Otra gran novela sobre Barcelona

En cualquier puesto de libros de viejo es habitual encontrarse con ejemplares amarillentos de la colección “La novela ideal”, que durante los años 20 y 30 del pasado siglo promovió la lectura entre las mujeres que a veces no tenían acceso a literatura considerada de mayor rango. Detrás de esta iniciativa estaban Juan Montseny y Teresa Mañé, y su hija Federica fue autora de un buen número de las historias que se publicaron, con un propósito formador que iba más allá del mero entretenimiento.

Ellos tres, como muchísimos otros, son protagonistas secundarios de la última obra del escritor barcelonés Juan Miñana, que rinde un homenaje soberbio a su ciudad natal en un relato más que entretenido, al que no se le puede negar su propósito informativo y que no podía titularse de otra manera: “La novela ideal”. Está editada por Catedral, el sello que dedica Enciclopèdia Catalana a sus obras en castellano, y ha recibido abundantes parabienes de la crítica, que han destacado algo tan sencillo como valioso: “está muy bien escrita”.

Las casi 400 páginas de esta historia transcurren en Barcelona, con un narrador omnisciente que muy al final le guiña un ojo al lector y manifiesta las dificultades que ha tenido para cerrar la novela de una manera canónica, al estilo decimonónico, con todos los hilos atados y cada personaje en su sitio. Es lo de menos.

Tras el arranque, fechado en 1941, viaja atrás en el tiempo y luego va desarrollando de manera paralela dos historias en planos temporales diferentes, y se cuentan tantas historias y son todas tan interesantes que es una gozada dejarse mecer por el ritmo que confiere Miñana a la narración. El poeta Xavier Viura es el protagonista de esta “novela ideal” y su personalidad timorata va adquiriendo perfiles diversos, al tiempo que descubre que más allá de la literatura hay un mundo en marcha que está cambiando a toda velocidad.

La cantidad de información que atesora el autor se puede apreciar en la prolijidad con que describe los ambientes previos a la proclamación de la II República, en la minuciosidad con que muestra todo lo que ocurrió en la guerra en la ciudad, con sus estallidos de violencia internos y el pavor que inspiraban entre la población civil los bombardeos que lanzaban los inciviles. Hay capítulos que se leen como si fuera un documental, recuperando esas imágenes tan conocidas de los aviones sobrevolando y llenando de muerte el Eixample. Y esta abundancia de datos, de nombres, de precisiones no pesa en el relato, ayuda a explicar determinados comportamientos, justifica los derroteros que toma la narración.

Entre las decenas de secundarios que aparecen en la novela tengo predilección por un personaje que sigue presente en la vida cotidiana barcelonesa, a través del restaurante vegetariano que regentan con éxito sus nietas en pleno Raval. Se trata del profesor Capo, impulsor del vegetarianismo que además se convirtió en apóstol de la trofología y el nudismo. Pagó un precio caro por ello y cuando las mentes más obtusas se hicieron con el país acabó primero en el campo de Argelers y luego en un batallón disciplinario en Nanclares de Oca. Hace unos años, Larousse Editorial dedicó un original libro al profesor Capo, que recorría su vida, explicaba su filosofía y terminaba proponiendo recetas deliciosas inspiradas en el restaurante que abrió con su mujer (verdadera alma máter) en los años treinta.

Capo es fundamental en la trama de “La novela ideal” y gracias a su compañía el protagonista entra en contacto con otras figuras insignes de esa Barcelona en ebullición en la que conviven el anarquismo, los amantes de la música de Wagner, las diferentes facciones del comunismo, Pau Casals, Eugenio d’Ors, la mencionada Federica Montseny y hasta los jerarcas nazis que buscaban en Montserrat vestigios del Santo Grial.

Una novela que sumar al interesante catálogo de relatos ambientados en la ciudad, con el aliciente en este caso de recuperar a personajes fundamentales que han quedado injustamente relegados.

Todo lo que mira Caparrós es interesante

Raras son las veces que termino un libro y siento la necesidad imperiosa de volver a empezar la primera página, con la certeza absoluta de que volveré a quedar prendado. O mejor aún, que lo abra por la página que lo haga sabré que no podré dejarlo. Me acaba de pasar.

“Lacrónica” (así, todo junto), de Martín Caparrós es un volumen que recopila textos que van de 1991 a 2010. Lo publicó Circulo de Tiza en 2015 y hay otra edición de Planeta de 2016, quizá para Latinoamérica, inencontrable. Llama la atención la diferencia en el planteamiento de las cubiertas de ambas ediciones. La de Planeta recurre a la imagen de una libreta típica de esas con goma, repleta de anotaciones. La de Círculo de Tiza juega con la idea del periodista viajero y enmarca toda la portada con esa franja en desuso que llevaban los sobres de la correspondencia internacional. La segunda anticipa que contiene relatos enviados desde diversos puntos del globo, la primera apela a esa idea romántica del plumilla que siempre lleva un cuaderno en el que ir tomando notas. Ambas son sugestivas pero, una vez disfrutado, creo que acierta más la que abunda en esa idea del viaje.

El envoltorio, no obstante, no puede distraernos sobre el contenido, portentoso, que podría funcionar como libro de texto en las facultades de periodismo (aunque sea porque evidencia que hay que hacer lo contrario de lo que se enseña) y que es también una brújula para periodistas consolidados que necesitan encontrar el norte de su oficio. Martín Caparrós se entrega en esta recopilación de sus crónicas y, en un alarde no sé si de generosidad o de inteligencia, reflexiona sobre el oficio, contextualiza sus textos y ofrece algunas claves sobre esa escritura del yo, sobre la consideración de un tipo de periodismo como literatura y razona sobre estos tiempos sombríos en los que hasta los editores se confabulan para que no haya lectores.

