Otra novela con muchas bufandas

Me queda medio centenar de páginas para acabar la última novela de Dan Brown. Lo de menos es cómo termine. Incluso si el profesor Robert Langdon  resuelve el follón que se monta cuando el eminente científico Edmond Kirsch se propone desvelar un descubrimiento que acabará con las religiones tal como las entendemos y que acabará, nunca mejor, dicho como el Rosario de la Aurora.

La cosa se tuerce, el científico no logra desvelar lo que quería decir al mundo, desde el museo Guggenheim de Bilbao, y vuela toda velocidad a Barcelona, paseando su peripecia por los edificios más emblemáticos de Gaudí, perseguido por la Casa Real española, que se conjura en una basílica excavada en el Valle de los Caídos. Origen se llama este best seller que hace honor a su nombre: lleva desde el mes de octubre en los primeros lugares de las listas de ventas que publican los suplementos literarios, sus voluminosos ejemplares se agolpan en los lugares más destacados de las librerías y Planeta (desde luego) pero también muchos libreros celebran que la última novela de Dan Brown esté ambientada en nuestro país, porque seguro que eso ha provocado muchas ventas, no sé si lecturas también.

Me estoy leyendo una novela de Dan Brown (a pesar de que quedé escamado con El Código Da Vinci) porque se lo prometí a mi hijo mayor, así de flojo es mi argumento para reincidir. Él está acostumbrado a que yo le vaya recomendando libros, los lee casi todos y me suele agradecer las sugerencias. Hasta ahora, dice, el mejor es este que comenté aquí. Las últimas navidades algún familiar le regaló Origen, porque a un adolescente es difícil encontrar algo regalable que no tenga ya. Devoró las 600 páginas en pocos días, y hasta se escondía para seguir leyendo cuando tenía la orden de apagar la luz y meterse en la cama. Le fascinó que la trama fuera por lugares que él conoce bien, el museo bilbaíno, la Sagrada Familia, la Casa Milà… y le encantó (me decía) que cada capítulo (muy breves, como secuencias de una peli de acción) lo dejara con el aliento entrecortado y a punto de dar un nuevo giro a la trama.

El caso es que acepté su recomendación, para que viera que sus opiniones son importantes para mí, aunque sea para rebatirlas más adelante. Nada más abrir el libro, en los dos primeros párrafos recuerdo que conté un montón de adjetivos. Me sumergía en una novela de esas llenas de bufandas, como decía un día Martínez de Pisón para explicar gráficamente qué son los adjetivos: bufandas que uno se pone. Una puede quedar elegante, y hasta cumplir con la función de abrigar un poco. Pero nadie (o casi nadie) sale a la calle con muchas bufandas anudadas en el cuello. Esta novela, como las de Ruiz Zafón, est engordadas con clembuterol adjetival. “Acantilado escarpado, viejo funicular, irregular cumbre, pendiente vertiginosa, enorme monasterio” y pude que alguno más caben en cuatro líneas escasas. Nada más comenzar. Y a partir de ahí no cesa el frenesí.

Los capítulos cortos antes mencionados están concebidos como secuencias de una película que posiblemente se ruede y seguro que protagoniza Tom Hanks. Hay descripciones que son en realidad propuestas para un movimiento de cámara frenético mientras suenan de fondo las aspas de un helicóptero y los protagonistas descienden por una sirga huyendo de los malos. En esta trama maniquea, en la que el príncipe Julián de España parece tener oscuras relaciones con un alto elemento de la Iglesia, conectado con el Opus Dei y emparentado con vestigios franquistas de la policía (tampoco es tan inverosímil), van apareciendo párrafos que parecen copiados de las notas documentales proporcionadas al escritor para darle ambiente al relato. Metidas con calzador, son brochazos que muestran la historia reciente de España con la sutileza de un ballenero en una tienda de Lladró. Peio H. Riaño, habitualmente más fino en sus análisis en El Español, entró a saco para criticar esa poca ponderación ambiental. Quizá no era para tantos aspavientos, porque Dan Brown no se dedica a escribir tratados de Historia, pero el relato deja un poso de descripciones publicitarias, más propias de una web turística, que chirría hasta para un lector como yo, nada devoto de la monarquía y abiertamente anticlerical.

No es una novela para recomendar, porque es imposible no encontrársela en cualquier punto de venta. Es una obra de esas que hacer sonreír a casi todos los implicados en la industria librera, especialmente a sus editores. Y sus muchas páginas de papel tan engordado como la trama se verán durante unos meses en los vagones del metro, en los buses o en la playa. En poco tiempo recordaremos como una anécdota aquella historia de persecuciones ambientada en la Pedrera.

¿Te acuerdas cómo se titulaba?

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Nada es verdad…

Como de todo hace ya unos cuantos años, descubro ahora que se publicó en 2006 el artículo de Vila-Matas en el que supe un poco más de Vicente Rojo. Por razones profesionales, consultaba entonces de manera habitual prensa mexicana, buscaba información de personajes mexicanos y vivía pendiente de casi todo lo que ocurría en aquel enorme país. Por eso me sonaba el nombre de Vicente Rojo, y sabía de él que era un diseñador que había hecho cientos de cubiertas de libros y quizá entonces ya debía de conocer que la primera edición de Cien años de soledad había salido con un diseño suyo, que se ha convertido en mítico.

Vila-Matas explicaba una de esas coincidencias mágicas, o al menos él tiene la habilidad de que nos parezcan así, y daba la filiación de Vicente Rojo. No se pierdan el texto, porque entre otras cosas descubrirán que era un mexicano que había nacido en Barcelona y que desde el barrio de su infancia hay una vista curiosa de la ciudad, en las que no nos fijamos quienes pasamos por ahí con frecuencia, pendientes más de mirar el suelo que de otear el horizonte.

Hace pocas semanas una amiga me pasó una novela publicada por Acantilado que conectaba en parte con algunas de las cosas explicadas más arriba. Y además en el título llevaba el nombre del diseñador: El hombre que se creía Vicente Rojo. Como hay una serie de complicidades y trabazones que no viene a cuento explicar, la amiga que me dejó el libro no me quiso decir nada más. Y yo empecé a leer.

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Son 137 páginas avaladas por la sobriedad elegante de los libros de Acantilado. Es una novela escrita por Sònia Hernández, llamada a ser un referente de su generación según el vaticinio de la revista Granta. Una historia de eso que llaman autoficción, con ese punto intelectualista que empieza a tender cabos al lector, que puede o no saber a qué se agarra, pero que lee con satisfacción porque le hace creer más culto, le invita a jugar en algo que le hace sentir a gusto.

