Quedamos en “El ave turuta”

Algo tienen las historietas de Sir Tim O’Theo que me cautivaron desde pequeño, cuando los tebeos eran una forma de evasión más potente que la tele. Corría la década de 1980, vivía en un pueblo y comprar ejemplares de Pulgarcito o Mortadelo no era algo que estuviera a mi alcance todas las semanas. De vez en cuando, un familiar se dejaba caer por casa con una pila de tebeos que algún primo más mayor había arrinconado.

Zipi y Zape, Mortadelo y Filemón, Carpanta, el botones Sacarino, Pepe Gotera y Otilio, Anacleto, doña Urraca… eran las historietas que todo el mundo leía. También yo, pero tenía predilección por otros personajes (secundarios, menores) que con la ayuda de una rima se asentaban en mi memoria: Manolón, conductor de camión; doña Tecla Bisturín, enfermera de postín; Rigoberto Picaporte, solterón de mucho porte…

Los dos primeros eran de Raf, nombre artístico de Joan Rafart Roldán, como lo era también Sir Tim O’Theo y como lo fueron muchos años más tarde las dobles páginas que aparecían en los números extra de El Jueves, con las caricaturas de todos los que lo hacían posible. Siempre tuve debilidad por Sir Tim O’Theo: había algo en el dibujo que me subyugaba, pero también en ese ambiente, en los personajes que acompañaban al “sagaz” detective, en el inepto policía Blops y en las pintas que invariablemente pagaba el criado Patson en la barra de “El ave turuta”. Ese soniquete de “elemental, querido Patson” era una reiteración, un guiño de Raf a sus lectores, un anclaje que buscábamos fervorosamente en unas dobles páginas diferentes a las del resto de la revista.

ICULT COMIC ILUSTRACIONES  RAF EDITORIAL BRUGUERA

ICULT COMIC ILUSTRACIONES RAF EDITORIAL BRUGUERA

He podido conocer la génesis de Sir Tim O’Theo y todo su desarrollo gracias a un libro absolutamente recomendable: “Raf. El ‘gentleman’ de Bruguera” (Amaniaco, 2015), de Jordi Canyissà. Cuidadosamente documentado, escrito con rigor y amenidad, destila un profundo conocimiento no sólo del dibujante sino también del contexto, y además está copiosamente ilustrado. Un trabajo fabuloso, como sentencia Antoni Guiral en el prólogo: “A pesar de ser un apasionado de Raf, también se ha convertido en su cronista”. Por la bibliografía y la abundante nómina de agradecimientos se intuye la ingente cantidad de horas dedicadas a esta biografía, que es también un recorrido por la historia de la editorial Bruguera, una descripción de la industria del tebeo en la posguerra, una semblanza de las nuevas revistas que aparecen tras la dictadura y hasta un poco optimista relato de la profesión de dibujante en este país.

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Dice el autor del dibujo de Raf: “esconde mucho más de lo que muestra al lector de un vistazo rápido”. Lo mismo puede decirse de este libro. Es una obra que informa en abundancia pero sin abrumar, que relata un mundo tan peculiar como el del tebeo sin que nadie no especialista se sienta desplazado, que retrata a varias generaciones a través de los dibujantes que les proporcionaban entretenimiento y mediante los lectores que estaban fraguando, sin intuirlo, su memoria sentimental.

Canyissà, y muchos de los entrevistados, coinciden en que el dibujo “preciso y riguroso” de Raf, ya sea en historietas infantiles o en El Jueves, “no se aprecia, se adora”. Los numerosos detalles, la composición, la sensación de movimiento lograda con los mínimos recursos, la construcción de unos escenarios a los que el lector desea volver… todo ello se aprecia en el centenar de páginas ilustradas que se reproducen en este libro. Desde hace unos meses hay muestras del trabajo de Raf en la web Humoristán y ya hace años que un blog como Lady Filstrup rinde homenaje y proporciona información de primera mano a quien quiera asomarse a estos autores y esta época.

Decía al principio que no sabía por qué me encandilaba Sir Tim O’Theo cuando era pequeño. Mucho tiempo después devoré de una sentada las novelas de P.G. Wodehouse sin quitarme la sonrisa de la cara. No fui capaz de establecer la pertinente correspondencia entre Jeeves (el competente criado de Bertie Wooster) y el no menos leal y eficaz Patson, al servicio de Sir Tim. Me identifico por completo con el humor socarrón de ambos. Y en su libro Canyissà explica que el anglófilo Raf se inspiró precisamente en las historias de Wodehouse para perfilar sus personajes.

Explica muchísimas más historias, algunas muy personales. Hasta el punto de que al cerrar la última página uno desearía que hubiera otro anexo, con más dibujos, con más historias. Levantemos nuestras pintas en honor de Raf, de sir Tim O’Theo y de Jordi Canyissà.

Paga Patson.

Novela con guardia civil

En tiempos de la dictadura se impuso la costumbre de acabar con las blasfemias a base de multas. A no sé cuántos reales se cotizaba la unidad de juramento, pero en un pueblo del Pirineo aragonés había un ganadero que desarrolló la habilidad de cagarse en lo más sagrado mientras sumaba mentalmente por cuánto le iba a salir la broma y se detenía, a modo de colofón, en el momento justo en que le cuadraban las cuentas. Así, con la cifra redonda, aflojaba la mosca y no tenía que esperar cambios ni buscar calderilla.

Los menos pudientes, o con más ganas de chanza, preferían chotearse del guardia civil de turno (casi siempre llegado de bien lejos) y se cagaban en todo lo cagable, pero eso sí, en la lengua del lugar, para evitar que entendiera la magnitud de las imprecaciones. Las “cerretreras” del Niño Jesús, la vajilla de la última cena, el primero de noviembre… eran algunos de los motivos de estas blasfemias eufemísticas que, en definitiva, acababan abocando al mismo lugar.

