Sudor (y sangre)

Descubrí de manera indirecta, e imagino que demasiado tarde, a Alberto Fuguet, gracias al colombiano Andrés Caicedo. Este último fue, a decir del otro, uno de los damnificados del “boom”, y se hablaba de todo ello en un artículo de Tinta Libre. En ese mismo texto aparecía Fuguet como un adalid de posturas heterodoxas, una especie de iconoclasta que se atrevía en su última novela con algunos de los iconos del “boom”. Sudor (Penguin Random House, 2016), que dicen los créditos que va por su segunda edición en pocas semanas, es el título de esta novela en la que se ridiculiza ligeramente a Nuria Monclús (trasunto de la Balcells) pero que tiene la mira telescópica puesta en Carlos Fuentes (aquí Rafael Restrepo) y su hijo (aquí Rafa). El primero es criticado con acidez y el segundo, verdadero protagonista de dos tercios de la obra, va añadiendo sal a la biografía del padre mediante sus opiniones y sus actos desmadrados.

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Rafa es gay, y la novela (si es que existe ese subgénero) ha sido ubicada ahí también: novela gay. Y pornográfica. El “sudor” del título viene del calor en Santiago de Chile, y del roce de los cuerpos, cuyas posturas se describen con pelos (nunca mejor dicho) y señales, en coitos que se llevan a cabo de manera impulsiva, ya sea en el lavabo de un bar o en la suite del hotel W, con unas vistas de ensueño sobre la capital chilena. Es una novela coyuntural, que quizá en pocos años se muestre acartonada porque ya no existan ni Grindr (la app que utilizan los gays para sus encuentros fugaces) ni sean tan habituales los mensajes de Whatsapp, con esa mezcla de espontaneidad sincopada e inmediatez en la respuesta, o hayan caído en el olvido muchas de las canciones que “suenan”.

Sudor se sostiene sobre un andamiaje caravista: una introducción de un centenar de páginas, en las que Alf, el narrador protagonista, explica en primera persona quién es y por qué ha de dedicar sus próximos días a promocionar “El aura de las cosas”, el libro de Alfaguara en el que Rafael Restrepo “comenta” las fotos de su hijo Rafa, y que es una apuesta decadente de una editorial que vivió tiempos mejores. El lector es puesto en antecedentes, y si conoce algo del mundo editorial, no podrá evitar esbozar una sonrisa maliciosa al reconocer egocentrismos en franca retirada, nombres de críticos o autores que aparecen citados (no sabemos si con autorización o con el propósito de ser zaheridos). Esta introducción va soltando una bilis que el lector ya ha hecho suya para cuando aparecen padre e hijo. El relato adopta entonces el formato de diario: cuatro jornadas que combinan una agenda cultural repleta de actos con personalidades sazonadas con polvos, tarros de Boy Butter y fiestas privadas, a cualquier hora del día, con abundante perico para aguantar más y mejor. Son medio millar de páginas de sudorosa acción, con primerísimos planos de felaciones o encuentros furtivos que a veces distraen más de lo que contextualizan.

El hijo malcriado y el padre avergonzado; el escritor de fama mundial que quiere rodearse de todo tipo de celebridades y el fotógrafo impulsivo que atesora conquistas en pelotas al tiempo que retrata su narcisismo; la lucha encarnizada entre una vieja gloria que quiere ganar la inmortalidad y un joven admirador de Morrison que aspira a dejar un cadáver bonito, sin los estragos de la vejez. Esta roman à clef, tan de ambiente, tan del mundillo editorial, tan de Santiago, tan repleta de sobrentendidos,  acaba funcionando por el puro morbo: es el dibujo de una relación paterno filial hecha cisco, es la crónica de cuatro días de desfase, es el pinchazo del globo del “boom”, con sopapos a diestra y siniestra, de Vargas Llosa a Saramago. Es una novela predictible, en la que pronto se sabe cómo acabará todo, ya sea porque el lector está en antecedentes de lo que ocurrió con los personajes reales que inspiraron la trama o porque es fácilmente deducible por la enfermedad que padece Rafa, señuelo que hace avanzar el relato a trompicones cuanto más se acelera el desenfreno.

El lector satisface ese lado morboso y, aunque sea a regañadientes, va intuyendo el bronco final. Y va transitando por estas 600 páginas de un autor destroyer que en alguna entrevista ha lamentado no provocar más controversia. Una novela curiosa.

Ramón Acín vive

Ochenta años hace de su fusilamiento en Huesca, en las tapias del cementerio. La causa, según el inicuo parte: “en refriega habida por motivo de Guerra Civil”. Fue un 6 de agosto de 1936. Diecisiete días después corría la misma (mala) suerte su mujer, Concha Monrás. Quedaban dos huérfanas, Katia y Sol; unas pajaritas que se convertirían en el símbolo de una obra artística notable, y el recuerdo de un hombre comprometido, beligerante, coherente. Se llamaba Ramón Acín, y no llegó a cumplir 48 años.

ramon by panter.jpgRetrato de Ramón Acín, por Sergio Sanjuán

La ingeniosa frase de Andrés Trapiello para referirse a los escritores de derechas “que ganaron la guerra pero perdieron los manuales de literatura” no puede ser más falsa en el caso de Acín, ni aún dándole la vuelta. Perdió la guerra en tanto que se dejó la vida, fue vilipendiado y denunciado antes de su oprobiosa muerte, se le ignoró durante años y algunas de sus obras fueron destruidas a martillazos, pero es cierto que a la postre acabó ganando un lugar merecido en la pequeña historia del arte local, desde donde se ha ido proyectando por todo el país. Quiso la suerte, y nunca mejor dicho, que su nombre quedara ligado para siempre a una de las películas más notorias de Luis Buñuel. Tierra sin pan, también conocida como Las Hurdes, fue posible gracias al 29.757, un número que resultó premiado en la lotería de Navidad de 1932 y que Acín, en cumplimiento de una promesa, destinó a producir el famoso documental del cineasta calandino. En el relato “Padre de almas”, del libro colectivo Mosen (Pirineum Editorial, 2000), se puede rastrear toda la historia.

