Una marcianada

Durante años se mantuvo en BTV un programa sobre libros que se llamaba “Saló de lectura”. Lo dirigió Emili Manzano, que luego se fue con un invento similar al canal 33, una vez que en la tele local de Barcelona se cargaron aquella tertulia de locos por la literatura. En ambas cadenas estuvo como tertuliano habitual un periodista que hablaba en un castellano atropellado, fruto del montón de ideas que bullían en su cabeza, resultado a su vez de cientos de lecturas, producto todo de una curiosidad infinita y adobado con un entusiasmo que rápidamente trasladaba a sus contertulios y, por supuesto, a los espectadores. El presentador del programa empezaba a sonreír en cuanto Javier Pérez Andújar tomaba la palabra, y lo mismo hacían todos los que le rodeaban.

Cada programa era una fiesta y los espectadores intuíamos que aquello continuaba cuando comenzaban a pasar los créditos y todo fundía a negro. En algún bar de alrededor de la Via Laietana de Barcelona, donde estaban entonces los estudios de la cadena, seguro que seguían aquellas charlas en las que unos se quitaban la palabra a los otros. A Javier Pérez Andújar le brillaban esos ojos claros cuando una sonrisa enorme daba paso a una risa franca, mientras hablaba de tebeos, clásicos de la ciencia-ficción, autores franceses o historias de arrabal. De eso mismo escribió durante años en sus columnas de El País o El Periódico de Catalunya, y también fue el eje de los libros que ha ido publicando en los últimos años con Tusquets.

Hace poco cambió de editorial y publicó “La noche fenomenal” con Anagrama. Y ahí hemos tenido la certeza de que cuando se apagaban los focos seguía la charla en la barra de un bar. Y hemos jugado a descubrir quién se escondía en alguna de las identidades ficticias de los personajes que acompañan al Javier protagonista de esta historia tan inclasificable. El título del libro alude al nombre de un programa de televisión que recuerda sospechosamente al de los libros mencionado al principio. Con una diferencia sustancial, se ocupa de fenómenos paranormales, de psicofonías, viajes a dimensiones paralelas y otras majaradas que permiten que la narración transite por senderos que parecen surrealistas, por decir algo.

Cada capítulo arranca con un pareado como aquellos que encabezaban las viñetas de algunas historias del TBO. “Se conoce la pandilla y todo va de maravilla”, “Mientras el equipo delira, un amigo se retira”, “Lo que encuentran en el otro lado es un mundo derrocado”, “En busca de lo real se lanza a la carrera final”… Leídos todos juntos, los 22 capítulos generan un microrrelato en línea con los experimentos de Italo Calvino, pero aquí lo más divertido es ir, sin saber muy bien adónde.

El texto se va por las ramas cuando el autor lo considera oportuno. Igual introduce un párrafo sobre los diccionarios que una breve explicación de las pajaritas de hierro que adornan la calle Guipúzcoa de Barcelona o una digresión sobre los topónimos españoles que contienen la palabra medina o un homenaje a José Batlló, responsable de la librería Taifa.

Esta heteróclita mezcla de elementos envueltos en forma de novela de ciencia ficción se entiende bastante bien cuando se conoce un poco al autor, se ha viajado con él en sus recorridos por el extrarradio barcelonés y se comparte, siquiera de manera puntual, algo de ese imaginario que ha ido exponiendo en sus colaboraciones en la prensa catalana. Desde hace un tiempo aparece también de manera periódica en el programa “A vivir que son dos días”, de la SER. No sé hasta qué punto desconocer ese paisaje barcelonés puede hacer más árido este divertido recorrido por no sé sabe bien qué lugares, si del pasado, del presente, de este lado o del otro del “agujero”.

Esta marcianada, dicho sin ánimo peyorativo, se puede leer con las cejas fruncidas o la boca abierta. Con una sonrisa en la memoria o con un esfuerzo por intentar entender lo que quizá no tenga ninguna voluntad de ser comprensible. Es una invitación a una fiesta nostálgica. Es un canto a la amistad. Es un elogio de las ciencias imposibles. Es una gamberrada. O un ejercicio de estilo.

Qué más da.

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Estampas del lodazal

A principios de los años 90 las vallas publicitarias que había en las autopistas que rodeaban Bilbao se llenaron de un mensaje sorprendente. Era algo así como “Pronto el País Vasco tendrá la independencia”. La tipografía del texto era la Rockwell y los más avisados podían intuir que aquello tenía que ver con un periódico, porque se podían ver las cuerdas con las que se solían preparar los paquetes (entonces abultados) de diarios. El único que tenía esa familia en su cabecera era El Mundo, fundado por Pedro J. a finales de 1989.

En sus primeros meses la edición vasca del diario más atrevido luchó por hacerse ver, en una tierra donde el consumo de prensa escrita (entonces no podíamos imaginar lo que había de venir) se equiparaba a los estándares europeos e incluso los superaba. El Mundo del País Vasco albergó una nómina de columnistas donde había firmas que venían de Egin, políticos de todo el espectro (que ahí ha sido siempre muy variado), textos en euskera… que convivían con los textos de Pilar Urbano, Francisco Umbral u otros que firmaban con seudónimo y evidente mala baba. Pedro J., Alfonso Rojo, Melchor Miralles, la citada Pilar Urbano fueron algunas de las estrellas de la cabecera que acudieron tanto a la facultad de Leioa como a escenarios emblemáticos de la capital bilbaína.

