Un palimpsesto

El atractivo de la Barcelona literaria ha permitido en los últimos años que se hayan trazado numerosos itinerarios por los paisajes que transitan los personajes de Carlos Ruiz Zafón, por las plazas de Gracia que recorre la Colometa de Mercè Rodoreda, por la Rambla de Orwell, por el Raval de Pepe Carvalho, por las calles que transitó el Quijote o por los bares que iban cerrando, borrachos como topos, los poetas que buscaban refugio en el Paralelo. En este enlace se pueden ver algunas de ellas, con PDFs descargables que permiten visitar la ciudad de una manera muy entretenida. No sé si todavía funcionará la app Literápolis, que puso en marcha el Ajuntament hace unos años y que invitaba a una gimkana repleta de preguntas y retos que también mostraba unos paseos diferentes por espacios tan emblemáticos como el Parc de la Ciutadella, Sarrià o las calles del Barri Gòtic.

Esa aureola de ciudad literaria es la que cultiva un conjunto de relatos, publicado por Comanegra en 2019 con el título de “Barcelona nua”, traducción del italiano “Barcelona desnuda”, a cargo de Amaranta Sbardella, traductora de al italiano de obras canónicas catalanas, tanto de ayer (Incerta glòria) como de hoy (Permagel). Y el libro, que es desigual porque su planteamiento mismo casi le obliga a serlo, es una fiesta para los devotos de la capital catalana.

Una “fiesta intertextual” dice David Guzmán en un prólogo que es toda una invitación a participar de este juego literario. Hay personajes míticos que se ven liberados de las historias que los hicieron inmortales (la Andrea de “Nada”, el citado Carvalho y su inseparable Biscuter, el Onofre Bouvila de “La ciudad de los prodigios”, las putas del Barrio Chino) y hay otras obras, como el cuadro “Garrote vil” que cobran vida y posibilitan que Sbardella recree la presencia de Ramon Casas tomando apuntes mientras Aniceto Peinador, el homicida del crimen de Banys Vells, sube al estrado donde será ajusticiado.

Amaranta Sbardella va cambiando de registro y recrea el género epistolar de “Incerta glòria” para contar cómo se vivía en la Barcelona bombardeada por los Savoia italianos, con un cameo también epistolar del George Orwell convaleciente de sus heridas de guerra y decepcionado por las luchas intestinas que asfixian a sus correligionarios. Narra en forma de crónica dolorida los pasos del detective de Vázquez Montalbán por la ciudad que nació en torno a los Juegos del 92. Y elabora un magnético travelling desde la Estació de França hasta el número 36 de la calle Aribau por el que va desfilando toda la ciudad, que vemos a través de los ojos estupefactos de Andrea, la inolvidable protagonista de la novela de Carmen Laforet.

Se trata de jugar y, aunque haya algún texto donde se amontonan los referentes y se antoja una manera de hacer público el agradecimiento a algunos de los mentores de esta colección de cuentos, la lectura es un canto de amor a la ciudad. Una manera de reescribir, de seguir imaginando, de resucitar espacios y personajes que hicieron de las calles de Barcelona un espacio único, o mejor, la suma de muchos lugares inolvidables.

La cruda sinceridad de Marsé

Creo que fue Gore Vidal el que explicaba a raíz de la publicación de sus memorias que a uno de sus amigos le dedicó su ejemplar en la página del índice onomástico en la que aparecía su nombre. Cuando este quiso saber por qué, Vidal le replicó que sabía que era lo primero que iba a mirar, para saber en qué lugar (y cuántas veces) era mencionado. Me he acordado de este malicioso proceder al leer la introducción de Ignacio Echevarría al libro póstumo de Juan Marsé, “Notas para unas memorias que nunca escribiré”, editado por Lumen en marzo de 2021, meses después del fallecimiento del escritor barcelonés. Explica Echevarría en un fantástico prólogo titulado “Escribir y nadar” (basta con leer unas cuantas páginas para entender por qué ese título) que “tal vez no esté de más añadir que se ha desestimado equipar este volumen con un índice de nombres, que acaso el lector curioso eche en falta”. Y argumenta: “la razón es evitar la consulta descontextualizada de las menciones a veces muy cáusticas que […] Marsé prodiga. Tales menciones encuentran su asiento en el caudal de observaciones de todo tipo que trazan el tejido de sus días, y su lectura aislada distorsiona tanto sus intenciones como sus alcances”.

Coincido en buena medida con Echevarría, que ha tenido un cuidado especial al presentar estas memorias, documentando con precisión al final, en más de 100 páginas, las entradas de este diario que Marsé llevó en 2004 como una especie de penitencia (así lo dice en más de una ocasión) pero que completó con paciencia y perseverancia. Explica el prologuista que lo hizo en una agenda en la que tampoco había mucho espacio libre cada día, lo que seguro facilitó la dedicación de Marsé al tiempo que creaba algo parecido a los tuits de hoy: pocas palabras, muchas veces contundentes, que tan pronto se ocupan de una discusión doméstica con Joaquina (su mujer) como de un whisky con Joan de Segarra en el bar del Majestic, una visita al despacho de su agente Carmen Balcells, una escapada a su casa de Calafell o un apunte sarcástico sobre un periodista, un político o una joven escritora en busca de consejo.

Uno de los protagonistas incuestionables de este día a día es su nieto Guille, que le reclama dibujos sin parar, casi siempre de Batman. Es entrañable imaginar al escritor en batín, sentado codo con codo con el pequeñajo mientras le dibuja al superhéroe (hay varios ejemplos en este libro, que también incluye unas cuantas páginas en color con reproducciones facsímiles de las hojas de la agenda y de otras libretas que aparecen reproducidas). El año de diario, 2004, fue además el de los atentados de Atocha, justo antes de las elecciones, con las consiguientes maniobras del gobierno de Aznar para engañar a la ciudadanía acerca de la autoría de la salvajada. Las páginas que dedica Marsé a esos días son impagables, breves, demoledoras.