Lo de menos es el punto de partida, lo que parece la historia de una adolescente que está convencida de que a ella solo le ocurren cosas desagradables. Y eso es por ejemplo toparse con un pintor que quiere regalarle un cuadro enorme. Que ese pintor pueda ser Vicente Rojo a ella le importa un pimiento. Se va perfilando un juego de espejos donde empiezan a difuminarse las fronteras entre la ficción y la realidad. O en palabras del Rojo personaje: “yo no creo que exista la realidad, pero sí lo verdadero, por eso es importante indagar y trabajar para que cada uno llegue a su verdad, a la esencia del ser”.

En este artefacto literario donde la verdad y la mentira se convierten en eje de lo narrado no podía faltar precisamente Enrique Vila-Matas (que hizo de presentador en Barcelona de la novela, hace pocos meses) y uno se encuentra con la agradable sorpresa de que campa a sus anchas por estas páginas otro mexicano ilustre, Max Aub, si bien era hijo muchas tierras y, como él mismo decía, “español, por haber sido en España donde había hecho el bachillerato”. Aub es un liante de tomo y lomo, que llegó a escribir la biografía de un personaje inventado, y lo hizo tan bien que había pintores que decían haber tratado en París a Jusep Torres Campalans, de cuya vida absolutamente inventada hay varias ediciones ilustradas con numerosos cuadros suyos.

Aparece Max Aub precisamente por esa capacidad suya de fabular, pero también se menciona una obra suya que es desoladora, que encierra la tragedia de este país, que un día no impidió que muchos de sus mejores talentos se fueran y que, después, cuando algunos se tragaron su dignidad y volvieron a pisar la tierra mancillada por la dictadura, se encontraron con el desinterés de sus paisanos, que preferían vivir dormidos que soñar despiertos. Aub escribió sobre ese golpe terrible, ese encontronazo, una especie de diario que llamó “La gallina ciega”, publicado en la década de 1960, cuando él ya empezaba a estar mayor, aunque no fuera un anciano. El corazón que tantas pérdidas había lamentado empezaba a perder fuelle.

En esta curiosa novela de Sònia Hernández, con tantos guiños literarios (no en vano ella es crítica en diversas publicaciones), parece rendir homenaje a esas generaciones que se exiliaron, aunque sin hacerlo de manera vehemente. Con escuetas pinceladas esboza un retrato del periodismo cultural (con la madre de Berta entrevistando a Vicente Rojo para las páginas de Cultura de un diario local) y hasta traza sin estridencias un perfil de esa relación madre-hija en la que la primera no logra transmitir entusiasmo por nada a la segunda. O eso parece hasta el penúltimo párrafo, donde el círculo prácticamente se cierra, y la historia termina como empieza, por el título.

Una novela de esas que le acompañan a uno muchos días después de haber cerrado el libro.

Novela negra con tricornio

Recordaba algunos pasajes de una novela de una manera tan vívida que creía había sido hace pocos meses cuando la había devorado. Ambientada en la guerra de África, en la toma de la ciudad de Sidi Dris en el verano de 1921, narra las peripecias de cuatro personajes de una manera tan intensa, con una ambientación tan lograda, que podría pasar por un ensayo ampliamente documentado de esos que a veces gozan del privilegio de estar bien narrados.

El caso es que buscando entre las notas, para saber un poco más de esta novela, descubro que apareció en 2001 y que yo la leí en el verano de hace diez años. Esa sensación inmarchitable que dejó en mi recuerdo la asocio al calor y la sed que sufrían sus personajes, que se contagiaba al lector, que veía con dolor cómo no llegaba el aprovisionamiento de agua porque cerraban el paso los rifeños a los soldados españoles que debían sortear en un desfiladero las dificultades para pasar con las mulas cargas del preciado líquido. Esa novela, en la mejor estirpe de Imán, de Sender, o La forja de un rebelde, de Barea, se titulaba El nombre de los nuestros y estaba firmada por un autor que bebía de los recuerdos de su padre: Lorenzo Silva.  Hace años que este escritor ha ganado el reconocimiento de los lectores, como ha logrado también numerosos premios. Y a mí me quedó asociado irremediablemente a esa novela histórica, que tenía mucho de denuncia a través de la fuerza de su relato: denuncia de un ejército incompetente en el que los mandos se ganaban las medallas y las laureadas a base de dejar morir a sus soldados; denuncia de un gobierno manifiestamente corrupto que intentó tapar con la defensa de sus últimas posesiones coloniales los desmanes que cometía en la península; denuncia de un país que no salía de su atraso de siglos e iba enviando a sus mejores hombres a morir sin contemplaciones en unos parajes inhóspitos. Me dejó muy buen sabor de boca aquella historia y, si no volví a leer a Silva, fue porque es tanta la oferta que uno piensa que ya habrá tiempo.

Nombre de los nuestros

La semana pasada, un compañero de trabajo que lee todo lo que tenga aroma de novela negra me pasó un libro fino, publicado por Destino hace un par de meses. Se titula Tantos lobos, y en la cubierta vi que aparecía el nombre de Lorenzo Silva. Al dejarme el libro, mi compañero me puso brevemente en antecedentes: son historias cortas de Bevilacqua y Chamorro, “no sé si has oído hablar de ellos”. Por supuesto que había leído desde hace años reseñas de libros y hasta películas protagonizadas por esta pareja de guardias civiles que resuelven crímenes confusos a base a aplicar una perspicacia que las caricaturas (y la Historia, no podemos negarlo) no parecen asociar a la llamada Benemérita, más proclive al brochazo y el berrido en sus intervenciones.

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Me leí los cuentos, son cuatro, de un tirón. Escasamente ocupan cincuenta páginas cada uno de ellos. Narrados en primera persona por Bevilacqua, los cuatro relatos abordan los asesinatos de otras tantas jóvenes y se va desplegando ese agudo ingenio basado en preguntar mucho y en buscar pistas en los lugares más insospechados. Como se intuye, si uno descubre a estas alturas a esta pareja de investigadores, que el hombre ya estará en la sesentena, no parece extraño que hable de “moderneces” para referirse a Internet, pero luego enumera redes sociales (algunas ya en desuso) como si fuera un pariente de Zuckerberg. Chirría algo en esas explicaciones que no paran de cantar las bondades de los compañeros del cuerpo, que parecen salidos de una serie americana, sin que podamos desprendernos del todo del prejuicio que ha dejado el cine español (y la realidad) en algunos de estos personajes con tricornio. Hay algunos párrafos que parecen sacados de una carta al director del periódico, y sin embargo están metidos (aunque sea con calzador) en un relato de crímenes. Para muestra un botón: “desde que la gente pasa tantas horas al día trabajando gratis para gigantescas corporaciones transnacionales que trafican de forma tan lucrativa con sus datos personales, el material así generado es tan ingente y la banalidad tan inmensa, que exige la juventud y la paciencia que todavía tenía gente como Arnau para procesarlo como es debido”. Suena, como mínimo, extraño calzar semejante alegato en medio de un cuento.

