El diario de un reportero

El amigo que me descubrió a “la dama de las abejas” me pasó este verano un libro de una editorial que desconocía: Stella Maris. En una primera búsqueda en Google, el teclado predictivo enseguida asocia el nombre de la editorial con su cierre. La web que aparece en la contraportada del libro ya no existe y la página de Facebook hace muchos meses que no se actualiza. Parece que dejó colgados a muchos autores, que veían sus libros a precios de saldo y nadie les daba ni un euro por los derechos de autor. Hubo concurso de acreedores y la empresa bajó la persiana.

El libro que acabo de leer de Stella Maris es un diario íntimo de Manuel Leguineche, que arranca el 14 de octubre de 1986, su primera noche en El Tejar de la Mata, una casa en La Alcarria, en la provincia de Guadalajara, donde se instaló hasta su muerte, en 2014. Allí regresaba después de sus muchos viajes por medio mundo ejerciendo de reportero, maestro de una manera de hacer periodismo. “La felicidad en la tierra” (2015) se titula esta colección de 23 capítulos, que abarcan varios años y que, aunque no estén explícitamente datados, se pueden deducir algunas fechas por los hechos que se mencionan: el cincuenta cumpleaños del propio diarista, nacido en 1941; la guerra del Golfo, unos meses más tarde; el medio siglo de Serrat, en 1993… Hay otra edición de Alfaguara, que lo había publicado 15 años atrás.

la falicidad de la tierra

Leguineche siempre cultivó un estilo basado en una escritura sin demasiados adornos, con un léxico preciso y referencias exactas que ayudaran a contextualizar. Muy documentado, le gustaba salpicar sus crónicas con declaraciones de personas de a pie, alejadas de los círculos de poder. Nos explicaba las guerras con los pies en el suelo, sin “empotrarse” en los ejércitos, preguntando por las calles. Este diario responde plenamente a este estilo. Unas veces cede la palabra a las personas que trabajan en su casa, que recuerdan su infancia en la guerra civil, por ejemplo. En otras ocasiones recopila léxico especializado, giros locales, palabras para designar útiles de labranza, plantas o animales de la zona. Explica sus día a día en el pueblo, las comilonas con los amigos y, por supuesto, sus gloriosas partidas de mus.

Le van visitando amigos a los que llama escuetamente por sus nombres (Camilo, Arturo o Javier), a los que por sus apellidos conoceréis: Cela, Pérez Reverte o, sencillamente, Reverte (el Javier al que dedica el libro). A menudo cita sus idas y venidas: “acabo de volver de Afganistán”, “me voy a Iraq”, “vengo de Moscú” y parece feliz cuando recupera la calma alcarreña, al explicar cómo ha extrañado el canto del cuco o al relatar que los cuervos se comportan igual en cualquier zona del mundo, lluevan o no las bombas a su lado. Hay también recuerdos de su infancia vasca, cerca de Gernika, de los platos que cocinaba su madre. De sus años de estudiante en Tudela. Y continuamente cita versos, copia estrofas enteras, menciona a muchos poetas. Rememora sus inicios en el mundo del periodismo, con Miguel Delibes como mentor.

Hace años leí mucho a Leguineche. Recuerdo con cariño un libro titulado “El precio del paraíso”, en el que relataba la odisea de Antonio García Barón, un chaval de Monzón que con 14 años se alistó en la Columna Durruti, acabó cayendo en Mauthausen y salió vivo. Acabó en la selva amazónica de Bolivia, contratado durante un tiempo por el gobierno para contar rayos. Ese libro, publicado a mediados de los 90 y recientemente reeditado, también sale mencionado de pasado en este diario, tan ameno, tan útil para conocer un poco más a ese reportero que parecía muy tímido tras su franca sonrisa y esos bigotones de las fotos más antiguas.

Leguineche murió en 2014 aunque los achaques de salud hacía un tiempo que le habían alejado de la actividad profesional y de la vida pública. Su aspecto físico era muy distinto e incluso en la cubierta de  libro de Stella Maris cuesta al principio relacionarlo con esa imagen que cultivábamos de él. Hubo necrológicas muy sentidas, hechas por colegas que le admiraban. Todo el mundo tenía alguna historia que contar, que añadían matices al retrato de la persona (y del personaje). Una de mis preferidas la explicó Manuel Segura en su blog, casi al final del texto.

Este diario se lee con fruición, aunque a veces la composición de la página no facilite precisamente la lectura. Se echa en falta una revisión ortotipográfica porque hay centenares de palabras cortadas por la mitad, sin ningún sentido, en medio de una línea. Una auténtica chapuza que molesta y despista. Aunque no hay a quien protestar, porque la editorial ya no existe. Sus libros se venden casi a peso, en librerías especializadas en este tipo de productos rebajados.

Será la única manera de hacerse con este diario sin apenas fechas pero repleto de sabiduría y humanidad.

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Padre

A veces, cuando entro en un ascensor, veo en el espejo gestos de mi padre. Continuamente me sorprendo diciéndoles a mis hijos las mismas frases que me lanzaba él hace 30 o 40 años. No son necesariamente broncas, también recupero de lo más hondo de la memoria chascarrillos, frases hechas, “mazadas”, que decimos en Aragón, que igual puntean un cruce de opiniones que cierran con contundencia un argumento de andar por casa. “A ver si van a mandar más los mocos que las narices”. Añoro su sonrisa franca con la misma intensidad con que lamento no haber sabido despedirme de él. Se fue sin que le dijera lo importante que era para mí. No tuve valor, me pudo el pudor. Crecí convencido de que los sentimientos no se manifiestan en público, ni siquiera a solas en una habitación de hospital.

En los últimos meses empezó a crecer una bola en la prensa en torno a una novela de Alfaguara titulada “Ordesa”, de Manuel Vilas, un escritor del que tenía escasas referencias, pero todas buenas. El nombre de Ordesa evoca irremediablemente paisajes enormes, de una belleza inacabable. Cuando supe de qué iba el libro preferí alejarme de él, por el peso de la ausencia que sentía. Mi padre acababa de morir. Pero iba recortando las reseñas, como el que graba el tráiler de una película que no se atreve a ver.