No recuerdo cuántos años duró el invento pero en plena Guerra del Golfo, más las investigaciones del GAL y los abundantes casos de corrupción del PSOE, aquella edición vasca de un periódico que luego ha sido tan beligerante con la periferia vivió años de éxito, que debieron de proporcionar dinero a sus dueños. En la carrera de Periodismo, cuando analizábamos quién era el propietario de los diferentes medios, siempre salía alguien explicando que entre los accionistas de El Mundo estaban Aute, Sabina y no sé cuántos artistas del lado “rojo” del espectro. Y siempre algún profesor replicaba que el autobombo del periódico olvidaba que también había abundantes prohombres de la derecha más santurrona.

En aquella época, como teníamos que comprar el diario para poder ir a algunas clases (parece mentira que tuvieran que recurrir a semejante añagaza para que adquiriéramos el hábito de leer la prensa a diario), nos turnábamos con las diversas cabeceras y leí el periódico de Pedro J., al que vi en acción en varias presentaciones. Me acostumbré a algunos de sus columnistas y me encantaba su diagramación y las ocurrencias gráficas para acompañar algunos temas. Eran jóvenes, frescos y atrevidos.

Hace muchos años que apenas lo hojeo de vez en cuando, cuando me lo encuentro en alguna feria o en el avión. Lo miro en la pantalla y me ratifico en mis prejuicios. Informa a sus convencidos. Ya no está Pedro J. Pero sigue titulando con verdadera mala hostia. Y es casi imposible no hacer clic, aunque sea para comprobar que el texto no está a la altura del titular.

Me he acordado de todo esto al leer vertiginosamente “El director”, publicado por Libros del KO hace pocos meses. Escrito por David Jiménez, que estuvo al frente del diario durante 366 portadas, lleva varias semanas en las listas de más vendidos. Deben de ser unos cuantos miles de ejemplares, por mucho que lo hayan pirateado y digan que circula por todas las redacciones del país en los grupos de Whatsapp de los periodistas.

“Secretos e intrigas de la prensa narrados por el ex director de El Mundo”, dice el subtitular de una cubierta muy loable (como casi todas las de esta editorial). El panorama que narra es desolador, pero no solo de la prensa sino de todo el país. Como se ha hablado mucho de él en todo tipo de medios, aunque sea para denigrar al autor y al libro, más que hablar del contenido merece la pena detenerse en muchas otras cuestiones, que también han sido abordadas en blogs de carácter más profesional. Y quizá expliquen mejor el libro que muchos de los chismes que aparecen.

¿Por qué la empresa propietaria de un periódico tan personalista decide que en la silla de Pedro J. se siente alguien como David Jiménez? Él viene a relevar al relevo del director-fundador, y lo traen desde Nueva York, donde estaba haciendo un máster después de dos décadas de reportero por Asia. Las sensaciones que describe Jiménez, sin contactos en la redacción ni relaciones estrechas con los poderes fácticos, son para recopilar como ejemplos en un manual de autoayuda.

¿Por qué un reportero accede a meterse en un despacho con 300 colegas heridos por diversos EREs y en medio de una crisis sin precedentes? El afán por hacer el periódico soñado en su juventud quizá explique semejante osadía, que Jiménez va narrando con una distancia que a veces parece impostada. Podía intuir que hay manos a las que no hay que morder o recados de las alturas que hay que atender, cuando se está al frente de un diario que se dice “independiente” pero casi siempre cojea de la misma pierna.

¿Cómo es que habla en clave y con apodos tan poco afortunados de jefes y compañeros de redacción? Si se decide a escribir semejante alegato (y eso es muy loable) podría haber apechugado con citar a los personajes por su nombre. Es fácil encontrar en la web a quién se refiere en cada caso, y ha sido una de las razones por las que más se ha considerado este relato como un mero “ajuste de cuentas”.

“¿Cuándo había empezado a joderse el periodismo?”, se pregunta en algún momento. Hay una respuesta, que da el propio Jiménez muchas más páginas después: “Sólo éramos relevantes para el establishment de la capital, en parte porque llevábamos décadas escribiendo sobre y para él. Y porque formábamos, aunque no quisiéramos reconocerlo, parte de él”. El problema no radica solo en el periodismo. Por lo se cuenta en esta crónica apasionada, el país está asentado sobre un inmenso cruce de favores, mordidas y cantidades ingentes de dinero que un día compran silencios y otro voluntades.

Es lo más desalentador de este libro que rezuma podredumbre. David Jiménez ha salido a defenderlo en muchos medios, que se lo han “comprado” encantados, como si lo que cuenta no fuera con ellos. Hay una entrevista muy interesante en Público y hay un ataque frontal todavía más clarificador en Crónica Global, un digital de derechas que está alojado en El Español, el proyecto actual de Pedro J.

Dos textos se entienden mejor juntos.

Hablen entre ustedes

Queda una semana para que se concreten las alianzas que tienen que sellar varios centenares de ayuntamientos en España, entre ellos los de las capitales más importantes. Han querido los votantes que sus representados tengan que hablar, ponerse en los zapatos del adversario, intentar ententes. Es una manera optimista de ver los endiablados resultados, donde las zonas de confluencia de partidos de un espectro similar quedan eclipsadas por los maximalismos con los que se atribuyen pureza de sangre y principios inquebrantables.