Y de unos años a esta parte, de manera regular, la vida y obra de Ramón Acín se han ido haciendo un hueco en el panorama editorial y han ido ganando el favor del público en forma de exposiciones o de reivindicación de su variada obra pictórica, escultórica y hasta escrita, pues dejó un buen número de artículos en la prensa oscense y algún que otro libro. En 1982 se celebró una exposición en Huesca con 92 obras catalogadas hasta entonces. Seis años después, con motivo del centenario de su nacimiento, superaban ya los tres centenares las obras localizadas. Un libro que ahora adquiere el rango de joya de coleccionista, con un rótulo fundido en hierro y enganchado en la cubierta, se hacía eco de esta colección de pinturas y esculturas, en una investigación dirigida por Manuel García Guatas.

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Colofón del catálogo dedicado a Ramón Acín, (Diputación de Huesca, 1988)

En 1998 Sonya Torres Planells trazó una semblanza biográfica y artística para Virus. Un lustro después una nueva exposición antológica, esta vez en el Museo de Bellas Artes de Zaragoza, posibilitó un nuevo catálogo con textos del propio García Guatas, Carlos Forcadell y Mercè Ibarz, entre otros. El libro-DVD La línea sentida, de Emilio Casanova y Jesús Lou, permitió que las nuevas tecnologías acogieran en su seno la obra de Acín y la opinión de numerosos estudiosos, que no dejan de escudriñar su trayectoria. Hace sólo unos meses que Debate publicó Ramón Acín toma la palabra. Edición anotada de sus escritos (1913-1936) y hace pocas semanas apareció, esta vez en formato cómic, La bondad y la ira, con el significativo subtítulo de “Últimas horas de Ramón Acín” (GP Ediciones).

Portada La bondad_ramon acin

Este tebeo, con texto de Juan Pérez y dibujos de Daniel Viñuales, recrea en luctuoso blanco y negro los instantes que precedieron a la detención de Acín, que salió de su escondite en su propia casa de Huesca para defender a su mujer, a la que estaba humillando un grupo de fascistas que iba en busca del artista y acabaron llevándose a los dos, para asesinarlos en menos de un mes. Esas horas trágicas recrean en un acelerado flashback momentos decisivos de la vida de Acín: su labor como maestro en la Normal de Huesca, su activismo anarquista, su detención tras haber escrito en contra de la guerra de África, su participación en la insurrección republicana de Jaca y el consiguiente exilio en París, la vuelta a la España republicana y los honores que se le rindieron y la vuelta al activismo. Es un cómic breve e intenso, coronado por una cubierta muy lograda: tres agujeros asesinan una pajarita, y a través de ellos se ve el fondo rojo de la solapa de papel. Es el único detalle colorido en una obra austera, en la que predominan grises y negros. Hay muchas pajaritas en sus páginas, símbolos de libertad atenazada, protagonistas de historias que Ramón cuenta a sus hijas Katia y Sol, recuerdo del artista que se fue demasiado pronto pero cuya obra se asienta hoy en el parque de Huesca, en una calle de Barcelona, con esa rigidez que el hierro de las esculturas proporciona hoy a los frágiles papeles con los que juegan los niños.

Este cómic es un jalón más en una serie bibliográfica que seguirá creciendo, sin duda. Es meritoria la labor que lleva a cabo la Fundación Acín, atenta a cualquier mención que se hace del hombre o el artista. Este artículo de José Carlos Mainer, publicado con motivo de la recopilación periodística de Acín en Debate, despertará el hambre de los lectores por saber más, que se pondrán a buscar sus libros, sus pinturas, sus esculturas.

Porque Ramón Acín sigue vivo, muy vivo.

Querida Milagros…

Esta mañana al salir a patrullar, / hallamos muerto al soldado Adrián. / Como manda el reglamento procedimos a buscar / los objetos que llevara. Sólo hallamos esta carta. La segunda carta empezaba: “Te saludo desde Kabul” Lo leí y grité tanto que los vecinos vinieron corriendo. “¿Dónde está la ley? ¿Dónde puedo buscar amparo?” Me golpeaba la cabeza contra las paredes. “Sólo le tengo a él, hasta en los tiempos del zar libraban del servicio militar al hijo único. Pero a él le han enviado a la guerra”.

Querida Milagros, llevo seis días aquí. / Te echo de menos, no puedo vivir sin ti. / He visto las explosiones brillando a mi alrededor. / Tengo miedo, no lo oculto, sólo me queda tu amor”. En el hospital recibí carta de un amigo, por ella supe que una mina explosiva italiana había hecho saltar nuestro vehículo por los aires. Él había visto como junto con el motor del carro había salido volando un hombre. Ese hombre era yo.

Por ahora la suerte me ha sonreído; / necesito verte, aquí no hay amigos; / no estaría de más que alguien me explicara, / qué tiene esto que ver contigo y conmigo. Al poco tiempo empezamos a preguntarnos ¿Cuál es nuestro papel aquí? Nuestras dudas no gustaron a los superiores. Las zapatillas y los pijamas aún faltaban pero las pancartas y los llamamientos ya colgaban por todas partes.

Querida Milagros, queda tanto por vivir. / Sería absurdo dejarse la piel aquí. / Querida Milagros, aún no he podido dormir. / un sueño frío me anuncia que llega el fin. / Cuando leas esta carta háblales a las estrellas, / desde que he llegado aquí sólo he hablado con ellas. ¿Qué comprendí allí? Que el bien nunca gana. Que el mal en el mundo no disminuye. Que el hombre es espantoso. Y la naturaleza es bella… (…) En Afgán comprendí lo que es la vida. Aquellos años para mí fueron los mejores, se lo digo. Allí experimentamos de todo, probamos de todo. Vivimos la verdadera amistad entre hombres. Contemplamos cosas realmente exóticas: las bocanadas de neblina matinal en los estrechos desfiladeros, igual que cortinas de humo (…) Algunos paisajes parecen lunares, de ciencia ficción, algo espacial.

He visto a los hombres llorar como niños; / he visto a la muerte como un ave extraña, / planear en silencio sobre los caminos, / devorar a un sol que es tuyo y es mío. Nos trataban como a un rebaño… Unos estaban contentos, lo habían pedido ellos mismos. Otros no querían, estaban histéricos, lloraban, hasta había los que se emborrachaban con colonia. Joder… La desolación se apoderó de mí, todo me daba lo mismo.