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Me acordé de estas historias, contadas alrededor de un vaso de vino y con un coro de risas in crescendo, al leer la última novela de Ramon Solsona, titulada “Allò que va pasar a Cardós” (otro eufemismo), recién publicada por Proa y ambientada en el Pirineo, en la década de 1960, durante la construcción de las presas y centrales que abastecen de luz a Barcelona. Hay una pareja de hermanos, comunistas y dinamiteros, el uno cojo y el otro tuerto, que se prodigan en este tipo de juramentos: “Me cago en el huerto de los olivos y en la corona de espinas”. Quedan definidos al instante: anticlericales, vehementes, castellanohablantes, impulsivos. Otros personajes van quedando retratados por la manera de enfrentarse a las situaciones cotidianas y también a un imprevisto que arranca prácticamente con la novela y la recorre durante sus casi 400 páginas: el asesinato de Lindos Ojos, un guardia civil que aparece tendido en la nieve, con una pica clavada en la espalda.

En esta novela con exoesqueleto asistimos desde el principio a un relato coral, que transcurre de Sant Pere a la Puríssima, en eso que los de la tele llamarían un “falso directo”. Esta suma de voces, evocadas por un narrador que recuerda no sólo lejos en el tiempo sino también con un océano de por medio, no se convierte en una algarabía porque Solsona sabe embridar y distinguir las voces de los ecos. Este experimento de relato fragmentado, no por más usado resulta menos eficaz, permite combinar registros coloquiales, descripciones formales con declaraciones fogosas de amor, castellano y catalán, juramentos con llamadas al orden, reportajes periodísticos con charlas de café y hasta bailes de la conga en el teleclub del pueblo.

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Versión en castellano, editada por Tusquets

En cuestión de unas semanas, del recién nacido verano al incipiente invierno de 1965, las verdes montañas de la Vall de Cardós se convierten en picos inaccesibles por la nieve, y los cientos de trabajadores que horadan las cumbres para que corran invisibles las aguas de los pantanos, tienen que volver a los refugios, a los campamentos, a los cuarteles de invierno.

Se suele decir que en el ámbito rural los follones estallan en verano pero se fraguan en las largas tardes de invierno. O al menos así era hasta que llegaron la TV y más tarde internet. En 1965, en esta “novela con guardia civil”, el conflicto vino dado por un matón encharolado. Una confusión está en la base de esta historia en la que algunos han visto parentesco con dos colosos como Jaume Cabré o Jesús Moncada. Con “Les veus del Pamano” tiene en común el paisaje del Pallars. Con las novelas del mequinenzano comparte pantanos y extemporáneas fuerzas del orden.

Pero el grueso de la comparación no se sostiene. No se puede negar que Solsona, como sus predecesores, tiene la habilidad de tejer historias entretenidas, pero también hay que señalar que hay obras de largo aliento y novelas que, todavía, no llegan a tanto.

Cómo crear lectores

Han sido unas vacaciones extrañas en lo tocante a lecturas. Descuidé los libros en casa y me fui de viaje, bien lejos, sin casi nada que ojear. No tenía una librería cerca y decidí echar mano de las novelas que “obligatoriamente” tenía que leer durante el verano mi hijo mayor, a punto de empezar 2º de la ESO: Els homes de les cadires, de Jordi Sierra i Fabra (Cruïlla) y Marina, de Carlos Ruiz Zafón, en una edición de bolsillo (Planeta). La primera me duró menos que un viaje largo en tren; la otra me entretuvo varias noches, mientras se cuarteaba el cartón de la cubierta y descuajeringaban las páginas.

Posiblemente no sean historias que me dejen poso pero, al leerlas, las contraponía con mis lecturas de muchos años atrás, cuando yo debía de andar por el 7º de la EGB de entonces y, sin saberlo, me estaba construyendo una identidad lectora, algo muy difícil de definir porque, entre otras cosas, es un verdadero “work in progress”. Los libros de Sierra i Fabra y Ruiz Zafón, cada uno en su estilo, son hijos de su tiempo. No dejan de ocurrir cosas (como en los telefilmes de sobremesa), se suceden los golpes de efecto (también muy televisivos), gustan de recreaciones de ambientes (barrocos y neblinosos en el caso de Marina, más pop en Els homes de les cadires), y aportan sobrada dosis de violencia, truculencia y asesinatos.

els homes de les cadires    marina ruiz zafon

Deduzco que los profesores de lengua y literatura intuyen que novelas así serán efectivas para generar interés y crear lectores. Ingredientes habituales en el ocio que los jóvenes de hoy consumen, poca complicación y finales “made in Hollywood” (aunque esto no sea cierto del todo en el caso de Ruiz Zafón). Las comparo con los relatos mucho más inocentes que yo devoraba hace treinta años: las historias de Los Cinco y su exótica cerveza de jengibre (tan británica y tan divertidamente evocada por El Comidista aquí), las aventuras de los Hollister (todos soñábamos tener un padre como el de los cinco hermanos, dueño de una tienda de deportes, con ese “porte atlético y el pelo cortado a cepillo”) o las de Los Siete Secretos. Eran series que leíamos con devoción, intercambiando con algún amigo de vocación lectora o suspirando para que en la biblioteca del pueblo ya estuviera disponible aquel volumen que alguien llevaba días demorándose en devolver. Esas narraciones sencillas pero adictivas hoy quizá no soporten una relectura. Hace años me intenté sumergir en unos de esos tomos anaranjados de Los Hollister y enseguida hube de volver a la superficie, porque me ahogaba tanto empalago.

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Sierra i Fabra carga con el estigma de ser un escritor de literatura infantil y juvenil, pero es posible que envejezcan mejor sus noveletas de planteamiento naïf e imágenes a lo Magritte que los tochos de Ruiz Zafón, de más amplio espectro pero deudores siempre de ambientes tenebrosos, neblinosos, herrumbrosos y diez o doce adjetivos más terminados en “oso”. Le ha costado a mi hijo más que a mí terminar ambas obras, pero él es un buen lector (cuantitativamente, al menos) y las ha alternado con otras dos historias que sí le han atrapado de manera más eficaz: un par de novelas que son un caso curioso, ya que las ha escrito una niña que tenía 13 y 16 años en el momento de editarlas. Se llama Paula Calvo Carijo, y bajo el paraguas de “Crónicas del último dragón” ha reunido más de 600 páginas en dos volúmenes titulados El bosque de Krocks (2013) y Los elegidos (2016). Un relato a medias ingenuo, a medias desbordante, con personajes que acaban levantando el andamiaje de una saga por la que ni mi hijo mayor ni su hermana podían esperar a que el otro acabase para seguir pasando páginas, peleándose como si fuera un juego de la Play.