“Desde las primeras páginas sabemos que nos vamos a sentir arrastrados por su amenidad, y sobre todo por su intensidad”, decía José Antonio Masoliver en el Culturas. “Es una elegía por la clase media-baja española”, anotó Agustín Sánchez Vidal en el Artes&Letras de Heraldo de Aragón. “Ordesa és un llibre de dol i una anàlisi materialista del duel”, apuntaba Javier Rodríguez Marcos en un suplemento especial de El País para el día de Sant Jordi. Y el propio Manuel Vilas, en un texto en un Babelia dedicado a “la literatura del yo” afirmaba que en “Ordesa” quiso “reflejar la belleza y la poesía que hubo en las vidas de la generación de hombres y mujeres nacidos en la década de los 30, la de mis padres”.

Los míos nacieron una década después pero casi pertenecen a la misma quinta y conocieron un paisaje y unas circunstancias calcadas a las de los padres de Vilas. Me siento muy reflejado en lo que dice a continuación: “sus vidas fueron buenas. Eso quise hacer yo en Ordesa, mostrar la impúdica poesía de los desfavorecidos de la historia de España”.

Una amiga, después de reiterarme que lo iba a pasar mal leyendo el libro, me dejó su ejemplar. Y tenía razón, lo pasé mal. Porque aparecía el mismo hospital en el que murió mi padre, hablaba de ciudades y lugares por los que he transitado y evocaba situaciones que coincidían exactamente con otras vividas por mí. Lo pasé mal pero me sentí reconfortado por ese texto impúdico, escrito por alguien valiente que, como ha dicho Juan Tallón, se atrevía a poner toda la mierda encima de la mesa y escribir acerca de ella. Quiero volver a leerlo pero me atenaza otra vez el miedo a experimentar la desazón de revisitar el hospital San Jorge de Huesca. No recuerdo con exactitud la historia que se explica (quizá porque la interioricé enseguida y la mezclé con experiencias propias) pero sí tengo presente la intensidad del relato, el dolor por la situación que vivía España hace pocos años, con tantas burbujas estallando y mostrando la miseria oculta tras la tramoya.

Me conmueve la tristeza que experimenta Vilas al explicar la incomunicación creciente con sus hijos, que como le hacía él a su madre apenas le cogen el teléfono. Igual que esa sensación de fracaso del narrador, con un divorcio a cuestas, problemas de alcoholismo y un trabajo que le hastía, como profesor de instituto.

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Acaricio la cubierta, tan atractiva con ese color amarillo, y recuerdo que en las primeras páginas explicaba con dulzura no exenta de dolor que “el estado de mi alma era un vago recuerdo de algo que ocurrió en un lugar del norte de España llamado Ordesa, un lugar lleno de montañas, y era un recuerdo amarillo”. El epílogo de este libro incandescente reúne un puñado de poemas. Es la apoteosis. En el último, en el que habla de su madre (la otra gran protagonista de la historia) hiere por su intensidad. “Todo lo recuerdo, y todo lo recordaré”.

Y uno cierra el libro casi sin aliento.

Desmadre a la americana

Son muchas páginas (más de 600) que en algún momento pueden antojarse demasiadas. Como un sendero por un bosque lleno de broza que a veces molesta al caminar pero que en otras ocasiones permite distraerse mirando detalles en las revueltas de ese trazado sinuoso. Todo un  catálogo de señuelos que no deben desviarnos del tema central de la novela: el duelo, la evocación de la persona prematuramente desaparecida.

“La extraordinària família Telemacus”, de Daryl Gregory, (que he leído en la edición en catalán de La Campana y que ha publicado en castellano Blackie Books) parte de un argumento que nos puede sonar de un cómic (los Watchmen de Alan Moore) y hasta de una película de animación infantil (Los increíbles). Una familia con superpoderes, o con habilidades inexplicables, ha dejado de ejercitarlos y sobrelleva como puede una existencia “normal”: haciendo arreglos en casa, disfrutando de la jubilación, ligando por internet, trabajando en un supermercado o intentando que no se hunda una empresa de instalaciones eléctricas. Sobre esta familia tronada, que vive situaciones muy divertidas, planea la sombra de una muerte, la de la madre, Maureen (Mo). Demasiado joven, tras una rápida enfermedad y después de un episodio bochornoso en el programa más visto de la TV estadounidense, del que se van deslizando detalles a medida que avanza la narración.

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Maureen dejó un viudo (Teddy) y tres hijos: Buddy, Frankie e Irene, la mayor, que tuvo que ejercer de madre con sus hermanos pequeños y que en 1995 (cuando transcurre la historia) ya tiene un hijo, Matty, que es fundamental en el desarrollo de la trama. En la edición en catalán, traducida por Imma Falcó, los editores han tenido la buena idea de colocar un tarjetón en el que describen brevemente tanto a los seis miembros de la familia como a la quincena de secundarios que van apareciendo. Es un como un lazarillo para los momentos más caóticos, que los hay.

La trama acontece en pocos meses de 1995, de junio a octubre. Los capítulos parecen secuencias de una película, que van poniendo el foco de manera sucesiva en cada uno de los personajes, mientras el resto de los familiares hacen de las suyas. El recuerdo del pasado, la desaparición de Maureen, el fatídico momento en el que fueron al programa del “increíble Archibald”, los trabajos para la CIA en plena “guerra fría” van salpicando el relato del presente. Hay un recurso epistolar que es uno de los hallazgos deliciosos de esta novela, basado en esos superpoderes, del que no se puede explicar mucho para no estropear la magia de esta historia embrollada en la que todo tiene sentido al final, aunque pueda parecer inverosímil.