Desde el primer minuto en el que se concretó el escrutinio se habló de cordones sanitarios, de la imposibilidad de sentarse a hablar con quien no renegara públicamente de este o de aquel, se recordaron entrevistas en las que los candidatos hablaban como tales, sin pensar en el día siguiente, cuando tendrían que comerse sapos y tocar con los pies en el suelo. Se siguen deshojando las margaritas de los pactos en lo que parece un juego de niños.

Al ver, aunque sea con sordina, semejante guirigay me venía a la memoria un cómic excepcional titulado “Mandela i el general”, con texto de John Carlin y dibujos de Oriol Malet. Lo ha publicado Comanegra en catalán (que acaba de anunciar 2ª edición) y DeBolsillo en castellano, a partir de la edición original de Seuil Delcourt. Aquello sí que fueron palabras mayores. No había que poner cordones sanitarios, lo que había que hacer era romper cadenas forjadas a ciegas, en un país donde había reinado una dictadura racial y muchos anticipaban una revolución sangrienta.

Corrían los primeros años 90 y en John Carlin estaba en Sudáfrica como corresponsal de The Independent. Mandela había salido de la cárcel en febrero de 1990, después de 27 años encerrado en una celda minúscula que hoy se puede visitar, y parecía desmoronarse el régimen del apartheid. Décadas de gobierno atrabiliario de una minoría blanca sobre millones de ciudadanos negros que no eran lo primero pero a los que se les recordaba permanentemente que lo segundo sí era cierto, y que por ello estaban segregados hasta en los bancos del parque. Ante el cambio que se avecinaba se hizo fuerte un Movimiento de Resistencia Afrikaner (MRA), con una estética que recordaba a los nazis y una manera de actuar que era nazi: hay que eliminar al adversario.

Al frente de esta caterva de blancos que no querían perder sus privilegios de casta dominadora estaba el general Constand Viljoen, el del título de este cómic. Carlin, que conoció bien a ambos personajes, cuenta en poco más de 100 páginas ese proceso de acercamiento entre uno de los presos más famosos de la Historia y un militar que si hubiera podido asestarle un tiro lo hubiera hecho sin dudarlo. Ambos acabaron compartiendo espacio en el parlamento nacido de las elecciones de 1994. El Congreso Nacional Africano obtuvo 252 escaños, por los 9 del partido de Viljoen.

Y es precisamente el general el que soporta el peso de la narración. Los momentos icónicos de Mandela los conoce casi todo el mundo (en parte gracias a otro libro de Carlin, “Invictus”, llevado al cine por Clint Eastwood), pero mucho menos se sabía de ese militar que fue considerado un traidor por los suyos y que tuvo que rendirle honores militares a Mandela cuando éste fue nombrado presidente del país. Viljoen fue un valiente, que tuvo tiempo para arrepentirse de sus barbaridades del pasado y prefirió “humillarse” ante amigos y enemigos y así evitar ese baño de sangre que tantos vaticinaban.

Los dibujos de Oriol Malet, con un trazo muy expresivo y usando de una manera muy eficaz un reducido número de tintas, permiten que el relato avance a toda velocidad, como un documental en el que se van alternando imágenes públicas (la famosa salida de la cárcel de Mandela con el puño en alto y acompañado de Winnie, los atentados del MRA, sus convenciones con grandes banderolas tan parecidas a las de la esvástica…) con momentos privados (entrevistas entre los dos protagonistas alrededor de un te y un plato de galletas, reuniones secretas, momentos familiares). De vez en cuando aparece un recurso muy utilizado en los cómics, el de reproducir portadas de diarios en días señalados. Aportan verosimilitud y ubican cronológicamente lo contado, de manera irrefutable.

La apelación al diálogo, el deseo de restañar heridas, la voluntad de negociar, el propósito de mirar adelante para construir algo, la necesidad de acabar con las injusticias… permitieron que dos enemigos irreconciliables (a priori) se preocuparan por ponerse en el lugar del otro. Pudieron haber hablado sin siquiera escucharse pero fueron valientes y se prestaron atención. Como decía irónicamente John Carlin, hoy Sudáfrica es una democracia corrupta como tantas otras, pero Mandela y el general evitaron que además estuviera manchada de sangre desde sus propios fundamentos.  

Donde viven las palabras

El suplemento Ara Llegim del diario Ara acoge una sección breve pero jugosa de Albert Pla Nualart que se titula “Un tast de català”. Esta cata sabrosa de la lengua catalana se apoya habitualmente en los diccionarios, en el grado de actualización de algunas definiciones, en el sesgo que adquieren algunas de estas obras de consulta, en la evolución que han tenido… Son pocas líneas pero se nota que están delicadamente destiladas. Es reciente la columna en la que Pla Nualart mostraba de qué manera tan diferente definen “Irredempt” e “irredento” dos diccionarios con valor normativo: el del Institut d’Estudis Catalans y el de la RAE. El texto no tiene desperdicio.

Precisamente he terminado estos días un libro muy recomendable, aunque pueda parecer dirigido al gremio de los lexicógrafos. Se titula “Palabra por palabra”, editado hace unos meses por Capitán Swing y escrito por Kory Stamper, lexicógrafa y editora de Merriam-Webster. En este vídeo habla de ella, de este libro y de su labor como “escritora” de diccionarios. No se lo pierdan.