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Esta devoción por alimentarse de historias viene en parte de las horas que hemos dedicado a leer en ese instante mágico, previo a apagar la luz y soñar dormidos. James Salter, en novela Años luz, lo describía de la manera más elocuente: “Y él les lee, como todas las noches, como si las regara, como si removiese la tierra bajo sus pies”. El padre que me mece a sus hijas con lecturas está tejiendo un lazo muy especial y las está “condenando” a un hambre indescriptible de saber más, de visitar otras vidas, de viajar más allá de lo imaginable. Este gusto por leer puede a veces saltar hecho añicos. Si abrir a destiempo las páginas de clásicos como El Quijote, el Lazarillo o La Celestina ha sido disuasorio para miles de lectores de nuestra generación, que se encontraron con ellos en un callejón oscuro, el mismo riesgo acecha a los jóvenes de hoy. Mi hijo, el gran lector, se enfrentaba con una pereza descomunal a las escasas cien páginas de una recopilación de cuentos de Oscar Wilde, mientras devoraba a escondidas libro tras libro de la saga “Los gatos guerreros”. Cuando le llegó el turno de leer en el instituto a Miguel Delibes, y a pesar de tener en El príncipe destronado una historia cercana a la que él vivió en casa, llegó a la conclusión de que estaba escrito en un castellano que “ya no se habla”.

Entiendo las disyuntiva a la que se ven abocados los profesores que quieren incitar a la lectura: que lean durante el curso lo que marcan los currículos y disfruten en verano con lo que les puedan alimentar el amor a la lectura. Puede dar la clave un comentario que acompaña a este reportaje de eldiario.es, dedicado precisamente a Ruiz Zafón. Por diferentes razones, lectores, editores, libreros y hasta usted y yo nos hacemos la misma pregunta: ¿Por qué vende tanto este hombre? Y dice el comentarista: “Soy lector asiduo y apasionado pero no aspiro a estar leyendo siempre obras inmortales”.
Pues eso.

Don Juan

De repente un día, de esto hace tres o cuatro años, me di cuenta de que me encontraba a Juan Tallón por todas partes. En un blog con humo de novela negra, de manera esporádica en la revista (entonces) digital Jot Down, charlando en el ciberespacio con Josep Martí Gómez, con el que se cruzaba cartas con acuse de recibo en La Lamentable… y hasta oí su voz una vez, y muchas más después, en la Cadena SER. Frecuentábamos las mismas parroquias, o como diría él, éramos parroquianos de los mismos bares, nos emborrachábamos juntos y no lo sabíamos (que estuviéramos tan cerca, no que no anduviéramos bebidos).

Ahora Tallón debe de sumergirse en gin-tonics de 30 euros, de esos que ponen en las terrazas de Recoletos. Aunque parece que sigue viviendo en Ourense. Pero se codea con gente importante y es de lo poco interesante que uno puede encontrarse en antros antaño tan lujosos como El País. Poco antes de las vacaciones de verano seguía siendo el encargado de bajar a las 12 la persiana de A vivir que son dos días, en la SER. El sonido telefónico de su voz atropellada, gritando para que quedara claro que hablaba desde provincias, la ironía, el gusto por las metáforas alcohólicas y la mirada, que intuyo entre atónita y desprejuiciada, eran el golpe de gracia a unas cuantas horas de radio que no dejaban títere con cabeza.

Decía que hace unos años me encontraba a Tallón en cualquier esquina, pero ahora tengo que ir a buscarlo. Es un placer, porque experimento la sensación de encontrarme con un viejo amigo, y es un gusto porque nunca quedo satisfecho y él, sin embargo, parece guardar alguna petaca debajo del brazo. Soy, como él, un lletraferit. Traducido tal cual del catalán, un letraherido, pero creo que se pierden matices que no sé perfilar. Juan Tallón escribe de maravilla, pero lee mucho mejor. Interpreta, degusta, destila… y nos hace partícipes de su juerga, como ese familiar tarambana que tiene gracia para contar historias.

Se jacta de beber y ha hecho del alcoholismo un rasgo distintivo de su literatura. Mientras haya bares se llama su último libro. Es imposible que beba tanto como dice, que beba mucho si lee tanto y con tanto provecho. Quedé cautivado allá por 2012 con una columna que publicó en Jot Down. Esa pasión por organizar en listas nuestras filias y fobias le permitió montar un texto brillante, sardónico, erudito, repleto de senderos que se bifurcan y, marca de la casa, salpimentado con citas, anécdotas, localismos y muchos nombres de escritores.

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Busqué a Tallón por los bares y me lo encontré en un libro de libros titulado precisamente Libros peligrosos (Larousse, 2014). Al ver qué paño vendía corrí presto a comparar sus lecturas con las mías: agarré el índice de 100 obras que glosaba en su inclasificable libro y marqué con un fosforito las que había leído, para luego señalar con una equis aquellos autores que conocía aunque fuera por otros títulos distintos. Coincidíamos en una cuarentena. Nombres tan dispares entre sí como Max Aub, Gabo y Vargas Llosa, Rulfo, Camus, Onetti, Virginia Woolf, Gay Talese, Quim Monzó, Marsé, Queneau, Ramiro Pinilla, Belén Gopegui, Perec, Roberto Bolaño…

Desde entonces, siguiendo su instinto feroz, he atrapado una novela enorme en su aparente sencillez (A esmorga, de Blanco Amor), los Diarios de Iñaki Uriarte, la locura del Vietnam que recreó Robert Stone en Dog Soldiers, los relatos de David Foster Wallace o las novelas demoledoras, de tan cotidianas, de James Salter. Sólo ha habido una propuesta suya de la que he salido huyendo por patas: las parafilias de los personajes de Crash, de J. G. Ballard, crisparon mis nervios y mataron la libido que en otros puede despertar un cuerpo herido, dentro de un coche aplastado..