Vuelve a repetirse aquello tan repetido de “Anna Karénina” de que todas las familias felices se parecen y las infelices lo son cada una a su manera. En un conjunto tan desestructurado como los Telemacus, los antiguos superpoderes parecen por momentos simples trastornos mentales. Lo que en el pasado parecían retos para pasmar a públicos boquiabiertos se han convertido en excusas para hacer saltar la banca de un casino flotante o en tretas para desvalijar a un mafioso. Y el humor se va abriendo paso cuando el lector descubre de qué manera tan original consigue Matty, el más joven de la saga, poner en marcha su fuerza oculta, la de salir de su cuerpo.

Lo que habíamos sabido hasta entonces (con un mago tramposo, una vidente excepcional, una chica capaz de detectar quién miente, un joven que puede mover cosas con la mente y otro que también anticipa el futuro) se va liando hasta dejar epatado al lector.

Y entonces resulta que todo cuadra. Un desmadre.

¿Para qué sirve Manolo García?

Con quince años recién cumplidos empecé a trabajar de camarero en verano, con la vista puesta en sacar dinero para marchar algún día a la universidad. Era el benjamín de la plantilla. A casi todos los compañeros les gustaba poner música para acompañar tantas y tantas horas de barra. El que llegaba primero tenía el privilegio de elegir los dos casetes que entraban en la doble pletina del bar, y se aseguraba (con el auto-reverse) un par de horas (y hasta tres, si la cinta era de 90’) de sus canciones favoritas. Uno de los más madrugadores solía poner un directo de The Kinks. Gracias a otro camarero descubrí al Boss, que por entonces defendía Born in the USA. Teníamos un colega muy vago que, en cambio, tenía buen gusto musical y traía a Bowie, Fleetwood Mac o Camarón. Y a prácticamente todos nos entusiasmaba una cinta que empezamos a copiarnos unos a otros en la que había canciones como “Dulces sueños”, “Querida Milagros” o “Son cuatro días”. Sólo había un disidente entre aquellos compañeros de trabajo y de juerga. Por las noches, ya sin clientes, cuando las poníamos a todo trapo mientras recogíamos a toda velocidad, no faltaba su comentario:

-Ya estamos otra vez con las gitanerías

El Último de la Fila se instaló en nuestras vidas y aquel sentimiento de complicidad con un grupo que entonces era poco conocido, proponía un sonido tan peculiar y tenía letras tan extrañas se fue extendiendo como una mancha de aceite hasta conectar con miles, centenares, millones de personas que abrazaron encantadas esa música “arábigo-épico-aflamencada”.

Esta particular definición es de Luis García Gil y aparece en un texto de Cuaderno Efe Eme dedicado a Manolo García, y por extensión a los grupos Los Rápidos, Los Burros y El Último de la Fila, en los que tuvo el protagonismo al 50% con Quimi Portet. Son 224 páginas con cientos de fotos, maquetadas con el buen gusto que tienen los demás volúmenes de esta colección. Hay textos de los colaboradores habituales (Diego A. Manrique, Jesús Ordovás, César Prieto, Eduardo Tébar…), una introducción del director, Juan Puchades y una entrevista enorme de Arancha Moreno: más de 40 páginas que deben de resumir las más de cuatro horas de charla. Hay también aportaciones de Bunbury y Miguel Ríos así como los análisis de todos los discos de los grupos por los que pasó Manolo García, así como los de su trayectoria en solitario. Hay todo tipo de fotos (algunas verdaderas rarezas) y muchas imágenes firmadas por Xavier Mercadé a lo largo de estas décadas de música en directo.

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Porque Manolo García y Quimi Portet se hicieron fuertes en los conciertos. Sus discos los agotábamos en pocos días, nada más salir. Los LPs los escuchábamos sin parar, vuelta y vuelta. Igual que los casetes, que cambiaban de cara automáticamente y no movíamos un dedo por sustituirlas. En sus conciertos se les veía entregados, sin mirar el reloj. Yo pude verlos teloneando a Tina Turner, cuando eran el grupo más famoso del momento; en plazas de toros, en pabellones de baloncesto, en la calle, en ciudades grandes y en capitales de provincia. Y me quedé con las ganas de verlos en el Camp Nou, en el famoso concierto de Amnistía Internacional. Me perdí uno de sus conciertos en Zaragoza porque estaba estudiando para la selectividad. Y todavía lamento no haberme escapado con mis amigos aquel día, cuando estuvieron en primera fila y así salieron en una foto de la portada del periódico del día siguiente.

Las canciones de El Último de la Fila son una de esas cosas que asocio a una de las épocas más felices de mi vida, cuando todo parecía posible y no faltaba nadie a mi alrededor. Los peculiares diseños de sus discos, las letras surrealistas de algunas canciones, ese sonido moruno logrado por unos tipos que eran catalanes, el paulatino éxito que fueron logrando mientras nosotros les acompañábamos en su ascenso… De todo esto me he acordado mientras pasaba sin descanso las páginas de este libro publicado por Efe Eme. No hubiera podido imaginar hace 30 años que iba a descubrir tan completo volumen en un largo viaje en tren por el centro de Europa. Se producía la paradoja de estar leyendo sobre unos discos como “Enemigos de lo ajeno” o “Como la cabeza al sombrero” mientras veía por los ventanales del vagón las siluetas de los Alpes o los pináculos de las iglesias, en medio de unos campos inacabables con todos los matices del verde. Una música que triunfó rotundamente en la península pero que apenas trascendió un poco a Italia y algo a América Latina. Aquí se explica que algunas canciones se tradujeron al italiano con la ayuda de Franco Battiato y que si el triunfo más allá del Atlántico no se consolidó fue debido al deseo de Manolo y Quimi de seguir disfrutando de la música, sin convertirse en meros esclavos de la industria.