Para los lectores de la biografía autorizada que hizo Josep Maria Cuenca hace unos años, y que comentamos aquí, quizá no haya demasiadas sorpresas en este diario, al menos en lo tocante a las bestias negras de Marsé (Porcel, Umbral, Goytisolo [Juan y Luis], Pilar Rahola, el productor de cine Andrés Vicente Gómez, casi todos los articulistas de El Mundo) pero sí que sorprenden algunos cáusticos comentarios sobre periodistas culturales o compañeros de pluma, como la anécdota explicada en varios días sobre un premio Cervantes que fue a parar a otras manos mientras el presidente del jurado (otro escritor siempre en el candelero) le aseguraba que había hecho todo lo posible para que lo ganara Marsé, cuando en realidad había sido uno de los impulsores del que acabó siendo galardonado. Estos comentarios, tan salvajes a veces y sin necesidad de misteriosas X como acostumbran otros diaristas, tienen mucho que ver con la coyuntura del propio 2004, con los atroces atentados del mes de marzo, las efemérides variadas que se suceden o las acciones del tripartito que entonces gobernaba Cataluña.

Cuando llega el 5 de enero de 2005, tres días antes de su 72 cumpleaños, Marsé da carpetazo al diario con una queja recurrente: “Y termino este sonso diario convencido más que nunca de la persistencia de mi desidia, mi absoluta desgana en bucear dentro de mí mismo. Queda demostrado que no hay asunto que me aburra tanto como hablar de mí mismo”. Los lectores curiosos no lo vemos así: durante esos doce meses trabajó duramente en Canciones de amor en Lolita’s Club y sabemos por boca del autor lo duro que fue para su autor reconvertir un guion en una novela e ir corrigiendo, algo en lo que, sin embargo, disfrutaba. También descubrimos los mimos que le prodigaban sus editoras (“mi rubia preferida”, llama a Elena Ramírez), sus rutinas de lector de tres diarios o su evocación permanente de los años de la infancia, cuando su familia lo mandó lejos de la Barcelona bombardeada en la guerra.

Se cierra el diario y estas “no-memorias” se enriquecen con la trascripción (dibujos incluidos en algunas ocasiones) de tres libretas que Marsé guardó (junto con muchas otras) y en las que iba haciendo anotaciones de todo tipo: “Estoy envejeciendo. Los sueños son cada vez más oscuros, retorcidos, extraños” (2007),    “La literatura es el deseo ajustando cuenta con la realidad” (2009), “El peinado del president de la Generalitat Puigdemont ha sido declarado de Interés Turístico Internacional, y el procés de Interés Turístico Regional” (2017), pero donde también hay espacio para anotar minuciosamente la veintena de pastillas que tomaba, atado al final de su vida a un aparato de diálisis nocturna que decía le había robado hasta los sueños.

Es tan jugoso seguir anotando aquí sus diatribas contra unos y otros que me temo que podría ser reduccionista y entiendo mucho mejor la voluntad de sus editores de no dar carnaza a los lectores sedientos de sangre. Un solo año, escrito a regañadientes y obligado a ser conciso por culpa del espacio reducido de la agenda, nos muestran, no obstante, a un escritor en plena forma, consciente de que quizá sus grandes obras ya habían sido publicadas pero con ganas de pelear y defender su concepto de la literatura. En este sentido tampoco tiene desperdicio lo que ocurrió en torno al premio Planeta, del que aceptó ser jurado y de donde marchó dando un portazo.

Son solo unas notas para unas memorias que nunca escribió aunque algunos suspiremos por que haya algún cuaderno más en sus archivos, alguna agenda a la que seguir dando publicidad. La cruda sinceridad de Marsé, aunque duela en más de una ocasión, ayuda a sobrellevar tanto pensamiento políticamente correcto.

La senda amarilla

“No fue así pero pudo haber sido”. Lo dice lacónicamente delante de la casa espaldada donde jugó de crío cuando iba a visitar a su abuela. Es un hombre de 83 años, que lleva veintiuno jubilado, recién llegado de Benidorm a donde ha ido tomar el sol para compensar el que le faltará cuando el invierno se abata sobre el Pirineo. Se apoya en un palo y se muestra repleto de vitalidad. Está hablando a un grupo de caminantes que han llegado hasta Ainielle, en la despoblada zona del Sobrepuerto aragonés.

Este pueblo abandonado, lejos de todo, en medio de un paisaje espectacular de bosques que antaño fueron pastos y huertos aterrazados, es el escenario de “La lluvia amarilla”, la novela de Julio Llamazares publicada en 1988 por Seix Barral. Y cada año (salvo el pasado, porque todo quedó detenido), cuando llega el primer fin de semana de octubre, se organiza una marcha llamada “La senda amarilla”, que arranca en Oliván (el núcleo habitado más cercano), pasa por Berbusa (ahora abandonado) y termina tres horas después en Ainielle, a 1400 m de altitud. El pueblo no resucita, porque las zarzas invaden las paredes que quedan en pie, pero por sus ruinas pasean más de cien personas con botas de montaña y camisetas de colorines, que buscan entre las ruinas los espacios que rememora el narrador en primera persona de la novela de Llamazares. Los caminantes dispuestos a hacer un kilómetro más se llegan hasta el molino que tan fundamental resulta en el relato.

Ahí el protagonista se encuentra con esa lluvia amarilla que da título a la novela, justo cuando marcha el último vecino con el que compartían sus cuitas diarias el narrador y Sabina, su mujer.

Este monólogo áspero y desencantado, que empieza a enrollarse como una espiral de recuerdos la última noche de 1961, con un detonante que no se puede desvelar sin quebrar el eje del relato, está atravesado de una tensión que no ha perdido un ápice de su fuerza en las tres décadas que lleva enfrentándose a los lectores. Si cuando se publicó, los lectores (urbanitas sobre todo) descubrieron qué desoladas historias escondían las casas que se derruían en el entorno rural, sometidas a los rigores del clima y huérfanas de sus moradores; ahora se puede rastrear en “La lluvia amarilla” esa memoria tan reivindicada de las generaciones que construyeron el país aun a costa de sus propias vidas.