El libro de Kory Stamper se subtitula precisamente “La vida secreta de los diccionarios” y es una delicia para cualquiera que haya tenido algún contacto con la lexicografía, pero también satisfará el interés de cualquier persona mínimamente interesada en cómo llegan a los diccionarios las palabras que los conforman. El ejemplar que yo he leído ha pasado por las manos de dos lexicógrafas, que han añadido notas y comentarios de carácter técnico: trucos para definir, advertencias de que a este libro le falta un índice, ejemplos de un neologismo… Muchas páginas están marcadas con post-it amarillos, cortados en tiras, que pegan en la parte superior, muy cerca del lomo. Es una práctica habitual en los profesionales que se dedican a actualizar diccionarios, marcar así las páginas en las que hay una enmienda.

Al margen de los comentarios más o menos profesionales sobre cómo Stamper accedió a este trabajo, qué pruebas tuvo que pasar en la editorial para hacer sus tareas o cómo son los diccionarios ahora, cuando casi todo el mundo acude a Google para buscar el significado de algo que no conoce, el libro tiene un notable interés por ese carácter documental que ofrece del día a día en las oficinas de una editorial. El silencio imperante, la rutina diaria de buscar palabras o significados nuevos en cualquier material impreso, la peculiar tarea del que se dedica a locutar palabras para un diccionario en línea o los distintos tonos con que los editores responden la correspondencia que generan los lectores son algunos de los aspectos que se van desgranando.

Cuando el libro ya ha levantado el vuelo y se hablado de cómo se ordenan las acepciones, qué pasa con las “malas palabras” o dónde se buscan los ejemplos que acompañan a las definiciones (entre otros muchos temas), Kory Stamper explica la polémica (diferida) que se generó en EEUU cuando el Eleventh Collegiate, un diccionario de Merriam-Webster, dio entrada a una acepción que enriquecía la definición de la palabra “matrimonio”, de manera que incluyera también la unión de dos personas del mismo sexo. Una historia rigurosamente documentada, con final divertido, en la que se puede apreciar cómo administrar una polémica en los tiempos en que el lío se puede montar por vía electrónica y con el amplificador de las redes sociales. Si hace unas décadas las tormentas a veces no salían de un vaso de agua, ahora el eco de algunos rebuznos puede sentirse en la Luna y, además, perdurar en el tiempo.

Es frecuente en el ámbito de la lengua española que se organicen campañas para pedir a las editoriales (o a la misma RAE) que eliminen definiciones de los diccionarios, que maquillen algunos significados, como si fuera tan fácil hacer lo propio en la vida real. Si los diccionarios recogen lo que se oye (y se ve) en el uso cotidiano de una lengua -como explica Kory Stamper para los hablantes de la lengua inglesa-, también está claro que cada realidad establece sus propias relaciones con las palabras que la conforman.

Nos lo mostraba Albert Pla Nualart en cuatro párrafos escasos. Lo explica en detalle Kory Stamper en casi 300 páginas gozosas.

Lloviendo piedras

Thomas B. Reverdy tenía cinco años escasos cuando Margaret Thatcher accedió al poder. Sonaban canciones de The Clash, Joy Division, David Bowie, The Sex Pistols o Marianne Faithfull y en Londres se estaba gestando una “revolución conservadora” que acabaría cruzando el Canal de la Mancha y afectando a todo el mundo, incluida la Francia natal de Reverdy.

Empezaba la década de los ochenta y en Londres se estaban sentando las bases económicas y sociales de un capitalismo feroz, sin límites, que seguimos padeciendo. Esa exaltación del individuo, esa demonización del sindicalismo, la suspicacias que generaba la sociedad en tanto que grupo de gente que puede unir sus fuerzas, todos esos argumentos hoy repetidos hasta la saciedad empezaban a escucharse en los discursos todavía titubeantes de la hija de un tendero que se haría famosa con un apelativo demoledor: “la dama de hierro”.

Los meses que encumbraron a la premier británica, cuando templaba el acero de su armadura, son los que recorre la novela “El invierno del descontento”, escrita por ese crío francés que empezaba a leer mientras la Thatcher acudía a clases de oratoria con el actor más famoso de las islas, Sir Laurence Olivier. El título tan evocador procede del “Ricardo III” de Shakespeare (no iba a ser Javier Marías el único que se apropiara de versos del bardo para titular sus novelas) y es como un mantra que se repite a lo largo de la historia. El Reino Unido bulle con un primer ministro laborista que no sabe afrontar la oleada de huelgas que se extiende por el país. Intenta recabar el apoyo de los escoceses a cambio de autonomía para Edimburgo y ahí encuentra la soga con la que se termina ahorcando. El punk se extiende entre una juventud que empieza resignarse al “No future” y las esperanzas de un país que supo resurgir de las cenizas de la guerra mundial se van ahogando en alcohol, con el que evadirse de un imperio decadente que no acaba de encontrar su lugar en el mundo.

Por las calles plomizas de Londres corre en bicicleta una joven actriz aficionada que se gana la vida como mensajera. Se llama Candice y no quiere casarse con un capullo, como le ocurrió a su madre, ni quiera atarse para siempre con un merluzo que le haga un par de hijos y luego se dedique a mirarle el culo a otras, como hace el marido de su hermana. Candice es la protagonista de esta novela febril, de capítulos breves que llevan títulos de canciones que nos trasladan a aquella época: “Working class hero”, “London Calling”, “Disorder”, “Anarchy in the UK”… y así hasta una treintena de temas que se pueden degustar en una lista creada en YouTube por Flammarion, la editorial donde se publicó el original francés, L’Hiver de mécontentement, finalista o ganador de algunos de los premios más prestigiosos de ese país.