Leía en plenas vacaciones sobre unas canciones que empecé a descubrir justo 33 años antes, cuando el verano era sinónimo de muchas horas despierto, a un lado u otro de la barra de un bar, de muchos bares. Esa “gitanería” que decía mi compañero de fatigas fue creciendo, proporcionando álbumes inolvidables (“Pequeño catálogo de seres y estares”, “Astronomía razonable”) y dejó himnos que todos hemos canturreado (“Cuando el mar te tenga”, “Como un burro amarrado a la puerta del baile”, “Canta por mí”, “Mar antiguo”). Algunas canciones “menores”, de los años prehistóricos de Los Rápidos o Los Burros, como “Disneylandia”, “Huesos” o “Portugal”, iban apareciendo en mi recuerdo, mientras el libro revelaba claves para entender cómo surgieron, con quién se fueron asociando los dos músicos (desde que Sergio Makaroff los localizara intentando formar con ellos una banda que pronto emprendió el vuelo en solitario).

La cercanía de Manolo García, esa campechanía que parece alejada de toda impostura, el origen humilde, el carácter autodidacta, la sintonía con Quimi Portet, la veneración que parece sentir la crítica ya no sólo por él sino por toda su trayectoria están presentes casi en cada uno de los textos que componen esta discobiografía. Hay un par de menciones negativas: una de Mingus B. Formentor en La Vanguardia sobre la reiterativa propuesta en solitario de Manolo García respecto a sus años de El Último y esta de Víctor Lenore en El Confidencial a propósito precisamente de su último trabajo. El resto los textos están elaborados desde la admiración e incluso la pasión. Y como la gran mayoría de los lectores llegarán a estas páginas en busca de esta sintonía, la lectura será gozosa.

Cuando El Último de la Fila anunció su disolución hubo un crítico que dijo que las malas noticias nunca vienen solas, para añadir socarrón que encima se anunciaba la vuelta de Mecano. No recuerdo que llegara a producirse, pero Manolo y Quimi tomaron caminos separados. El primero sonó desde su primer disco algo así como la continuación de El Último por otros medios. Tuvo verdaderos bombazos (“Pájaros de barro”, “Nunca el tiempo es perdido”, “A San Fernando, un ratito a pie y otro caminado”). Quimi Portet ha ido publicando discos en catalán que muestran de dónde venía la vena surrealista y gamberra en los años de pareja de hecho de Manolo. Una propuesta, la de Quimi, más arriesgada y muy interesante, aunque no la haya comprado el gran público.

El volumen de Efe Eme disecciona los discos de Manolo García, sus viajes a Brasil, Grecia o Nueva York en busca de músicos que le dieran otro sonido, que abrieran la paleta de colores de su música- Se habla mucho de su faceta pictórica, no en vano el diseño de todos sus discos tiene mucho de Manolo. Se buscan las raíces de su música (de la Creedence a Serrat, de Triana a Khaled, de Los Chichos a Bowie), y aparecen muchas pequeñas historias que nos hacen sentir muy bien, porque nos vemos reflejados en la música de alguien que se puede parecer a nosotros.

Para los que dejamos a Manolo García que siguiera su recorrido sin nosotros, para no estropear el recuerdo maravilloso de sus años con Quimi Portet, para los que le acompañamos aullando en sus conciertos durante años, quizá ha llegado el momento de volver a saborear esos trabajos en solitario. Parecen repletos de esa honestidad que le ha caracterizado, y en cada disco dicen que sigue habiendo un puñado de canciones de nivel.

Estoy viajando en un tren que está punto de cruzar la frontera por Perpinyà. Y ya tengo ganas de llegar a casa para recuperar algunos de esos discos raros que tenía medio olvidados. “¿Para qué sirve una hormiga?” decía la cara B de un single presentado en una caja de pequeño formato, con diseños casi extravagantes. Pues también estos discos salen en este libro de Efe Eme. Se habla de ellos.

Imprescindible. Una gozada.

Libros bellos

En el último Saló del Còmic de Barcelona me encontré sin buscarlo con el stand de “Libros del zorro rojo” y fue una suerte. Un atracón de “beaux livres” que hubiera sido imposible disfrutar en una librería convencional, porque los volúmenes hubieran estado organizados por autores, por edades o por cualquier otro criterio que los hubiera diseminado por distintas secciones, sin poder valorar en conjunto semejante explosión de calidad, amor por los libros bien hechos y riesgo en la selección de títulos y autores.

Después de mucho dudar me decidí por un estuche con tres relatos de Haruki Murakami en el que el continente casi relegaba a un segundo plano los textos. Y me fui de ahí pensando en todos los libros que me hubiera gustado llevar, para acariciarlos, para mirar los acabados, para sorprenderme con las ilustraciones, para seguir pasando páginas sin importar en qué dirección. Hace poco encontré el momento de leerlos, no sin antes haberlos mirado del derecho y del revés, deslumbrado ante los dibujos de Kat Menschik, impresos en tintas directas, algunas metalizadas, que irremediablemente transportan a volúmenes de otras épocas.

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Los tres relatos de Murakami tienen algo oscuro, asfixiante, que los emparejan con los clásicos. El ambiente opresivo, de tan cotidiano, que aparece en “Sueño” tiene algo de Kafka. La crónica del día a día de una mujer insomne que va buscando paraísos artificiales en unas galletas, mientras lee con voracidad Anna Karenina y espera que en algún momento pueda volver a gozar de unas cuantas horas de sueño reparador produce un desasosiego que parece abocado a un final trágico.

No es menos absurda la pretensión de una pareja que quiere llevarse algo a la boca en plena madrugada y deambula por las calles desiertas de Tokio en pos de un trozo de pan. “Asalto a las panaderías” se titula esta historia igualmente frenética, en la que los cónyuges van armados con una escopeta, enardecidos por el recuerdo del hombre, que en su juventud ya protagonizó un atraco (y un atracón), del que salió (él y su compinche) con una maldición a cuestas, demasiado surrealista para explicarla aquí sin contexto.

El tercer volumen guarda ecos del “jardín de los senderos que se bifurcan” de Borges. Otra vez una situación aparentemente absurda, con unos personajes que pueden haber llegado de las narraciones clásicas de terror. “La biblioteca secreta” es una pesadilla en la que no faltan libros de títulos larguísimos, un laberinto, una joven hermosa y un bibliotecario loco.