Son muchos hilos de los que va tirando y salen los nombres habituales al evocar las referencias inequívocas en el arte de la crónica: Rodolfo Walsh, John Lee Anderson, Tomás Eloy Martínez, Elena Poniatowska, Kapuscinski. Muchos de ellos fueron maestros del propio Caparrós. Hemos hablado de ellos aquí y aquí, glosando a otros cronistas que se declaran deudores de todos ellos y del propio Caparrós. Hay una entrevista fantástica de la revista en línea Cuadernos hispanoamericanos en la que se atreve, en su condición de impenitente futbolero, a montar una alineación de con los mejores cronistas de todos los tiempos, línea por línea, con banquillo y entrenador incluidos.

En esa misma charla incide sobre algo que está en la base de toda su creación y que aparece en numerosas ocasiones a lo largo del libro de Círculo de tiza. Le pregunta el entrevistador sobre la diferencia entre narrar en primera persona o narrar sobre la primera persona y le alerta acerca de la perversión del uso legítimo del yo. La respuesta de Martín Caparrós es mucho más que una clase de periodismo: “A mí, un yo narrador me sirve porque rompe con esa idea –que fue decisiva en el periodismo durante mucho tiempo– de que no hay narrador. Que aquello que dice un periódico es un fiel reflejo de la realidad; algo imposible, pues cada espejo refleja de un modo distinto la realidad. Entonces, decir «yo» es decir: esta es mi mirada, esta es la forma en que yo pude ver estas cosas. Hay otras, pero yo, decentemente, muestro la mía. Para eso sirve el «yo». Y para ir hilando una narración de un modo más inteligente. Pero cuando el «yo» tapa la lente de quien desea mirar, no sirve. Derrota su propio propósito.”

Esta selección de crónicas abarca una amplia panoplia de temas, viaja por todo el mundo, se ha publicado en medios de todo tipo. Siempre con esa primera persona que en absoluto resulta egocéntrica sino que enseguida hace cómplice al lector y proporciona una visión tan personal en su honestidad como cercana en su relación con las personas a las que proporciona voz.

Hay un texto de 1997, publicado en Clarín, sobre los jóvenes que son prostituidos en Sri Lanka que a lo largo de treinta páginas dolorosísimas parece que se limita a describir su búsqueda de “carne fresca”, en una falsa complicidad con alguno de los “clientes” que desde Europa viajan para satisfacer unos deseos que en sus países están penados con cárcel. Quizá sea la crónica más impactante, pero las hay de todas las clases: el hallazgo del infame Videla correteando por la calle como un viejito más que quiere mantenerse en forma, los preparativos para la llegada a La Habana de los restos del Che, las huelgas en Bolivia que comandaba un sindicalista desconocido que llegó a dirigir el país, la guerra en los Balcanes, un viaje a África con Livingstone en el recuerdo y muchas otras singladuras en las que hay algo que no varía: los primero párrafos de cada texto son para enmarcar.

Es uno de sus mandamientos sagrados, según ha dicho Caparrós en diversas ocasiones. Valga como muestra el que sirve de arranque a este libro: “Nunca pensé que sería periodista: sucedió”.

Y para entender también el peculiar humor que se gasta, otra de las muchas frases que he ido subrayando y que intenta describir qué género ocupa a Caparrós desde que empezó en estas guerras: “la crónica es eso que nuestros periódicos hacen cada vez menos”.

En este libro hay unas cuantas memorables.

El poeta del sindiós

Francisco Ferrer Lerín es un escritor que ha tenido suerte con sus editores, y ojalá que ellos también. Desde que hace unos años emergiera en su condición de escritor maldito que un día se había borrado del mundo, sus libros han ido apareciendo en sellos pequeños o como elementos singulares del catálogo de editoriales más musculosas. Dicen que fue Enrique Vila-Matas el que llamó la atención sobre este ornitólogo que dejó Barcelona para dedicarse a estudiar y alimentar a aves carroñeras en el Pirineo. Lo hizo en un libro del año 2000 titulado “Bartleby y compañía”, en el que incluía un párrafo escueto dentro de su entretenido catálogo de autores que un día habían dicho “no”.  

Desde entonces Ferrer Lerín ha publicado una docena de obras y la última acaba de aparecer en una pequeña (y exquisita) editorial de Barcelona llamada Días contados. Es un libro curioso (como casi todos los suyos) y me temo que contradice la afirmación con la que se abre este texto: es la reedición de un libro que en su día tuvo mala vida editorial, poca distribución, escasos lectores y acabó siendo pasto de las librerías de lance, aunque ahora sean más virtuales que físicas. El libro se titula “Papur” y se presenta en una edición austera y, por ello, preciosa, amable, de tirada reducida a 400 ejemplares numerados. Para los que padecemos la enfermedad de los libros resulta acogedor ver el colofón, donde se especifican las tipografías utilizadas, el gramaje del papel tanto de la tripa como de la cubierta y la descripción de las materias usadas en la fabricación.

El buen gusto de esta edición me hace recordar el último libro que leí de Ferrer Lerín, “Mansa chatarra”, publicado en 2014 por la concienzuda editorial Jekyll & Jill. Después de un rato buscando, lo encuentro en la librería y entre la variedad de sorpresas que incluía aquella edición, aparece enganchada a la solapa de la contracubierta una separata con unos textos procedentes de… “Papur”, el libro que nos ocupa, pero en aquella edición malograda de 2008.

Un libro lleva a otro y me encuentro con “El bestiario de Ferrer Lerín”, publicado por Galaxia Gutenberg en 2007 con un aspecto envidiable: cartoné forrado en tela, ilustraciones que parecen extraídas de las xilografías de las enciclopedias de hace dos siglos y una puesta en página legible de tan elegante (o al revés).

Al hojear estos libros y recordar el “Papur” que acabo de leer tengo la sensación de estar siempre leyendo el mismo libro, dicho sea sin ningún tono peyorativo. La primera frase del prólogo del bestiario citado lo dice bien a las claras: “Primero fue la poesía. Después el póquer. Finalmente, suponemos, la pasión por las aves necrófagas.” Son constantes de la literatura “leriniana”, si vale el término acuñado por algún crítico. Y los lectores más o menos fieles de Ferrer Lerín las buscamos en todos sus libros, porque el autor ha levantado un personaje al que unas veces vemos desplumando a jugadores más o menos incautos, en otras ocasiones lo seguimos en sus penurias para alimentar a sus queridos buitres, sabemos además que cultiva la poesía desde sus años jóvenes y le intuimos igualmente unas artes amatorias que provocan admiración.