Querida Milagros, llevo seis días aquí. / Te echo de menos, no puedo vivir sin ti. / Querida Milagros, llevo seis días aquí. / Muchos han muerto, casi todos morirán / Querida Milagros, me tengo que despedir / siempre te quiere: / tu soldado Adrián. Pasas días esperando un carta… Recibes una de tu chica, las flores le llegan hasta la cintura, ¡joder, haberme enviado una con bañador! ¡En biquini! O al menos de cuerpo entero, para poder mirarle las piernas… Por debajo de una falda corta… Entre nosotros, por la noche, el tema estrella siempre eran las mujeres. Cómo eran nuestras chicas y qué habíamos probado cada uno…

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Leía horrorizado la espeluznante sucesión de testimonios sobre la guerra de Afganistán que logró recuperar Svletana Alexiévich y sonaba en mi cabeza el alegato antibelicista que hizo El último de la fila en forma de canción. El lirismo de aquel soldado aturdido que confía a su novia sus congojas era el contrapunto ideal a las palabras de los supervivientes de la guerra afgana o a las palabras de las madres aterradas al rememorar cómo se fueron sus hijos para no volver, cuántas recuerdos arrastran mezclados con la sensación de culpa por no haber intentado evitar que cayeran en pos de un ideal tan difuso como el de ayudar a un pueblo hermano. Este libro aterrador se titula “Los muchachos de zinc. Voces soviéticas de la guerra de Afganistán”. Si a su autora, una veterana periodista bielorrusa, no le hubieran premiado con el Nobel de Literatura posiblemente Debate no hubiera editado este volumen, y la obra de Svletana Alexiévich hubiera gozado del favor de un público minoritario en una editorial como Raig Verd, que creo fue una de las primeras que apostó por ella.

El libro es descorazonador. Los testimonios se suceden, sin ninguna acotación de la periodista. Podría compararse con un iceberg, sólo vemos la punta. Todo el trabajo de documentación, investigación, entrevistas, contraste de fuentes, transcripción no se vislumbra, si acaso se intuye. Es un enorme desagravio, con decenas de relatos muy personales, llenos de dolor, cuajados de injusticia, manchados por las mentiras que provocaron que miles de soldados soviéticos murieran en un territorio hostil donde nada se les había perdido. Dice Alexiévich en unas escuetas notas que preceden a los testimonios de los protagonistas que ella se dedica “desesperadamente (libro tras libro) a disminuir la historia hasta que toma una dimensión humana”. Así se puede colegir en cada una de las páginas de este libro.

A modo de curiosidad, el volumen se complementa con un apéndice esclarecedor. El avance de parte del libro en el periódico Komsomólskaia Pravda y la representación de una obra teatral basada en el libro provocaron que un tribunal de Minsk admitiera una demanda contra la autora por tergiversar los relatos de los testigos. Se suceden los argumentos de las partes, se recoge el fallo del jurado y se puede apreciar la herida que en la sociedad soviética, entonces, y todavía hoy en los distintos países que enviaron a sus hijos a esta absurda guerra sigue supurando. Aunque la tentación de matar al mensajero es grande, el reconocimiento del Nobel y el creciente número de lectores pueden blindar a Svletana Alexiévich ante ataques como los que han sufrido colegas suyos de la extinta Unión Soviética.

Con motivo de la entrega del Nobel se sucedieron las entrevistas en los medios españoles. Hay dos que por la categoría de los entrevistadores lograron trazar un perfil completo de la periodista: la veterana Pilar Bonet en El País Semanal (que a veces es algo más que una mera sucesión de anuncios de productos caros) y las imprescindibles “converses amb vida” de Carles Capdevila en el suplemento dominical del diario catalán Ara merecen una lectura sosegada.

Un niño quiere leer sobre los nazis

Tengo un hijo de doce años que quiere saber más cosas sobre la Segunda Guerra Mundial. Ha visto algún reportaje en la tele sobre las grandes construcciones de los nazis, ha descubierto películas que de manera más o menos explícita abordaban el tema de los campos de exterminio. La ingenuidad no exenta de dureza de El niño con el pijama de rayas, el padre sobreprotector de La vida es bella, el gamberrismo y humor negro de El tren de la vida han sido algunas de estas aproximaciones, sin osar todavía que se enfrente a colosos como La lista de Schindler, Shoah o al salvajismo de Malditos bastardos, por citar títulos bien distintos y maneras antitéticas de tratar el nazismo y sus consecuencias.

Esta especie de fascinación, absolutamente exenta de admiración, creo que radica en la ausencia total de lógica que tuvo el desarrollo y, lo que es peor, la aplicación de una ideología tan totalitaria y autorreferencial, que a los ojos de un niño puede ser un desatino fruto de alguien que no está en sus cabales. Las mastodónticas construcciones que detallan en los documentales, las cifras de detenidos, desaparecidos y muertos, las colosales exhibiciones de fuerza y poder, los miles de banderas que presidían cualquier celebración, con esa estética tan alineada y repetitiva llaman por fuerza la atención de un niño, al que la falta de experiencia aún no ha vacunado contra las estupideces de la especie humana.

Me pedía lecturas mi hijo y no acababa de encontrar un libro en el que se pudiera adentrar sin necesidad de mucha contextualización, de notas a pie de página. Descartados por ello el Diario de Ana Frank, la novela del “niño del pijama de rayas” (porque precisamente no pudo aguantar hasta el fin de la película al intuir lo que se le venía encima) y otras obras testimoniales, por esa dureza que hace apartar la vista de la página incluso a los lectores más curtidos, me llegó una recomendación de la página de lecturas infantiles Boolino, en la que hablaban de una pequeña novela que situaba para lectores a partir de 12 años.

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La descripción aséptica de esta página quizá no me hubiera inducido a acercarme a “Y tú no regresaste” (Salamandra, 2015), un libro testimonial planteado como una carta que setenta años después dirige la autora, Marceline Loridan-Ivens, a su padre, detenido con ella, deportado a Auschwitz-Birkenau y desaparecido en un campo, o en el traslado a algún otro sitio. El recuerdo de una frase desencadena un relato estremecedor. Se la dice el padre a Marceline: «Tú podrás regresar, porque eres joven, pero yo ya no volveré».

