, con nombres de pila bien sonoros, quizá para compensar apellidos tan convencionales: Felisberto Hernández y Macedonio Fernández. Al primero no logré ilustrarlo, al otro sí, con una foto tramada que parecía rescatada de algún recorte de periódico.

Me he encontrado con ellos (y con Roberto Arlt, que también me provocó quebraderos de cabeza hasta que conseguí un retrato suyo que se ha convertido en canónico, en una rotunda combinación de luces y sombras en la que destaca un mechón del flequillo con caída a la derecha), digo que los he encontrado a todos juntos en un libro que parece la carta de un restaurante de postín, por la salivación que produce dar una lectura somera al índice. Lo acaba de reeditar Alianza (la primera aparición es de 1992) con una cubierta de Manuel Estrada que tiene algo de poema visual.

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Esta recopilación de narraciones breves hispanoamericanas, escritas en el siglo XX, se presenta en dos volúmenes, con introducción y biografías de José Miguel Oviedo, que también es el responsable de seleccionar la cuarentena de voces. Explica el antólogo que esta “lectura personal de un repertorio de obras” es una selección de “los cuentos que mejor muestran la diversidad del género” en el siglo que se fue, como preparándose para recibir las primeras quejas de los que echen en falta a este u otro autor. Puede sorprender encontrar textos de escaso recorrido de autores que no nos suenan de nada, cada cual echará en falta a alguien, ya sea Eduardo Galeano, Cabrera Infante o unas cuantas mujeres más.

Establece Oviedo una clasificación en cuatro apartados, bastante bien fundamentados los tres primeros, que se deshilacha al final, cuando el cuarto capítulo agrupa los textos con un vaporoso epígrafe: “Otras direcciones, desde el boom”. Con el boom como protagonista estelar el segundo volumen (que tiempo habrá de comentar) acoge una selección de vacas sagradas de las que hemos leído casi todo, y que han sido reconocidas con todo tipo de galardones: hay no menos de 3 Nobel de literatura, muchos premios Cervantes y hasta un par de mujeres: Elena Poniatovska y Rosario Ferré.

En el primer volumen están los escritores agrupados dentro de la tradición realista, “criollistas, indigenistas y neorrealistas”, por un lado; y los innovadores, por otro, con espacio para el “cuento fantástico, vanguardista, especulativo y humorístico”. En todos ellos encontrará el lector acicates para profundizar, para buscar más. Los comentarios biográficos de José Manuel Oviedo son muchas veces de una sutileza clarividente. Dice, precisamente de Macedonio Fernández, que era “un maestro en el arte de estar siempre en otra parte”. Al describir el gusto rutinario de los oficinistas colombófilos que protagonizan un cuento del uruguayo Carlos Martínez Moreno, recupera un fragmento que explica que “los condenados a galeras se juntaban a remar, una vez libres”. Se desprenden ciertos prejuicios en los perfiles de algunos autores (por ejemplo, la defensa del castrismo por parte de Benedetti) al tiempo que se soslayan episodios oscuros de otros, como los vaivenes pinochetistas de Borges. No obstante esto, la contextualización de los relatos seleccionados en el conjunto de la obra de cada escritor está lograda y hay aseguradas unas cuantas horas de felicidad lectora. Dos cuentos míticos de Borges (Funes el memorioso y El Aleph) ejemplifican esa “literatura al cubo” del argentino; otro escrito al alimón con su compadre Bioy Casares sirve para recuperar a H. Bustos Domecq, escritor falso de relatos bien ciertos, aunque basados en una concatenación de juegos literarios.

Son imperdibles otros textos de difícil localización, como el despiadado Pequeños propietarios, de Roberto Arlt; el onírico El balcón, de Felisberto Hernández, o el demoledor relato del puertorriqueño José Luis González, titulado En el fondo del caño hay un negrito. Y así hasta completar 400 páginas. Que se leen de un tirón y quedan revoloteando en la memoria, como las fotos de ese álbum que uno no sabe si volver a mirar o mejor dejará reposar en un cajón, a la espera de olvidarlo para volver a descubrirlo.