Todo esto, por supuesto, aparece en “Papur”. Narrado, descrito, expuesto con esa elegancia que derrocha Ferrer Lerín hasta para narrar una serie de asesinatos imprescindibles para que los buitres puedan seguir engullendo. Es un libro inexplicable, por la variedad de piezas que contiene, y es también adictivo, en el que lo mejor es dejarse conducir, para descubrir dónde acabamos.

Ferrer Lerín lleva años afincado en Jaca, donde ha podido ejercer como ornitólogo especializado en aves carroñeras. En El Pirineo Aragonés, el periódico de la ciudad, explica en una impagable entrevista las vicisitudes de este libro y ofrece pistas sobre su título, en lo que no se sabe si es un ejercicio más de ese virtuosismo literario con el que borra las fronteras entre lo verdaderamente documentado y su imaginación desbordante.

A su manera, resume de qué va este libro curioso pero lo mejor es sumergirse en él hasta hacerse cómplice de una de las voces más singulares de la literatura española. En el jugoso epílogo que escribe su compañero de correrías Félix de Azúa describe a su viejo amigo como “un poeta del enigma, del desmán, del arcano, del rijo, del sindiós, del crimen y de la casquería”. ¿Quién puede resistirse?

Quiero todo esto

La magia de la radio, para lo que no tenemos la suerte de hacerla pero sí el placer de escucharla y vivirla, es pautar la vida cotidiana en función de la emisión de nuestros programas preferidos. Los podcast y los almacenes gigantescos que hay en la red son muy útiles para recuperar esos momentos, pero la radio ha sido durante años ese programa de jazz que te acompaña mientras preparas la comida, ese programa de cine con el que se cerraba la jornada, ese espacio hipnótico que escuchabas mientras preparabas los apuntes del día siguiente.

En la última década, para mí los mediodías del fin de semana en Barcelona tenían la voz de Rosa Badia, que ejercía de maestra de ceremonias de un heteróclito coro con registros de todo tipo y voces de todas las edades. “Tot és comèdia” es un programa de SER Catalunya que acaba de cerrar una etapa y que, venga lo que venga, seguro que ha dejado a muchos oyentes desnortados, esperando a quién confiar después del verano su compañía, tan necesaria mientras se ultiman las compras en el mercado o se preparan los ingredientes para preparar la comida en familia.

Lo proclamaba en Twitter un oyente que anticipaba esa orfandad que sentiremos tantos a partir de septiembre y daba las gracias a Rosa y su equipo por tantas horas durante los últimos años, acostumbrados a que sonara este programa mientras cortaba los ingredientes del sofrito o abría una botella de vino blanco. Al otro lado había nombres y voces que trataban a los oyentes como seres inteligentes y le invitaban a disfrutar de la cultura con optimismo y “alegría”. Esa fue la canción, de Antònia Font, que sonó en el último segundo del último programa.

Uno de esos momentos mágicos del programa de Rosa Badia era la personal interpretación del poema “Quiero todo esto” de José Agustín Goytisolo, que cerraba cada fin de semana una persona diferente. Esa emoción que lograban transmitir algunos de los escogidos hacía que por unos minutos se detuviera el tiempo y en la cocina de casa todo quedaba en suspenso, mientras se hacía el silencio. Pocas veces, muy pocas, quedaba uno indiferente ante las personales interpretaciones que venían a sumarse a los versos imperecederos de Goytisolo. Y creo que todos hemos jugado alguna vez a hacer nuestra propia versión.

El mismo tuitero de antes lamentaba también que se quedaba sin la posibilidad de cumplir el sueño de ser invitado al programa: “Un altre objectiu no assolit: fer el «Quiero todo esto» al @comediaSERCAT Llàstima, molta, la desaparició d’un referent, de Cultura i de Ràdio. Ains @rosabadiarb, @crisoltua si sabèssiu els arrossos, fideus i, sí, calderetes de llagosta que heu ajudat a cuinar. S’us enyorarà!”.

Para compensar esta añoranza siempre podremos recurrir al libro que hace unos años publicó Angle Editorial en una iniciativa solidaria que destinó sus beneficios a la campaña “Cap nen sense joguina”, que también contaba con la voz inconfundible de Rosa Badia. “Vull tot això” se titulaba aquel libro, que sigue siendo algo a que agarrarse cuando uno no sabe bien adónde mirar.

Ignoro cuántas personas habrán expresado sus deseos a lo largo de estos años. Cuando apareció el libro, Jacinto Antón entrevistó a Rosa Badia y entonces sumaban más de doscientas. Desde 2016 habrá habido un centenar bien largo, al que suman las voces que entretejieron el de la despedida el pasado domingo, que se puede escuchar aquí.

Lo mejor de este libro, que ojalá tuviera continuación, es que es un poderoso artefacto para jugar en familia o para disfrutar en las aulas. Lo he podido comprobar y he visto cómo se despertaba la imaginación y cómo nos retratábamos todos al formular nuestros deseos. Los más reacios a mostrar sus emociones se dejaban llevar por el ritmo de las expectativas más o menos soñadas. Los más imaginativos pintaban de colores unos deseos que no tenían nada que envidiar la sorna y la lucidez de Goytisolo.

“Quiero que cada pueblo tenga el gobierno que no se merezca” decía el poeta en las primeras páginas de aquel libro. “Vull que els nostres somnis siguin més grans que les nostres pors”, decía Rosa Badia al final de aquel volumen.

Y así podríamos estar durante horas, formulando deseos. Y dando las gracias por tantos años de radio tan bien hecha.