Durante mucho tiempo devoré este tipo de testimonios, pero de la misma manera necesité luego de varios años de lejanía. Eran terribles en el recuerdo, más allá del grado de detalle con el que explicaban las atrocidades padecidas. Escribí sobre ello hace un tiempo, a propósito de una novela basada en la experiencia personal de Joaquim Amat-Piniella. Titulé aquel post “La culpa del superviviente”, porque es algo que siempre aparece en estos relatos, ya los escriba un intelectual como Jorge Semprún, un luchador como Mariano Constante o un fotógrafo como Francesc Boix. La sensación, perdurable, de que los que salvaron la vida tuvieron momentos de flaqueza, fueron cobardes, traicionaron algo o a alguien… está siempre ahí. Primo Levi no soportó este dolor y se quitó la vida; él, que había logrado vivir un día más, un mes más, un año más…

Algo parecido le ocurre a Marceline Loridan-Ivens. Quedan seis líneas para el final de su relato y se pregunta:  «¿Hicimos bien en regresar de los campos?» En las 91 páginas previas, en las que buena parte de su vida discurre ante nuestros ojos, no había atisbo de duda. Pero, al final, se lo cuestiona todo. Su familia quedó rota por la detención de ella y su padre, y sobre todo por la ausencia de él. El dolor que vieron sus ojos, que experimentó, le generó una indiferencia que posiblemente le permitió sobrevivir. «En aquel lugar lo primero que se perdía eran las referencias de amor y sensibilidad», llega a decir. Tras la hecatombe de los campos llega el infortunio familiar, el antisemitismo de la sociedad francesa, aun sabiendo todo lo que había ocurrido en la guerra. Rememora la autora su carrera como directora de películas documentales, sus dos matrimonios, el peso de la ausencia del padre. Se habla en diversas ocasiones de una carta que el padre logró hacerle llegar dentro del propio campo de exterminio, y de cuyo contenido no le quedan recuerdos a la narradora. Es como un señuelo que hace avanzar el relato de la otra carta, la que compone todo el libro.

Al acabar “Y tú no regresaste” vuelvo a sentir esa herida que provocan los libros necesarios. No salgo indemne, como alertaba Ignacio Martínez de Pisón en el prólogo a la novela de Amat-Piniella. No hace ni un siglo que Europa se desangraba con experimentos sociales que van más allá de cualquier forma de totalitarismo. El desastre que provocaron vacunó a varias generaciones pero hoy resucitan los temores de siempre, vuelven a erigirse alambradas, se hacen más audibles discursos supremacistas que nos tendrían que poner en alerta, pero no queremos enterarnos.

¿Puede un niño de 12 años leer este libro? Debería. No será peor lo que encuentre que la banalidad con la que se disparan en las series de televisión. En estas pocas páginas, dolorosas quizá por su austera narración, podrá descubrir el horror que encierra el fanatismo, qué lejos deberíamos permanecer de los discursos simplistas y las soluciones rápidas, cuando no finales.

“…pero no lo que recibes”

El azar ha hecho que haya topado varias veces en pocas horas con el nombre del escritor chileno Alberto Fuguet. Escriben sobre él y su última novela en la entrega más reciente de Tinta Libre, una publicación muy necesaria, siempre atenta a los márgenes, presta a cuestionar lo establecido. Hablan de Fuguet porque ha publicado una novela titulada “Sudor” (Random House) que se puede leer en clave, para ir reconociendo a nombres fácilmente ubicables en “la mafia del Boom”. El sabroso texto que Saila Marcos dedica a Fuguet y su novela destroyer explica que cuando éste llevó a EEUU sus primeros textos, en los años ochenta, sus editores “echaron en falta más folclore y tropicalismos”. Recoge historias de los autores caídos del “boom”, del ruido ensordecedor que enmudeció a escritores más que interesantes pero lejos de la órbita del realismo mágico, de los caudillos apesadumbrados o de las novelas selváticas. Y entonces aparece mencionado el colombiano Andrés Caicedo, víctima de ese ruido, autor maldito.

Acudo rápidamente al prólogo de una novela que me ha recomendado una amiga, acostumbrada últimamente a viajar a Bogotá. Se llama “¡Que viva la música!” y su autor es precisamente Caicedo. Vuelvo a encontrarme con Fuguet. Suyo es este texto introductorio donde se habla del “boom”, se menciona al grupo de escritores que con el nombre de McOndo quisieron liberarse de las ataduras de la generación precedente, que quiso matar al padre para hacerse un hueco en el ruido de otro “boom”, el mediático, que ya había elegido a un autor por país, siempre que satisficiera las expectativas creadas en Europa, donde esperaban sagas inacabables, caricaturas de dictadores decrépitos, Arcadias felices temerosas de ser aplastadas por la bota gringa, plantas de colores extraordinarios, olores de guayaba y personajes con nombres de resonancias clásicas.

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Suscribo totalmente algunas frases de Fuguet en el prólogo a novela de Caicedo: “Aún me cuesta creer que supe de la existencia de Caicedo hace tan poco”, “¿Cómo no había sabido de él antes?”, “Andrés fue un adelantado, sí, pero también un tipo fuera de foco, desincronizado, limítrofe”. Leo “¡Que viva la música!” en una edición barata de Punto de lectura (del Grupo Penguin Random House). Dice el pie de imprenta que es la cuarta reimpresión (2015) de la edición colombiana de 2013, quizá publicada al socaire de una película estrenada por entonces y basada parcialmente en la historia que se narra: las memorias de María del Carmen Huerta, una joven de Cali que recopila un par de días de excesos, al son de la música, la autóctona y la que sonaba en las emisoras de radio, superando las fronteras.

Unas memorias frenéticas, desasosegantes, impregnadas de calor y sudor, que huelen a sexo y frustración, que suenan a rabia y curiosidad. Leída sin haber sido puesto en antecedentes, parece una novela de consumo interno, realismo en absoluto mágico destinado al público local, como una cara B del “boom”, la literatura auténtica de una generación que quería parecerse a los Rolling, drogarse como ellos, follar de manera sofisticada y desembarazarse de la tutela de los mayores. Echar siete llaves al sepulcro del coronel Aureliano Buendía, convertir en discoteca el prostíbulo de “La casa verde”, hundir el barco de Maqroll el gaviero y ahogar con un riff de Keith Richards tanto vallenato y tanto acordeón.