Tres lecturas angustiosas, narradas con una sencillez que enfatiza ese ambiente agobiante, ese temor a un desenlace fatal. El lector deambula por las páginas buscando asideros, y los encuentra en las imágenes, a toda página, que a la vez ilustran y distraen. Por su perfección, por su belleza, por la calidad con la que están reproducidas. Son al mismo tiempo acento y contrapunto.

Uno de los responsables de la editorial, Fernando Diego García, repasaba hace unos meses su trayectoria en una entrevista infinita que publicó Jot Down. “Entendemos cada libro como una obra única que nos obliga a una reflexión particular”, decía. Todo un lujo en el mundo de la edición, donde la cuenta de resultados se impone muchas veces. “Queremos construir un catálogo de obras valiosas, perdurables, libros que nos emocionen para poder emocionar con ellos a nuevas generaciones lectores”. No hay nada de postureo o de retórica en sus declaraciones. Un paseo por su web, o la suerte de encontrártelos en un stand como el del Saló del Còmic, confirman que van enriqueciendo ese catálogo a golpe de unas novedades que enseguida se convertirán en un fondo deseado por los lectores.

El libro de Murakami que tanto placer visual proporciona viene a corroborar lo que decía el responsable de la editorial: “hay un momento de contemplación y un momento de admirar la propuesta estética que encierra el libro; hay un momento de lectura y un momento en el cual la experiencia es integradora”.

Habrá que seguir buscando estas maravillas.

 

“El pálpito de la memoria”

Entre todas las historias tristes que se esconden en la tragedia de la guerra civil española, siempre me ha conmovido el asesinato de Ramón Acín, al que siguió de manera casi inmediata el de Concha Monrás, su mujer. Hace dos años, coincidiendo con el 80 aniversario de la ignominia, recopilamos aquí datos sobre su biografía y sobre la magnífica bibliografía que en los últimos años se ocupa de su abundante obra artística, inseparable de su activismo libertario, su faceta de articulista y la ejemplaridad de su vida. “Un hombre en el buen sentido de la palabra bueno”.

Cada dos o tres meses me doy un atracón de lectura del suplemento “Artes&Letras” del Heraldo de Aragón, que dirige Antón Castro. Mi madre los guarda semana a semana y cuando vuelvo a casa por vacaciones tengo una pila esperándome. Son ocho páginas trenzadas en torno a la amistad, con críticos y reseñistas que ofrecen una mirada muy particular al mundillo literario, con especial querencia por los autores aragoneses. José Luis Melero tiene un espacio donde vuelca un sinfín de pequeñas historias relacionadas con su pasión bibliófila que leo con verdadero deleite. Suele hablar de libros de amigos suyos y de autores pretéritos que, dada la familiaridad con la que habla de ellos, parece que sean también amiguetes con los que acaba de compartir mesa y mantel en Casa Emilio, aunque lleven muertos doscientos años.

Hace poco recuperé un texto del mes de febrero en el que hablaba de “La caja de música”, un librito de 44 páginas recién publicado por el Instituto de Estudios Altoaragoneses, firmado por Víctor Juan, un tipo muy interesante que dirige el Museo Pedagógico de Aragón y que da clase en la Escuela Normal de Magisterio de Huesca.

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En esas mismas aulas ejerció su magisterio, y valga más que nunca la redundancia, Ramón Acín. Y de ahí salieron discípulos que hicieron más grande la figura del escultor ácrata, autor de unas famosas pajaritas de hojalata que son todo un símbolo de la ciudad de Huesca. Este librito de Víctor Juan empieza de la manera más prometedora: “Todos mereceríamos vivir una historia apasionante. Aunque sólo fuera una vez”. Y sigue de un modo absolutamente irresistible: “En estos tiempos en los que todo tiene que servir para algo, la historia a la que me refiero ha de ser necesariamente inútil -como son casi siempre inútiles las cosas que nos hacen felices- y valiosa en sí misma. Sin más”.

Lo que viene a continuación es una auténtica delicia. Que tiene que ver con la canción La última rosa del verano,. Es un homenaje a las personas buenas. Es una alabanza del magisterio. Es un canto a la amistad. Es un libro muy bien hecho, con unas fotos entrañables. Es un relato emocionante que recorre un siglo en un suspiro. Es una semblanza intensa de la vida de un hombre (y la mujer que siempre estuvo a su lado) que seguirá viviendo en muchas vidas, porque lo merece.

Parece mentira que en 44 páginas pueda caber tanta belleza.

 

Esto es un infierno

Los tesinandos (y también sus consortes) saben más o menos cuándo comienza la aventura pero ignoran por completo todo lo que se encontrarán durante semejante trayecto y no tienen ni idea de cuándo llegarán a puerto. Es una experiencia dura, un ejercicio de resistencia, la prueba de fuego de muchas carreras profesionales, de muchas parejas también.

Una tesis puede ser un infierno que con el tiempo se recuerda con una sonrisa (aunque sea helada) mientras se respira aliviado por haberla dejado atrás. El camino hacia el doctorado está empedrado de buenas intenciones, y los que lo han recorrido vuelven cambiados, por dentro y por fuera. Si hay un consuelo es que en todas partes cuecen habas y que lo que nos parecía propio de la universidad española tampoco es tan diferente en Francia, Alemania o Gran Bretaña.