Al devolverle el libro a la persona que me lo había dejado, le comenté que los relatos no me habían entusiasmado y que me extrañaba, porque había leído reseñas muy elogiosas de estas novelas negras con guardia civil. Él me explicó, buen conocedor de muchas de ellas, que los dos personajes habían crecido en matices con cada historia y que podía incluso rastrearse la Historia más reciente de este país leyéndolas. Que eso las hacía muy atractivas para quien se había familiarizado con los personajes.

Sigo recordando con admiración aquellas historias ambientadas en África que me descubrieron a Silva, y creo que dejaré a Bevilacqua y Chamorro para quienes han crecido con ellos.

La dama de las abejas

Hay muchos autores a los que quizá hubiera acabado llegando, pero los descubrí de manera caótica durante mis años universitarios gracias a un amigo que ha acabado siendo un hermano. Era entonces librero en el campus de Leioa y te recomendaba títulos en cuanto le dabas la mínima opción. Luego ha sido muchas cosas en el mundo del libro, siempre peleando en la calle para vender papel, en los lugares más insospechados, ya sea el hall de una estación de tren centenaria, en un puesto de libro de saldo o en las librerías más elegantes.

No sé cuántos miles de libros habrán pasado por sus manos… y por sus ojos. Porque también es un lector empedernido, de los que acumulan ejemplares en cualquier estancia de la casa. Cuando viví con él a diario le daba a la filosofía, ya fueran manuales o textos clásicos que le pedían que leyera en la carrera, porque también estudiaba. Picoteaba novelas, especialmente de autores latinoamericanos, porque vivió en Uruguay en su infancia. Y recomendaba lecturas de siempre, de las que encandilaban a los niños y adolescentes de hace cuarenta años: Jack London, Lovecraft, Herman Hesse, Delibes…

Gracias a Ramón descubrí, en ese caos lector en el que ambos nos encontramos a gusto, a autores tan alejados como Indro Montanelli y Mario Benedetti, a sus paisanos Eduardo Galeano y Onetti, a los historiadores Cotton & Palmer, a Borges… Y sigue recomendándome libros en nuestros encuentros anuales. Ahora le ha dado por montar un huerto en el jardín de su casa, explora los beneficios de algunas corrientes filosóficas orientales (con prácticas como saludar al sol de buena mañana, tener organizada la biblioteca para que reine el equilibrio interior y cosas así). Y está leyendo historias de eso que llaman “nature writing” y que parece que tiene su origen en “el regreso a los bosques” de Thoreau.

Hace un par de semanas me dio un libro de Errata Naturae y me dijo que creía que me iba a gustar, mientras me hablaba de una cuidadora de abejas y de su vida alejada del mundanal ruido. Como hace muchos años me leí “Walden” y me dejó la sensación de que Thoreau era un misántropo que no se aguantaba ni a sí mismo (no hay más recordar la precisión con la que anotaba los clavos que había comprado para apuntalar la casa), temí que “Un año en los bosques”, de Sue Hubbell, fuera en la misma línea. Me gusta mucho el catálogo de Errata Naturae, por la personalidad que demuestra y las ideas tan claras que defiende, y me había fijado en esa especie de colección “Libros salvajes” para urbanitas estresados que nunca tendrán el valor de enviar a hacer puñetas la ciudad y recluirse en la naturaleza, adonde no pueda llegar el 4×4 del anuncio.

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Este libro se publicó en inglés en 1986 y no se tradujo al castellano hasta 30 años después. La protagonista es una mujer nacida en 1935 que estudió periodismo, fue librera y bibliotecaria, ejerció como activista por la paz y un día se fue a una zona apartada de Misuri con su marido, que la dejó poco después. Se hizo apicultora y cuando tenía la cantidad suficiente de galones de miel, se iba con su furgoneta a vender su producto en tiendas chic de Boston o Nueva York. No es fácil vivir en granjas que quedan aisladas durante semanas en invierno a causa de la nieve. No es fácil ser pobre en medio de unos bosques en los que hay que volver al trueque para solventar necesidades tan cotidianas como arreglar el motor de la furgoneta. Y todo se complica cuando hay que volver al activismo de la juventud para defender el territorio de una presa planteada como espacio recreativo por el gobierno local sin contar con los vecinos que, en algunos casos, llevan generaciones cuidando el “jardín”.

Lo que mi amigo Ramón me dejó sin tener muy claro qué me daba ha resultado ser un libro ameno, interesante, repleto de historias mínimas e inolvidables, fruto de unas vivencias que enseguida encontrarán la complicidad del lector. Nada que ver con Thoreau; los bosques de Sue Hubbell están llenos de humor, de admiración hacia las gentes que los pueblan, de cariño hacia los familiares que llegan para echar una mano pero enseguida tienen que regresar a la ciudad. El relato de investigaciones científicas de lo más acotadas se hace perfectamente inteligible a un lego en la materia como yo. La descripción de un pájaro de paso que está migrando y descansa junto a la casa de Sue se convierte en otro guiño entre la autora y sus lectores, que la envidian por tener esa doble suerte de disfrutar de ese espectáculo de la naturaleza siendo plenamente consciente de él. Todos conocemos urbanitas que van al monte buscando el paisaje y preguntan por él como quien busca una tienda para comprar el cargador de un móvil.

Cuando llevamos las suficientes páginas como para considerar a la narradora una amiga entrañable, hace uno de esos ejercicios a los que todos hemos jugado alguna vez y empieza a pedir: “Quiero azulillos índigo cantando sus pareados a primera hora de la mañana. Quiero leer José y sus hermanos de Thomas Mann otra vez. Quiero hojas de roble y flores de cornejo y luciérnagas. Quiero saber cómo está la tierra de Coon Hollow, al norte. Quiero que Asher se entere de lo que les pasa a los ácaros del oído de las polillas en invierno. Quiero enseñarles a Liddy y a Brian las enormes rocas que hay al fondo de la hondonada del arroyo. Quiero saber mucho más sobre las arañas morgaño. Quiero escribir una novela. Quiero bañarme desnuda en el río al calor del sol”.