“¡Que viva la música!” tiene mucha historia alrededor, que estalla como una pesadilla en cuanto se indaga un poco en la red. La biografía mínima de Caicedo que acompaña a esta edición descubre enseguida el pastel: “el autor se suicidó el 4 de marzo de 1977, cuando tenía veinticinco años, el mismo día que recibió la primera copia impresa de ¡Que viva la música!”.

La lectura, desde luego, adquiere una significación bien distinta. La amiga que me lo recomendó tenía muy claro qué me daba. Yo aún sigo asimilando qué he recibido.

“Sé lo que te doy…”

Recomiendo libros en contadas ocasiones. Y a personas de confianza. Hago mía una frase que creo que leí a Alberto Manguel en su “Historia de la lectura” a propósito de dejar o recomendar libros: “Sé lo que te doy pero no lo que recibes”. A pesar de esta reticencia, me gusta que sean otros los que me abran los ojos y me propongan autores en los que yo no había reparado. Tengo amigas lectoras con criterio dispar que saben de mis gustos y se atreven a sugerirme obras como las que recientemente han caído en mis manos, diametralmente opuestas, con las que he experimentado sensaciones bien diferentes.

Flavia Company es una autora polifacética que encandila a pequeños y grandes, dicho sin ningún ánimo peyorativo. Mi hija de diez años habla maravillas, como lectora empedernida que es, de un par de novelas infantiles suyas protagonizadas por “els Ambigú”. Intriga detectivesca y aventuras que le han encandilado hasta el punto de releerlas varias veces. Company aparece con frecuencia en la prensa cultural, tratada con un respeto que quizás nace de su capacidad para abordar géneros bien distintos o que está provocado por el interés que despierta fuera, ya que ha sido traducida en una decena de países.

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Su última novela, “Haru”, ha sido publicada por Catedral, un sello de nuevo cuño nacido en el seno de Enciclopèdia Catalana y bajo la dirección de Iolanda Batallé. Una editorial que debe de sentir veneración por el libro como objeto, vista esta edición tan austera como atractiva, con un cubierta que llama la atención por su belleza silenciosa, solemne en su desnudez, obra de mirindacompany.com

En papel ahuesado, sin la guillotina uniforme en los cortes, maquetada en una tipografía clásica en una mancha que respeta la proporción aurea, esta obra es un lujo táctil, sedosa, con abundancia de blancos, portadillas y otras cortesías. El ejemplar que cae en mis manos atesora una singularidad: la amiga que me lo ha dejado, sin poder intuir lo que yo iba a recibir, ha subrayado un buen número de frases y ha doblado muchas páginas por la esquina superior.

Voy avanzando en la lectura y se acrecienta cierta sensación de voyeur. Algunas de las palabras marcadas me pueden sugerir que ella está pasando por una fase de su vida en la que necesita mayor reconocimiento sincero y menos adulación fingida. Otras hablan de frustraciones pretéritas en fase de superación. También el paso inexorable del tiempo, los sueños a medio conseguir o un futuro que se antoja removido, rota la placidez que parecía encarnar la rutina más reciente, se traslucen en algunos diálogos subrayados, en aseveraciones un punto enfáticas que chirrían en un relato que avanza plácidamente.

Haru es el nombre de la protagonista de esta historia, una joven marcada por la muerte temprana de su madre. Ésta determina que su hija estudie en un dojo, donde será instruida en el manejo de tiro con arco, la caligrafía japonesa y la meditación, lejos de un padre al que no volverá a ver en décadas.

La vida sencilla, austera, con un fin claramente fijado, de Haru pasa ante los ojos del lector, que asiste a una narración en tercera persona. Abandona la escuela, se adentra en la vida real, alterada por circunstancias en las que parece que no había sido adiestrada (sólo parece) y ese relato de apariencia monótona se ve empozoñado por ruidos que llegan a ser estridentes. Mi amiga sigue subrayando frases y mi lectura cada vez se fija menos en ellas, porque la historia avanza sin prisa ni pausa.

Alguien podrá considerar que es una novela que juega a ser trascendente, en la que se suceden las máximas con vocación de convertirse en rótulos para compartir en las redes sociales, con un orientalismo de fondo que hace poses zen para satisfacer el gusto de un público occidental ávido de exotismo. Existe, me temo, el riesgo de caer en una especie de buenrollismo con resabios japoneses.

Pero se conjuran todos esos peligros y, no sé si es por la cuidada edición o por la cercanía y sencillez de lo narrado, al final uno se queda con la sensación de haber leído una historia narrada con oficio, sin pirotecnias, que se intuye próxima a pesar de haber ido tan lejos para ubicarla.

Un tintineo con ronquera

Los carros de supermercado tienen un sonido muy característico que los hace inconfundibles. Incluso cuando ruedan sobre la superficie lisa de los pasillos de la sección de congelados, ese tintineo que parece diseñado para hacer de la compra toda una experiencia. “Vivir experiencias es lo más”, toda una divisa del neomarketing. Cuando uno de estos carros sale a la calle porque el usuario tiene mal aparcado el coche en la esquina y hay que vaciar a toda prisa en el maletero las bolsas de la compra, el discurrir de las ruedas del carro por las rugosidades de la acera convierte el tintineo en una especie de carraspera que anula por completo cualquier “experiencia multi-sensorial”.

Un carro de estos, pero cargado de ferralla, de motores de lavadora, de chapas, de listones de aluminio o de cualquiera de esas basuras inclasificables pero rígidas que dejamos al lado de un contenedor porque no sabemos dónde abandonarlas, ya no produce un tintineo sino un sonido ronco, una melodía gris para la banda sonora de una película ambientada en las calles oscuras de un barrio decadente.

Ese sonido tan peculiar es habitual desde hace unos años en el Poblenou de Barcelona. Por las calles Zamora, Pujades, Pallars, Puigcerdà, Ávila, Llull, Ramón Turró… y tantas otras trazadas a cordel hace décadas para erigir lo que se llamó el “Manchester català” es normal ver a hombres fornidos, negros casi siempre, arrastrando a duras penas carros de la compra cargados de hierros de todo tipo, que van vaciando en naves desnudas en las que se intuyen montones de chatarra, en pleno proceso de clasificación.