El monólogo del narrador que protagoniza también esta historia, cuyo nombre se desvela al final, es un soliloquio desesperanzado, un recuento de pérdidas, la evocación de un lugar y sus gentes y hasta un recorrido original por la Historia de España, vista desde un mundo rural que agoniza en el que es demasiado duro hasta respirar. Este relato que avanza morosamente con descripciones detalladas se va acelerando en el último tercio. Los capítulos son más breves, como fogonazos que se avienen a las decisiones valientes y drásticas que ha tomado el protagonista, a fin de quedar en paz con el escenario de su vida.

Al caminar el otro día por ese paisaje majestuoso, tan verde en este arranque de otoño, uno busca las hojas amarillentas caídas de los árboles y, extrañamente, sólo encuentra vida alrededor de unos muros medio derruidos, en los que apoyan vigas renegridas por la podredumbre y donde se ve el cielo azul porque las techumbres hace años que se vinieron abajo.

Han pasado casi 60 años desde que se fue el último vecino de Ainielle. Su historia la fabuló un escritor nacido también en un pueblo que ya no existe y, de las muchas frases imperecederas de esta obra inmarcesible, hay una que parece contradecir la esencia misma de los recuerdos: “el tiempo es una lluvia paciente y amarilla que apaga poco a poco los fuegos más violentos”.

Los cuentos del “canalla”

Muchos años me ha costado agenciarme los cuentos de Roberto Fontanarrosa. No recuerdo cuándo fue la primera vez que leí recomendaciones a cargo de voces tan autorizadas y diferentes como Enric González, Hernán Casciari, Martín Caparrós o Jorge Valdano. De hecho, este último publicó un relato sobre fútbol en una recopilación en torno al llamado “deporte rey” que parece una recreación de un relato de Fontanarrosa. Sin su mala leche, eso sí, sin ese humor incomparable que cultivaba en sus viñetas y que debió de presidir su propia vida.

Me encuentro por fin con el primer volumen de los “Cuentos reunidos” que publicó Alfaguara en 2003 (poco años antes de que falleciera Fontanarrosa) y parece que han sido bastantes los lectores que han pasado por sus páginas, en una biblioteca pública de Barcelona. Las más de 8oo páginas de este libro las voy degustando poco a poco, en un ritual nocturno que empezó con las vacaciones de agosto y que ocho semanas después no tiene pinta de terminar.

“El mundo ha vivido equivocado” es el título de uno de los más de cien relatos que aparecen aquí, agrupados en cinco recopilaciones de las que es fácil ver sus cubiertas originales en internet, siempre con esas ilustraciones que lo hicieron imprescindible en su país. El trazo apresurado, las narizotas de sus personajes y esos bocadillos con diálogos repletos de ironía son marcas de la casa. Estos cuentos son desopilantes.

Uno empieza a leerlos esperando que el fútbol sea omnipresente, pero el asunto se demora. Y cunde la sorpresa con esos retazos de surrealismo que destila un cuento en el que los coches son atacados por otros medios de locomoción. La historia del torero que teme salir al ruedo y no sabe a qué superstición aferrarse para seguir con vida más allá de su faena acaba de manera delirante. Los encuentros con la fauna que frecuentaba El Cairo (un café en el que recalaba el propio cuentista) son una maravilla, con esa habilidad para recrear diálogos y esa concatenación de insultos que bordan los paisanos de Fontanarrosa. El fútbol aparece de refilón y algún relato me recuerda a “El desafío”, esa canción inolvidable de Rafael Amor, otro argentino que tenía una traza especial para combinar ternura, humor y compromiso.

Cuando llevo ya 600 páginas aparece un relato de una docena escasa de páginas que condensa todas las virtudes de la literatura futbolera fontanarrosiana (seguro que existe ya este término). Su pasión “canalla” por Rosario Central (y, por ende, su menosprecio a los “leprosos” de Newell’s Old Boys, los “Ñuls” del estratosférico Messi), el humor cafre, las descripciones minuciosas de pequeños detalles que van perfilando a los protagonistas del relato, la milimétrica evolución de la historia… todo esto sale en “19 de diciembre de 1971”, título del cuento y fecha de un partido cuyo resultado podría influir en varias generaciones de rosarinos (la exageración es también marca de la casa). Y para que el resultado sea del agrado de los canallas, un grupo de aficionados se afanan a conseguirlo. El final es apoteósico, no por esperado.

Tantas semanas tomando mi dosis diaria de Fontanarrosa hicieron que rápidamente me habituara a ese ritmillo que, salvadas las distancias, me recordaba al cine inverosímil de Fesser y su “milagro de P. Tinto” pero que continuamente me traía a la memoria esas maravillas que ponían en escena Les Luthiers. El gusto por la anécdota aparentemente menor, la delectación en poner nombres y dos apellidos a casi todos los personajes, de apariencia estrafalaria en su denominación pero con una musicalidad incuestionable, los giros humorísticos y las resoluciones paradójicas me recordaban invariablemente a las mejores creaciones del quinteto de trajeados. Y entonces descubro que Fontanarrosa tuvo mucho que ver en los guiones de Les Luthiers.

Como aún me queda otro volumen de cuentos, otras 600 páginas en la que buscar esta bendita relación, ya empiezo a salivar intuyendo lo me que espera.

Aub y Buñuel conversan

Desconocía la relación que había entre dos aragoneses ilustres, sordos ambos en su vejez: Santiago Ramón y Cajal y Luis Buñuel. Y descubro en palabras del cineasta calandino que trabajó para el sabio en una tarea que parece presagiar una de las imágenes icónicas de su cinematografía: “estando en el Museo de Ciencias Naturales en Madrid, en el laboratorio de entomología, del cual era director don Ignacio Bolívar, un sabio especialista mundial en ortópteros […], que un día me encargó que limpiara unas córneas de no sé, un fasgonúrido, un grillo, una especie de saltamontes. Y había que cortar la córnea con unas tijeritas, muy delicadamente, y luego con un pincel por el interior de la córnea se limpiaba con acido sulfúrico […] Entonces se pegaba en una platina de microscopio. Se pegaba la córnea, con una especie de cola muy transparente, y se reflejaba en un bastón, y se hacía una microfotografía por detrás, y se veía en cada uno de los hexágonos de la córnea reflejado el objeto. Eso fue hecho para Cajal”.