Cómo se fabrica un best seller

Escribía hace poco Rosa Ribas en El Periódico de Catalunya un artículo en el que repasaba “los libros expuestos a la ofensa pública del abandono” en una estación de metro de la plaza de Merianplatz, cercana a su casa de Frankfurt. Repasaba someramente  títulos y autores y no eran muy diferentes a los que se pueden encontrar en los espacios habilitados para el bookcrossing en las bibliotecas y centros cívicos de Barcelona: Susanna Tamaro y Patrick Süskind se alternan en Alemania con los “locales” Johannes Mario Simmel y Hera Lind, como ocurre en las mesas barcelonesas con los best seller de Vázquez Figueroa o Corín Tellado, en dura pugna con “Los cipreses creen en Dios” o los tomos de las enciclopedias que los diarios “regalaron” hace unos años y que hoy ocupan, proporcionalmente, mucho más espacio de la utilidad que proporcionan.

Esta apoteosis del best seller, como la propia Ribas comentaba, mantiene engrasada la maquinaria editorial y con sus beneficios permite que se puedan editar obras “condenadas” a públicos minoritarios. Es la cara diametralmente opuesta de una novela de David Foenkinos (él mismo un autor de ventas masivas en su Francia natal y no desdeñables en otras lenguas), que acaban de publicar Edicions 62 en catalán y Alfaguara en castellano. Se titula “La biblioteca dels llibres rebutjats” en la versión catalana y aborda, como avanza el título, el destino que le espera a los manuscritos que desdeñan las editoriales. Una novela de novelas, incluso de best seller, que ha despertado la atención de los suplementos literarios porque se inspira en una iniciativa bien real, The Brautigan Library, en EEUU.

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Esta peculiar “biblioteca de bodrios” aparece en las primeras páginas de la novela de Foenkinos, como si fuera necesaria la explicación de qué viene a continuación. Enrique Vila-Matas la incluyó en su libro de “literatos” que un día dimitieron, y muchos lectores creyeron que era otra broma del escritor barcelonés. En un texto reciente en El País, volvía a hablar de ella, precisamente para anunciar que Foenkinos acababa de publicar en francés Le mystere Henry Pick, mucho menos elocuente título que el que han puesto a sus versiones en catalán y castellano.

Explicaba sucintamente Vila-Matas de dónde venía la idea de tan peculiar biblioteca, a la que llegan “con ritmo desaforado” los manuscritos rechazados por las editoriales. Este curioso almacén de obras inéditas fue mencionado por Richard Brautigan en una novela titulada “El aborto” y, tras el suicido del escritor, un admirador suyo hizo realidad aquella ficción. Pasó por distintos avatares, cerró, y renació de sus cenizas en el Clark County Historical Museum de Vancouver, en el estado de Washington. Un cartel en la entrada la autodefine como “a very public library”.

David Foenkinos imagina en Francia una biblioteca similar, en la localidad bretona de Crozon. Y a partir de ahí se van encadenando historias, se van abriendo libros dentro del libro, en lo que parece una obra de pop ups, esos desplegables que han extendido su éxito desde el público infantil hasta las franjas de edad más longevas. Es una novela en la que más de un personaje se pierde por el camino, sin demasiados remilgos por parte del narrador para justificar sus fugaces presencias.

Repleta de guiños a los lletraferits, especialmente si conocen algo del mundillo literario en lengua francesa, se recuerda la negativa de Andre Gide a publicar “En busca del tiempo perdido” de Proust como uno de los momentos cumbre de la ceguera literaria; sale escarnecido un crítico de Figaro littéraire que vivió días de gloria repartiendo o quitando laureles de celebridad y ahora se reivindica como descubridor de la patraña que se esconde tras un best seller lleno de misterios. Se menciona a Pivot y su mítico programa de entrevistas a escritores, y hay abundantes “cameos” que fortalecen esa complicidad entre el escritor y sus lectores.

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La historia parece que se centra en un pizzero de Crozon que dejó una novela en la biblioteca de libros “no queridos” de su pueblo, sin que hubiera constancia alguna de que jamás hubiera leído un libro o hubiera escrito más líneas que las de la lista de la compra. El libro se convierte en un éxito absoluto que encadena ediciones sin cesar. La gloria póstuma, porque el pizzero lleva un tiempo muerto, la viven (y hasta padecen) su viuda y su hija. Un guiño a John Kennedy Toole y su “conjura de los necios”, publicada por el empeño de la madre del escritor después de que éste se suicidara trs verse rechazado. Aparece mencionado Roberto Bolaño y su “2666”, otro caso de éxito que el autor no llegó a disfrutar después de una vida absorbido por la pasión de escribir, conocedor de que la vida se le iba a borbotones.