La traducción que acaba de publicar AdN en castellano se lee con fruición, porque la trama avanza tan rápida como Candice por las calles de la capital inglesa. Alguna crítica ha señalado que “es una novela a lo Ken Loach”. Y algo de eso hay, aunque en las películas de Loach el paisaje se confunde con el paisanaje y todo parece perfectamente amalgamado. En la novela de Reverdy hay mucha documentación, que a veces puede parecer que asoma demasiado la patita. Es como si un lector francés medio necesitara de cierto contexto para entender del todo por qué las huelgas del transporte y los mineros acabaron aupando a la mujer que se convirtió en prototipo del liberalismo económico. O se muestran con precisión detalles sobre los primeros escarceos políticos de la Thatcher que un novelista paisano suyo hubiera soslayado por demasiado conocidos. Es lógico que en proceso de documentación sorprendieran a Reverdy y quisiera compartir con sus lectores ese saber adquirido. Es muy interesante a este respecto el blog del propio novelista, donde expone (fotos incluidas) la arquitectura de su novela, con muestras elocuentes del minucioso proceso de documentación.

Ese contexto documental que explica la muerte del laborismo tradicional abriga otra historia más cotidiana: los ensayos de una compañía de teatro amateur que quieren por escena Ricardo III. Entre bambalinas coincidirán Candice y la futura “dama de hierro” mientras la narración avanza hacia una escena culminante, con un teatro lleno a rebosar.

Una novela entretenida, que se lee en un suspiro. Se avecinaba una tormenta cuyos nubarrones no se han disipado. Y aquí nos cuentan cómo se gestó.

Alucinante y pesadillesca

“Pinturas de guerra” es un libro al que se puede acceder por cualquier resquicio pero del que no se sale indemne. El propio autor invita en el epilogo a jugar a la rayuela y “empezar por cualquiera de sus capítulos, no importa el orden, y siempre leerá la misma historia”. Los lectores harán suyo ese relato que comienza con una anécdota y se fundamenta en un equívoco: el protagonista (que puede ser un alter ego de Ángel de la Calle, autor de esta novela gráfica) viaja a París para documentarse y escribir sobre Jean Seberg. Una confusión con el taxista le conduce a una casa que no es la que le espera. Y todo empieza a rodar.

Antes, un breve prólogo de Paco Ignacio Taibo II (para nada prescindible por mucho que se empeñe el prologuista en ser modesto) augura emociones fuertes: “hacía meses que no me encontraba con ese tipo de obra que te cambia la vida, te la mejora”. Y despega el relato con una veintena de páginas que la editorial Reino de Cordelia tiene la gentileza de ofrecer aquí. Hay que coger aliento.

Hay una novela de Roberto Bolaño titulada “La literatura nazi en América Latina” que resuena cuando uno va pasando por las viñetas, atosigado, como si no fuera posible lo que está viendo. El propio autor alude al final a estos ecos. Al buscar en mi memoria caigo en la tentación de acudir a esa memoria global que es Google y me encuentro con un texto certero de la edición mexicana de Letras Libres. Decía José Miguel Oviedo hace casi quince años que esas páginas eran “absolutamente fascinantes y tienen una cualidad alucinante y pesadillesca”. Lo mismo puede decirse del arranque de “Pinturas de guerra”. Y de la continuación.

Lo que uno podía pensar que era una investigación entretenida acerca de una actriz con un encanto imposible de descifrar (basta recordar el famoso fotograma de Al final de la escapada) se convierte en una historia repleta de secundarios, con hilos que se entrecruzan y nombres de artistas latinoamericanos que han acabado en París huyendo de las dictaduras de sus respectivos países. Hay una pintora chilena, otro argentino, otro que se ha salvado de la matanza de Tlatelolco… y van saliendo nombres como Roberto Matta, Wifredo Lam, Juan Goytisolo, Julio Cortázar.

Esta “historia de historias”, como la ha calificado alguien, es una trama densa en la que París tiene un protagonismo esencial. La confusión inicial da paso a una sucesión de aventuras que van atrás y adelante en el tiempo, que por momentos cruzan el charco, que se asoman al abismo o que documentan la miseria en la que vivían en la capital francesa una miríada de inmigrantes que se confundían con refugiados o simples turistas mientras les acechaba un grupo de policías con escasos escrúpulos y menos vergüenza. Y las panorámicas de París van asomando por las páginas, quebrando esa estructura de tres líneas de viñetas tan amable para seguir esta conjunción de tramas repletas de guiños y referencias.

No es una historia sencilla de leer, precisamente por esa riqueza, pero sí es una novela gráfica a la que se vuelve con gusto, para intentar localizar alguno de esos muchos detalles que pudieron pasar desapercibidos en una primera y absorbente lectura: la cubierta que Vicente Rojo hizo para “Cien años de soledad”, la recreación de la icónica foto de Allende defendiendo el Palacio de la Moneda, la cubierta de “Rayuela” para Editorial Sudamericana, el cartel de “Bonjour tristesse”, las referencias a “El hombre en el castillo” de Philip K Dick…

Hay muchos momentos también de negrura. Las salas de tortura de la Escuela de Mecánica de la Armada, las salvajes prácticas que llevaban a cabo con los detenidos, el recochineo de los policías torturadores que acaban recogiendo medallas por su “defensa de los valores democráticos” son auténticos puñetazos en el mentón del lector.

NI la sonrisa de Jean Seberg puede con ellos.