Aparece este texto, enriquecido con otros detalles menores, bajo el epígrafe “Insectos”, dentro de un libro fascinante, titulado “Max Aub / Buñuel. Todas las conversaciones”, publicado por Prensas de la Universidad de Zaragoza en 2020. Más de 1000 páginas en dos volúmenes que han sido galardonadas con el Premio nacional a la mejor coedición y al que únicamente se le puede objetar que el papel sea tan rígido y de tan complicada lectura, en volúmenes tan abultados. Todo lo demás es un goce. La edición corre a cargo de Jordi Xifra, que alimenta un blog sobre Buñuel que es referencia ineludible para todos los que disfrutamos de la filmografía y, sobre todo, la peculiar personalidad del sordo de Calanda.

En el primer volumen (con el subtítulo “El hombre”, igual que el segundo lleva el epígrafe de “El artista”) se suceden cientos de entrevistas que Aub llevó a cabo a lo largo de varios años para elaborar una peculiar biografía de su amigo el cineasta. Ambos vivían en México, el primero exiliado, el segundo había llegado por causas diversas, casi en la pobreza. A lo largo de los años en que se van acumulando estos cientos de horas de entrevistas, ambos se verán y hasta se cartearán desde diversos puntos de Europa. Todo transcurre entre 1969 y 1972 y a las conversaciones entre Aub y Buñuel se suman las que escritor mantiene con todo tipo de personas que, en algún momento de sus vidas, coincidieron con el cineasta.

Precisamente al hablar de los insectos, que fascinaban a Buñuel, Max Aub entrevista a Cándido Bolívar (hijo del Ignacio Bolívar mencionado al principio), y éste explica que los ojos de las libélulas tienen hasta veinte mil facetas, “un ojo compuesto funcional” y pasan a charlar después del pavor que Buñuel sentía ante las arañas y mencionan que también tienen ojos con diversas facetas para captar mejor el mundo. Así es este libro, o mejor dicho, así está compuesto, en facetas como los ojos de algunos insectos.

Esta enumeración de conversaciones con familiares, amigos, admiradores, colegas de profesión, compañeros de borracheras… permiten vislumbrar de manera poliédrica aspectos nimios de la biografía de Buñuel pero también momentos estelares de su carrera cinematográfica. En este sentido, es muy interesante (y verdaderamente divertido) oponer sin cortapisas las opiniones de Domingo Dominguín y Gustavo Alatriste en torno a la producción (coronada con éxito y premios) de “Viridiana”, la bofetada con mano abierta que Buñuel le dio al régimen franquista posiblemente sin pretenderlo. Aub pregunta por separado a ambos “productores” y muestra a los lectores las acusaciones que ambos se cruzan, para dejar también que Buñuel dé la puntilla, con su particular opinión. Son pocas páginas pero valen por todo el libro.

Como son memorables también las entrevistas con Dalí. Va encadenando boutades, comienza dando vivas al rey de España, justifica sus simpatías franquistas, poniendo a parir a Buñuel y soltando frases con voluntad de generar titulares: “Solo se pescan monstruos con mar tranquila”, “Yo sé quién menstrua en Las Meninas de Velázquez”, “Picasso pinta para idiotas”, “Lo único que cuenta para mí son los dólares”… Cuando Aub recaba la opinión que Buñuel tenía del pintor ampurdanés, el de Calanda es claro: “Un hijo de puta. Él fue el responsable de que me pusieran en la calle en Nueva York. Pero durante muchos años, de los veinte a los treinta, fue mi mejor amigo”.

Es imposible hacer una mínima selección de las opiniones que Buñuel va desgranando en estas charlas con Aub: pone a bajar de un burro a Chaplin, con bien pocas palabras; habla con admiración infinita de Ramón Acín, el anarquista oscense que financió “Las Hurdes” y del que ya hemos hablado aquí varias veces; recuerda con una mezcla de cariño y cabreo a Federico García Lorca, recrea varias veces el curioso episodio de calzarse los zapatos de su padre, recién muerto, como si quisiera cerciorarse de que tenía los galones para sucederle al frente de la familia, se vanagloria de algunas gamberradas míticas cometidas en sus años de la Residencia de Estudiantes… Es igualmente imposible destacar solo algunas de los recuerdos que van desgranando quienes lo conocieron, en las etapas más dispares de su vida, ya sea de estudiante burgués en Madrid o de surrealista diletante en París, de cineasta trabajando para Rockefeller en Nueva York o de artista consagrado por los premios de Cannes o Hollywood.

Buñuel no se acaba nunca. Y Aub, menos. Hace años leí, en una edición preciosa de Cuadernos del Vigía, “Luis Buñuel, novela” (2013), la obra en la que estaba trabajando Aub cuando un infarto se lo llevó en 1972. Todas estas conversaciones formaban parte de la copiosa documentación que iba acumulando para tratar de narrar la vida de su amigo. La novela no llegó a redactarse. Una selección de estas conversaciones se publicó en los años ochenta, con abundantes errores por lo visto en cuanto a la adjudicación de declaraciones. La novela que vio la luz en 2013, a cargo de Carmen Peire, fue un acontecimiento para los que admiramos a ambos autores.

La publicación ahora de las conversaciones completas es como un postre suculento. Y lo mejor es que aún me queda el segundo volumen, que promete. En el índice anuncian que hablan de religión, sexo, surrealismo, sueños…

Casi nada.