“La verdad no sucede, se cuenta”

Llevo dos semanas robándole horas a todo para enfrascarme en la lectura, como hace tiempo que no me pasaba. La culpable es Leila Guerriero, a la que hice caso después de asomarme por su “Zona de obras”, que comentamos aquí hace bien poco. Ella iba dejando caer los nombres de sus referentes y descubrí que no sabía nada de Alberto Salcedo Ramos, un periodista colombiano que tiene magia en la mirada y algo inexplicable en los dedos, por su habilidad para convertir en prosa magnífica su personal punto de vista.

En 2016 una antología de sus textos fue publicada por Pepitas de Calabaza con el llamativo título de “Viaje al Macondo real” y el añadido no menos decisivo de “y otras crónicas”. El señuelo del lugar donde se despliegan todas las mentiras tan reales de la saga de los Buendía tendría que haber llamado mi atención hace tiempo pero he llegado a este libro por esa reivindicación del cronista que hizo la mencionada Guerriero y que ponderan sin escatimar elogios otros periodistas insignes como John Lee Anderson o Manuel Jabois.

Antes o después (da igual) de haber leído a Salcedo Ramos es necesario leer la recopilación de reseñas que hace en su web la editorial riojana “con menos proyección que un cinexín”, porque redondean el placer que proporcionan las crónicas de este periodista colombiano felizmente liberado del “síndrome del entrecomillado”, definición precisa que hizo Alma Guillermoprieto de ese periodismo que se escuda en las declaraciones para no ir más allá.

Alberto Salcedo Ramos aguza el oído y se dispone a esperar. Se hace invisible, como recomendaba Guerriero a los que aspiran a trabajar en la crónica. Las historias recopiladas en este volumen, de las que solo echo en falta una datación que permita contextualizarlas mejor, muestran querencia por esos personajes que se han acostumbrado a hacerse a un lado, después de haber vivido momentos de gloria. Lupe Pintor, el boxeador que sabe lo que pesa un muerto, es uno de ellos. O el futbolista Darío Silva, que calza una pierna ortopédica después de haber salido de la miseria goleando en Europa. Hay más boxeadores cargando con la gloria para enfrentar un presente sombrío, y también un grupo de futbolistas delicioso, formado por once travestís que se ríen de la intolerancia jugando a ser machos entre los machos, aunque hagan de eso un pitorreo.

El libro se abre con una crónica de esas que darían para un telefilm de sobremesa, pero que gracias a Salcedo Ramos es una historia de superación que encierra una importante carga de denuncia, y todo sin pestañear. La primera frase ya anticipa que ahí hay bocado sabroso: “En la áspera trocha de ocho kilómetros que separa a Wikdi de la escuela se han desnucado decenas de burros”. Le siguen diez páginas escasas para mostrar la epopeya cotidiana de un niño que necesita cinco horas cada día para ir a la escuela y volver a su casa, en su empeño de ser ese maestro “capaz e improvisar una aurora aunque la noche esté perdida en las tinieblas”.

Hay un puñado de textos excelsos, como la biografía sincopada de Emiliano Zuleta Baquero, autor de “La gota fría”, parrandero y mujeriego empedernido, hasta el extremo de que su madre “lo máximo que podía hacer era aconsejarles a las mujeres que amarraran a sus hijas, porque por las calles andaba suelto un gallo de casta”.

Es imposible que no suenen estos textos a la música de las novelas de García Márquez y tampoco tiene desperdicio la breve crónica que Salcedo Ramos elabora mientras visita Aracataca, ese espacio que terminó convertido en Macondo y al que van en peregrinación los lectores de las novelas míticas de Gabo. El humor que suavemente destila Salcedo Ramos en otros textos aquí tiene un punto calavera, captado con ese oído tan fino de una conversación entre paisanos del Premio Nobel: “Es que aquí en Aracataca todos somos inteligentes, lo que pasa es que Gabito es el único que sabe redactá”.

Hay otras crónicas mucho más trágicas, marcadas por la violencia que sacude a su país, pero incluso en ellas Salcedo Ramos extrae ese punto optimista que las buenas personas saben ver. Leila Guerriero, una vez más, es la que mejor atina en la descripción de su admirado maestro: “un sabueso inagotable, un contador de historias magnético, que aplica una mirada punzante sobre la realidad sin abandonar jamás una bonhomía sólida, chispeante, pícara, genuina y conmovedora”. Siempre agradecido a esta recomendación, voy dosificando ahora las más de 600 páginas de otro de los maestros de Leila Guerriero, su paisano Martín Caparrós. Qué maravilla, también.

La ciudad de los niños asombrados

No sé cuánto tiempo hubiera tardado en llegar a “Luciérnagas”, la novela de Ana María Matute, si no hubiera sido obra propuesta para ser leída por los alumnos de Secundaria y Bachillerato en Cataluña. A pesar de que está ambientada en la guerra civil y de que seguramente parte de las vivencias personales de la propia autora, es una obra que no suele aparecer en la bibliografía canónica sobre el conflicto.

Una de las razones de esa omisión, como les ha pasado a otras historias en las que podía apreciarse cierta ausencia de compromiso (en el sentido de que no había una denuncia sin paliativos del bando golpista y sí se podían inferir críticas a los que acabarían perdiendo la guerra) es que pudiera ser vista como una historia complaciente con los franquistas. La novela fue finalista del premio Nadal en 1949, con los rescoldos todavía humeantes después de una guerra devastadora y una posguerra mundial de tono apocalíptico. Su autora tenía 25 años entonces y es inevitable intuir en Sol, la protagonista de la novela, algunas de las circunstanciales vitales de la propia Matute, nacida como ella misma reconocía “en una familia acomodada” que despertó a la realidad con el estallido de la guerra.