Por ellas

“Tierra” es una de las palabras que aparecen con más frecuencia, desde el mismo título. Las mujeres, también en el título, son las grandes reivindicadas de esta obra que se define como “Una mirada íntima y familiar al mundo rural”. La ha publicado con éxito Seix Barral (lleva unas cuantas ediciones), ha generado expectación en los medios y lleva la firma de María Sánchez, “poeta y veterinaria”, según reza la descripción más frecuente en las reseñas.

“Tierra de mujeres” es un libro de difícil clasificación. Alberga una belleza sutil y puede parecer una evocadora colección de recuerdos familiares, pero es bastante más. Tiene mucho de alegato, y hasta de respuesta a esa mirada complaciente, urbana y masculina con la que se ha abordado tradicionalmente el campo en la literatura en castellano. Y es un altavoz para esas mujeres silenciadas que han sido protagonistas durante muchas generaciones pero han trascendido como meras secundarias. “Mi abuela no sabe de libros y cuadernos pero sí del frío y de la tierra”, dice la autora poco antes de reivindicarse como “parte de una estirpe de mujeres de tierra”.

María Sánchez es hija y nieta de veterinarios pero es la primera mujer de su familia en ejercer esta profesión. Mujer en un mundo de hombres (hasta hace poco), busca tiempo para escribir después de largas jornadas: “nuestro medio rural necesita otras manos que lo escriban, que no pretendan rescatarlo ni ubicarlo”. Y escribe con rabia contra esa literatura “que nos llama granjeros, que usurpa la voz de los que se manchan las manos de tierra y habitan entre campiñas y montañas”.

El texto bascula entre recuerdos que abrazan historias preciosas (como la de su bisabuela Josefa, que un día sintió la necesidad de despedirse de los alcornoques que habían jalonado su existencia mediante las sacas cíclicas del corcho de su corteza) y llamadas de atención a esas administraciones públicas y a esos medios que solo se acuerdan “del agro” cuando tienen que ir a pescar votos o se pone moda. “Conectividad, servicios básicos, educación, sanidad, cultura… ¿En qué momento hemos permitido que nuestros pueblos y sus habitantes no tengan los mismos derechos que los habitantes de las ciudades?

Cuando este libro empezó a hacerse un hueco en los suplementos literarios de los medios (Babelia, Abc, El mundo, eldiario.es son sólo unos pocos ejemplos de la amplia repercusión que ha tenido la moda de hablar de “la España vacía”, para oponerla a “la España vaciada” que defiende la obra de María Sánchez) un amigo curtido en mil batallas me recordó que ya hacía años que en su editorial (del ámbito rural pero sin que ello supusiera menoscabo para buscar temas y autores de interés) dedicaron un libro a las mujeres del ámbito rural.

Aquel libro se llamaba “Orosia. Mujeres de sol a sol”, se publicó a finales de 2002, con el sello Pirineum y sus editores lograron una verdadera constelación de autoras: Espido Freire, Mercedes Yusta, Carme Riera, Julia Otxoa, Maria Barbal, Soledad Puértolas, Ángela Labordeta… y así hasta casi la docena. El único hombre que firmaba un texto en esta selección de relatos era José Lera, un autor en aragonés cheso (de la Val d’Echo, en el Pirineo de Huesca) que evocaba en una canción a la más pequeña de una casa familiar, que parecía condenada, por su condición de mujer, a estar siempre al servicio de los demás.

Mientras avanzaba a toda velocidad por las escasas (e intensas) doscientas páginas de “Tierra de mujeres” me he acordado en diversas ocasiones de los distintos relatos de “Orosia”. Decía este libro en su contraportada que esta obra colectiva era “una reivindicación de la mujer como persona y como eje de una sociedad que la marginó sin comprender que su ausencia conducía al abandono”. Y remataba la excelente definición el contenido del libro señalando que todo estaba observado “a través de los ojos de la mujer, la única que lo entendió todo y a la que nadie dejó explicarlo”.

“Orosia” está agotado, desgraciadamente. Es un libro bien vivo que no ha perdido un ápice de sentido, con un contenido de nivel, enriquecido por fotos de gran calidad y en glorioso blanco y negro, de aquellas que dejaron los pioneros de la fotografía en sus incursiones en el campo. Tiene una edición cuidada y ofrece miradas muy sugestivas a realidades geográficas bien diferentes, con puntos de vista muy personales.

En cierto modo fue uno de los primeros hitos en esa literatura de compromiso con las mujeres y el ámbito rural, como es el libro que ahora triunfa, el de María Sánchez. Pensaba que un libro de estas características sería bien valorado en general. Pero al echar una ojeada a uno de los muchos reportajes que se han ocupado de él, caigo sin querer en los comentarios de los lectores y empiezo a leerlos. Provocan estupor.

Qué necesario es este libro.

Amalgama de identidades

Leo con impuntualidad cíclica cada novedad de Almudena Grandes. Sus libros pasan por otras manos antes de caer en las mías. La amiga que me los cede, firmados por la autora después de encontrarse ambas en Sant Jordi, los lee con devoción pero apenas me adelanta detalles. Otra lectora concienzuda suele enfrascarse en ellos antes de que yo pueda dedicarme. Como a esta lectora la tengo bien cerca puedo apreciar con qué cadencia avanza e intuir en qué momento me llegará el turno. Tampoco suele darme muchos detalles, pero es más fácil (por una cuestión meramente temporal) saber si en esta ocasión la historia me cautivará más que en el pasado, o al revés.