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El cómic “Maldita tesis”, de la francesa Tiphaine Rivière, se ha ido traduciendo al castellano, el inglés o el alemán y provoca risotadas en cualquier lengua, porque las circunstancias que rodean a Jeanne Dargan cuando, a los veintisiete años, deja su trabajo como profesora de secundaria para investigar sobre Kafka no difieren demasiado en toda Europa. El director de tesis que desaparece y no contesta a los correos de su doctoranda; la burocracia universitaria que impide a la investigadora cobrar por su clases, en las que sustituye a un profesor titular; la falta de financiación para afrontar los gastos que generar vivir día a día, con la molesta manía de comer mientras se investiga; los comentarios condescendientes de los familiares, que ven que aquello no termina nunca; la dulce tentación de dejar para mañana el definitivo arranque de la redacción, después de haber procrastinado en los años de investigación…

Son situaciones que a todo el mundo le suenan y que Tiphaine Rivière explica con una dosis de mala leche y mucha gracia para desdramatizar, incluso riéndose de sí misma. La autora de inspira en sus propias vivencias, no en vano fue estudiante de doctorado y trabajo en los despachos de la universidad para ir obteniendo algunos ingresos. Lo fue consignando en un blog llamado Le bureau 14 de la Sorbonne, que acabó en esta novela gráfica tan hilarante. La publicó Grijalbo en 2016, con traducción de Carlos Mayor Ortega, y una de las fortalezas de sus páginas es el dinamismo de cada plana y la expresividad de sus dibujos.

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Las vistas parisinas de enclaves parisinos míticos de las intelectualidad (la propia facultad de la Sorbona, las terrazas de los cafés, la Biblioteca Nacional…) se alternan con situaciones cotidianas, sueños oscuros que muestran el peculiar mundo kafkiano y muchos rostros que dejan ver todas las emociones humanas.

Los agobios de la autora, que desde su trabajo en las dependencias universitarias debió de ver a muchos colegas luchando por sobrevivir a esta época, hicieron que terminara su aventura de manera bien diferente a la de la protagonista de su cómic. En esta entrevista en Le Monde es curioso ver comentarios de los lectores que refuerzan el sentir general de las viñetas. En su página de Facebook son igualmente muchos quienes recuerdan que salieron triunfadores del envite.

Un entretenimiento catártico que se lee con una sonrisa casi permanente.

Oliver Twist en Bahía

Aquí tenemos devoción por Jorge Amado, parecida a la que sentían por Faulkner en el pueblo de Amanece que no es poco. Aún nos quedan historias suyas por leer, pero ya deben de ser pocas. Es literatura necesaria para ahuyentar momentos de tristeza. Algunos dirán que es frívola, menor, desmañada, mero entretenimiento. Y algo de razón tendrán. Pero contagia la alegría de vivir, disipa las nubes más oscuras, es un canto al deseo y los sentidos, divierte, hace reír y por unas horas nos traslada a alguna de esas ciudades brasileñas de Bahía, que nos llenan la casa de luz y todo empieza a oler a especias, a peces asados de nombres musicales, a cachaça y a sexo.

Alianza es la editorial de Jorge Amado en España y últimamente va reeditando sus novelas con unas cubiertas preciosas de Manuel Estrada. Hace poco ha salido, con la traducción que Basilio Losada hizo en 1995, una novela breve de título llamativo: “De cómo los turcos descubrieron América”. Lo mejor, más incluso que la historia que se narra, es el prólogo del autor, en el que explica que la novela surgió de un encargo que le hicieron desde Italia para celebrar en 1992 el famoso “Quinto Centenario” del descubrimiento de América. Un encargo conjunto a Norman Mailer, Carlos Fuentes y el propio Amado para que escribieran sendas novelas en inglés, español y portugués, que se deberían haber editado en un solo volumen con su traducción al italiano. El libro nunca vio la luz pero Amado hizo algo así como un “spin off” y desarrolló en esta historia un personaje  que venía de otra novela.

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Esta narración menor, en tamaño y en alcance literario, lleva dos “co-títulos” que desvelan hasta el final de la historia, pero eso es lo de menos: “De cómo el árabe Jamil Bichara, desbravador de selvas, de visita en la ciudad de Itabuna para aliviar tristezas, ganó allí fortuna y casamiento”, es uno de los títulos alternativos. El otro es más sucinto: “Los esponsales de Adna”. Actualmente, algunas de las palabras puestas en boca de los personajes no aguantarían un embate en las redes sociales. Uno cualquiera de esos que cogen el rábano por la hojas diría que Amado es un machista recalcitrante por describir “la ley imperante”, por la que “a la esposa, el ciudadano la ha de tratar con miramientos, para tener hijos con ella, cumpliendo un deber sagrado; para fantasías, indecencias y porquerías, están las putas”. Hay otros pasajes que no pasarían el tamiz de lo políticamente correcto: “Adma, para curarse, precisaba de inmediato dos remedios: el rabo y una buena tunda, en dosis generosas”.

Lo ocurrido a dos inmigrantes (uno sirio, el otro, libanés; ambos “turcos” para el habla de la gente), llegados a Brasil en busca de fortuna, es el hilo conductor de esta historia con todos los componentes de la literatura de Amado, aunque sea en dosis homeopáticas.

De más enjundia es el otro novelón que ha publicado Alianza, “Teresa Batista, cansada de guerra”, sin editar desde 1983, y que apareció originalmente en 1973. Fue un éxito que superó incluso a novelas anteriores de Amado, como “Doña Flor y sus dos maridos” o “Gabriela, clavo y canela”. Según el colofón que puso el propio autor, le llevó de febrero a noviembre de 1972 montar esta historia que parece la traslación a Bahía de las desventuras (más que aventuras) londinenses de Oliver Twist. Organizada en cinco apartados, y más de 600 páginas, cada título de capítulo es un auténtico spoiler. “La muchacha que sangró al capitán con el cuchillo de cortar carne seca” o “La noche que Teresa Batista durmió con la muerte” son dos ejemplos de esos que no dejan dudas del final del trayecto pero que también invitan al lector a perderse por los vericuetos del recorrido.

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La sensación durante la lectura puede ser de aturdimiento, con repeticiones que parecen más fruto del despiste que de una voluntad de estilo, con viajes al pasado quizá innecesarios, con un narrador que se inmiscuye en el relato para aleccionar: “no intenten decir que fue inocente, por favor, no digan que fue víctima de las circunstancias, no digan que fue engañada al tomar al capitán por un ser humano”.