El lector va descubriendo más sobre las condiciones en que escribía el pizzero mientras la verdadera pareja protagonista, una editora que parece conocer las claves del éxito comercial de un libro y su novio (escritor de escaso eco) viven a la sombra de semejante bombazo. Se despliegan historias menores, ya hemos dicho que aparecen personajes que asoman la cabeza y poco más, se intuyen sorpresas más o menos desveladas y, al final, se descubre que cuando hay tanto dinero en juego las apuestas suelen ser con cartas marcadas.

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Se ha paseado David Foenkinos por la prensa española. Está en plena promoción y su obra es jugosa por lo que tiene de pedigrí cultureta con vocación de libro de ventas abundantes. Ha explicado que su vida cambió cuando una afección cardiaca lo convirtió en un lector voraz, aunque de vocación tardía. Hablábamos aquí de otra obra suya, hace bien poco. Y la comparábamos con esas pelis francesas que dejan un regusto amargo pero se ven con una media sonrisa, porque hay algo que acabará estropeando un día soleado.

Es una novela amable, entretenida, con permanentes guiños a los lectores, tentándoles la mano, por si dejan de caminar. Como pasó con “La delicadeza”, la otra novela recién mencionada de Foenkinos, aquí puede haber una película.

Y no nos importaría verla.

Una historia sencilla

En uno de estos experimentos que propician las redes sociales apareció en mi muro de Facebook la propuesta para generar una cadena de recomendaciones literarias a base de regalar un ejemplar de un título que fuera importante en la vida de cada uno, independientemente de sus cualidades literarias o de otras valoraciones más especializadas. Yo enseguida lo tuve claro, y hacia el Pirineo viajó una edición de Anagrama en castellano de la novela que más veces he regalado: Camí de sirga, de Jesús Moncada.  Ojalá la persona que lo recibiera quedara tan deslumbrada como yo en su momento, cuando leí con ansia esa novela ya canónica de la lengua catalana, en la que un mequinenzano residente en Barcelona rememora el pueblo en el que creció y que ahora duerme anegado por las aguas de dos pantanos.

Eran las fechas previas a la Navidad y a mí me llegaron unos cuantos ejemplares de libros importantes para lectores de León, Zaragoza o Barcelona. “Una historia senzilla narrada amb molt bon humor”, me decía en su breve nota la chica que me envió desde Barcelona un libro en edición de bolsillo titulado La delicadeza (Booket, 2013).  Me sonaba remotamente el nombre de su autor, David Foenkinos. Lo aparqué durante unas semanas y hace poco se cruzó en mi camino la reseña de otro libro del mismo escritor, recién llegado a las mesas de novedades: La biblioteca dels llibres rebutjats (Edicions 62). Era el momento.

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La lectura del primero enseguida me recordó a esas películas francesas que se ven con gusto, con media sonrisa dibujada en el rostro, hasta que un socavón inadvertido provoca que se acabe abruptamente el paseo y luego ya sea difícil remprender el camino sin perder la compostura. Una pareja que parece funcionar a las mil maravillas se rompe en un minuto por un capricho más que absurdo del azar. Todo puede parecer muy cotidiano, hasta la desgracia más dolorosa. La protagonista rehace su vida (no hay spoiler que valga, porque el texto de la contracubierta explica sin entrar en detalles que es el marido el que muere), también de una manera que puede parecer de lo más normal, con sus altibajos, los momentos de duda y ciertas situaciones que pueden dibujar esa media sonrisa de las películas francesas, no en vano Foenkinos adaptó esta novela a la pantalla grande con la ayuda de su hermano.

Un “tranche de vie”, por seguir en consonancia con la procedencia del autor, que puede parecer una historia ligera, con pequeñas dosis de humor y referencias más o menos culturetas: un diálogo de una film de Woody Allen, la posible discografía de John Lennon si no hubiera sido asesinado, una canción de Alain Souchon o una sucesión de refranes absurdos. Poco aportan a la historia y van más en la línea de ir montando un patchwork que contextualice esa historia de una pareja parisina que trabaja en una oficina mientras busca una segunda oportunidad en la vida. Si un día me encuentro con la película haciendo zapping la veré con gusto y me vendrán flashes de aquella historia de amor, como tantas otras, que leí con cierto interés y de la que apenas recuerdo el final.

En el otro libro Foenkinos caí de lleno gracias al sugerente título que Lluís-Anton Baulenas puso a su reseña en el suplemento literario Ara Llegim: “¿Quién quiere libros rechazados?”. La historia encierra muchas otras historias. Tiene más miga.

Pero será otro día cuando hable de ella.