Con más de un año de demora he podido acceder a “Los pacientes del doctor García”, la cuarta entrega de los “Episodios de una guerra interminable”. Más de 750 páginas envueltas en una de esas subyugantes cubiertas de Tusquets, con ese negro tan elegante en torno a una foto coloreada que también tiene su historia.

Por distintas razones, los diferentes estadios de lectura de Almudena en nuestro particular circuito nos hemos ido demorando: No ayuda la abultada paginación y tampoco lo hace la complejidad del planteamiento, con personajes que van desplegando sucesivas identidades, entremezclando algunas de ellas, en una ceremonia de la confusión que es muy necesaria para hacer avanzar la trama, como lo fue en su momento (en pleno franquismo) para esquivar las vigilancias externas e internas, las de las potencias vencedoras de la segunda guerra mundial y las de las autoridades franquistas, siempre oportunistas y adaptando los pocos principios que tenían a las veleidades del momento.

El antepenúltimo de los episodios de Almudena Grandes (porque ya sabemos incluso los títulos y los temas de los dos que faltan por editarse) gira en torno a una red de evasión de nazis a través de la España franquista, para acabar en muchos casos cruzando el charco y tomar refugio en la Argentina de Perón. Clara Stauffer es el personaje central en esta trama de evasores, un personaje real en torno al cual se despliega un amplio abanico de personajes ficticios que toman características de muchas personas que sí existieron. Al final de la novela hay todo un dramatis personae, para que los (más o menos) atribulados lectores puedan cerciorarse de hasta qué punto han seguido perfectamente el hilo de la trama. Y hay también una nota de la autora que acaba poniendo orden en lo que por momentos parecía una trama absolutamente desbordante, y hasta desbordada.

El doctor García del título arranca protagonizando una historia que viajará por el Madrid sometido de la guerra civil pero también por el de los señoritos vencedores, que tendrá localizaciones en Berlín, en los bosques de Estonia en los que combatió la División Azul, en Buenos Aires, en las montañas leonesas, en el despacho de un congresista en Massachussets y hasta en el restaurante que regenta en Toulouse una vieja conocida de los lectores de esta serie.

Este viaje por medio mundo es también una sucesión de idas y venidas en el tiempo, desde los años 30 en el Madrid sitiado hasta la dictadura de Videla en Argentina. Los diferentes capítulos, de extensión muy diversa, van precedidos a veces de acotaciones documentales que ubican a los lectores y permiten que luego el relato fluya de una manera más libre, menos atento a detalles que otorguen rigor a costa de desviar el hilo narrativo.

Es sin duda la novela más compleja de la saga, la historia más ambiciosa de las que ha planteado hasta ahora Almudena Grandes, con ese desdoblamiento de identidades y esa sucesión de acontecimientos que llegan a obnubilar a los lectores. Hay, además, guiños a los seguidores más devotos (que debemos de ser muchos) y aparecen en el relato personajes de otras novelas de la serie (como la cocinera Inés de la primera entrega, su marido o la Manolita de las distintas bodas), así como hay un peculiar “cameo” de Pérez Galdós (inspirador con sus “Episodios nacionales” de estos otros), en forma de una lectura en voz alta de su “Trafalgar”. En esta precisa urdimbre de personajes, historias, conexiones con otras obras, alusiones a acontecimientos de todo tipo (como el concierto de Raimon en la Facultad de Políticas de la Universidad de Madrid) y tantas localizaciones, me ha sorprendido que se “cuelan” en la novela detalles que pueden parecer menores pero que alejan al lector cuando apenas está entrando en la historia.

Al principio hay unos cuantos encuentros sexuales con menciones a “follar”, “pollas” así como una liberalidad en una mujer de derechas que parecen fuera de sitio. Mucho más adelante se describen hábitos de consumo que parecen más propios de hoy que de los años sesenta: reservas de varios meses para ir a comer en un restaurante con estrella Michelin no parece de recibo hace medio siglo, cuando comer (incluso en Francia) era satisfacer una necesidad antes que atender un esnobismo de atesorar visitas en restaurantes de postín.

La narración, de puro ambiciosa, parece caer en concesiones a la galería cuando aparecen detalles como los mencionados. Y la sólida trabazón de una historia tan compleja se muestra descuidada. Quizá no es la mejor novela de la serie, pero sí se nota el aliento narrativo de la autora, a la que imaginamos sepultada en hojas y hojas de documentación mientras va pergeñando las dos novelas que nos quedan por leer. Y que abordaremos siguiendo escrupulosamente el protocolo establecido. Que vayan pasando las novelas por todas las manos que sean necesarias.      

Tu nombre es el mío

Una búsqueda apresurada en Google de las palabras “Antonio Navarro”, entre comillas, arroja un millón y medio de resultados. Hay un senador colombiano, un pianista, el responsable de una empresa de calefacción, un fotógrafo y hasta la víctima de un reciente asesinato. Biografías bien distintas enlazadas por un mismo nombre, biografías homónimas.

“Homónimos”. Así se titula el cómic de otro Antonio Navarro, nacido en 1959, que escribe y dibuja sobre otras personas que comparten nombre con él y que, por el mero hecho de existir, han hecho cosas que merece pena contar.

La fortaleza de este cómic, publicado por Norma en 2016, radica en la variedad de planteamientos gráficos que ofrece Navarro al mostrar las historias de sus homónimos. Uno de ellos es un anarquista en plena guerra civil, detenido en el castillo de Montjuïc; otro es un escultor cuya obra más famosa está en el considerado “centro radial de las Españas”; hay un Navarro que hubo de adoptar este nombre para no ser castigado con la hoguera o la expulsión, y otro que se fue de putas en una silla de ruedas, por una autopista, hasta convertirse en un famoso efímero, que tuvo su cuarto de hora de gloria en la prensa gallega. Hay más antonios navarros, cada uno con sus propias características gráficas, en este cómic apoteósico que requiere del lector la máxima atención. Y que se ve recompensado al final por haber acudido a la llamada.