El Poblenou es un barrio que muestra todas las miserias (y por supuesto, muchas de las bondades) de la capital catalana. Una mezcla de vecinos con raíces en el barrio y barceloneses llegados de cualquier punto del globo; edificios y espacios añejos como la Rambla o los ateneos con hitos urbanísticos como el nuevo mercado del Encants Vells o la torre Agbar, ambos en la delgada línea que separa lo epatante de los ridículo; oficios manuales de siempre conviviendo con profesiones que todavía se están dotando de contenido; riqueza relativa conseguida a golpe de esfuerzo junto a pobreza enquistada que ni todo el esfuerzo de un hombre logra atenuar. En definitiva, edificios con espejos en el techo y plazas con leds que se iluminan al compás de la música al lado de esquinas donde se acumulan los vidrios rotos, los hierros oxidados y la lámpara de pie de la abuela que alguien dejó en el contendor pensando que ese día la recogida selectiva de residuos del Ayuntamiento pasaba por el barrio. Posiblemente fuera uno de “los vagabundos de la chatarra” el que la cargara en uno de esos carros de tintineo ronquilloso para depositarla en un almacén del Poblenou, muy cerca de la escuela de diseño más chic o del teatro nacional erigido con ínfulas de emparentar con edificio clásicos.

Algo de todo eso hay en un cómic que es muchas más cosas, por encima de las viñetas elaboradas con trazo feísta y voluntad documental. Es una novela gráfica, es un reportaje periodístico, es una contraguía turística, es una “historia basada en hechos reales”, es una crónica, y es un homenaje también a la gente que hace que la ciudad palpite más allá de los planes trazados con escuadra, cartabón y lápices de colores desde un despacho lejos de los arrabales y de la realidad. “Barcelona. Los vagabundos de la chatarra” (Norma, 2015), se titula este libro vivo, concebido por el escritor Jorge Carrión y dibujado por Sagar Forniés. De ambos hablábamos aquí de pasada, cuando glosábamos la obra de Joe Sacco, por una entrevista en cómic que le habían hecho ambos para el Culturas de La vanguardia. Es posible que me los haya cruzado más de una vez, en todos esos meses en los que se desplazaban en bicicleta por las calles del barrio, documentándose para el libro, entrevistado a gente. Nos movemos por la misma zona durante muchas horas del día.

Es un libro que se extiende más allá de sus páginas, con una web asociada muy recomendable, en la que hay documentación, se puede asistir al “cómo se hizo”, ver bocetos y conocer por los propios autor el porqué de este cómic.

Es un libro que cuenta “una historia que siempre acaba mal” (como titula Carrión el prólogo), que ofrece páginas memorables, con panorámicas de una ciudad acostumbrada a vivir “días históricos” cada dos por tres mientras la lucha pro el pan bulle en sus calles, ajena a las cámaras. Es una hábil combinación de recursos narrativos: el cómic se cierra con una paradójica combinación de pantallazos de Twitter, en los que Ajuntament tuitea mensajes oficiales tan hueros como relamidos, montados sobre viñetas que escuetamente ilustran la trazabilidad de la chatarra, desde el carro del vagabundo hasta el carguero que supuestamente se la lleva bien lejos, a la China floreciente y ávida de hierro para seguir creciendo.

Al final del libro uno se encuentra con unas guardas impactantes, irónicas, elocuentes. Una sucesión de carros de supermercado giran enloquecidos sobre su propio eje. Mudos. Sin ese tintineo que ya nos es familiar.

Puro azar

Es un clásico de las listas de libros científicos al alcance de todas las entendederas, incluso de las de alguien como yo, que ha lamentado siempre no haber sido capaz de asentar mejor una base que me hubiera permitido después disfrutar doblemente de autores muy queridos como Oliver Sacks, Stephen Jay Gould, Theodore Gray o el que nos ocupa, Bill Bryson.

Hablábamos de él no hace mucho, al glosar dos obras bien alejadas entre sí (una biografía de Shakespeare y una peculiar crónica de viaje por Australia) en las que se podían apreciar algunas características marcas de la casa: amenidad, elocuencia, rigor, documentación abundante, buen humor y pasión por compartir todo eso, sin caer ni en la chabacanería ni en la falsa modestia.

breu historia

“Breu historia de gairebé tot” (La Magrana, 2012) es un superventas que siempre está leyendo alguien en las bibliotecas. Hay que tener mucha suerte para encontrarlo en la estantería o para que lo sirvan inmediatamente al hacer una reserva. Si lo he acabado leyendo en la versión en catalán es precisamente porque ha llegado primero la traducción en esta lengua, después de esperar en vano que quedara liberado el texto en castellano. Temeroso de que mi escaso dominio científico aún se viera más mermado por los tecnicismos de una lengua en la que no soy tan competente, pronto se disiparon mis miedos. La proverbial habilidad divulgadora de Bryson convierte los conceptos más abstrusos en poesía. Por primera vez tengo la (efímera) sensación de entender los fundamentos de la Teoría de la relatividad de Einstein. Pocas horas después ese supuesto saber se deshizo como lágrimas en la lluvia, pero eso no es tan achacable al autor como al lector. Bryson va pasando de un tema a otro y nos abre puertas a las que nos anima a asomarnos, mientras describe ese paisaje que somos incapaces de degustar en toda su magnificencia. Y aquí es donde la sucesión de magnitudes inabarcables se convierte en música celestial: cómo interiorizar que la Tierra pesa 6.000 millones de billones de toneladas (según cálculos de Cavendish en 1797) y cotejar tan indomeñable guarismo con los 9.725 trillones de toneladas en que se fijó con más exactitud ese peso, un siglo y pico después. No menos exorbitante son los 140.000 millones de galaxias que puede haber en el Universo o las estrellas que conforman la Vía Láctea, entre 100.000 y 400.000 millones, como si los cálculos los hicieran los organizadores o la guardia urbana.