Hay otros momentos en los que a Amado le puede la vena comprometida. Recurre a la cursiva, se sale del relato y explica, por ejemplo, la dureza cotidiana de la vida de las putas, helándonos la sonrisa que parecía provocar la huelga convocada por “las hermanas prostibularias”: “cuando una puta se desviste y se echa para recibir a un hombre y darle el supremo placer de la vida a cambio de una escasa paga, ¿sabe, ilustre combatiente de la justicia social, cuántos están comiendo de esa escasa paga? El propietario de la casa, el arrendatario, la celestina, el comisario, el gigoló, el poli, el gobierno. La puta no tiene quien la defienda, nadie se levanta por ella, los periódicos no dedican ni una columna a describir la miseria de los prostíbulos, es asunto prohibido”.

La narración es sobre la mala suerte de Teresa Batista, puteada desde la infancia por un déspota, tratada como una reina de manera efímera por un ricachón enamorado de su belleza sin igual, huelguista en una protesta sin sexo, desesperada mientras aguarda a un marinero sin hoja de ruta clara. Semejante folletín tiene todo lo que nos gusta de los libros de Amado: sabor, color, olor y buen humor. Casi al final hacen un cameo dos cantantes, Caetano y Gil. Sí, son ellos, hace 46 años ya estaban por ahí. Caetano Veloso y Gilberto Gil, toda una metáfora de lo que nos ofrece Amado: melodías quedas para explicar historias duras, mezcla racial y estampas bahianas.

El propio Amado ironizaba en el prólogo antes citado: “se trata de una demostración más de que soy un novelista limitado y repetitivo, de acuerdo con la opinión corriente y expresa de los nobles señores de la crítica nacional. Opinión manifestada y repetida, sólo la transcribo para mostrar mi acuerdo con ella”.

Nos importa poco. Esperaremos la próxima reedición de otra novela de Amado. Son de hace años, pero aún no las hemos leído todas.

 

 

Paseando con Guillamon

Hace una semana estuve de paseo con una treintena larga de personas por algunas de las calles menos frecuentadas del Poblenou de Barcelona. Los guiris que salían de un hotel o las señoras mayores que volvían empujando el carro de la compra miraban con curiosidad a aquel grupo tan heterogéneo que igual se paraba delante de lo que un día fue un cine que señalaba al “terrat” de una casa en la que un día se había erigido una copia a escala de las montañas de Montserrat.

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Dirigía este paseo por el barrio y la memoria el escritor Julià Guillamon, en una iniciativa exitosa (era la cuarta vez que hacía la ruta y ya se anuncian más para después del verano) de la librería Nollegiu. La excusa era el libro “El barri de la plata”, publicado por L’Avenç en febrero de 2018. Y el reclamo, compartir con el autor algo de esa poética que tiene esta novela extraña, mezcla de géneros y cuyo resultado es embriagador. No será fácil explicar por qué.

El nombre del “barri de la plata” dicen que puede venir de que los obreros del Metro Transversal, en los años 20, cobraban la semanada en monedas de plata y muchos vivían en una serie de calles del Poblenou, que acogieron a un gran contingente de valencianos. Fueron llegando en oleadas sucesivas, unos atraían a otros y así se fueron estableciendo en un barrio que ya no era el Manchester catalán pero en el que todavía había algunas industrias medianas. Aquí se quedó la familia de Julià Guillamon, llegada desde Toga, un pueblecito en la muga entre Aragón, Castellón y Cataluña. Del mismo valle regado por el Mijares (Argelita, Ludiente, Espadilla, Arañuel…) vinieron otros trabajadores que fueron dejando en estas calles unos apellidos recurrentes: Barceló, Calpe, Puerto, Morte, Catalán…

Voy caminando a diario por esas calles del “barri de la plata” (Roc Boronal, antes Luchana; Josep Trueta, antes Wad-Ras; Granada, Badajoz…) y veo cómo el pasado se resiste a desaparecer, a pesar del frenesí constructor que vive la zona y de la revalorización del suelo que se puede dedicar a vivienda. Es una zona de moda ahora, tanto para los barceloneses como para los turistas. En una misma calle se suceden casi puerta con puerta una carpintería de las toda la vida con una academia de efectos especiales para cine, una calderería y un restaurante de cocina de mestizaje, una escuela concertada con medio siglo a la espalda con la reivindicación pendiente de un “casal d’avis”, los carriles del Bicing con los muelles de las antiguas cooperativas de transporte. Es un barrio muy vivo, hoy plenamente integrado en la ciudad, con diversos accesos directos a las playas, pero con una personalidad muy acusada, fruto de haber vivido durante muchos años cercados por el cementerio, las vías del tren y los descampados, además de un gran colector al que vertían las corrientes subterráneas que abundan en la zona.

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En la superficie, las gentes del “barri de la plata” pasearon por unas calles, mal trazadas y peor iluminadas (como recuerda Guillamon) que también se pueden rastrear en otra obra muy interesante en la que es protagonista el barrio: “El corto verano de la anarquía”, de Han Magnus Enzensberger. Aquí los vecinos veían pasar la vida, luchando con los dramas cotidianos, disfrutando de las cosas sencillas, en pos de ir mejorando, aunque fuera muy poco a poco.

Julià Guillamon cuenta la vida de su padre en esta novela híbrida que tiene mucho de investigación de antropología urbana. Como el autor es ducho en bucear en los archivos y disfruta documentándose (así nos lo hizo saber en la charla que dio después de la ruta en la librería Nollegiu), el relato está salpicado de fotos familiares, anuncios de la época, recortes de prensa… Esta visita a los recuerdos de la familia presentada en forma de novela es también un ensayo sobre la identidad (la de esos valencianos y aragoneses castellanohablantes que llegaban a un barrio donde hablar catalán suponía un primer paso hacia la integración y una herramienta importante para ir mejorando laboralmente). Y es, fundamentalmente, como han destacado algunas reseñas, uno de esos ejercicios que parecen ajustar cuentas con la figura paterna. Algunos lo han metido en el mismo saco que “Ordesa”, de Manuel Vilas.