Dice al final que quiere “el mundo entero, y también las estrellas”. Y nosotros queremos compartirlo todo con ella… y probar un poco de esa miel que debe de saber a gloria.

¿Piensa usted como Churchill?

Lo imagino con el pelo revuelto, la cara iluminada por la pantalla del ordenador, riendo por lo bajini mientras deja ir otra salvajada. Le da a la tecla de salto de página y empieza otro capítulo. Tiene que consultar sus notas, que seguro son muchas. Cotejar algunas citas, confirmar una fecha, anotar la procedencia de un dato. Escribe desde la admiración, pero sabe que la suya no será una obra canónica, que para llamar la atención de los lectores ha de epatar, tiene que salirse del academicismo y montar un reportaje largo, muy largo, porque el personaje se las trae.

Boris Johnson, alcalde de Londres durante ocho años, es ahora mismo el ministro de Exteriores del Reino Unido, el que está en las bambalinas del Brexit. Fue periodista antes que político, amante del mundo clásico (dicen), y ofrece una imagen peculiar, montando en bicicleta por la ribera del Thamesis, con el flequillo absolutamente desmadejado. Es admirador sin fisuras del político británico más importante de su historia, Winston Churchill. Y se consagró a glosar su figura en una biografía que es un ditirambo, así, sin más. De un personaje con tantas dobleces, tránsfuga de sí mismo en más de una ocasión, el hoy jefe de la diplomacia británica apenas entrevé algunas sombras y despacha con trazo grueso las posibles críticas que se puedan hacer a un hombre como Churchill, que pisó casi todos los charcos y no se arrugó ante nada.

Hace un par de años Alianza Editorial publicó “El factor Churchill”, con el elocuente subtítulo “Un solo hombre cambió el rumbo de la Historia”. El año recién terminado vio cómo aparecía en versión bolsillo la misma obra, con el mismo acompañamiento gráfico. Fotografías curiosas de un hombre que estuvo en las dos guerras mundiales, alumbró algunas de las instituciones clave del mundo que habitamos, “dejó sus huellas dactilares en el mapa de Oriente Medio”, acuñó frases memorables y sigue siendo guía y faro de políticos de todo pelaje, desde los más bienintencionados hasta los cínicos más desacomplejados (por aquí tenemos un ex con bigote desleído que presume de seguir sus directrices).

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Boris Johnson escribe sobre Winston Churchill sin ocultar su rendida admiración. Hay páginas en esta biografía que rozan el sonrojo si no fuera por el desacomplejado planteamiento que desde la primera página hace patente su autor. Churchill fue periodista, como Johnson, y escribió (dice este último) “más palabras que Shakespeare y Dickens juntos”. Recibió el Nobel de Literatura en 1953 y antes las posibles críticas ante semejante premio, Johnson se queda bien ancho: “veamos la lista de quienes obtuvieron [el galardón]. Comediógrafos japoneses de vanguardia. Latinoamericanos marxisto-feministas. Exponentes polacos del poema concepto. Todos ellos poseen su mérito, cada cual a su modo, pero muchos de ellos tienen bastantes menos lectores que Churchill”.

Cuando unas páginas después contrapone a su biografiado con los nazis, Johnson dice que “no había más que mirar a Churchill para captar la vital diferencia entre su modo de vida y la seriedad, la pomposidad, la uniformidad tremebundas de los nazis. Nunca olvidemos que Hitler era abstemio, padecía esa malformación que explica muchas de sus desgracias”. Y casi al final de su estudio, argumentando acerca de los afanes de Churchill para favorecer el nacimiento del estado de Israel, disculpa que hubiera recibido “muy sustanciosas donaciones” de banqueros y financieros judíos: “es totalmente cierto que las finanzas personales de Churchill no superarían hoy el examen de los medios. […] Sí que aceptó dinero de aquellos hombres, a veces en cantidades considerables. Pero aquellos tiempos eran muy distintos […] y no era en modo alguno insólito que los políticos recibieran apoyo financiero de sus admiradores”. Y se queda tan ancho.

No es extraño que en una reseña del libro que apareció en The Telegraph su autor dijera que  esta biografía se lee como “una mezcla de los Monty Python y las Horrible Histories”. El tono exagerado de muchas comparaciones, la indulgencia con que se justifican errores tremendos que provocaron miles de muertos (como el hundimiento de la flota francesa anclada en Orán en la segunda guerra mundial en julio de 1940, para impedir que pudiera ponerse del lado de Hitler) o el cinismo con el que alaba a Churchill en su deseo de construir una Unión europea (la misma que ahora quiere abandonar su país, con el propio Johnson a la cabeza) obliga al lector a enarcar las cejas muchas veces durante la lectura de este libro. Que es muy recomendable, sin embargo.

Johnson escribe con un tono periodístico, dicho sea sin ánimo peyorativo. Capítulos no demasiado largos, cargados de citas de Churchill o sus contemporáneos (tan pródigos en ellas), con anécdotas que si no son ciertas se amoldan perfectamente al relato. Esa condescendencia que se marca el biógrafo concuerda con el estilo de vida del personaje: goloso, ingenioso, bon vivant, fumador empedernido, noctámbulo, bebedor, arriesgado hasta resultar temerario, descendiente de nobles que sabía que había que darle al populacho lo necesario para que no despertara de su pesadilla y empezara a pedir responsabilidades…

 

Churchill dejó términos para la posteridad (Oriente Medio, Telón de Acero, Cumbre) y frases que se convirtieron en auténticos clichés: “Sangre, sudor y lágrimas”, “Nunca tantos debieron tanto a tan pocos”, “Combatámoslos en las playas”… Su memoria prodigiosa dicen que le permitía improvisar discursos que pasaban a la Historia por su erudición y organización, su ingenio posibilitaba respuestas que se han convertido en chistes: como cuando le dijo a una mujer fea que le reprochó su borrachera que a él al día siguiente la cogorza se le habría pasado pero ella no podría decir lo mismo.

Este libro se lee con gusto precisamente por eso, porque abunda en detalles pretendidamente jocosos. Churchill fue un personaje exagerado que dictaba sus textos desde la bañera, después de cenar, con varias botellas de distintos licores en el cuerpo y fumándose los puros que son indisociables de su imagen. Fue un hombre que se jactaba de haber acabado con la vida de varias personas, de manera directa. Y que no podía ocultar que algunas de sus decisiones en los conflictos en los que participó causaron miles de muertes. Hizo discursos antológicos, se reunión con los mandamases de su época (de Roosevelt a Stalin o De Gaulle) y de aquellos polvos vienen algunos de nuestros lodos.