Una vez abandonas las potencias con muchos ceros, Bryson se dedica a cuestiones tan dispares como la escala que utilizamos para medir la intensidad de los seísmos, el poco rato que tendríamos para lamentarnos si un asteroide se cruza inoportunamente con nuestro planeta, el cataclismo que se llevó por delante a los dinosaurios o las glaciaciones que, como las crisis económicas, han ido cruzándose cíclicamente con los humanos, y que esperan al acecho de unos pocos miles de años. El descubrimiento de la doble hélice del ADN, los distintos homo que han ido apellidando antecesor, habilis o erectus son otro estadio de este libro, en el que sus 500 páginas igual hablan del calor que atesora el núcleo de la Tierra que de la tectónica de las placas que lo recubren para acabar registrando, cómo no, las miserias humanas que también se han dado en el campo de la ciencia: las fricciones entre Fitz Roy y Darwin a bordo del Beagle, el error que laceró a Einstein a pesar de sus notorios descubrimientos o la obsesión de Linneo, que iba bautizando plantas con nombres tan sugerentes como Clitoria, Fornicata o Vulva. Y entre todas las historias tristes hay un hueco reservado para la mala suerte del dodo, ese pájaro demasiado pesado para volar y tan ingenuo como para no desconfiar de unos bípedos como nosotros, que lo fuimos diezmando hasta su completa aniquilación, incluso una vez disecado.

Microhistorias, algunas más mezquinas que edificantes, para ilustrar esta macrocrónica de por qué estamos aquí, leyendo en una pantalla lo que alguien escribió mientras se hacía más evidente todavía que no hay nada más interesante que la pasión por saber y la habilidad de saber explicarlo. Todo es una bendita sucesión de puros azares.

Vestirse con muchos adjetivos

Vida de un escritorio es una sección del Cultura|s de La Vanguardia especialmente concebida para fetichistas de la literatura. En ella Joana Bonet va mostrando los lugares donde se recluyen los escritores a trabajar, en los que afloran sus manías, las supersticiones, los ritos, su gusto por el orden (o no), la compañía libresca que tienen y tantos detalles que o bien aparecen en el texto o bien se dejan ver en las magníficas fotos que suelen complementarlos. En el dedicado a Ignacio Martínez de Pisón, además de descubrir que tiene la costumbre de no fumar ni beber en casa se dice que no deja nunca de trabajar con el ordenador conectado a un disco duro externo por el miedo a perder el folio (sí, uno solo) que se obliga a escribir cada día. Defiende Pisón sus manías léxicas: “hay palabras caras y otras pura bisutería. La gente que no sabe escribir abusa de las caras” y explica de manera muy gráfica qué son los adjetivos: “llevar muchos brazaletes o pañuelos en la solapa es como si te pusieras muchos adjetivos”.

Hace unos meses mi hijo disfrutaba con unas novelas que le tenían en ascuas pero le dejaban literalmente acojonado y me pidió que se las leyera en voz alta, antes de ir a dormir, como si leer en compañía conjurara esos temores. Se trataba de “La trilogía de la niebla”, de Carlos Ruiz Zafón (en edición de Booket de 2014), que reunió tras su apoteósico éxito con “La sombra del viento” las novelas previas en las que se había forjado como narrador, publicadas con éxito relativo y algún premio en la década de 1990. “El Príncipe de la Niebla”, “El palacio de la Medianoche” y “Las Luces de Septiembre” son relatos con un aire gótico, repletos de crímenes y muchos golpes de efecto, poblados por personajes maniqueos en ambientes claustrofóbicos y lugares con cierto exotismo… y aderezados con miles de adjetivos. Casi 900 páginas en las que se van encadenando hasta tres y cuatro adjetivos, que pululan como moscas zumbando alrededor de un sustantivo escuálido, de tanta calificación. Si se cogiese el libro por el lomo, se pusiese boca abajo y se pudieran aventar los adjetivos, como se hace en la era con la paja para separarla del grano, la paginación se reduciría un tercio, por lo menos.

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La lectura en voz alta es demoledora para lo superfluo. Y los adjetivos en esta trilogía de novelas (trepidantes, hay que decirlo también) parecen estar puestos al peso, aunque resulten caros. Mucho ruido de fondo para unas historias que ya abundan en personajes sometidos a tramas infladas en parajes que proyectan mucho eco. Sin llegar a esta apoteosis adjetivadora, otra novela que los críticos no dudarían en calificar de “menor” parece haber reservado un hueco a los adjetivos que le pudieron haber sobrado a Ruiz Zafón. Se llama “El castillo” (2015), la ha publicado Ediciones B y responde por entero a los cánones del best-seller: tapa dura con sobrecubierta, dibujos con estética de videojuego en la cubierta, papel con mucha mano para que las casi 700 páginas abulten mucho y justifiquen veinte y pico euros de PVP, una leyenda en la faja (no puede faltar una faja en este tipo de libros) del tipo “Si te gustó La catedral del mar…” y, lo que es más importante, una historia que bebe de los clásicos del género, al menos de los más recientes, en la línea de “Los pilares de la Tierra”.

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Está lejos, sin embargo, del libro de Ken Follet. Y eso que aquí también se narra la construcción de un castillo (en lugar de una catedral), en plena muga del incipiente reino cristiano de Aragón con los dominios musulmanes de Wasqa y Saraqusta. Hay una pareja que capea todas las dificultades a las que ha de enfrentarse su amor, unos cuantos polvos narrados con pretensión de no incomodar a los más mojigatos, bastantes traiciones, una buena dosis de asesinatos y alguna otra cosa que no se puede desvelar sin tener que recurrir al cartel de moda: “ojo, contiene spoilers”.

La novela adolece de sobreinformación: muchos datos metidos con calzador en forzados diálogos entre algunos personajes que hablan sobre la formación de reinos como si fueran espías recién llegados del Pentágono del futuro, después de haber hecho varios master de relaciones internacionales. Pasa lo mismo cuando un simple cantero y un carpintero analfabeto intercambian opiniones sobre elementos constructivos o técnicas de cimentación; parecen teóricos de la Bauhaus o estudiantes aplicados haciendo corta y pega de la Wikipedia. Se intuyen algunos anacronismos, como esos libros con un aspecto similar al actual pero ubicados en 1036, unos almogávares guerreando que debían de estar todavía en pañales o topónimos directamente erróneos (peña Proel), que restan valor a una historia que, si bien inflada, puede resultar entretenida.