En esa charla que nos brindó después de pasear por el barrio, Guillamon dijo que esta novela encerraba una tragedia, la que parecía condenar a sus padres: él era un “pinta”, juerguista y poco amigo del sacrificio, nacido en el “barri de la plata”, al que volvió después de pasar la guerra en Toga, el pueblo de los ancestros, huyendo de los bombardeos franquistas que se cebaron con el Poblenou, porque albergaba industria pesada. La madre era una “noia” de familia relativamente acomodada de Gràcia, que se mudó al barrio de su marido, cambiando el vitalismo de su hogar de nacimiento por un ambiente de paulatino abandono, en una zona depauperada. Los veranos los pasaba ella regentando una fonda en Arbúcies, en la provincia de Girona, a una hora escasa de coche hoy en día. Temperamentos tan diferentes se enfrentaron al hado de que aquella unión estaba condenada a no salir bien.

Decía Guillamon también que esta novela encerraba un drama, el de los hijos que veían que aquello no funcionaba, con la madre trabajando como una mula mientras su marido jugaba a ser torero, se bebía el mundo a tragos sin saber cuándo ponerle freno, volviendo a casa hecho unos zorros. Julià y su hermano asistían impertérritos a la demolición de la pareja.

Esta novela inclasificable todavía reserva un giro más en la trama, en la penúltima página. Y termina con una frase vitalista, como no podía ser menos: “Era un dia de primavera i feia un sol radiant”). Aunque en la última vuelta del camino le espera al lector un mazazo, el autor también le brinda un aliento de esperanza.

Qué disfrute.

Ps.- En breve aparecerá la edición en castellano.

El horror ilustrado

“Tengo la sensación de que, sea cual sea mi futuro, nunca abandonaré del todo este maldito campo. Siempre seré un prisionero de Mauthausen”. Son las últimas palabras de un cómic y debieron de ser las primeras palabras de la nueva vida que se abrió para Antonio Hernández Marín, cuando los estadounidenses liberaron Mauthausen y él logró su objetivo de salir de aquel infierno. Durante cuatro años y medio había perdido su identidad para ser simplemente un número, el 4443. Sobrevivió, volvió para contarlo. Más de 5.500 compatriotas suyos se confundieron con el aire en forma de cenizas, quemados en los hornos de los campos de exterminio nazi. Él volvió, pero, como tantos otros, arrastró la culpa del superviviente, el estigma de haber claudicado en algún momento, y gracias a ello haber salvado la vida. El dolor de haber sufrido tanto y no ser reconocido por sus compatriotas, porque España escondió su odisea durante la dictadura; la pena de que se hubiera silenciado su valor ya en la democracia, cuando podría haberse convertido en referente moral. Los supervivientes habían derrotado a la tiranía de los nazis gracias a los valientes ejercicios de solidaridad en que se convirtieron sus experiencias cotidianas, cuando la vida no valía casi nada y uno podía encontrarse con la muerte simplemente abrazando una valla electrificada.

El cómic “Deportado 4443”, publicado por Ediciones B en 2017, es la recopilación en forma de libro de un ejercicio que se puso en marcha en Twitter, en la cuenta @deportado4443. La abrió el periodista Carlos Hernández de Miguel y fue explicando en tiempo real la experiencias de su “tío de Francia”, que acabó en Mauthausen un día de finales de enero de 1941. Había recorrido en tren los paisajes nevados de Europa en medio de la incertidumbre, aterido de frío, rodeado de compañeros que morían de hambre y sed dentro de vagones de ganado, sellados por fuera.

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Una peripecia similar a la de Antonio Hernández la habíamos podido leer antes en obras de Joaquim Amat-Piniella, Mariano Constante, Francesc Boix, Jorge Semprún, Primo Levi o Neus Català. Todos arrastraban el dolor de haber salido vivos de semejante akelarre. Lo que hace diferente este relato es que su sobrino abrió esa cuenta en Twitter (hoy acumula más de 40.000 seguidores) y de ese éxito nació este cómic, con dibujos de Ioannes Ensis, tan bellos en su impecable factura técnica como desoladores por la realidad que muestran. Los textos son casi telegráficos, de acuerdo con las exigencias de la red: “No puedo creer lo que veo. Hay una fortaleza enorme en lo alto de una colina que acabamos de subir. Todo es de piedra; la puerta está coronada por un águila” (página 42); “Los SS tienen días de diversión. En el último convoy llegaron varios judíos holandeses. No les dan de comer, tienen los ojos entumecidos, sin dientes, y a varios les faltan las orejas. ¡Pobre diablos!” (página 106); “En estos días Hitler celebra su 54 cumpleaños. De Diego dice que ha oído que harán una gran fiesta. Nos tememos lo peor” (página 188); “El campo está tranquilo por fuera… Los cañonazos se oyen cada vez más cerca. Espero que los rusos lleguen pronto y acaben con esta incertidumbre” (página 244).

Estos tuits, que hemos podido leer de forma mucho más extensa en obras memorialísticas o en investigaciones, aparecen ilustrados en este libro con unos dibujos estremecedores, con una factura técnica que hiere por su belleza, por la precisión, por el grado de detalle. Casi todo lo que aparece lo hemos leído o visto antes: las fotos de Boix, la desgraciadamente famosa escalera de Mauthausen, la solidaridad entre los deportados, el activismo de Constante, el sadismo de los médicos nazis, el frío, los piojos, la sopa sucia con un nabo flotando…

 

Se hace difícil admirar la belleza gráfica de cada página sin que quede atenuada por la crudeza de los breves textos que las acompañan. Es un libro absolutamente admirable, que provoca una mezcla de sorpresa, estupor, admiración y repulsa. La historia es tan dolorosa que ni la admirable labor del dibujante Ioannes Ensis puede poner paños calientes.

Es un libro desolador, deslumbrante, admirable, doloroso.