Aproximarse a su figura de la mano de un admirador como Boris Johnson es una manera entretenida de empezar a atisbar sus claroscuros. Para los más atrevidos, el ínclito ministro de Exteriores británico propone visitar una web y comprobar hasta qué punto podemos pensar igual que Churchill.

Curioso experimento.

Un taxista sandinista

“El séptimo vicio”, el espacio de cine de Radio 3, se emite una vez al mes desde Barcelona, en directo, en la sala grande de la Filmoteca de Catalunya. Es una ocasión óptima para poner cara a tantas voces y formar parte de un programa que parece hecho sin guión, a golpe de genialidad de sus invitados, que (a decir verdad) suelen estar bien elegidos. Hace ya unos meses que “els vicis de Filmoteca” (así se llama esta cita barcelonesa con el programa de Javier Tolentino) anunciaron que emitían una peli documental basada en las conversaciones que tuvieron Hitchcock y Truffaut, de las que salió un libro canónico de cine que Alianza reedita sin parar. En el programa previo a la proyección estaba prevista la participación del “enfant terrible” del cine catalán, Albert Serra, y de un escritor de novela negra llamado Carlos Zanón, que a mí me sonaba por las estupendas reseñas que firmaba de vez en cuando en Babelia.

Albert Serra gusta de epatar al respetable con sus opiniones rotundas y, en directo, acompaña sus declaraciones de un histrionismo que tiene algo de daliniano, inflexiones de voz incluidas. Repantingado en una butaca en el escenario, delante de un micrófono y con esos cascos enormes que usan en la radio, parecía encontrarse en su salsa. Si no hubiera asistido en directo a aquella emisión me hubiera perdido las caras de sorpresa de Carlos Zanón, que parecía aguantar con estoicismo semejantes salidas de tono. Él había sido entrevistado poco antes y había hecho gala de una sencillez que poco tenía que ver con su compañero de programa. Desde la invisibilidad de casa, si hubiera escuchado el programa mientras preparo la cena (como hago muchas tardes) no hubiera reparado en ese escritor que nada más terminar la charla, en los minutos previos a la proyección a la película que remata la jornada, despareció por el largo pasillo de la sala Segundo de Chomón, en un edificio de reciente creación en pleno Raval, un entorno urbano cargado de referencias cinematográficas y literarias.

Esta otra Barcelona, alejada de la ciudad de postal que atrae a millones de turistas con su palo-selfie, es la gran protagonista (precisamente) de la última novela de Carlos Zanón, “Taxi”, recién publicada por Salamandra y que ha suscitado el interés prácticamente unánime de los medios. Lo más curioso es que, al tratarse de una novela tan rica en detalles, cada reseñista ha encontrado algo interesante… y diferente del resto. Es una novela negra, es una historia ambientada en Barcelona (subgénero que no deja de enriquecerse), es una novela proletaria, es una road movie a caballo de un taxi, es una historia de amor, es un homenaje a los Clash…

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Kiko Amat, tan admirado en este blog, lo clava en un breve billete que escribió en el Culturas de La Vanguardia: “Taxi es un Zanón sin cinturón de seguridad, callejero, soñando con bohemia pero engrilletado a Horta”. Alguien que conozca mínimamente Barcelona disfrutará mucho más esta novela, y cuando pase con el bus por una cantonada del Eixample creerá ver en uno de los taxis aparcados a Sandino, el protagonista de esta historia que se va metiendo en problemas ya no se sabe si como consecuencia del destino o por su mala cabeza y su picha tan brava. No verá con los mismos ojos las obras que se están haciendo junto al hotel Vela, un icónico edificio que separa las playas de la Barceloneta de los muelles del puerto comercial. Si son ciertas las amenazas que se ciernen sobre Sandino a buen seguro que en los cimientos de esas obras descansa el cadáver de alguien que se pasó de listo. Y al pasar por debajo de Montjuïc, con esa sucesión de nichos con vistas a los muelles de contenedores, no podrá evitar pensar en las citas del taxista con su colega Sofía, compañera además de infortunios, víctima de una confusión en la que también quiso ser más lista que los malos.

“Taxi” es una novela oscura, más que negra, pegada a la actualidad. Todo ocurre en siete días del mes de octubre de 2016, y por eso aparecen la CUP y la Colau, el “procés”, o inmigrantes árabes que frecuentan compañías extrañas y hasta una mención a la parisina Bataclán. Quizá estos apuntes tan coyunturales la hagan envejecer demasiado deprisa, pero “Taxi” parece a veces un documental de esos grabados con cámara oculta para mostrar la ciudad allá donde pierde su nombre, donde baja la intensidad de las luces para ocultar más que iluminar.

Esta historia de amor repleta de corazones rotos y entrepiernas doloridas se convierte por momentos en un caos de subtramas levemente punteadas por versos de canciones que uno no sabe si informan de lo que viene a continuación (“Let’s go crazy”, “Police on my back”, “Career oportunities”) o meras maniobras de distracción (“Charlie don’t surf”, “Stop the world”).

El taxista proletario que aspira a follarse a una pija redomada para añadir otra muesca a su canana es el mismo que no se atreve a enfrentarse a su mujer, que le pide hablar con él. Entre tanto, “apatrullando la ciudad” con su Prius amarillo y negro, a Sandino la semana le cundirá como para echar algún polvo más rápido de lo deseado y rememorar tiempos de esplendor, cuando toreaba en grandes plazas. En una entrevista en el diario Ara, donde recuerdan que Zanón está escribiendo una novela que recupera a Pepe Carvalho y es él mismo comisario de BCNegra, el escritor dice que estas historias sentimentales o sexuales son “las cadenas que arrastra el protagonista, a las que se suman las de la familia y la lealtad a los amigos”. Es el punto de partida de “Taxi”, y también el de destino.

Una carrera para disfrutar por una ciudad que descubrir.

Porno isabelino

“Luces de bohemia” es, para muchas promociones de bachilleres, un libro que asociamos a las lecturas obligatorias del COU, con muchas posibilidades de que “cayera” en la prueba de Literatura en el examen de selectividad. Así descubrimos a un autor de nombre rimbombante y biografía de leyenda, que a casi nadie deja indiferente y que, más allá de las peripecias de Max Estrella y Don Latino de Híspalis, nos legó una bibliografía abundante que todavía goza de bastante interés.