Admirado Saramago

Para entrar en materia y preparar el gran viaje de este verano de restricciones busqué los Cuadernos de Lanzarote, que publicó Alfaguara hace unos años en diversas ediciones. Uno de los grandes atractivos de la isla era visitar la Casa de Saramago pero sucedían las semanas y “debido a la situación” la web anunciaba que la casa permanecía cerrada. Avanzaba en la lectura de los dos primeros volúmenes y maldecía por estar tan cerca y perder la oportunidad de conocer ese ámbito tan personal que a veces aparecía en las páginas de estos cuadernos. El jardín con las vistas del Atlántico, la casa por donde merodeaban esos perros que Pilar del Río acababa acogiendo aunque fueran a escaparse, el viento que azotaba esos árboles que poco a poco iban arraigando. Cuando faltaban dos días para tomar el avión se anunció que la casa del escritor portugués volvía a abrir sus puertas y debí de ser de los primeros en reservar cita, que luego tuve que cambiar por contingencias del viaje pero que terminó siendo realidad.

A los mitómanos nos hace falta poco para cultivar esta manía de estar “cerca” de las personas admiradas y la visita a la Casa José Saramago fue un recorrido en el que muchas curiosidades quedaron satisfechas por el guía que tuvo la gentileza de abrirnos sus puertas. La dificultad que entraña mostrar un espacio tan íntimo, en el que por sorpresa apareció apresurada Pilar del Río y se escabulló desde una puerta que se abrió en el despacho del escritor, se puede apreciar en que algunos espacios están repletos de vida, como si empezara a silbar la cafetera en la cocina o sonara el timbre para recibir a una visita.

En el momento en el que paseé por las distintas estancias o me asomé a ese jardín de tierra volcánica desde el que se atisba el mar llevaba leídos los dos primeros cuadernos, que abarcan desde 1993 a 1995. Hace muchos años que leo a Saramago, antes incluso de que fuera premiado con el Nobel, y tuve una época en la que devoraba uno tras otro todo lo que había publicado, disfrutando de esas conexiones que hacía entre personajes de distintas novelas, a los que hacía aparecer a hurtadillas en obras posteriores y con los que establecía un juego de complicidades que a los lectores nos urgía a buscar pistas. Hace solo unos días, en el aluvión de homenajes que se han sucedido para celebrar el centenario de Fernando Fernán Gómez (el año que viene se cumple el del propio Saramago), rescató Babelia un diario que empezó a escribir el venerable actor en 1952, cuando tuvo ocasión de ir a rodar una película a Italia. Y en un momento decía: “esto de los diarios es un problema porque, como se escriben, por lo general, en las horas de la noche, si son sinceros resultan siempre o casi siempre o documentos para el psiquiatra o excitantes para bachilleres, y si no lo son, evidencian enseguida su falsedad, porque a ninguna hora es tan difícil mentir como a la del silencio”.

Imaginé enseguida a Saramago escribiendo en su despacho, con los libros a la espalda y diversos recuerdos colgados en las paredes que le rodeaban, de noche, con ese viento lanzaroteño que en determinadas épocas del año se hace especialmente audible. Y creí entrever ese mohín travieso con el que parecen escritas muchas de las páginas de esos cuadernos. Por ejemplo, al escribir sobre sus eternas cuitas con los sectores más retrogrados de la sociedad portuguesa, los mismos que lo demonizaban por haber humanizado demasiado a Jesucristo en su “evangelio” y esa venganza servida en plato frío que suponía el ir acumulando en el extranjero los reconocimientos que le negaban algunos en su país. O cada vez que se acercaba el mes de octubre y se había de anunciar ese premio al que parecía ser eterno candidato, como su admirado Borges. También debía de sonreír por lo bajinis cuando escribía sobre otro de los lugares comunes a los que se enfrentaba en las entrevistas: su inveterada militancia comunista y su compromiso a la hora de abordar cuestiones políticas, algo que algunos colegas de oficio le afeaban, quizá para no tener que pronunciarse ellos y dejar patente su egoísmo. Se ve en la entrada del 25 de noviembre de 1993, donde rescata un texto que ha escrito para la revista Tiempo: “Los gritos del mundo llegaron finalmente a los oídos de los escritores. Vivimos los últimos días de aquello que, en nuestro tiempo, se llamó ‘compromiso personal exclusivo con la escritura’, tan querido por algunos, pero que como opción de vida y de comportamiento es, esencialmente, tan monstruoso como sabemos que es el compromiso exclusivo con el dinero y el poder”.

Si escogí estos cuadernos para acompañarme en los preparativos del viaje a Lanzarote no fue porque esperara de ellos propuestas de rutas turísticas ni descripciones detalladas de la bondad de su paisaje o sus gentes. Pero fue un placer recorrer los Jameos del Agua o vislumbrar (desde un autobús) el lunático paisaje de Timanfaya sabiendo que eran sitios a los que Saramago llevaba a las amistades que acudían a visitarlo, a él y a Pilar, tan presente desde la misma dedicatoria de cada uno de los cuadernos.

La lectura sosegada de estas páginas tan personales resultaba a veces estresante, dada la ingente actividad viajera del escritor, no solo a su Portugal natal sino a tantas ciudades europeas y cruzando el charco varias veces, de punta a punta de América. Forma parte del oficio de escribir y también de esa permanente exhibición a la que parece estar condenado aquel que quiere seducir al público con sus historias. Su participación en jurados, su asistencia a todo tipo de eventos, las ocasiones para encontrarse con amigos de esos que viven lejos (y más de alguien que disfruta de ser canario) van demorando su trabajo y provocan lamentos del propio Saramago, que no termina de ponerse con “Ensayo sobre la ceguera”, esa novela desasosegante que parece mentira que fuera escrita en esas circunstancias.

Lo bueno de haber degustado solo dos volúmenes de estos “Cuadernos de Lanzarote” es que quedan varios más saborear, incluyendo el dedicado al año del Nobel. En febrero de 1995, revisando las pruebas del cuaderno dedicado al año anterior, Saramago nos dice que “un diario no es un confesionario, un diario no pasa de ser una manera incipiente de hacer ficción”. Contradiciendo a Fernán Gómez proclama pocas líneas después que de un diario “se puede decir que la parte protege al todo, lo simple oculta a lo complejo”. Quizá en las páginas que me faltan por leer se desdiga o matice estas afirmaciones. Con otros diaristas me ha ocurrido lo contrario, pero con Saramago leer estas intimidades ha acrecentado mi admiración. Y visitar su casa fue como volver a un espacio en el que me quedaría a charlar con él.