Juan Tallón, como dicen que dijo Borges, es un autor que desde luego se puede vanagloriar de lo que ha leído. Ya tendremos tiempo los lectores de ensalzarlo por lo que ha escrito. Las lecturas de Tallón son dinamita pura, al pasar por el tamiz de su escritura. Me encantaría ver sus blocs de notas, si atesora ejemplares con las páginas dobladas por las esquinas o subraya las frases que le gustan, o si prefiere hacer anotaciones al final, en las páginas en blanco que quedan hasta completar pliego.

El libro que escribió Tallón para Larousse es una invitación a leer hasta perder el sentido, una llamada al insomnio perenne. Antes había publicado una novela corta (El váter de Onetti, Edhasa), que en su aparente brevedad no dejaba de tener su aquel, con trazos biográficos, ambiente opresivo y un desenlace a los Alfred Hitchcock que cortaba el sentido. Publicó en gallego, luego traducida al castellano como Fin de poema (Al revés, 2015), un peculiar libro que parecía mezclar ensayo, literatura y querencias suicidas. Cuatro autores viven sus últimas horas, y el narrador está allí para explicárnoslas. Los cuatro se van porque quieren. Son brillantes, tienen reconocimiento, han dejado una obra que no dejará de crecer pero alimentan tendencias autodestructivas. De semejante envite sale Tallón ufano, sacudiéndose el polvo de las mangas de la americana, buscando un bar donde tomar un trago.

A su salud.

Sudor (y sangre)

Descubrí de manera indirecta, e imagino que demasiado tarde, a Alberto Fuguet, gracias al colombiano Andrés Caicedo. Este último fue, a decir del otro, uno de los damnificados del “boom”, y se hablaba de todo ello en un artículo de Tinta Libre. En ese mismo texto aparecía Fuguet como un adalid de posturas heterodoxas, una especie de iconoclasta que se atrevía en su última novela con algunos de los iconos del “boom”. Sudor (Penguin Random House, 2016), que dicen los créditos que va por su segunda edición en pocas semanas, es el título de esta novela en la que se ridiculiza ligeramente a Nuria Monclús (trasunto de la Balcells) pero que tiene la mira telescópica puesta en Carlos Fuentes (aquí Rafael Restrepo) y su hijo (aquí Rafa). El primero es criticado con acidez y el segundo, verdadero protagonista de dos tercios de la obra, va añadiendo sal a la biografía del padre mediante sus opiniones y sus actos desmadrados.

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Rafa es gay, y la novela (si es que existe ese subgénero) ha sido ubicada ahí también: novela gay. Y pornográfica. El “sudor” del título viene del calor en Santiago de Chile, y del roce de los cuerpos, cuyas posturas se describen con pelos (nunca mejor dicho) y señales, en coitos que se llevan a cabo de manera impulsiva, ya sea en el lavabo de un bar o en la suite del hotel W, con unas vistas de ensueño sobre la capital chilena. Es una novela coyuntural, que quizá en pocos años se muestre acartonada porque ya no existan ni Grindr (la app que utilizan los gays para sus encuentros fugaces) ni sean tan habituales los mensajes de Whatsapp, con esa mezcla de espontaneidad sincopada e inmediatez en la respuesta, o hayan caído en el olvido muchas de las canciones que “suenan”.

Sudor se sostiene sobre un andamiaje caravista: una introducción de un centenar de páginas, en las que Alf, el narrador protagonista, explica en primera persona quién es y por qué ha de dedicar sus próximos días a promocionar “El aura de las cosas”, el libro de Alfaguara en el que Rafael Restrepo “comenta” las fotos de su hijo Rafa, y que es una apuesta decadente de una editorial que vivió tiempos mejores. El lector es puesto en antecedentes, y si conoce algo del mundo editorial, no podrá evitar esbozar una sonrisa maliciosa al reconocer egocentrismos en franca retirada, nombres de críticos o autores que aparecen citados (no sabemos si con autorización o con el propósito de ser zaheridos). Esta introducción va soltando una bilis que el lector ya ha hecho suya para cuando aparecen padre e hijo. El relato adopta entonces el formato de diario: cuatro jornadas que combinan una agenda cultural repleta de actos con personalidades sazonadas con polvos, tarros de Boy Butter y fiestas privadas, a cualquier hora del día, con abundante perico para aguantar más y mejor. Son medio millar de páginas de sudorosa acción, con primerísimos planos de felaciones o encuentros furtivos que a veces distraen más de lo que contextualizan.

El hijo malcriado y el padre avergonzado; el escritor de fama mundial que quiere rodearse de todo tipo de celebridades y el fotógrafo impulsivo que atesora conquistas en pelotas al tiempo que retrata su narcisismo; la lucha encarnizada entre una vieja gloria que quiere ganar la inmortalidad y un joven admirador de Morrison que aspira a dejar un cadáver bonito, sin los estragos de la vejez. Esta roman à clef, tan de ambiente, tan del mundillo editorial, tan de Santiago, tan repleta de sobrentendidos,  acaba funcionando por el puro morbo: es el dibujo de una relación paterno filial hecha cisco, es la crónica de cuatro días de desfase, es el pinchazo del globo del “boom”, con sopapos a diestra y siniestra, de Vargas Llosa a Saramago. Es una novela predictible, en la que pronto se sabe cómo acabará todo, ya sea porque el lector está en antecedentes de lo que ocurrió con los personajes reales que inspiraron la trama o porque es fácilmente deducible por la enfermedad que padece Rafa, señuelo que hace avanzar el relato a trompicones cuanto más se acelera el desenfreno.

El lector satisface ese lado morboso y, aunque sea a regañadientes, va intuyendo el bronco final. Y va transitando por estas 600 páginas de un autor destroyer que en alguna entrevista ha lamentado no provocar más controversia. Una novela curiosa.