Y a pesar de que no pueda ser considerada una obra comprometida con el descompuesto bando republicano (cuya atomización barcelonesa tuvo que conocer Matute de primera mano) lo cierto es que la censura fue implacable con ella. En la cuidada edición que ha hecho Cátedra, a cargo de Maria Luisa Sotelo, aparece un extracto del informe del censor de turno, que se debate entre la calidad literaria de la novela y la poca fidelidad que demuestra a los principios del Movimiento que tanto inmovilizó a este país: “novela de gran valor literario, del género realista, o más bien, tremendista; demoledora de la fe y de la esperanza humanas”. Así comenzaba el oscuro funcionario su labor demoledora, que continuaba argumentando: “domina un sentimiento antirreligioso (…) jamás se cita un nombre santo en términos apologéticos (…) políticamente, la novela deja mucho que desear (…) la obra resulta destructora de los valores humanos y esenciales”. Y todo ello, sin desdoro de que el atribulado Torquemada reconocía “la enorme fuerza descriptiva que ha sabido imprimir la autora a lo largo de toda la obra”.

La novela llega a mis manos gracias a la adolescente lectora que tengo en casa. Después de ir acumulando algunas decepciones en los títulos que se veía obligada a leer en el instituto, apareció un día exultante diciéndome algo así como “ahora sí, hemos empezado una novela que está muy bien”. Y durante unos pocos días la veía continuamente en el sofá, casi aferrada al volumen negro de la colección “Letras hispánicas” de Cátedra. Por su cara la veía sufrir al tiempo que lo hacían Sol, Cloti, Eduardo, Cristian, Pablo… y los demás personajes de esta historia ambientada en la guerra pero que es sobre todo el relato de la pérdida de la inocencia.

Esos adolescentes que pasan sin solución de continuidad de la niñez a la edad adulta, viendo cómo se desmorona el futuro delante de sus narices, acumulando pérdidas, son casi siempre un material literario muy interesante. La juventud de su autora al trasladar al papel lo que había vivido bien de cerca y su condición femenina debieron de pesar en el momento de valorar la novela. Algunos de sus compañeros escritores y los popes de la crítica del momento le afeaban su compulsión adjetivadora.

Y esa es precisamente una las claves para que despierte el interés de los jóvenes lectores. Al comentarlo con la estudiante que me la ha recomendado me reconoce que tiene algo que le recuerda a “Marina”, la novela de Ruiz Zafón ambientada en Barcelona absolutamente sazonada de adjetivos y con esos paisajes repletos de sombras y soledad. Ana María Matute describe con precisión esa ciudad desolada por las bombas, atenazada por el miedo, por la que se pasean patrullas de incontrolados mientras las colas se hacen eternas allá donde pueda haber un chusco de pan que cambiar por algo de valor.

Esa Barcelona destruida, desprovista del ardor guerrero de los que creen que pueden defenderla ante el avance franquista, recuerda en buena medida a la que se muestra en “Incerta glòria”, la novela de Joan Sales que en clave epistolar también retrata una ciudad sometida al desmadre mientras camina ufana al desfiladero de la derrota. Y es inevitable, leída setenta años de haber sido escrita (aunque no se publicara hasta 1955 y la autora reconociera como más ajustada la versión aparecida en la década de 1990), ilustrar los paisajes que se evocan con las imágenes que pudieran tomar Centelles, Brangulí y los demás fotógrafos que atraparon desde el júbilo inicial de los resistentes a la alegría final de los ocupantes.

Ana María Matute decía pertenecer a la generación de los “niños asombrados”, por esa perplejidad con que descubrieron la maldad humana. En los devastadores párrafos finales de esta novela, que no ahorra ninguna desgracia, dice en voz baja la protagonista: “es extraño que vivamos”. Corren los últimos días de enero de 1939 y la historia ha surcado entera toda la guerra en Barcelona. Las tropas mandadas por Yagüe están a punto de entrar por la Diagonal y la narradora dice: “la ciudad de los huidos, despojada y patética, dolorida y llena de esperanza, les aguardaba”. A los franquistas, y a los protagonistas de esta novela.

Pero todavía quedaba una bala.

Una biblioteca llena de tesoros latinoamericanos

Acaba de inaugurarse en Barcelona una biblioteca espectacular que lleva el nombre de Gabriel García Márquez. Está en un barrio obrero, encajonada entre unas manzanas sobre las que resplandece gracias a amplias cristaleras y una peculiar división de pisos que se encabalgan unos sobre otros.

El día de la inauguración se entremezclaban todos los acentos americanos posibles y había un desfile de cientos de personas que se encontraban por las escaleras y todos parecían conocerse. Había criaturas por todas partes, y madres abnegadas que buscaban los cuentos y álbumes más adecuados para cada franja de edad. En una esquina, una estantería aparatosa estaba consagrada a un ilustre del barrio: Francisco Ibáñez, el creador de “Mortadelo y Filemón”. En la zona de cómics, en otra esquina más modesta se recordaba a otro dibujante y vecino, menos célebre pero más beligerante: Carlos Azagra.

La nueva biblioteca, poco antes de ser inaugurada (imagen extraída de la web del Ajuntament de Barcelona)

Y en una biblioteca con ese nombre una de sus secciones destacadas es la dedicada a los autores latinoamericanos. Están los del boom, por supuesto, pero hay mucho más donde elegir y hay muchas voces que escuchar. Y lo que es más interesante, muchas voces femeninas.

No sé de dónde viene el libro que tomo prestado en la biblioteca, pero a pesar de su aspecto impoluto y de estar en una biblioteca que recién abre sus puertas, alguien ha pasado por sus páginas y, lo que es más interesante, ha ido haciendo marcas y subrayados. A medida que avanzó en su lectura esa necesidad de señalar párrafos fue atenuándose y desapareció del todo bastante antes del final. Algo tendría que ver, seguro, que algunas ideas aparecen de manera reiterada y que los nombres de los referentes de la autora, y hasta algunas anécdotas, se repiten. Suele ocurrir cuando se recuperan textos y ponencias de un autor a lo largo de varios años cuando se le requiere para hablar siempre de lo mismo.