No olvidemos recordar

Hace ya unos años quedé deslumbrado, por no decir anonadado, con la novela K. L. Reich, de Joaquim Amat-Piniella. En el cúmulo de sensaciones encontradas que producía el relato de las penalidades soportadas por el autor como prisionero del campo de exterminio de Mauthausen, destacaba un personaje, Emili, que salvó en parte la vida gracias a su habilidad con el lápiz. Eso le permitía hacer dibujos pornográficos que aliviaban los pesares de sus compañeros pero también le servían para hacer canjes con los guardianes nazis del campo, que andaban necesitados de estímulos de este tipo.

Luego descubrí que Emili era el nombre tras el cual ocultó Amat-Piniella a uno de sus compañeros de fatigas, el dibujante José Cabrero Arnal, un aragonés de Castilsabás que creció en Barcelona, donde despuntó enseguida dibujando en diferentes medios. Tras sobrevivir a Mauthuasen, se quedó en Francia y triunfó con Pif, un personaje que vendía cada semana centenares de miles de revistas con su nombre. Hay dos textos deliciosos para conocer mejor a Cabrero Arnal: el que firmó Javier Pérez Andújar en El País hace ocho años y la entrada apasionada que “El Grafópata” (seudónimo de Lluís Giralt) le dedica en su web, indispensable.

Para profundizar en la vida de Cabrero Arnal hay que recurrir a un libro todavía no traducido al castellano, José Cabrero Arnal. De la République espagnole aux pages de Vaillant, la vie du créateur de ‘Pif le chien’ (ed. Loubatières, 2011). Su autor es Philippe Guillén, un profesor de Historia y archivero, descendiente de refugiados españoles del Sobrarbe.

Esta biografía le valió reconocimientos a él y permitió conocer mejor a su biografiado, con merecidos homenajes en su tierra natal aragonesa al tiempo que ponía de relieve la importancia de C. Arnal (como firmaba en Francia), autor de un personaje tan famoso entre la chavalería francesa como pudiera serlo Astérix. Un día, Philippe Guillén recibió una llamada del ayuntamiento de Septfonds, porque había aparecido una urna electoral y ahí descubrieron todo tipo de objetos, además de las habituales fotos: pintalabios, monedas, cartas, cuchillas de afeitar…

Philippe Guillén, dibujante también, empezó a enredarse en una investigación que terminaría convertida en un cómic. Un republicano español, muerto a los 20 años es el título de esta obra publicada por Alda Talent, una pequeña editorial que ha contado con la colaboración de Amical de Mauthausen y La Bolsa de Bielsa para llevar a buen puerto este proyecto. Los dibujos de Guillén recuerdan mucho a las viñetas que el propio Cabrero Arnal publicó en la revista siempre beligerante “L’Esquella de la Torratxa” y en pocas páginas recoge la corta vida de José María Usieto Asín, otro aragonés que “no tuvo tiempo de vivir”.

Y a pesar de eso, pasó por la Bolsa de Bielsa, pasó a Francia, volvió a Cataluña para seguir peleando y hasta asistir a un homenaje a la 43 División que dirigió El Esquinazau y emprendió de nuevo el camino de la frontera para ir recalando en campos con nombres de sombrío recuerdo, hasta morir en Septfonds. En esta sucesión de viñetas, con páginas espectaculares, hay hasta un cariñoso homenaje a Labordeta, en forma de imposible cameo. Y late siempre ese homenaje a las vidas azarosas de quienes descubrieron que, como decía Camus, se puede tener la razón y perder la guerra.

El cómic es más que eso, es una investigación, es también el relato de esa investigación, es un archivo fotográfico y es una llamada de atención, acerca de tantos deberes que nos quedan por hacer. Pérez Andújar en el texto citado, decía que “el olvido es un silencioso campo de exterminio”.

Esta obra breve pero contundente de Philippe Guillén es un grito para rasgar el silencio, es una aportación para evitar el olvido.

Senderos de historias

En unas pocas horas pasé de la exuberancia de la corte de Felipe IV y la luz de las selvas americanas al fango y el horror de las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Quiso la casualidad que coincidieran en mis manos dos cómics que aunaban sendos guiones de alto nivel y unos dibujos a la altura de semejantes historias. En ambos, los dibujantes eran españoles aunque las historias las firmaran, respectivamente, un francés y un belga.

“El Folies Bergère” fue publicado en castellano por Norma en 2013, con texto de Zidrou y dibujos del andaluz Francis Porcel. Por sus páginas sombrías, en las que parece olerse la mierda que se acumula en las trincheras y la putrefacción de los cadáveres abandonados por parte de ambos bandos, desfila (si es que cabe la palabra) una compañía que aspira a volver al mítico cabaret parisino y adopta este nombre como si quisiera exorcizar con él todas las penurias de una guerra de desgaste tan cruel como desalentadora.

Esa sordidez tan bien lograda con unos trazos en los dibujos que por momentos parecen emborronar cada página se asocia a una historia que rápidamente toma un camino desconcertante y se adentra por vericuetos casi irreales. Un fusilado al que no matan las balas y una niña que cruza las líneas en busca de su padre sin sufrir el menor rasguño son dos los momentos álgidos de estas viñetas que en muchas ocasiones recuerdan a las secuencias de glorioso blanco y negro de “Senderos de gloria”.

Si en la película de Kubrick la maravillosa fotografía parecía iluminar en esa inacabable escala de grises una guerra en la que los mandos eran peores para sus soldados que el propio enemigo, en el cómic de Zidrou y Porcel hay pequeñas licencias en forma de colores luminosos, que rompen con la negrura de la mayoría de las planchas. Y ese color luce de manera especial en las páginas por las que asoma un anciano Monet, pintando nenúfares en su barrio parisino mientras sus compatriotas más jóvenes mueren como conejos en las llanuras del norte.