Ramón Acín vive

Ochenta años hace de su fusilamiento en Huesca, en las tapias del cementerio. La causa, según el inicuo parte: “en refriega habida por motivo de Guerra Civil”. Fue un 6 de agosto de 1936. Diecisiete días después corría la misma (mala) suerte su mujer, Concha Monrás. Quedaban dos huérfanas, Katia y Sol; unas pajaritas que se convertirían en el símbolo de una obra artística notable, y el recuerdo de un hombre comprometido, beligerante, coherente. Se llamaba Ramón Acín, y no llegó a cumplir 48 años.

ramon by panter.jpgRetrato de Ramón Acín, por Sergio Sanjuán

La ingeniosa frase de Andrés Trapiello para referirse a los escritores de derechas “que ganaron la guerra pero perdieron los manuales de literatura” no puede ser más falsa en el caso de Acín, ni aún dándole la vuelta. Perdió la guerra en tanto que se dejó la vida, fue vilipendiado y denunciado antes de su oprobiosa muerte, se le ignoró durante años y algunas de sus obras fueron destruidas a martillazos, pero es cierto que a la postre acabó ganando un lugar merecido en la pequeña historia del arte local, desde donde se ha ido proyectando por todo el país. Quiso la suerte, y nunca mejor dicho, que su nombre quedara ligado para siempre a una de las películas más notorias de Luis Buñuel. Tierra sin pan, también conocida como Las Hurdes, fue posible gracias al 29.757, un número que resultó premiado en la lotería de Navidad de 1932 y que Acín, en cumplimiento de una promesa, destinó a producir el famoso documental del cineasta calandino. En el relato “Padre de almas”, del libro colectivo Mosen (Pirineum Editorial, 2000), se puede rastrear toda la historia.

Y de unos años a esta parte, de manera regular, la vida y obra de Ramón Acín se han ido haciendo un hueco en el panorama editorial y han ido ganando el favor del público en forma de exposiciones o de reivindicación de su variada obra pictórica, escultórica y hasta escrita, pues dejó un buen número de artículos en la prensa oscense y algún que otro libro. En 1982 se celebró una exposición en Huesca con 92 obras catalogadas hasta entonces. Seis años después, con motivo del centenario de su nacimiento, superaban ya los tres centenares las obras localizadas. Un libro que ahora adquiere el rango de joya de coleccionista, con un rótulo fundido en hierro y enganchado en la cubierta, se hacía eco de esta colección de pinturas y esculturas, en una investigación dirigida por Manuel García Guatas.

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Colofón del catálogo dedicado a Ramón Acín, (Diputación de Huesca, 1988)

En 1998 Sonya Torres Planells trazó una semblanza biográfica y artística para Virus. Un lustro después una nueva exposición antológica, esta vez en el Museo de Bellas Artes de Zaragoza, posibilitó un nuevo catálogo con textos del propio García Guatas, Carlos Forcadell y Mercè Ibarz, entre otros. El libro-DVD La línea sentida, de Emilio Casanova y Jesús Lou, permitió que las nuevas tecnologías acogieran en su seno la obra de Acín y la opinión de numerosos estudiosos, que no dejan de escudriñar su trayectoria. Hace sólo unos meses que Debate publicó Ramón Acín toma la palabra. Edición anotada de sus escritos (1913-1936) y hace pocas semanas apareció, esta vez en formato cómic, La bondad y la ira, con el significativo subtítulo de “Últimas horas de Ramón Acín” (GP Ediciones).

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Este tebeo, con texto de Juan Pérez y dibujos de Daniel Viñuales, recrea en luctuoso blanco y negro los instantes que precedieron a la detención de Acín, que salió de su escondite en su propia casa de Huesca para defender a su mujer, a la que estaba humillando un grupo de fascistas que iba en busca del artista y acabaron llevándose a los dos, para asesinarlos en menos de un mes. Esas horas trágicas recrean en un acelerado flashback momentos decisivos de la vida de Acín: su labor como maestro en la Normal de Huesca, su activismo anarquista, su detención tras haber escrito en contra de la guerra de África, su participación en la insurrección republicana de Jaca y el consiguiente exilio en París, la vuelta a la España republicana y los honores que se le rindieron y la vuelta al activismo. Es un cómic breve e intenso, coronado por una cubierta muy lograda: tres agujeros asesinan una pajarita, y a través de ellos se ve el fondo rojo de la solapa de papel. Es el único detalle colorido en una obra austera, en la que predominan grises y negros. Hay muchas pajaritas en sus páginas, símbolos de libertad atenazada, protagonistas de historias que Ramón cuenta a sus hijas Katia y Sol, recuerdo del artista que se fue demasiado pronto pero cuya obra se asienta hoy en el parque de Huesca, en una calle de Barcelona, con esa rigidez que el hierro de las esculturas proporciona hoy a los frágiles papeles con los que juegan los niños.

Este cómic es un jalón más en una serie bibliográfica que seguirá creciendo, sin duda. Es meritoria la labor que lleva a cabo la Fundación Acín, atenta a cualquier mención que se hace del hombre o el artista. Este artículo de José Carlos Mainer, publicado con motivo de la recopilación periodística de Acín en Debate, despertará el hambre de los lectores por saber más, que se pondrán a buscar sus libros, sus pinturas, sus esculturas.

Porque Ramón Acín sigue vivo, muy vivo.

Querida Milagros…

Esta mañana al salir a patrullar, / hallamos muerto al soldado Adrián. / Como manda el reglamento procedimos a buscar / los objetos que llevara. Sólo hallamos esta carta. La segunda carta empezaba: “Te saludo desde Kabul” Lo leí y grité tanto que los vecinos vinieron corriendo. “¿Dónde está la ley? ¿Dónde puedo buscar amparo?” Me golpeaba la cabeza contra las paredes. “Sólo le tengo a él, hasta en los tiempos del zar libraban del servicio militar al hijo único. Pero a él le han enviado a la guerra”.

Querida Milagros, llevo seis días aquí. / Te echo de menos, no puedo vivir sin ti. / He visto las explosiones brillando a mi alrededor. / Tengo miedo, no lo oculto, sólo me queda tu amor”. En el hospital recibí carta de un amigo, por ella supe que una mina explosiva italiana había hecho saltar nuestro vehículo por los aires. Él había visto como junto con el motor del carro había salido volando un hombre. Ese hombre era yo.

Por ahora la suerte me ha sonreído; / necesito verte, aquí no hay amigos; / no estaría de más que alguien me explicara, / qué tiene esto que ver contigo y conmigo. Al poco tiempo empezamos a preguntarnos ¿Cuál es nuestro papel aquí? Nuestras dudas no gustaron a los superiores. Las zapatillas y los pijamas aún faltaban pero las pancartas y los llamamientos ya colgaban por todas partes.