El libro es uno que localicé después de escudriñar durante un buen rato. Y que desconocía dentro de la bibliografía de Leila Guerriero. La periodista argentina recopiló diversas reflexiones en torno al oficio de escribir, y sobre todo, alrededor de la crónica como género periodístico. El volumen lo publicó Círculo de Tiza en 2014 con el título de “Zona de obras” y una cubierta sobria que homenajea a las de Gallimard, sin tener en cuenta la broma tipográfica.

Estas pequeñas repeticiones no le restan interés al libro. Guerriero escribe de maravilla y lo hace de una manera propia, reivindicando una visión muy personal para acercar a sus lectores temas y personajes que merecen uno de sus perfiles. La persona que visitó antes que yo este libro parecía ir en busca de las claves para escribir como lo hace Guerriero y marca con trazo grueso de lápiz todo un párrafo publicado en Babelia en 2010: “para ser periodista hay que ser invisible, tener curiosidad, tener impulsos, tener la fe del pescador y el ascetismo de quien se olvida de sí mismo para ponerse al servicio de la historia de otro”.

Ese mismo año, la periodista estuvo en Santander hablando sobre “qué es y qué no es el periodismo literario” y pronunció un discurso que también aparece en este libro y del que luego aparecen ecos en otros textos más cortos. El lector (o lectora) que me precedió se puso las botas y se debió de quedar sin lápiz. Aparecen mencionados en diversas situaciones los referentes de Guerriero, desde Kapuscinski a Martín Caparrós, de Gay Talese a Juan Villoro, entre unos cuantos más. Y ante las confusiones que genera esa necesidad de ponerle adjetivos al periodismo, ya sea para llamarlo nuevo, literario o narrativo, reivindica su deseo de ser periodista, ni más ni menos: “alguien que cuenta historias reales y hace lo posible por contarlas bien”.

Para lograr contar historias y hacerlo bien, Guerriero recomienda en diversas ocasiones hacerse invisible en algún momento y lo convierte en una de sus claves para hacerse con información interesante: “permanecer primero para desaparecer después”, recomendaba en su lección de 2010. En una charla en Colombia un par de años antes apelaba a la lección de Homero o “la imprescindible invisibilidad del ser”. Y en un párrafo que aparece sin marcas de lápiz (cuando merece ser recuadrado) va enumerando las claves de su modus operandi: “a mí me sirve aplicar curiosidad, derrochar paciencia y cultivar discreción; preguntar como quien no sabe. Esperar como quien tiene tiempo y estar ahí como quien no está”.

En estos textos dispersos, en los que Leila Guerriero confiesa estar en deuda con tantos autores, aparece en diversas ocasiones Rodolfo Walsh y su enorme “Operación Masacre”. Lo leí un par de veces y se lo pasé a alguien con la advertencia de que me lo devolviera. Me temo que eso no ocurrió, porque no está en “su sitio”. Cuando vuelva para retornar esta “Zona de obras” aprovecharé para ir al final de la estantería y buscar en la W.

Una excusa para seguir volviendo a la biblioteca dedicada a García Márquez en busca de esas voces que a veces quedaron eclipsadas por la ruidera del boom.

Conmigo o contra mí

De manera recurrente se menciona el experimento que el profesor Ron Jones llevó a cabo en un instituto californiano a finales de los sesenta. “Fue una de las cosas más terroríficas que me ha pasado nunca en un aula”, dijo el docente cuando pudo calibrar la magnitud que había alcanzado su iniciativa.

Fueron pocos días, pero dejaron una impronta destacada. Los alumnos de la clase de Historia de Jones comprobaron en sus propias carnes la debilidad de la democracia cuando se enfrenta a la acción coordinada de un grupo de personas convencidas de su superioridad. Y descubrieron maravillados la fascinación que proporciona pertenecer a una élite, del tipo que sea. Y lo fácil que es provocar envidia y, por ende, generar adhesiones inquebrantables, sin un ápice de crítica.

Desde que convivo con adolescentes entiendo mejor el éxito que tiene el subgénero cinematográfico de películas ambientadas en un aula. Hace pocos meses nos quedamos literalmente agarrados al sillón mirando “La ola”, un film alemán de 2008 que traslada a la actualidad el experimento de Ron Jones. Con unas interpretaciones comedidas, al servicio de una historia tan subyugante, la puesta en escena tenía esa frialdad que expelen las películas alemanas. Técnicamente son impecables, pero parece que esa iluminación perfecta y los enfoques milimétricos hacen demasiado aséptico el relato.

Cuando hace unas semanas me encontré con la novela “L’onada”, de Todd Strasser, alguien en casa me recordó que seguro que estaba relacionada con la película que habíamos visto. La cubierta del libro, publicado por Blackie Books en catalán y castellano hace unos meses, es muy potente gráficamente. La esvástica trazada sobre lo que podría ser una bandera ondulante o una empalizada (ambas figuras sirven) y el subtítulo “L’experiment educatiu que va arribar massa lluny” son elocuentes.

La novela, como la película, pueden resultar en algún momento demasiado sencillas en su planteamiento. Como la historia arranca a toda velocidad parece que luego el narrador sienta vértigo y, desde las alturas, sea complicado hacer un enfoque más preciso. Esa masa exaltada que responde sin dobleces a las consignas del profesor que parece que solo quiere experimentar es demasiado plana. En el relato de Strasser la estudiante díscola que no acaba de verlo claro se convierte enseguida en un arquetipo. Y lo mismo ocurre con la esposa del profesor que juega a ser Dios. Parecen meras caricaturas puestas al servicio de una dicotomía en la está claro dónde están los malos.

Esa acumulación de lugares comunes (demasiado reales, a nuestro pesar) que lleva aparejada la consolidación de un grupo que se siente poderoso va apareciendo en la narración desde que al principio el profesor les propone hacer un saludo que permita identificarse a los miembros del grupo. Es escalofriante ver que todo esto ya lo habíamos leído en los libros de historia y reconocerlo en esos estudiantes que van amenazando por los pasillos a los que se niegan a hacer el saludo. “Si no estás conmigo, estás contra mí”, dicen en algún momento. Y tan absurda argumentación deviene en el detonante de la historia.