Tuve un profesor en la EGB, un cura un poco tronado, que siempre nos ilustraba el subgénero del esperpento que practicaba Valle Inclán con la misma explicación: “imaginaos a alguien envuelto en la bandera española, eso es esperpéntico”. El hombre, que no era precisamente de ideas disolventes ni nacionalista de nada (porque entonces no estaba tan en boga) se adelantó en muchos años a estas actitudes tan peculiares de envolverse en todo tipo de banderas para justificar una amplia variedad de desmanes. Pero nunca logré asociar semejante imagen a un esperpento, que por otro lado era palabra habitual de nuestras madres cuando ya teníamos capacidad de elegir qué ropa nos poníamos y salíamos a la calle con según qué pintas.

luces de bohemia

En la caótica biblioteca que he ido acumulando sabría localizar perfectamente el volumen de Austral en el que leí “Luces de bohemia” en el instituto. No era muy grueso y estaba forrado con papel adhesivo pero las cubiertas se cuarteaban por el uso y sus páginas están llenas de anotaciones que nos iba sugiriendo la profesora de Literatura, una enamorada de la Generación del 98 y especialmente de Machado y Valle. Eran necesarias muchas precisiones para un texto que tenía muchas lecturas, demasiadas claves para unos chavales que asistíamos entre admirados y acojonados al frenesí adjetivador de Valle Inclán, a sus acotaciones llenas de guiños ocultos, a unos nombres de personajes cargados de simbolismo. He leído esta pieza teatral varias veces, la he visto representada unas cuantas más (una con el gran Walter Vidarte en el papel de Latino de Híspalis) y no ha sido la única pieza de Valle Inclán a la que me he acercado. “Martes de Carnaval” y “Tirano Banderas” fueron obras que también leí en su momento, pero nunca acababa de encontrar una edición de “El ruedo ibérico”, sobre la que había leído muchas historias extraliterarias: que si era una obra demasiado ambiciosa, que no consiguió escribir todos los libros que la conformaban, que había algunos escritos pero no publicados, que se avanzó a la época por su atrevimiento…

el ruerdo iberico

No hace mucho Cátedra anunció que en su inconfundible colección “Letras hispánicas” (la de las cubiertas negrísimas) iba a aparecer lo que podía ser una edición casi definitiva, a cargo de Diego Martínez Torrón. Llevo leída la mitad de las casi 1000 páginas de este fresco novelístico planteado en forma de tres trilogías, de la que sólo se publicaron las tres primeras novelas, y una de ellas incompleta. Y me he tomado un descanso. Lo necesitaba. Es Valle en su versión más apoteósica.

Para muestra un botón. Recién comenzada la primera novela , página 2, epígrafe 3:

“Los héroes marciales de la revolución española no mudaron de grito hasta los último amenes. Sus laureadas calvas se fruncían de perplejidades con los tropos de la oratoria demagógica. Aquellos mílites gloriosos alumbraban en secreto una devota candelilla por la señora. Ante la retórica de los motines populares, los espadones de la ronca revolucionaria nunca excusaron sus filos para acuchillar descamisados. El Ejército Español nunca ha malogrado ocasión de mostrarse heroico con la turba descalza y pelona que corre tras la charanga”.

Esto se publicó a finales de la década de 1920, y la pena no es que pueda estar hasta de actualidad, sino que es una descripción de la Historia de España que se puede aplicar a diferentes épocas, no sólo a los meses en los que se enmarca buena parte de la narración, alrededor de la Revolución de 1868.

El libro está atestado de adjetivos, de préstamos de otras lenguas, de descripciones hirientes que hace alguien que tampoco vivía tan lejos en el tiempo de los hechos que narraba. Cualquier escritor que novele hoy los años del tardofranquismo tiene una perspectiva similar a la que disfrutaba Valle respecto de los hechos que explicaba, estirándolos hasta provocar admiración por su valentía. Las acusaciones que hace de Isabel II, a veces con meros sobreentendidos, no sé si podrían realizarse hoy de sus descendientes sin que pesara sobre su autor una orden de busca y captura por injurias.

Al leer precisamente “La corte de los milagros”, primer libro de la primera trilogía, no podía evitar pensar en unas ilustraciones que hicieron furor en su momento, atribuidas a los hermanos Bécquer, especialmente a Valeriano. Se publicaron con el título de “Los Borbones en pelota” y son pornografía pura, acuarelada, no fotografiada. Las poses explícitas en las que se puede apreciar a Isabel II, dándose gusto y dándoselo a una amplia variedad de militares, ministros, religiosos y hasta algún animal de cuatro patas, se combinan con las imágenes de su marido, cornudo agradecido, entre otras consideraciones. Estas acuarelas han vuelto a ser actualidad en los últimos años, ante alguno de los embates que han sufrido los medios satíricos por burlarse de las más altas instancias del Estado.

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Elconfidencial.com y eldiario.es han hablado de estas ediciones en los últimos años. La profesora Isabel Burdiel publicó un estudio excepcional (visible aquí) que le fue publicado por la Institución Fernando el Católico, dependiente de la Diputación e Zaragoza. Y bien se podría hacer un reportaje sobre la serie de novelas de Valle Inclán, porque tampoco se queda manco (y perdón por el chiste fácil). Dice en la página 324: “Era plena de luces la mañana madrileña, cuando dejó su lecho de columnas con leones dorados, la Reina Nuestra Señora. La Católica Majestad, vestida una bata de ringorrangos, flamencota, herpética, rubiales, encendidos los ojos del sueño, pintados los labios con las boqueras del chocolate, tenía esa expresión, un poco manflota, de las peponas de ocho cuartos”. Por si no nos quedara claro, el editor Martínez Torrón añade a pie de página: “Impresionantes y reiteradas las descripciones de Isabel, en donde se dibujan con cuatro palabras su psicología, lascivia, carácter popular, beaturronería e ingenua humanidad, pero a la vez su incapacidad para el cargo”.  En esa “corte de los milagros” se amontonaban jetas de variado pelaje, Sor Patrocinio, la monja de las llagas, y el confesor Antonio María Claret, generales con las más venales intenciones y presidentes de gobierno que sabían que las crisis se sucedían y había que estar muy espabilado para colocar a todos “los míos” antes de que llegara otro a hacer lo propio con “los suyos”.