Querida Milagros, queda tanto por vivir. / Sería absurdo dejarse la piel aquí. / Querida Milagros, aún no he podido dormir. / un sueño frío me anuncia que llega el fin. / Cuando leas esta carta háblales a las estrellas, / desde que he llegado aquí sólo he hablado con ellas. ¿Qué comprendí allí? Que el bien nunca gana. Que el mal en el mundo no disminuye. Que el hombre es espantoso. Y la naturaleza es bella… (…) En Afgán comprendí lo que es la vida. Aquellos años para mí fueron los mejores, se lo digo. Allí experimentamos de todo, probamos de todo. Vivimos la verdadera amistad entre hombres. Contemplamos cosas realmente exóticas: las bocanadas de neblina matinal en los estrechos desfiladeros, igual que cortinas de humo (…) Algunos paisajes parecen lunares, de ciencia ficción, algo espacial.

He visto a los hombres llorar como niños; / he visto a la muerte como un ave extraña, / planear en silencio sobre los caminos, / devorar a un sol que es tuyo y es mío. Nos trataban como a un rebaño… Unos estaban contentos, lo habían pedido ellos mismos. Otros no querían, estaban histéricos, lloraban, hasta había los que se emborrachaban con colonia. Joder… La desolación se apoderó de mí, todo me daba lo mismo.

Querida Milagros, llevo seis días aquí. / Te echo de menos, no puedo vivir sin ti. / Querida Milagros, llevo seis días aquí. / Muchos han muerto, casi todos morirán / Querida Milagros, me tengo que despedir / siempre te quiere: / tu soldado Adrián. Pasas días esperando un carta… Recibes una de tu chica, las flores le llegan hasta la cintura, ¡joder, haberme enviado una con bañador! ¡En biquini! O al menos de cuerpo entero, para poder mirarle las piernas… Por debajo de una falda corta… Entre nosotros, por la noche, el tema estrella siempre eran las mujeres. Cómo eran nuestras chicas y qué habíamos probado cada uno…

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Leía horrorizado la espeluznante sucesión de testimonios sobre la guerra de Afganistán que logró recuperar Svletana Alexiévich y sonaba en mi cabeza el alegato antibelicista que hizo El último de la fila en forma de canción. El lirismo de aquel soldado aturdido que confía a su novia sus congojas era el contrapunto ideal a las palabras de los supervivientes de la guerra afgana o a las palabras de las madres aterradas al rememorar cómo se fueron sus hijos para no volver, cuántas recuerdos arrastran mezclados con la sensación de culpa por no haber intentado evitar que cayeran en pos de un ideal tan difuso como el de ayudar a un pueblo hermano. Este libro aterrador se titula “Los muchachos de zinc. Voces soviéticas de la guerra de Afganistán”. Si a su autora, una veterana periodista bielorrusa, no le hubieran premiado con el Nobel de Literatura posiblemente Debate no hubiera editado este volumen, y la obra de Svletana Alexiévich hubiera gozado del favor de un público minoritario en una editorial como Raig Verd, que creo fue una de las primeras que apostó por ella.

El libro es descorazonador. Los testimonios se suceden, sin ninguna acotación de la periodista. Podría compararse con un iceberg, sólo vemos la punta. Todo el trabajo de documentación, investigación, entrevistas, contraste de fuentes, transcripción no se vislumbra, si acaso se intuye. Es un enorme desagravio, con decenas de relatos muy personales, llenos de dolor, cuajados de injusticia, manchados por las mentiras que provocaron que miles de soldados soviéticos murieran en un territorio hostil donde nada se les había perdido. Dice Alexiévich en unas escuetas notas que preceden a los testimonios de los protagonistas que ella se dedica “desesperadamente (libro tras libro) a disminuir la historia hasta que toma una dimensión humana”. Así se puede colegir en cada una de las páginas de este libro.

A modo de curiosidad, el volumen se complementa con un apéndice esclarecedor. El avance de parte del libro en el periódico Komsomólskaia Pravda y la representación de una obra teatral basada en el libro provocaron que un tribunal de Minsk admitiera una demanda contra la autora por tergiversar los relatos de los testigos. Se suceden los argumentos de las partes, se recoge el fallo del jurado y se puede apreciar la herida que en la sociedad soviética, entonces, y todavía hoy en los distintos países que enviaron a sus hijos a esta absurda guerra sigue supurando. Aunque la tentación de matar al mensajero es grande, el reconocimiento del Nobel y el creciente número de lectores pueden blindar a Svletana Alexiévich ante ataques como los que han sufrido colegas suyos de la extinta Unión Soviética.

Con motivo de la entrega del Nobel se sucedieron las entrevistas en los medios españoles. Hay dos que por la categoría de los entrevistadores lograron trazar un perfil completo de la periodista: la veterana Pilar Bonet en El País Semanal (que a veces es algo más que una mera sucesión de anuncios de productos caros) y las imprescindibles “converses amb vida” de Carles Capdevila en el suplemento dominical del diario catalán Ara merecen una lectura sosegada.

Un niño quiere leer sobre los nazis

Tengo un hijo de doce años que quiere saber más cosas sobre la Segunda Guerra Mundial. Ha visto algún reportaje en la tele sobre las grandes construcciones de los nazis, ha descubierto películas que de manera más o menos explícita abordaban el tema de los campos de exterminio. La ingenuidad no exenta de dureza de El niño con el pijama de rayas, el padre sobreprotector de La vida es bella, el gamberrismo y humor negro de El tren de la vida han sido algunas de estas aproximaciones, sin osar todavía que se enfrente a colosos como La lista de Schindler, Shoah o al salvajismo de Malditos bastardos, por citar títulos bien distintos y maneras antitéticas de tratar el nazismo y sus consecuencias.

Esta especie de fascinación, absolutamente exenta de admiración, creo que radica en la ausencia total de lógica que tuvo el desarrollo y, lo que es peor, la aplicación de una ideología tan totalitaria y autorreferencial, que a los ojos de un niño puede ser un desatino fruto de alguien que no está en sus cabales. Las mastodónticas construcciones que detallan en los documentales, las cifras de detenidos, desaparecidos y muertos, las colosales exhibiciones de fuerza y poder, los miles de banderas que presidían cualquier celebración, con esa estética tan alineada y repetitiva llaman por fuerza la atención de un niño, al que la falta de experiencia aún no ha vacunado contra las estupideces de la especie humana.