Con un planteamiento bien diferente, ese razonamiento simplista es también la letanía que se impone en ora película, también alemana, pero ambientada en los años cincuenta, con el cemento todavía fresco en el Muro de Berlín. Otra historia ambientada en un instituto, una película de esas que se utilizan en clase para de manera simultánea aprender alemán, algo de Historia y descubrir las bondades de la solidaridad.

Se tradujo como “La revolución silenciosa” o “La clase silenciosa” y parte de una anécdota para terminar de manera casi épica, en plan “El club de los poetas muertos”. En un instituto de una ciudad de la Alemania comunista los alumnos de la asignatura de Historia guardan un minuto de silencio en apoyo de la revolución antisoviética que se produjo en Budapest en 1956. Cuando se corre la voz, los alumnos argumentan que esa condolencia tiene que ver con la supuesta muerte de Puskas, el futbolista estrella de la selección húngara, como consecuencia del levantamiento.

La revuelta muda trasciende las paredes del instituto y pronto toman medidas las autoridades de la ahora extinta RDA, alineadas con la URSS. El ministro de Educación hace su aparición estelar en el instituto y, ante la aparente solidez del grupo contestatario, saca a relucir el argumento de siempre: “si estáis con los levantiscos húngaros sois nuestros enemigos”. No hay matices, o conmigo o contra mí.

Como ya ocurría con la novela y la película dedicadas a la ola (“la tercera ola”, en el experimento de Ron Jones, porque decía que siempre es la más fuerte de la secuencia con que llegan cíclicamente desde el mar a la tierra), la historia de la clase silenciosa puede parecer simplista en su planteamiento. Pero también aquí la historia “está basada en hechos reales” y esto sirve para mostrar que la realidad supera muchas veces a la ficción y que los planteamientos más maniqueos son tan ciertos como eficaces narrativamente.

Con y sin ayuda

Cuando Jordi Cussà falleció repentinamente hace casi un año alguien dijo que era uno de los secretos mejor guardados de la literatura catalana. Tenía 60 años y en los últimos veinte había publicado varias novelas que habían sido saludadas con fervor por la crítica, pero él seguía instalado en su Berga natal, alejado de las capillas literarias y discriminado por ello de esos favores que se prodigan unos y otros en forma de elogios y recomendaciones.

Cussà tenía un pasado yonqui que trasladó a algunas de sus obras. “Cavalls salvatges” es la que aborda de forma obvia el impacto que las drogas tuvieron en su generación. Una historia que no es descarnada, es sencillamente real como la vida misma. Hace unos meses Pagès Editors publicó un cómic en el que propio Cussà ejerció de guionista y al que puso imágenes Jaume Capdevila, conocido como Kap. Son 200 páginas oscuras pero vitalistas, repletas de ritmo, con un planteamiento circular que arranca en un cementerio, sin concesiones. El dibujante explicaba en un entrevista que él no sabía nada de drogas y que Cussà no sabía nada de cómic y, sin embargo, el resultado es apasionante.

El realismo sucio que recuerda a Andrea Pazienza, las situaciones pasadas de vueltas que tan bien recreaba Gallardo en las tiras de Makoki y la eficaz construcción de las páginas a base de gloriosos rojos y negros son una puerta de acceso a la novela, que debe de ser esplendorosa a tenor de la potencia narrativa que muestran las viñetas, destiladas durante los tres años en que trabajaron juntos ambos artistas.

Mientras espero para sumergirme en la novela, y tras haber saboreado el cómic, cae en mis manos “Les muses” (publicada por Comanegra hace pocas semanas), que algunos han tildado de obra póstuma aunque Cussà la diera por concluida bastante antes de que le sorprendiera la muerte y sus editores no quieran considerarla así. Aquí la droga vuelve a tener un protagonismo capital, si bien han sido los periodistas los que han desvelado más detalles de los que deja entrever la sinopsis que aparece en la contracubierta de la novela.

Cussà se propone recorrer prácticamente mil años de creación artística occidental  y con suma habilidad va trenzando una historia que arranca en Mallorca en el siglo XIII y termina, como aquel que dice, anteayer en una habitación del hospital Clínic de Barcelona. Por sus páginas deambulan, a veces sometidos a delirios fundamentales para el devenir de la humanidad, Ramon Llull, Leonardo, la hija de William Shakespeare, la hermana de Mozart, Dante, Cervantes, Einstein, Poe, Gaudí o Patti Smith, acompañada en el escenario por Nico y Mike Oldfield. Y es que “en una novela puedes de todas las cosas habidas e inventadas. Puedes renegar de Dios y del Diablo y de todo lo que te dé la gana. Es la gracia de la creación”.

Lo dice Virgili Pardal, el escritor que se ha propuesto narrar los vínculos entre todos estos personajes y el enigmático brebaje que en momentos puntuales les permitió alcanzar cimas creativas. Lleva siglos pasando de mano en mano.

Es uno de los méritos de Cussà al montar esta historia, esa conexión para transitar de siglo en siglo, de un país a otro, haciendo acordarse a Shakespeare de aquel judío converso que le advirtió reiteradamente de que “el brebaje podía provocar alucinaciones, a veces horripilantes, y visiones, a veces proféticas o al menos fructíferas”. Los capítulos que casi tienen perfil propio (“autoconclusivos” como se dice ahora de los capítulos de las series) se leen con avidez, jugando con el autor a ver en qué momento hará su (re)aparición la sustancia en sí, dando una vuelta de tuerca a la historia de la humanidad.

Cuando termino más que satisfecho esta entretenida novela cae en mis manos un ensayo que parece en los antípodas de la obra de Cussà. Se titula “El polímata”, lo firma Peter Burke y lo publica Alianza Editorial. El subtítulo ayuda a ceñir el contenido: “Una historia cultural desde Leonardo da Vinci hasta Susan Sontag”. Con las primeras líneas del texto que aparece en la web nos hacemos todavía una idea más precisas: “Los polímatas son los sabios o eruditos en distintas materias, que han realizado aportaciones innovadoras o relevantes en distintos campos.”