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El castillo al que alude el título es el de Loarre, una curiosidad de la arquitectura militar, que ha sido protagonista de novelas (algunas de Ramón J. Sender, por ejemplo), en la que se han ubicado algunas adaptaciones cinematográficas de esas mismas obras senderianas y por la que han pasado estrellas de Hollywood en una peli de amplio recorrido como “El reino de los cielos”, de Ridley Scott. Merece la pena visitarlo, aunque la sobreexposición turística reste ahora parte del interés que tenía pasear hace pocos años por unas piedras milenarias que parecían haberse acostumbrado al silencio. Se describen bastante bien en la novelas las peculiaridades de esta fortaleza, no en vano su autor es especialista en el tema y ha publicado algunos ensayos sobre castillos, además de trabajar en uno de ellos. Y es entretenido imaginar a sus personajes cuando se han visitado sus dependencias.

Si esta novela consigue que algún fetichista quiera ver el lugar por donde discurren las aventuras de la novela seguro que su autor se da por más que satisfecho.

Growing up

Como esos clásicos que dicen que podemos ir leyendo varias veces a medida que crecemos y nos van diciendo cosas distintas (o las vamos encontrando nosotros donde antes no habíamos sabido verlas), Thunder Road es una canción de Bruce Springsteen en que la que ido he viendo cómo crecía yo a la par que el texto envejecía de manera magnífica. La habré escuchado en casi todos los conciertos del Boss a los que he asistido, acompañado de amigos de la infancia, de la novia que desde hace años es más que una compañera en todo, de gente desconocida con la que gritaba y saltaba después de no haber cruzado más de dos palabras. Y siempre descubriendo cosas nuevas, fijándome en detalles distintos, dándole un nuevo sentido a la historia que se narra. Una mera historia de “cars and girls”, si hacemos caso de una canción que en tono de burla hizo Prefab Sprout para criticar a esos soñadores de pacotilla que venden falsas ilusiones. Para mí, una de las mejores letras del Boss, elaborada con una madurez que desarma si tenemos en cuenta que está incluida en Born to run, un disco de 1975.

Es verdad que se habla de chicas que escuchan a Roy Orbison cantando a los solitarios, claro que hay autopistas por las que huir, y aparecen caminos polvorientos y motores que rugen pero el texto arranca con una imagen preciosa de un vestido tendido que ondea en el porche mientras se superpone la visión de ella bailando y sigue toda una declaración de amor en forma de una promesa de cambiar, de romper con el pasado para iniciar una nueva vida, de liberarse de las ataduras. Una canción con un poder de evocación enorme: “tengo esta guitarra y aprendí a hacerla hablar”, que anticipa a la pareja que viaja “río abajo” en The river. Es un texto que para mí alguna vez fue simplemente una canción, que más tarde me insufló ánimos para romper con la rutina, “coger la carretera del trueno” y abandonar la tranquilidad familiar en pos de algo que no sabía bien qué era; que hubo unos meses en los que hice mía esa inocente declaración de amor, de alguien que hace promesas que no tiene ninguna certeza de convertir en realidad y que ahora mismo estoy escuchando con la misma sonrisa bobalicona que se me dibuja cada vez que oigo las primeras notas de esa armónica eterna… hasta que el piano eleva el crescendo que se cierra con Jake Clemmons (ahora) acompañando al saxo los últimos golpes de guitarra de Bruce.

Es difícil deslindar momentos clave de mi vida del fondo sonoro que el Boss les puso. Durante años sonaba Bobby Jean y recordaba una vieja historia de amor cuando oía el verso en que ella “camina bajo la lluvia”. Nació mi primer hijo el mismo día en el que aparecía el DVD del concierto que Bruce grabó en el Palau Sant Jordi de Barcelona, presentando The rising, al que pude asistir de chiripa, gracias a un amigo que venía con dos entradas y buscaba acompañante. Poco antes de que naciera mi hija me fui solo a ver el Olímpic de Badalona el concierto de una gira que meses después volvería a recalar en Barcelona: The Seger Sessions. Y también acudí, en la pista del Sant Jordi de nuevo, con una lámpara vintage coronando el escenario y Bruce prometiendo bulla en catalán: “Aquesta nit ens divertirem”.

La locura más grande que hice por el Boss fue salir un día de trabajar a las cinco de la tarde en Barcelona, pillar un avión a Bilbao, verle en un concierto en el flamante BEC de Barakaldo, dormir un poco y volver a coger un avión para estar en la oficina a las ocho de la mañana siguiente. Era la primera vez que el Boss recalaba en Bilbao y no quería perdérmelo. Un amigo me regaló la entrada y con ella la impagable experiencia de ver a los bilbaínos asistiendo a un concierto de Springsteen como quien va a un partido de pelota. Todo el mundo se conocía, la gente se cedía el paso, hacían comentarios divertidos de punta a punta del metro, cuando volvíamos de madrugada, y parecía que habían ido para hacer el cumplido al Boss, por tener el detalle de escoger Bilbao para su primera visita a Euskadi. Tiempo después fui por última vez al viejo San Mamés para ver de nuevo al “Jefe”.  No había pasado en esa ocasión por Barcelona y tenemos demasiados amigos en Bilbao como para dejar pasar la ocasión.

Desde entonces, el Olímpic de Montjuïc (con Radio Nowhere) y un par de veces el Camp Nou (con la gira de Wrecking ball y la presentación de The ties that bind) han sido mis últimas citas con Bruce. La sensación angustiosa de que quizá fuera la última vez que lo viera me ha acompañado desde el concierto de la Feria de muestras de Bilbao. Falsas alarmas. El emotivo vídeo que acompaña a Tenth Avenue Freeze Out, con ese recuerdo a cuando Big Man se integró en la banda o las imágenes de Danny Federici, muestra desde la gira anterior que The E Street Band también es mortal.

concierto boss

Dicen que la presente gira europea puede ser la despedida de esa banda cuya alineación podemos repetir de memoria. Sin ellos nada será lo mismo pero de momento podemos decir que los hemos vuelto a ver, y que no perdemos la esperanza de que regresen. Hay razones para creer que a volveremos a escuchar en directo Thunder Road, y habrá en nuestras vidas nuevos hitos que asociar a un disco del Boss, mensajes que cruzarnos de manera invisible, evidencias de que seguimos vivos.

Y vamos creciendo.