Me resta por leer prácticamente la mitad de tan soberbio fresco, recargado de colores, repleto de imágenes, con tantos adjetivos que me impelen a subir a la superficie a tomar aire para seguir con la lectura. (Continuará)

Otro bendito cómic sobre la guerra civil

 

Lo malo de las recopilaciones con voluntad de resultar canónicas es que pueden provocar tanta desazón como el interés que despiertan por la selección que proponen. Me ha pasado muchas veces al revisar las listas tipo “100 libros que hay que leer antes de morir…” y me ocurre cada vez que voy repasando los anuarios de cómics que editan Jot Down y la ACDCÓMIC (Asociación de críticos y divulgadores del cómic). Repaso, con retraso, el último, dedicado a 2016, y voy viendo que algunos de los libros reseñados ya han sido mencionados aquí (Los vagabundos de la chatarra, de Jorge Carrión y Sagar Forniés; Glenn Gould, de Sandrine Revel, El ala rota, de Altarriba y Kim, y Crisálida, de Carlos Giménez). Pero constato, sobre todo, que hay muchísimos por leer, que no hay tiempo material para disfrutar de todos los goces que anticipan las críticas contenidas en esta antología.

comics esenciales jot down

Dice Mikel Bao, al hablar de “La virgen roja”, de Mary M. Talbot y Bryan Talbot, que “las historias se olvidan: la gente necesita que le refresquen la memoria, porque mucho de lo que se ha ganado con la lucha en décadas precedentes se está perdiendo en el presente” y explica que precisamente esa es la idea alrededor de la cual se ha construido esta notable obra: “quizá en el pasado se puedan encontrar respuestas a algunas de las preguntas que plantea el turbulento siglo XXI en el que nos encontramos inmersos”. Aquí nos gustan mucho los cómics dedicados a la guerra civil y ya hemos dicho en alguna ocasión que se repite mucho el patrón de que un guionista o un dibujante dedican un cómic a la historia que han oído en casa a hurtadillas, a las vivencias familiares que sólo se explican a medias, para ahorrar disgustos a los descendientes, para intentar olvidar y pasar página. Las historias del “médico de Belchite” que dedicó Sento a un familiar de su mujer, los dos volúmenes que dedicó Altarriba a sus padres con los dibujos de Kim, y hasta “los surcos del azar” que recorrió Paco Roca beben de este planteamiento que de manera casi literal retoma Jaime Martín para explicar la peripecia de su abuela Isabel en “Jamás tendré 20 años”, que con su cubierta rojinegra se hace la dueña y señora de la sección de cómics de cualquier librería.

El casi imperceptible brillo en los ojos de la “libertaria” que levanta el puño cerrado en esa portada invita a abrir inmediatamente este álbum publicado por Norma en 2016, desde la versión original en francés publicada por Dupuis como “Jamais je n’aurai 20 ans”. La historia está montada, como tantas otras veces, en forma de flashback, a partir de unos chavales que juegan a la guerra y no entienden que sus abuelos les abronquen: “Se acabó esta mierda de película. Id a jugar a la pelota como los demás niños”.

A partir de entonces una páginas magníficamente construidas viajan al verano que destrozó tantas vidas para desarrollar cronológicamente la vida de Isabel y Jaime: el viaje de la primera desde Melilla hasta L’Hospitalet y la participación del abuelo en la guerra, en el llamado Frente del Serrablo y en Belchite permiten que se pueda hablar de esas ilusiones quebradas para toda una generación, de los golpes en la puerta de madrugada que precedían a los fatídicos “paseos”, de los bombardeos de la aviación en la contienda y el estraperlo en la posguerra, de las delaciones antes y después de acabado el conflicto, como si la condena fuera para siempre y a los vencidos se les tuviera que recordar sin parar que perdieron la guerra y la paz.

El giro final de la historia dice mucho del estado en que quedó este país cuando se decidió que el silencio tenía que ser la respuesta a muchas de las preguntas que las nuevas generaciones nos hemos ido haciendo.

Son esperanzadoras, para el mundo del cómic y para los aficionados a la Historia (en especial la de España), las palabras que dedica el citado Mikel Bao para cerrar su reseña de “La virgen roja”: “un estupendo libro, indicado particularmente para los amantes de las historias cercanas a la realidad que tan habituales son en el mundo de la novela gráfica y que están atrayendo a muchos lectores a muchos lectores tradicionales al cómic en los últimos años”.

Se puede aplicar tal cual al libro de Jaime Martín. Muy recomendable.

Literatura más allá de generaciones

“Los milenials han revertido las tendencias juveniles que comenzaron en los años sesenta. Han disminuido las ratios de delincuencia juvenil; fuman y beben menos, y ha descendido el número de embarazos entre adolescentes. (…) Nunca hemos visto una generación tan cercana a sus padres”. Las comillas pertenecen a un estudio titulado Millennials Rising: The Next Great Generation, y lo cita Mar Abad en un libro interesante y muy entretenido que se titula “De estraperlo a postureo”, del sello Vox, el de los diccionarios de toda la vida. Esta obra quiere demostrar que según las palabras que utilicemos denotamos en qué año hemos nacido, más o menos, a qué generación pertenecemos. Y repasa un siglo de España, en una especie de manual (muy ameno) de sociología disfrazado de estudio léxico y lingüístico (muy divertido).

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Se citan cinco generaciones, la “silenciosa” (nacidos antes de la guerra civil); los baby boomers (nacidos en plena posguerra);  la Generación X (los que aparecimos con el desarrollismo y la transición); los milenials, que llegaron con una pierna en cada siglo; y la Generación Z, que apenas es comentada porque todavía está creando ese léxico que permita a los habitantes del futuro asociarla a un tiempo y unas circunstancias.

El libro evidencia un notable trabajo de documentación, que la autora parece haber trabajado con deleite: preguntas a los mayores, visionado de horas y horas del archivo de TVE, películas viejunas, canciones de la Movida, coplas, diccionarios muy variados y muchas búsquedas en la red. Todo vale para montar este trabajo que cada uno disfrutará en mayor medida cuando se vea reflejado en la generación a la que pertenece. La identificación con el mítico programa ¿infantil? La bola de cristal explica las canas que nos adornan, por ejemplo. La lectura de las páginas dedicadas a los años del estraperlo ayuda a entender por qué también las palabras parecían ser grises, en consonancia con la tristeza y las fotos en blanco y negro que nos explican qué pasó en la guerra y después de ella. Y al leer sobre los milenials he recordado enseguida una publicidad de Alianza Editorial que vi hace poco en una librería, que se preguntaba abiertamente: “¿existe una literatura para milenials?”.