En una entrevista con Pablo Lozano en “20 minutos”, el dibujante de “El Folies Bergère” explicaba que había sido él quien quería dibujar sobre “la Gran Guerra” y que por eso le pusieron en contacto con Zidrou, que lleva ya unos años instalado en Málaga y ha colaborado con distintos dibujantes españoles en sus últimos trabajos. Ese toque humano que desprenden casi todas las viñetas se impone sobre la cuidadosa documentación que se trabajó Porcel durante cuatro años, repleta de detalles que entroncan con otro cómic espectacular: “La Gran Guerra” desplegable de Joe Sacco, en la que la que brilla especialmente la precisión que habitualmente se gasta el dibujante americano.

Alterné la lectura de estas oscuras historias con un viaje imaginario por la que pudo haber sido la vida del Buscón, el don Pablos de Segovia que inmortalizó Quevedo. Publicado también por Norma, con texto de Alain Ayroles y dibujos de Juanjo Guarnido, el título es elocuente: “El Buscón en las Indias”. Pero lo que se cuenta cruza el Atlántico varias veces y hay “cameos” gloriosos, que es mejor no desvelar para disfrutar hasta la última plancha de esta historia llena de giros y sorpresas.

Si la historia se desenvuelve con el ritmo desenfrenado que el pícaro protagonista utiliza para enredar a quienes puedan convertirse en sus víctimas, con repeticiones, medias verdades y detalles que buscan despistar mientras su protagonista busca una salida airosa, los dibujos son absolutamente espectaculares. En los créditos de la obra aparecen Hermeline Janicot-Tixier y Jean Bastide como responsables del color junto al propio Guarnido y merecen ese protagonismo porque hay páginas que parecen estar retroiluminadas, como los anuncios de las marquesinas de autobús. Esa luminosidad convierte algunas planchas en un deleite para la vista, que se demora antes de seguir avanzando en el relato. Da igual que sea una mazmorra bañada por los tonos anaranjados de una fogata, una panorámica de las ciudades sagradas incas o una vista aérea de la Segovia natal del protagonista, cualquiera de las 130 páginas de este cómic merece detenerse un buen rato para disfrutar de los detalles, revisar el expresionismo de los rostros o dejarse balancear por el movimiento que se imprime a cada escena.

Medio aturdido por las vueltas que va dando la historia, porque para eso es la vida de un liante que tiene que borrar inmediatamente las huellas que va dejando, las viñetas de Guarnido invitan a seguir leyendo como en una película de aventuras de las que programaban antes las tardes del domingo.

En la guerra o en la paz, en las tenebrosas trincheras de Francia o en las rutas que hacían el oro y la plata que cruzaban los mares, estos dos cómics merecen una lectura y seguro que muchas relecturas. Imprescindibles.  

No quiero ser como él

Cada cierto tiempo alguien se queja un poco más alto y vuelve a ser tendencia Antonio Burgos, el articulista del ABC. No falla. Su pretendida guasa no disfraza ese periodismo faltón que tantos adeptos parece tener y que tantos reconocimientos públicos le proporciona. Hace pocos días fue una pieza sobre la mascarilla y la nunca justamente ponderada función que ésta cumple, además de evitar propagaciones de virus: la de servir de coartada a las feas, que a nada tienen que temer con este peculiar complemento: “Con una mascarilla no hay señora ni chavala que tenga los ojos feos. Todas parecían como agarenas, sí, algo de mundo árabe había en esas caras tapadas y esos ojos en los que nos fijábamos en toda su belleza.”

Qué arte, qué gracia. No me extraña que sea hijo adoptivo y predilecto de varias ciudades y regiones, tanto ingenio merece reconocimientos a su altura. Leí el texto varias veces, no porque me sorprendiera. Hace años que va soltando melonadas en las que luego se regodea, cuando ha visto que ha molestado a más personas de lo habitual y, además, se atreven a afearle la conducta. Ahí se crece, y como es muy taurino, adorna sus acometidas con expresiones muy afectadas, en su línea de despreciar cuanto ignora.

Como cultiva también ese punto orientalista, al leer lo de las “agarenas” y el mundo árabe se me cruzó el texto que estaba leyendo en ese momento, el prólogo de un libro titulado “Sexo y mentiras”, escrito por la novelista marroquí Leila Slimani en el que aborda algunas cuestiones sobre la vida sexual en su país de origen. Ese machismo latente en las pastosas líneas del texto de Antonio Burgos es el que invade todas las esferas de un país como Marruecos, siempre a las puertas del mundo desarrollado, siempre lastrado por una legislación que parece salida del medievo.

Es curioso de qué manera germina este libro basado en entrevistas a las que Slimani saca todo el jugo. Ella venía de escribir una novela de esas que tildan de “alto voltaje”, en la que una periodista francesa en una posición social y económica envidiable decide follarse a todo el que le apetezca, consumida por una pasión enfermiza a la que no sirven de cortapisas ni su hijo Lucien ni su aparente exitoso matrimonio con un prestigioso médico. La novela tiene mucha más miga de la que parece, a tenor de esos primeros capítulos que son una sucesión de escenas para películas de jadeos y velas encendidas.

Esta novela, titulada “En el jardín del ogro” y publicada -como casi toda la obra en castellano de Slimani- por Cabaret Voltaire, se devora en pocas horas, por el ritmo frenético de esos jadeos iniciales y porque la acción se desarrolla por unos vericuetos que conectan con esta sociedad confusa de hoy, en la que la libertad de las mujeres sigue estando sometida a un escrutinio peculiar, lastrado por la costumbres y agravado por un patriarcado del que no escapa ni un país como Francia, donde dicen que el adulterio es el secreto de la longevidad de muchos matrimonios.