Me pedía lecturas mi hijo y no acababa de encontrar un libro en el que se pudiera adentrar sin necesidad de mucha contextualización, de notas a pie de página. Descartados por ello el Diario de Ana Frank, la novela del “niño del pijama de rayas” (porque precisamente no pudo aguantar hasta el fin de la película al intuir lo que se le venía encima) y otras obras testimoniales, por esa dureza que hace apartar la vista de la página incluso a los lectores más curtidos, me llegó una recomendación de la página de lecturas infantiles Boolino, en la que hablaban de una pequeña novela que situaba para lectores a partir de 12 años.

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La descripción aséptica de esta página quizá no me hubiera inducido a acercarme a “Y tú no regresaste” (Salamandra, 2015), un libro testimonial planteado como una carta que setenta años después dirige la autora, Marceline Loridan-Ivens, a su padre, detenido con ella, deportado a Auschwitz-Birkenau y desaparecido en un campo, o en el traslado a algún otro sitio. El recuerdo de una frase desencadena un relato estremecedor. Se la dice el padre a Marceline: «Tú podrás regresar, porque eres joven, pero yo ya no volveré».

Durante mucho tiempo devoré este tipo de testimonios, pero de la misma manera necesité luego de varios años de lejanía. Eran terribles en el recuerdo, más allá del grado de detalle con el que explicaban las atrocidades padecidas. Escribí sobre ello hace un tiempo, a propósito de una novela basada en la experiencia personal de Joaquim Amat-Piniella. Titulé aquel post “La culpa del superviviente”, porque es algo que siempre aparece en estos relatos, ya los escriba un intelectual como Jorge Semprún, un luchador como Mariano Constante o un fotógrafo como Francesc Boix. La sensación, perdurable, de que los que salvaron la vida tuvieron momentos de flaqueza, fueron cobardes, traicionaron algo o a alguien… está siempre ahí. Primo Levi no soportó este dolor y se quitó la vida; él, que había logrado vivir un día más, un mes más, un año más…

Algo parecido le ocurre a Marceline Loridan-Ivens. Quedan seis líneas para el final de su relato y se pregunta:  «¿Hicimos bien en regresar de los campos?» En las 91 páginas previas, en las que buena parte de su vida discurre ante nuestros ojos, no había atisbo de duda. Pero, al final, se lo cuestiona todo. Su familia quedó rota por la detención de ella y su padre, y sobre todo por la ausencia de él. El dolor que vieron sus ojos, que experimentó, le generó una indiferencia que posiblemente le permitió sobrevivir. «En aquel lugar lo primero que se perdía eran las referencias de amor y sensibilidad», llega a decir. Tras la hecatombe de los campos llega el infortunio familiar, el antisemitismo de la sociedad francesa, aun sabiendo todo lo que había ocurrido en la guerra. Rememora la autora su carrera como directora de películas documentales, sus dos matrimonios, el peso de la ausencia del padre. Se habla en diversas ocasiones de una carta que el padre logró hacerle llegar dentro del propio campo de exterminio, y de cuyo contenido no le quedan recuerdos a la narradora. Es como un señuelo que hace avanzar el relato de la otra carta, la que compone todo el libro.

Al acabar “Y tú no regresaste” vuelvo a sentir esa herida que provocan los libros necesarios. No salgo indemne, como alertaba Ignacio Martínez de Pisón en el prólogo a la novela de Amat-Piniella. No hace ni un siglo que Europa se desangraba con experimentos sociales que van más allá de cualquier forma de totalitarismo. El desastre que provocaron vacunó a varias generaciones pero hoy resucitan los temores de siempre, vuelven a erigirse alambradas, se hacen más audibles discursos supremacistas que nos tendrían que poner en alerta, pero no queremos enterarnos.

¿Puede un niño de 12 años leer este libro? Debería. No será peor lo que encuentre que la banalidad con la que se disparan en las series de televisión. En estas pocas páginas, dolorosas quizá por su austera narración, podrá descubrir el horror que encierra el fanatismo, qué lejos deberíamos permanecer de los discursos simplistas y las soluciones rápidas, cuando no finales.

“…pero no lo que recibes”

El azar ha hecho que haya topado varias veces en pocas horas con el nombre del escritor chileno Alberto Fuguet. Escriben sobre él y su última novela en la entrega más reciente de Tinta Libre, una publicación muy necesaria, siempre atenta a los márgenes, presta a cuestionar lo establecido. Hablan de Fuguet porque ha publicado una novela titulada “Sudor” (Random House) que se puede leer en clave, para ir reconociendo a nombres fácilmente ubicables en “la mafia del Boom”. El sabroso texto que Saila Marcos dedica a Fuguet y su novela destroyer explica que cuando éste llevó a EEUU sus primeros textos, en los años ochenta, sus editores “echaron en falta más folclore y tropicalismos”. Recoge historias de los autores caídos del “boom”, del ruido ensordecedor que enmudeció a escritores más que interesantes pero lejos de la órbita del realismo mágico, de los caudillos apesadumbrados o de las novelas selváticas. Y entonces aparece mencionado el colombiano Andrés Caicedo, víctima de ese ruido, autor maldito.

Acudo rápidamente al prólogo de una novela que me ha recomendado una amiga, acostumbrada últimamente a viajar a Bogotá. Se llama “¡Que viva la música!” y su autor es precisamente Caicedo. Vuelvo a encontrarme con Fuguet. Suyo es este texto introductorio donde se habla del “boom”, se menciona al grupo de escritores que con el nombre de McOndo quisieron liberarse de las ataduras de la generación precedente, que quiso matar al padre para hacerse un hueco en el ruido de otro “boom”, el mediático, que ya había elegido a un autor por país, siempre que satisficiera las expectativas creadas en Europa, donde esperaban sagas inacabables, caricaturas de dictadores decrépitos, Arcadias felices temerosas de ser aplastadas por la bota gringa, plantas de colores extraordinarios, olores de guayaba y personajes con nombres de resonancias clásicas.