Con línea clara, con entintado rojo en consonancia con la salvaje historia, con el preciosismo de un manuscrito medieval magníficamente ilustrado, en un glorioso blanco y negro, con unos encuadres que remiten a films experimentales… todo sirve para explicar las vidas de diferentes personas que se llaman igual que el autor del cómic. El enlace entre cada una de ellas son un par de “extraños archiveros” que vagan por un mundo en sombras mientras comparten dosieres y dan paso a una nueva historia.

Las últimas páginas del cómic son apoteósicas. Un niño fanático de los cómics de Tintín recuerda en una especie de diario personal, con esa letra ligada típica de los Cuadernos Rubio, el día en el que paseaba por el centro de Madrid. Allí, alguien llamado como él, asistía a la inauguración de una estatua.

Él no lo podía intuir pero estaba empezando a dibujarse este álbum que tenemos en las manos.  Un día gozoso.

Casciari, cuentos en todos los formatos

Mi voracidad lectora se encontró hace poco con la horma de su zapato: la grafomanía de un tipo que me sonaba pero al que no tenía constancia de haber leído. En la mesa de intercambio de libros de una biblioteca de Barcelona se acumulan enciclopedias incompletas y libros de aquellos que regalaban los bancos y a veces uno se topa con sorpresas. Fue el caso.

Con un título llamativo y un subtítulo provocador, los de Plaza & Janés montaron en 2007 una cubierta que llamaba la atención por un detalle sutil: reproduce la etiqueta de la cerveza Quilmes, la birra argentina por antonomasia.

Recordé el nombre del autor porque de vez en cuando asoma por mi Twitter y enseguida me acordé de un amigo español que casó en Argentina, se fue a vivir allá, volvió por aquí e intuyo que le gustará cuando le regale esta recopilación divertida de textos que parecen elaborados sin orden ni concierto pero que tienen mucha miga y están abrochados con una declaración de amor. Casi nada.

Hernán Casciari tiene una web en la que uno podría quedarse a vivir, leyéndolo, escuchándolo, abriendo puertas que no se sabe qué encierran, riendo con él, a veces frunciendo el ceño en desacuerdo, sintiéndolo tan cercano en esa disociación entre dos mundos en la que parece vivir.

En este libro de apariencia jocosa se habla a menudo de esa sensación de atender dos realidades, separadas por un océano: su Argentina natal y la Barcelona en la que ha arraigado, con hija incluida fruta de su relación con una catalana. “Si entrásemos a hurtadillas en el ordenador portátil de cualquier desconocido, y estudiásemos brevemente el historial de los diez últimos periódicos que ha visitado, sabríamos en qué patria piensa, en qué patria le preocupa, cuál lo desvela, con independencia de dónde haya elegido vivir, o dónde le haya tocado. Creo, entonces, que hay una nueva y moderna concepción de identidad y quisiera resumirla en cinco palabras: «Somos de donde necesitamos saber»”.

Tengo marcado otro texto en el que diserta sobre las palabras: “¿Será muy difícil mandar a la mierda a todas las palabras que no tienen nada que ver con su significante, y empezar a hacer como los yanquis, que a «deténgase por el amor de dios» le dicen «stop»?”. Y leí varias veces otro muy ingenioso en el que argumenta la teoría de que la edad de los países hay que dividirla por 14 (al contrario que la de los perros, que hay que multiplicarla por 8) y así se entiende todo un poco mejor: los 200 años de Argentina son en realidad unos 14, “la edad del pavo, es rebelde, pajera, no tiene memoria, contesta sin pensar y está llena de acné”. Francia es una separada de 36 años, Italia es viuda desde hace tiempo, vive cuidando a San Marino y el Vaticano; Suecia y Noruega son dos lesbianas de treinta y nueve, “que están buenas a pesar de la edad y no dan bola a nadie”; Irán e Irak eran dos primos que robaban motos y vendían los repuestos, hasta que un día robaron un repuesto a la motoreta de EEUU y se les acabó el negocio…

¿Y España? Casciari lo deja para el final y no tiene desperdicio. Para saberlo, hay que leer el libro… o entrar en su blog, donde están todos los textos de este libro, y también muchos otros que merecen un alto en el estrés diario, para soltar adrenalina.

Mientras seguía dándole vueltas a este libro hallado por casualidad me tropecé esta misma semana con uno de los textos que Jorge Carrión (aquí sentimos veneración por él) escribe en The New York Times en español. Y allí estaba Casciari. Como ejemplo de las expectativas que se le abren a la literatura, que quizá acabe siendo más escuchada que leída, gracias a las nuevas tecnologías, a las aplicaciones que abren rumbos desconocidos y posibilidades impensables no hace tanto.

Los que se adentren en el texto de Carrión, además de acompañarle en sus indagaciones sobre el futuro más o menos cercano, se encontrarán con un regalo. Merced precisamente a las posibilidades que abren los hiperenlaces, se puede disfrutar del mencionado texto acerca de la edad de los países en un vídeo alojada en You Tube en el que Casciari luce en todo su esplendor.

Casciari por tierra, mar y aire.