Por eso abríamos este texto con esa definición tan dura de esta generación, que todavía ahondaba en vituperios: “son sorprendente convencionales en sus valores sociales y culturales”. Ronja von Rönne, nacida en 1992, es una autora de esta colección de Alianza y en el folleto mencionado dice: “éramos la mejor protegida y más depresiva de todas las generaciones. Era nuestra hiperreflexión neurótica, el continuo preguntarse por el papel propio, la maniática dedicación a nosotros mismos, el tiempo que se abría ante nosotros desierto e infinito, y el aburrimiento incierto de nuestras arenosas”. Tengo un novela suya por leer titulada “Ya vamos”, “un libro radical sobre el dolor de crecer y el poliamor”. Esta última es justamente una de las palabras que según Mar Abad definen a esta generación, como lo son precariado, selfi, posverdad, sexting, meme, hípster y pagafantas, entre otras.

un invierno en sokcho

Y acabo de terminar precisamente otra novela de esta misma colección, sin saber que tenía por target a los milenials. En este caso es de una autora francesa, Élisa Shua Dusapin, también de 1992, que ganó varios premios con esta, su primera obra publicada. Se titula “Un invierno en Sokcho” y su morosa narración se desarrolla en una pequeña ciudad portuaria de Corea del Sur, muy cerca de la frontera con su temido vecino del norte.

Pocas páginas para una historia en la que la joven protagonista ejerce de recepcionista en un hotel de una ciudad de veraneo en la que no hay un alma en pleno invierno. Hasta ahí llega un francés, Kerrand, que rompe con la rutina del lugar. Es un viñetista que está preparando una nueva novela gráfica y despierta el interés de la protagonista, que se ofrece al huésped para acompañarlo en sus breves viajes de documentación.

Ese tedio cotidiano está descrito con una precisión que sorprende por la economía de medios de la narradora, que estructura el relato en breves secuencias de pocas páginas. Su relación con un novio que cambia de ciudad, las visitas a su madre, el día a día en un hotel decrépito se van mostrando con aparente sencillez, parece que se vayan fundiendo con la novela gráfica que está levantando Kerrand. La narradora describe ese cómic que aparece ante sus ojos y el contorno se difumina con la novela que nosotros estamos leyendo: “Era un lugar sin serlo. Esos sitios que toman forma en el instante en que pensamos en ellos, luego se disuelven, un umbral, un paisaje, allá donde la nieve que cae tropieza con la espuma y una parte del copo se evapora mientras la otra se une al mar”.

Un milenial igual se reconoce en ella, ¿por qué reservarle ese gusto solo a esta generación?

Homenaje berlanguiano a la radio

Me sonaban campanadas de que la RAE había incluido en su diccionario la palabra “berlanguiano”, pero una consulta rápida en la web me hace ver que no fue así. Al tiempo, Google devuelve un montón de páginas relacionadas con la búsqueda del adjetivo, entre ellas una campaña en change.org, precisamente para que la Academia la tomara en consideración, así como una iniciativa del inefable diario Las Provincias en pos de una definición. Aparecen diversas propuestas y hay una muy certera del actor Juanjo Puigcorbé: “Dícese de la situación coral aparentemente caótica o esperpéntica donde los caracteres muestran o ponen en evidencia su monstruosidad sin categoría moral pero de una forma vitalista”. Cuando murió Berlanga su compañero de oficio Santiago Segura volvió a reivindicar la inclusión de la palabra de marras y en su texto del diario Público se hizo unas preguntas que añadían matices a lo que podría ser una explicación más certera: “¿Quién nos va a retratar ahora? ¿Quién va a sentar un pobre a nuestra mesa? ¿Quién como tú nos va a golpear con el garrote de la risa? ¿Quién nos mostrará lo caóticos y rijosos que podemos llegar a ser?”

Me ha venido a la memoria esta divertida reivindicación al leer una novela absolutamente berlanguiana, ya desde la primera página. Fue empezar a leerla y recordar inevitablemente el arranque de Bienvenido Mr. Marshall, con la cálida voz del narrador que acompaña a la cámara mientras nos muestra la fuente seca, la iglesia del mil no sé cuántos, el reloj que no funciona y el mítico balcón del ayuntamiento de Villar del Río, desde el que Pepe Isbert encasqueta a sus convecinos el famoso discurso que les debe.

Esta divertida novela es un homenaje a la radio, como se encarga de ratificar el sorprendente final, con una estructura de relato contenido en otro relato. La ha escrito un hombre de radio y TV, Juan Herrera, que hace años puso en marcha en Radio 3 un programa ingenioso y divertido, Jack el Despertador, y que luego ha arrancado risas con Humor amarillo, un programa que uno ya no sabe si se ha convertido en “programa de culto” de tan chusco que era, o al contrario. “La radio de piedra”, no podía llevar otro título, la acaba de publicar AdN, acrónimo de Alianza de novelas, con una cubierta tan elegante como atractiva, si bien igual despista un poco sobre el contenido de la novela.

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Son capítulos cortos, casi microcuentos, que como las escenas de una película nos van presentando, primero, a los personajes para luego ponerlos en acción y empezar a cruzar sus vidas. También en esta presentación coral es berlanguiana la novela, pero lo es sobre todo en el humor negro y socarrón, en el anticlericalismo latente, en la irreverencia ante los convencionalismos y en esa simpatía por los perdedores. El sexo sin censuras, en una especie de pornografía rural con olor a sacristía, acaban de redondear este homenaje sin disimulos al gran cineasta valenciano. No recuerdo ahora si aparece en el texto la palabra “austrohúngaro”, esa especie de fetiche que Berlanga incluía en sus películas, viniera a cuenta o no.

Hay muchas escenas que podrían haber sido descartes de La vaquilla, en una novela ambientada en la guerra civil en la que no faltan beatas lujuriosas, un cura como don Críspulo en connivencia con las fuerzas vivas, Dimas el ciego y Abelito el tonto de pueblo, Las Lombrices (unas hermanas que gozan dando goce), una compañía de alemanes y, por haber, hay hasta un cameo de Franco.

Gusta el autor de la frase rotunda (“en los templos la saliva de los clérigos se solidificaba y caía como cera caliente sobre las cabezas de los feligreses”, “los niños, aunque solo sean una inversión militar de futuro, son el alma de las calles”, “fuera de la sacristía tenían menos futuro que un helado y una estufa”… y así durante 200 páginas divididas en una cuarentena de capítulos que se leen en un suspiro.

No será una novela que aparezca en las quinielas para los premios oficiales pero se enmarca perfectamente en esa tradición realista que, una vez desbocada, prefiere transitar por los senderos del humor y responder con una mueca a los que la puedan acusar de poco profunda. Dice el cómico Luis Piedrahita en una faja que le han puesto los editores que “este libro es capaz del único milagro que vale la pena: convertir la tristeza en belleza”. Y se olvida de algo muy importante que también lograr: despertar unas cuantas sonrisas.