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Suscribo totalmente algunas frases de Fuguet en el prólogo a novela de Caicedo: “Aún me cuesta creer que supe de la existencia de Caicedo hace tan poco”, “¿Cómo no había sabido de él antes?”, “Andrés fue un adelantado, sí, pero también un tipo fuera de foco, desincronizado, limítrofe”. Leo “¡Que viva la música!” en una edición barata de Punto de lectura (del Grupo Penguin Random House). Dice el pie de imprenta que es la cuarta reimpresión (2015) de la edición colombiana de 2013, quizá publicada al socaire de una película estrenada por entonces y basada parcialmente en la historia que se narra: las memorias de María del Carmen Huerta, una joven de Cali que recopila un par de días de excesos, al son de la música, la autóctona y la que sonaba en las emisoras de radio, superando las fronteras.

Unas memorias frenéticas, desasosegantes, impregnadas de calor y sudor, que huelen a sexo y frustración, que suenan a rabia y curiosidad. Leída sin haber sido puesto en antecedentes, parece una novela de consumo interno, realismo en absoluto mágico destinado al público local, como una cara B del “boom”, la literatura auténtica de una generación que quería parecerse a los Rolling, drogarse como ellos, follar de manera sofisticada y desembarazarse de la tutela de los mayores. Echar siete llaves al sepulcro del coronel Aureliano Buendía, convertir en discoteca el prostíbulo de “La casa verde”, hundir el barco de Maqroll el gaviero y ahogar con un riff de Keith Richards tanto vallenato y tanto acordeón.

“¡Que viva la música!” tiene mucha historia alrededor, que estalla como una pesadilla en cuanto se indaga un poco en la red. La biografía mínima de Caicedo que acompaña a esta edición descubre enseguida el pastel: “el autor se suicidó el 4 de marzo de 1977, cuando tenía veinticinco años, el mismo día que recibió la primera copia impresa de ¡Que viva la música!”.

La lectura, desde luego, adquiere una significación bien distinta. La amiga que me lo recomendó tenía muy claro qué me daba. Yo aún sigo asimilando qué he recibido.

“Sé lo que te doy…”

Recomiendo libros en contadas ocasiones. Y a personas de confianza. Hago mía una frase que creo que leí a Alberto Manguel en su “Historia de la lectura” a propósito de dejar o recomendar libros: “Sé lo que te doy pero no lo que recibes”. A pesar de esta reticencia, me gusta que sean otros los que me abran los ojos y me propongan autores en los que yo no había reparado. Tengo amigas lectoras con criterio dispar que saben de mis gustos y se atreven a sugerirme obras como las que recientemente han caído en mis manos, diametralmente opuestas, con las que he experimentado sensaciones bien diferentes.

Flavia Company es una autora polifacética que encandila a pequeños y grandes, dicho sin ningún ánimo peyorativo. Mi hija de diez años habla maravillas, como lectora empedernida que es, de un par de novelas infantiles suyas protagonizadas por “els Ambigú”. Intriga detectivesca y aventuras que le han encandilado hasta el punto de releerlas varias veces. Company aparece con frecuencia en la prensa cultural, tratada con un respeto que quizás nace de su capacidad para abordar géneros bien distintos o que está provocado por el interés que despierta fuera, ya que ha sido traducida en una decena de países.

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Su última novela, “Haru”, ha sido publicada por Catedral, un sello de nuevo cuño nacido en el seno de Enciclopèdia Catalana y bajo la dirección de Iolanda Batallé. Una editorial que debe de sentir veneración por el libro como objeto, vista esta edición tan austera como atractiva, con un cubierta que llama la atención por su belleza silenciosa, solemne en su desnudez, obra de mirindacompany.com

En papel ahuesado, sin la guillotina uniforme en los cortes, maquetada en una tipografía clásica en una mancha que respeta la proporción aurea, esta obra es un lujo táctil, sedosa, con abundancia de blancos, portadillas y otras cortesías. El ejemplar que cae en mis manos atesora una singularidad: la amiga que me lo ha dejado, sin poder intuir lo que yo iba a recibir, ha subrayado un buen número de frases y ha doblado muchas páginas por la esquina superior.

Voy avanzando en la lectura y se acrecienta cierta sensación de voyeur. Algunas de las palabras marcadas me pueden sugerir que ella está pasando por una fase de su vida en la que necesita mayor reconocimiento sincero y menos adulación fingida. Otras hablan de frustraciones pretéritas en fase de superación. También el paso inexorable del tiempo, los sueños a medio conseguir o un futuro que se antoja removido, rota la placidez que parecía encarnar la rutina más reciente, se traslucen en algunos diálogos subrayados, en aseveraciones un punto enfáticas que chirrían en un relato que avanza plácidamente.

Haru es el nombre de la protagonista de esta historia, una joven marcada por la muerte temprana de su madre. Ésta determina que su hija estudie en un dojo, donde será instruida en el manejo de tiro con arco, la caligrafía japonesa y la meditación, lejos de un padre al que no volverá a ver en décadas.

La vida sencilla, austera, con un fin claramente fijado, de Haru pasa ante los ojos del lector, que asiste a una narración en tercera persona. Abandona la escuela, se adentra en la vida real, alterada por circunstancias en las que parece que no había sido adiestrada (sólo parece) y ese relato de apariencia monótona se ve empozoñado por ruidos que llegan a ser estridentes. Mi amiga sigue subrayando frases y mi lectura cada vez se fija menos en ellas, porque la historia avanza sin prisa ni pausa.

Alguien podrá considerar que es una novela que juega a ser trascendente, en la que se suceden las máximas con vocación de convertirse en rótulos para compartir en las redes sociales, con un orientalismo de fondo que hace poses zen para satisfacer el gusto de un público occidental ávido de exotismo. Existe, me temo, el riesgo de caer en una especie de buenrollismo con resabios japoneses.

Pero se conjuran todos esos peligros y, no sé si es por la cuidada edición o por la cercanía y sencillez de lo narrado, al final uno se queda con la sensación de haber leído una historia narrada con oficio, sin pirotecnias, que se intuye próxima a pesar de haber ido tan lejos para ubicarla.