El triunfo de esta ardiente novela en la antigua metrópoli posibilitó que Leila Slimani hiciera una ronda de presentaciones en su país natal y en ese particular “tour” se convirtió en costumbre que muchas mujeres se le acercaran al final y se atrevieran a explicarle cómo eran sus vidas (sexuales) en un país tan machista como hipócrita, en el que el islamismo va vendiendo consejos que, en lo más oscuro del asiento trasero de un coche, no se aplican a sí mismos algunos de sus más vehementes apologetas. Hay un breve episodio que casi es delirante si no fuera por la conmiseración que despierta. El caso es que una novela tan “atrevida”, al menos para la aparentemente pacata sociedad marroquí, permitió a su autora descubrir detalles de cómo viven la sexualidad sus antiguos paisanos y en qué situaciones tan chuscas se ven cuando intentan aliviar sus impulsos más normales.

Recuerda, en cierto modo, a esas historias que se vivían en nuestra península, cuando las mujeres podían ser denunciadas por adulterio, los hombres tenían justificado irse de putas porque no iban a llevar a cabo según qué prácticas con las madres de sus hijos y, en definitiva, la mirada machista lo impregnaba todo, y siempre había ideólogos de guardia dando cuerpo a esa visión tan disminuida de la realidad.

Estos dos libros de Slimani se leen con interés y aún me esperan otros dos que no dejan de cosechar lisonjas de los críticos, premios y lectores. Son una muestra de lo laborioso que resulta contar bien una historia, hacer entrevistas y darles un eje argumental. Por oposición se puede apreciar también qué poco hace falta para escribir cada día una columna si, además, se hace con ánimo de molestar.

En estos días en los que tanto se habla de los “boomers” y de las dificultades que tendrán para encarar su jubilación, es bueno recordar que en su juventud disfrutaron de “La bola de cristal”, donde había una sección que repetía la misma cantinela cada semana: “Si no quieres ser como estos, lee”.

La elección es fácil.

El vértigo de mirar el pasado

Hace ya unos meses que topé con un libro de título tan sugerente como desalentador debía de ser su contenido, a tenor precisamente del desespero que encerraban esas siete palabras: “Fugir era el més bell que teníem”. El inconfundible diseño de la cubierta de Club Editor, para la versión original catalana, era otro argumento en favor de su lectura. Cuando hace poco un amigo de cuyo criterio me fío la recomendó encarecidamente en su versión en castellano, publicada por Galaxia Gutenberg con el título de “Huir fue lo más bello que tuvimos”, decidí no postergar más su lectura.

La he saboreado durante pocos días, porque son 200 páginas escasas, pero he releído varias veces algunos de sus breves capítulos. Y ha sido uno de los libros más impactantes de los últimos meses. Lo firma Marta Marín-Dòmine, especialista en literatura testimonial que ejerció de profesora en Toronto, adonde llegó desde su Barcelona natal y después de transitar por campos tan variados como la danza, el teatro o el cine. En esta ficha que ofrece el CCCB se pueden conocer algunas de sus participaciones en diversas actividades del centro. Y de paso “disfrutar” más de la obra que publicó con Club Editor en 2019 y por la que ha cosechado diversas distinciones.

Es difícil catalogar esta obra tan personal, en la que se muestra sin remilgos mientras echa la vista atrás y rinde un homenaje hermoso a la figura de su padre, Joaquim Marín, habituado a cruzar los Pirineos para ir a Francia y volver, hasta permanecer en un exilio interior en el barrio del Clot de su ciudad natal, Barcelona. “El exilio, la errancia, ¿se transmiten de una generación a otra?”. La autora se pregunta por las marcas que dejan en el cuerpo de los que viven y por las trazas que puedan quedar en los que vienen después.

Y en torno a esa idea gravita este libro que se va desplegando en historias en apariencia minúsculas que acaban demostrando que el exilio de una sola persona ya contiene a la complejidad de todos los que han sufrido la amarga experiencia de huir de su tierra y mirar hacia delante, porque echar la vista atrás puede ser letal, para el cuerpo y, sobre todo, para el alma.

El eje del relato son las memorias que dejó escritas Joaquim Marín y que su hija nos va mostrando de manera morosa, porque no debió de ser fácil para ella enfrentarse a ese relato que, a la postre, tantas muescas dejó en su vida. Consigue sumergirse en la lectura de ese texto lacerante a miles de kilómetros, en una casa de campo cerca de Toronto y lejos de sus recuerdos de hija de un derrotado que tuvo que esconderse para sobrevivir en la Barcelona franquista. Y el mero hecho de “refugiarse” en casa de una amiga para cargarse de valor y afrontar los testimonios que dejó el padre provoca que la autora siga tirando de otros hilos y explique la historia de la familia de su anfitriona, descendiente de judíos que escaparon de Hungría y pasaron por Italia antes de cruzar el charco y empezar una vida cuando parecían condenados a perecer como tantos de su estirpe.

Marta Marín parece que haya escrito este libro en voz baja, para que su texto no pueda acallar el lamento ronco que producen los pasos de los millones de persones que en la historia de la humanidad han tenido que abandonar su entorno querido y atisbar qué podría existir allá donde solo parece existir el miedo, el rechazo, la animadversión.

Pero al mismo tiempo es un aullido para llamar la atención sobre la existencia de las buenas personas, y en esos momentos el relato alza el vuelo y el padre adquiere una dimensión casi épica, por la dificultad que entraña defender unos valores, tener las ideas claras y disfrutar “del rumor de existir sin esconder la dureza de vivir”.

Ahí entra también la propia experiencia de la autora, con esos altibajos que provoca vivir tan lejos, cuando las buenas noticias llegan con sordina y el dolor se acentúa por culpa de esa misma distancia. En los pequeños detalles que se van descubriendo después de una crisis personal que la llevó a esconder en una caja de cartón algunas de esas cosas que no entendemos nunca para qué sirven en una huida, ahí también radica la belleza de este conjunto de historias en apariencia inconexas, pero que acaban enriqueciendo lo que es un homenaje descomunal a la figura del padre.

Con un título inolvidable.