Al empezar a leer me vuelvo a encontrar con Llull, Leonardo, Cervantes, Einstein… pero esta vez el rigor académico hace invisible cualquier elucubración en torno a misteriosas pociones. Burke echa mano de sus abundantes investigaciones alrededor de la cultura en Europa y elabora un catálogo razonado de personas (casi siempre hombres) que lo han sabido casi todo. Son personalidades de todos los campos del saber que igual dominaban una veintena de lenguas que podían escribir con fundamento sobre temas tan dispares como astrología, medicina, filosofía, ingeniería (antes de que existiera como tal) y además escribir poemas o pintar con una maestría absoluta.

Peter Burke recopila una serie de personalidades a las que añade contexto y va elaborando una obra de gran interés como fuerte de información secundaria. Hay una sesentena de páginas de notas y bibliografía que rematan un listado de 500 polímatas occidentales y hay una introducción que aclara qué se entiende por esta figura de sabios multidisciplinares al tiempo que se justifica el desconocimiento que en Occidente tenemos sobre personalidades de este tipo que puedan haber existido fuera de esas fronteras del pensamiento local de los últimos cinco siglos.

Con una amenidad que a veces parece contagiarse de falta de espacio para desarrollar en abundancia los capítulos, Burke propone un paseo muy interesante por ámbitos tan diversos como la Florencia del Renacimiento, la corte de la reina Cristina de Suecia, los viajes por América de Alexander von Humboldt o la labor titánica de D’Alembert y Diderot para coordinar la redacción de la Enciclopedia. Burke lamenta en diversos momentos la era de la especialización extrema en la que parece haberse adentrado la humanidad y reivindica el papel de esas redes que, incluso en los siglos en que los no podía preverse la instantaneidad actual, permitían a los sabios ciclópeos del pasado aumentar su caudal de conocimientos, a través de cartas, emisarios, corresponsales y hasta intuiciones.

Con la ayuda de brebajes o no, dos viajes de lo más recomendables.

Otra pequeña historia que se cuenta

Las guerras encierran siempre episodios en los que el azar se convierte en protagonista hasta hacer casi inverosímiles las historias en las que se ve envuelto. Y suele funcionar muy bien como recurso narrativo, en tanto que enlaza personajes a los que difícilmente se podría relacionar sin estridencias en un relato al uso.

Hay un cómic que acaba de lanzar una pequeña pero atrevida editorial aragonesa cuya historia se sostiene a base de los malentendidos que generan las casualidades. El otro gran soporte de “La pitillera húngara”, con su bonita cubierta y su cuidado acabado en cartoné, son los dibujos de Juanfer Briones, que consiguen planchas memorables, con especial atención a los vehículos dibujados, ya sean tanques, camiones o el elegante coche de una misión diplomática francesa que se adentra en la provincia de Teruel en los años 50.

El programa literario “La torre de Babel” de Aragón Radio reunió hace pocos días al guionista y el dibujante de este cómic y ahí desgranaron algunos detalles de esta obra, entre ellos esa querencia por el tono sepia que tanto recuerda las fotos de la época. Y es que todo el cómic está montado sobre un recurso mil veces visto pero siempre efectivo: un elemento encontrado de casualidad que permite viajar al pasado, rememorar lo ocurrido e ir viajando hacia atrás y adelante en el tiempo, siguiendo ese señuelo.

En el reciente Saló del Còmic de Barcelona, en el stand de GP Ediciones, estaba el ilustrador de este cómic y se confesaba deudor de Sento y de Daniel Torres, el flamante ganador del gran premio de este año. Las páginas de “La pitillera húngara” muestran esa advocación por la línea clara valenciana y, salvo pequeños detalles de colores llamativos, las viñetas semejan gloriosas fotografías viradas a sepia.

En este caso, es la pitillera húngara del título la que desencadena la acción. Y eso que el arranque de la historia tiene una serie de escenas muy potentes visualmente, cuando unos brigadistas de la Lincoln lanzan una ofensiva en la localidad zaragozana de Quinto con la cabeza rapada salvo un escaso mechón en el centro y tatuados como indios sioux, lanzando los gritos de guerra que luego hicieron famosos los westerns.

Recogida la anécdota, la historia se articula en torno a tres personajes que tendrán suerte dispar en la guerra civil española y la posterior segunda guerra mundial. El neoyorquino Paul Evans, el alemán Markus Babinsky y la francesa Alizée Lechance entrelazan sus destinos mientras se someten a los caprichos del azar. Entre los nombres que aparecen en estas viñetas, aparece también un personaje real que tiene una historia más que cinematográfica. Francisco Ponzán es el nombre de un maestro que luchó en la defensa de la República y que, consumada la derrota, peleó para la Resistencia facilitando el paso por los Pirineos a centenares de personas, al mando de una red, la Pat O’Leary, que alcanzó una dimensión mítica. Los nazis lucharon con ahínco para desmantelar esa eficaz maquinaria de escape y terminaron asesinando a Ponzán y varios compañeros, cerca de Toulouse, pocos días antes del fin de la guerra.

En este cómic Ponzán aparece casi de soslayo pero tuvo un papel protagonista en otra historia también publicada por GP Ediciones, con el título de “Frontera de Ordesa”. Quizá en esa ocasión las viñetas no pudieron captar la historia grandiosa de la red de evasión, aunque también había páginas de una gran calidad, con una cubierta que todavía llama la atención cuando uno se la encuentra por las ferias de tebeos que se organizan por tantas localidades.

Paso a paso, cómic a cómic, las pequeñas historias que todavía quedan por contar (o imaginar) ambientadas en la guerra civil (y sus consecuencias) se van abriendo camino hasta hacer buena esa sentencia que dice que “las historias que no se cuentan, desaparecen”.